
Javier Gomá Lanzón: “La vulgaridad es la hija fea de dos padres hermosos, la igualdad y la libertad”
Si el mundo ha bajado la vara del buen gusto es porque la democracia liberal nos permite ser libres e iguales, dice el filósofo español; descartada la vuelta a viejas jerarquías, propone el ideal de la ejemplaridad
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MADRID
La filosofía suele parecerse a la historia. Cualquier licenciado se llama filósofo porque puede explicar el pensamiento de tal o la teoría de cual tal como lo estudió en la universidad. Javier Gomá Lanzón es licenciado en Filología Clásica, licenciado en Derecho y doctor en Filosofía y esa formación se evidencia en sus textos, que atan los problemas contemporáneos a la tradición clásica. En sus libros, temas como el humor, la vulgaridad, la dignidad, se remontan a los relatos fundacionales de Homero, Platón, Esquilo, Dante y Cervantes para volver a una cotidianeidad contemporánea que necesita respuestas pragmáticas.
A 75 años de la Declaración Universal de Derechos Humanos, que se proponían garantizar la dignidad de manera universal, puede pensarse que esa es una tarea pendiente. Sin embargo, Gomá Lanzón entiende que la humanidad ha ido más rápido en la toma de conciencia que los intelectuales y juristas que dejaron esa noción sin base conceptual. Decidido a aportar a una filosofía de la democracia a través de sus escritos, al inicio de la conversación con la nacion definió dos de sus obsesiones: construir una obra perdurable como respuesta a la caducidad que nos atraviesa y dar una imagen de vida a quienes nos sobreviven.
Cualquier hombre o mujer que vive y envejece es protagonista de una proeza sublime: no hay aventura superior a la de aprender a ser mortal”
En ese ejercicio de ejemplaridad, Gomá Lanzón es un divulgador de la filosofía en la prensa, en el teatro y en las redes, canales que reivindica como recursos comunicativos válidos para traducir las abstracciones de la filosofía a la realidad presente.
la hora de comparar la dignidad con la felicidad, Javier Gomá Lanzón se queda con la primera. “La dignidad me parece un concepto superior al de la felicidad, que requiere de determinados bienes para que sea posible. No puedes llamar feliz a una persona que está muerta de hambre o que está apaleada o perseguida. Pero sí puedes llamar digna a una persona que está en la cola esperando el crematorio en Auschwitz. Por tanto, la dignidad es mucho más universal que la felicidad. Aunque los poderes públicos no te traten dignamente, aunque tu vida sea miserable, posees dignidad. Otra cosa distinta es la dignidad práctica y eso tiene que ver con una llamada al propio individuo para que se comporte conforme a la dignidad ontológica de la que es portador. Los poderes públicos pueden contribuir a que todos tengan una vida conforme a esa dignidad ontológica”.
–¿Podría ofrecer un ejemplo concreto?
–Durante la crisis económica de 2008 se produjo una gran oleada de inmigrantes que, huyendo de la guerra, de la muerte, del hambre, pensaban que quizá en Europa podían encontrar una vida más digna en el sentido moral de la palabra. Los gobiernos europeos a veces no acertaban en cómo tratar a esas olas de inmigrantes. Lo que no tiene precedente es el asco que una parte de la sociedad sentía por el trato que se les estaba dando a los inmigrantes. Nunca en la historia una sociedad ha experimentado colectivamente asco por el trato que se le ha dado a un extranjero. ¿Qué significa? Que se está generalizando la dignidad incluso para los que no son de tu territorio ni de tu cultura ni de tu religión. Esa universalización tiene que ver con una mayor comunicación del sentimiento de la dignidad.
La ejemplaridad es un ideal de belleza y de dignidad. No tiene nada que ver con la persecución de pequeño fallos. La gente tiene derecho a equivocarse”
–¿De dónde viene su interés por filosofar acerca de la dignidad?
–El concepto de dignidad no ha sido objeto de reflexión filosófica. Sin embargo, el siglo XX ha generado una revolución con la bandera de la dignidad que es inigualable. Con Kant se habló de dignidad individual, pero era una dignidad aristocrática, de quienes poseían moralidad. En el siglo XX se produjo una revolución extraordinaria, la de la generalización de la dignidad. Todo el mundo por el hecho de ser hombre y mujer posee dignidad. Incluso cuando su comportamiento desmiente su dignidad de origen. Esta idea está en el origen de los derechos fundamentales y de algunos de los grandes progresos sociales de la humanidad. Pero la revolución de la dignidad del siglo XX no ha tenido filósofo. Es como si hubiera habido una especie de intuición colectiva: todos hemos aprendido que tiene que ser así y hemos tenido lo que yo llamo el único fundamento de la moral que existe. El gran motor de la historia es el asco y cuando todo el mundo se asquea del atropello a la dignidad es que ese valor está vigente. Hoy sentimos asco cuando se produce un atropello de la mujer, del niño, del inmigrante, del obrero, del viejo, del indigente. Eso es la única prueba que tenemos del fundamento de la moral.
–Le ha dedicado uno de sus libros a Aquiles, el héroe que eligió la mortalidad como camino. ¿Qué nos dice hoy ese arquetipo?
–Pues que cualquier hombre o mujer que simplemente vive y envejece es protagonista de una proeza sublime: no hay aventura superior a la de aprender a ser mortal. Aquiles, que sería inmortal salvo que fuera a Troya, fue escondido en el gineceo vestido de mujer porque su madre estaba más interesada en que tuviera una vida larga que una vida buena. Sin embargo, por determinada treta de Ulises, Aquiles decidió ir a Troya, donde iba a morir joven. Lo prefirió porque le resultaba superior ser individual, tener un nombre, ser ejemplar, poseer virtud, a ser eterno anónimamente. De tal manera que cuando admiramos a hombres o mujeres excelsos, que han desarrollado hazañas extraordinarias, no debemos olvidar que tú y yo simplemente cumpliendo con nuestras obligaciones estamos realizando la aventura más sublime que existe, que es la de vivir, envejecer y aprender a ser mortal.
–Curiosamente, a los políticos hoy parece importarles más lo contrario, tan preocupados como están en cómo los verá la historia, cómo los retratará el bronce.
–En mi obra teatral Las lágrimas de Jerjes discuten un jovencísimo Pericles y un viejo Esquilo sobre qué es mejor, la gloria política o la gloria literaria. Pienso que, si estás interesado en perdurar, es mejor la gloria literaria. Nadie se acuerda de quién estaba en el poder en tiempos de Esquilo, de Sófocles y a ellos los seguiremos leyendo. No creo que un político esté obsesionado por la perduración de su imagen sino más bien por la posesión del poder en las circunstancias en las que está viviendo. Alguien que esté, en cambio, enardecido por la idea de encontrar algo perdurable en las arenas movedizas de la vida o bien tiene un talento poco común, que es lo artístico, para crear una obra que arrebate a la vida el beneficio de su perduración, o bien, una ejemplaridad de vida que produce una imagen que subsiste en quienes le sobreviven.
Hoy sentimos asco del atropello contra el niño, el inmigrante, el indigente. Es la única prueba que tenemos del fundamento de la moral”
–Dentro del concepto ejemplaridad menciona el idealismo, la cortesía, el humor, virtudes de las que suelen carecer muchos políticos, que en algunos casos han prohibido el humor
–Cuando entiendes que la vida va en serio de vez en cuando necesitas lo que Max Scheler llama “frivolidad metafísica”, que endulza un poco el exceso de gravedad del existir y combate, con su sano relativismo, la tendencia al totalitarismo. Hay un totalitarismo narcisista que es el del ego, que si lo dejas lo ocupa todo. Luego está el totalitarismo de la muerte, que si solo pensáramos en que vamos a morir probablemente no podríamos disfrutar de la vida. Necesitamos el humor, que muchas veces aflora incluso en situaciones de muerte. Y luego está el totalitarismo político. Hay un estudio que se llama “El misterioso caso alemán”, de la filóloga Rosa Sala, que sostiene que no es casualidad que el nazismo coincidiera con una literatura alemana que no ejerció en el siglo XIX prácticamente el humor, sino que se tomó muy en serio a sí misma. El humor, que por su propia naturaleza es relativizador, que cuestiona, es enemigo de la tendencia totalitaria del poder político. Por eso lo primero que hace el dictador es encarcelar a aquellos que practican un humor que relativiza su pretensión de convertir su poder en absoluto.
–Y ahí también acaban con la cortesía…
–Si es que la tuvieron alguna vez. Ese es uno de los tres adjetivos en los que intenté compendiar el secreto de Cervantes. ¿Por qué Cervantes tiene tanto encanto? Para mí la fórmula Cervantes es idealismo, cortesía y humor. Los tres por separado no son tan frecuentes, pero juntos, prácticamente nunca.
–Esa sabiduría se relaciona con la imitación, uno de los temas de la tetralogía que acaba de reeditar. ¿Qué clave hay ahí?
–Los seres humanos somos seres imitativos. Antes de que tú puedas decir la palabra yo, ya existe un padre y una madre que establecen unas pautas de comportamiento, que trabajan como si fueran alfareros en los estratos subconscientes, que te van a afectar, así sea para rechazarlos. Después están hermanos, hermanas, compañeros de trabajo, del colegio, amigos, novias, novios y todo eso. Luego está el mundo conocido a través de los medios de comunicación, donde se ven ejemplos positivos o negativos. Y finalmente está el mundo de ficción, porque a lo mejor el Werther de Goethe es un modelo que te afecta de una manera o de otra. Somos seres que vivimos en una red de influencias mutuas. La modernidad se ha resistido a aceptar ese principio porque estableció el ideal de la autonomía del hombre y la mujer. Por otra parte, la ejemplaridad muchas veces en la historia ha sido aristocrática y autoritaria. Mi tesis de ejemplaridad igualitaria es que todos somos ejemplo para todos. El tema, por tanto, no es imitar o no imitar sino el principio de racionalidad de la imitación, que nace de la elección del modelo donde cada quien puede elegir un ejemplo socialmente virtuoso o uno antisocial.
–A veces en la Argentina se asocia la ejemplaridad con el punitivismo, que espera que la condena sea ejemplarizante.
–Cuando saqué mi libro Ejemplaridad pública, en 2009, el concepto no estaba en la conversación pública. Hoy se ha convertido en un lugar común pero en una versión que llamo la ejemplaridad antipática, que la asocia con el dolor, el error, la lucha partidista, la descalificación del adversario. La ejemplaridad es un ideal de belleza y de dignidad. No tiene nada que ver con la persecución de pequeños fallos. La gente no ha nacido aprendida y tiene derecho a equivocarse. La ejemplaridad más importante es la de toda una vida. Los hombres y las mujeres somos la lenta gestación del ejemplo póstumo. La imagen de tu vida que dejas cuando mueres incluye errores, rodeos, meandros, inicios fallidos, reinvenciones. Aquí en España, cada vez que un político se saltaba un semáforo en rojo me llamaban por teléfono para que yo contribuyera a la demonización del político en nombre de la ejemplaridad. Me negaba.
–Además de la obra filosófica, tiene una profusa obra teatral con mucho éxito, ¿es más accesible la ficción que la filosofía?
–He insistido mucho en mi obra en la importancia de la recuperación de la oralidad y la presencialidad en la cultura. Vivimos en una cultura que desde el siglo XVIII se ha hecho muy literaria, y eso significa un desgarramiento entre el emisor y el receptor. Cuando hablo con alguien, su cara, sus gestos, la reacción a mis palabras, me orientan. Hay una relación viva en la comunicación. Mientras que en la cultura literaria alguien escribe y quien recibe el mensaje puede ser de otra cultura, de otra geografía, y el acto de comunicación se ha roto. El ensayo tiene la virtud del concepto, que puede llegar a ser claro y universal, pero el problema es que hay partes de la realidad que no se dejan enjaular en el concepto y para comunicarlas tienes que utilizar estrategias distintas. Si muere tu padre, puedes hacer un ensayo sobre la muerte del padre, pero la vivencia de orfandad se expresa mucho mejor en el teatro.
–Usted es un activo participante en Twitter, espacio vilipendiado por cierta cultura letrada.
–Yo no he tenido problemas en Twitter. Tampoco tengo opiniones muy fuertes en aquello donde hay tanta pasión, como el tema político o deportivo. Por otra parte, tengo el presentimiento de que las redes sociales van a cambiar, porque se ha producido la ebriedad de que algún tipo de un pueblecito de Jaén puede insultar a un premio Nobel si tiene una cuenta en internet. Antes iba al bar y ahora puede sentir un reconocimiento, aunque sea negativo, en las redes. Pero, como siempre, la especie tiende a darse reglas y la borrachera tampoco satisface tanto.
–¿Qué quiere decir cuando postula que la combinación de igualdad y libertad ha propiciado la vulgaridad?
–La vulgaridad es la hija fea de dos padres hermosos, que se besaron por primera vez en el siglo XX. Nunca antes la igualdad y la libertad fueron juntos. De ellos sale un producto que merece respeto porque sus padres son eminentes. La vulgaridad es el precio que hay que pagar por ser libres e iguales. A lo largo de la historia todas las épocas han tenido un ideal: el ideal griego, romano, medieval, renacentista, barroco, ilustrado, romántico, moderno, posmoderno. La democracia liberal no tiene ideal y tenemos que asumir que le es inherente una vulgaridad triunfante. La vulgaridad es un atentado al buen gusto y el resultado de que el privilegio de la igualdad, de la libertad, se generaliza y todo hombre y toda mujer despliegan su espontaneidad, educada o no. Eso es un logro civilizatorio. Ahora, la vulgaridad debe ser un punto de partida. Mis libros apuntan a transformar la vulgaridad en ejemplaridad. Hay tres posibilidades ante lo que llamo la vulgaridad triunfante. La primera es el repudio y un deseo de volver a la situación anterior, que podríamos llamar la actitud reaccionaria o tradicionalista. Una segunda reacción, que me parece todavía más peligrosa, es la de la resignación. Luego está la tercera, que es la propuesta de un ideal, la reforma de la vulgaridad por la ejemplaridad. Yo milito en el tercer movimiento.

PENSAR DE MODO CONSTRUCTIVO
PERFIL: Javier Gomá Lanzón
. Filósofo, filólogo y jurista, Javier Gomá Lanzón (Bilbao, 1965) es un activo divulgador de la filosofía sobre cuestiones contemporáneas en prensa y en la vida pública, actividad que se puede seguir desde su activa cuenta de Twitter @JavierGomaL, donde se presenta como “chistemalista”.
. Desde 2003 dirige la prestigiosa Fundación Juan March, dedicada al apoyo del arte español y a la cooperación científica.
. En abril de 2023 saldrá una edición conmemorativa de Imitación y experiencia, su primer libro distinguido con Premio Nacional de Ensayo 2004.
. En su tetralogía Imitación y experiencia (2003), Aquiles en el gineceo (2007), Ejemplaridad pública (2009) y Necesario pero imposible, desarrolla los conceptos que toca en esta entrevista. Su visión se publicará de manera sistemática en octubre de este año con el título Universal concreto. Método, ontología, pragmática y poética de la ejemplaridad.
. Tambien escribe teatro. Especial popularidad tuvo Inconsolable (2017), su primer texto teatral, inspirado en la muerte de su padre.
. Escribe periódicamente en el suplemento Babelia, del diario español El País, y ha publicado artículos en numeros medios, entre ellos LA NACION.



