
La democracia como forma de vida: el rol de la educación cívica
Para mantener viva la convivencia democrática, es preciso educar a los chicos en el diálogo, la empatía y la complejidad de los debates del presente
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Desde casi una década, la teoría democrática se escribe en tono de autopsia. Hoy las democracias ya no caen por tanques en la calle, sino por líderes elegidos que van vaciando las instituciones desde adentro, desgastando las normas de tolerancia y autocontención hasta que la Constitución queda como una escenografía. El libro Cómo mueren las democracias, de Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, se volvió el clásico de este género al mostrar ese retroceso en distintos países. El peligro es real. Pero si el foco está siempre puesto en el derrumbe democrático, corremos el riesgo de olvidar otra pregunta: ¿qué mantiene viva a una democracia? ¿Qué la ayuda a florecer?
La democracia no es únicamente una forma de gobierno, sino una forma de vida en común que tiene que hacerse visible en los encuentros más ordinarios, como la escuela, la familia, el colectivo, la plaza
El historiador Till van Rahden sugiere que la respuesta no está solo en los tribunales o en las reglas electorales, sino en cómo se siente la democracia en la vida cotidiana. En su libro Democracy, A Fragile Way of Life sostiene que la democracia no es únicamente una forma de gobierno, sino una forma de vida en común que tiene que hacerse visible en los encuentros más ordinarios, como la escuela, la familia, el colectivo, la plaza. Las democracias, recuerda, son frágiles por definición porque descansan en algo difícil de conseguir, el consentimiento voluntario de ciudadanos libres e iguales que aceptan como legítimas decisiones que no les gustan. Ese consentimiento no cae del cielo. Depende de una ética democrática trabajada, hecha de gestos mínimos: sentir que somos tratados como iguales, que vale la pena argumentar, que los conflictos se pueden atravesar sin aplastar al otro.
Si miramos la democracia así, la educación cívica deja de ser una materia de relleno entre Matemática y Lengua y se convierte en infraestructura democrática. No se trata de convertir a cada adolescente en militante ni en futuro dirigente, sino de dotar a las personas de las capacidades intelectuales y emocionales sin las cuales la vida democrática se vuelve inviable. Entre ellas, conocer los argumentos que estructuran los debates actuales, ejercitar la empatía y la disciplina de escuchar, adquirir cierta comodidad frente a la complejidad aceptando que muchos problemas no tienen una solución simple, y trabajar en lo que podríamos llamar posicionamiento, es decir, ser conscientes de por qué pensamos lo que pensamos.
Hay trabajo por delante. En Estados Unidos, la reciente prueba nacional de civismo de la Evaluación Nacional del Progreso Educativo (NAEP) mostró que apenas el 22% de los estudiantes de octavo grado alcanza el nivel “competente” y que los puntajes en historia y educación cívica se estancan o retroceden desde hace años. Algo similar ocurre en otros países. El problema, sin embargo, no es solo la ignorancia de ciertos datos institucionales. El informe “Educating for Civic Reasoning and Discourse” de la Academia Nacional de Educación señala que hoy los ciudadanos tienen que estar preparados para examinar y discutir cuestiones cívicas, políticas y sociales complejas. Eso implica comprender no solo cómo se sanciona una ley, sino qué está en juego cuando se discute el rol de la policía, la libertad de expresión, la política climática o la regulación de las redes sociales. La alfabetización cívica, en este sentido, requiere conocer el mapa de las discusiones en los que ya estamos metidos.
Muchas de las ideas centrales de la democracia —igualdad, justicia, solidaridad— se experimentan primero como sensaciones, mucho antes de formularse como principios
La investigación internacional apunta en la misma dirección. El estudio ICCS (International Civic and Citizenship Education Study), que mide conocimientos y actitudes cívicas de estudiantes en decenas de países, muestra que el clima de aula importa más que cualquier libro de texto. Allí donde los alumnos dicen que pueden discutir temas polémicos, ser escuchados, hacer preguntas y cuestionar respetuosamente al docente, no solo obtienen mejores resultados en pruebas de conocimiento cívico, también tienden a apoyar más las normas democráticas y los derechos de las minorías. Este efecto aparece en sistemas educativos muy distintos entre sí.
Empatía y escucha suelen describirse como “habilidades blandas”, políticamente menores. Van Rahden invierte esa jerarquía. Muchas de las ideas centrales de la democracia —igualdad, justicia, solidaridad— se experimentan primero como sensaciones, mucho antes de formularse como principios. Percibimos cuando hay favoritismo, cuando alguien es humillado, cuando una regla se aplica de forma arbitraria. La educación cívica tiene que ayudar a prestar atención a esas emociones morales y someterlas a prueba frente a otras miradas. Lo que se llama un “clima abierto” en el aula es, en el fondo, una micro-práctica de reconocimiento democrático: la idea de que la experiencia y los argumentos del otro merecen ser escuchados antes de ser rechazados. No se trata de consensos fáciles, sino de hacer compatible el desacuerdo intenso con el trato de iguales.
La educación cívica puede jugar a favor o en contra. Una narrativa que solo ofrece relatos simples, con héroes y villanos, acostumbra a los estudiantes a esperar de la política una claridad moral que nunca está en condiciones de ofrecer
Si empatía y escucha son un pilar, aprender a vivir con la complejidad es el otro. Mucho antes de esta oleada de alarmismo alrededor de la declinación democrática, el historiador Paul Gagnon -en un ensayo clásico publicado por The Atlantic en los años 80-escribió que “la educación cívica es difícil, porque les pide a las personas que acepten la carga de vivir con respuestas tentativas…que asuman responsabilidades con el mismo entusiasmo con que reclaman derechos y, en general, que contengan sus apetitos y expectativas, todo esto mientras se esfuerzan por informarse sobre los múltiples problemas y decisiones que enfrentan sus representantes elegidos”. La democracia no puede eliminar el conflicto moral. Por eso necesita ciudadanos preparados para habitar un mundo de concesiones, victorias parciales y asuntos inconclusos sin caer ni en el cinismo ni en el fanatismo.
La educación cívica puede jugar a favor o en contra. Una narrativa que solo ofrece relatos simples, con héroes y villanos, acostumbra a los estudiantes a esperar de la política una claridad moral que nunca está en condiciones de ofrecer. Cuando aparece el choque inevitable entre libertad e igualdad, seguridad y privacidad, crecimiento económico y protección ambiental, esos choques se viven como evidencia de que la democracia falló, no como la condición normal de la vida en sociedad. El informe de la Academia Nacional de Educación insiste en que los alumnos necesitan practicar, de manera explícita, el manejo de valores en conflicto, y que enseñarles a distinguir entre respuestas mejores y peores, más que entre “buenos” y “malos”, es central para la madurez democrática.
Desde la recuperación de la democracia en la Argentina, las materias de educación cívica se reescribieron una y otra vez al ritmo de los cambios de gobierno
La cuarta capacidad es más introspectiva: el posicionamiento. El primer movimiento consiste en dejar de tratar nuestras opiniones como evidencias naturales y empezar a preguntar, de manera sistemática, por qué este argumento en particular nos resulta tan obvio. Qué hubo en nuestra crianza, en nuestro barrio, en nuestras clases de historia, en nuestro consumo de medios que nos predispone a ver el mundo de cierta manera. Esa auto-indagación no disuelve convicciones, pero debilita la tentación de confundir nuestro punto de vista con el sentido común universal y de ubicar a los demás en el casillero de “los que no entienden nada”. El segundo movimiento es reconstruir nuestra opinión a la luz de la evidencia y de lo que aprendimos en ese ejercicio de introspección. No implica necesariamente cambiar de idea, pero sí debería implicar que entendemos mejor por qué pensamos de un modo y no de otro, y que somos capaces de fundamentarlo con más claridad.
La experiencia argentina de educación cívica muestra hasta qué punto todo esto es difícil y, al mismo tiempo, necesario. Desde la recuperación de la democracia, las materias de educación cívica se reescribieron una y otra vez al ritmo de los cambios de gobierno. Un informe de Cippec a 25 años del retorno democrático señala una paradoja: ciudadanía democrática y derechos humanos estuvieron por todos lados en el discurso oficial, pero la educación cívica suele ocupar un lugar marginal.
No se trata de reemplazar el análisis institucional ni de negar los peligros de retroceso democrático que Levitsky y Ziblatt, entre otros, han documentado. Se trata de ensanchar el horizonte de análisis. Van Rahden advierte que una avalancha constante de libros y columnas sobre la muerte de la democracia puede volverse profecía autocumplida, alimentando la sensación de que el colapso es inevitable. Nos faltan, sugiere, relatos y análisis que transmitan un “optimismo acotado”: una conciencia clara de los peligros, pero también de los recursos que hacen posible la vida democrática. Esos recursos no son solo constitucionales. Deben incluir los hábitos de atención, empatía, manejo de la complejidad y posicionamiento que una buena educación cívica podría ir formando a lo largo de años.
Hay un antecedente histórico interesante. Jill Lepore, historiadora y cronista habitual de The New Yorker, recopiló experimentos de educación cívica en Estados Unidos en los años 30, cuando no estaba claro que la democracia fuera a sobrevivir al avance del fascismo, el comunismo y la Gran Depresión. Algunos de esos programas de educación de adultos empezaban cada noche con un boletín de noticias, seguían con una clase y terminaban en un debate abierto entre ciudadanos de todos los partidos sobre el New Deal, el fascismo, el futuro del autogobierno. El objetivo no era alinear a todos detrás de una bandera, sino acostumbrar a la gente a la experiencia de escuchar y ser escuchada por adversarios políticos como iguales. Ese trabajo parece menos glamoroso que una gran reforma institucional, pero fue parte de lo que mantuvo viva la legitimidad democrática.
Proyectos como “Podrán? Estrategias para la imaginación política”, de la Fundación Bunge y Born, recuperan ese espíritu de formación cívica a través de la experiencia compartida. Es un juego de cartas para la escuela secundaria, construido sobre dilemas reales—financiamiento educativo, regulación de medios, seguridad, minería, bioética—en el que los jugadores asumen roles que no necesariamente coinciden con sus propias posturas. El año pasado se jugó, en alianza con varios municipios, con casi mil jóvenes de contextos socioeconómicos diversos. La mayoría dijo haber descubierto argumentos que no conocían, haberse animado a defender posiciones ajenas y haber sentido más disposición a conversar con quienes piensan distinto. Como en aquellos experimentos de los años 30, el objetivo no es alinear a todos detrás de una bandera, sino aprender a escuchar, reflexionar desde distintos puntos de vista y ser escuchado en un plano de igualdad. El tablero de juego reemplaza al salón comunitario y los roles ficticios permiten ensayar el desacuerdo sin el costo emocional del enfrentamiento directo.
Hoy el escenario es otro: un ecosistema informativo más ruidoso, desigualdades más marcadas, algoritmos que filtran lo que vemos y desinformación planeada y monetizada. Las bases sociales de la democracia cambiaron, pero la pregunta sigue siendo la misma. ¿Vamos a tratar la educación cívica como un trámite o como un largo aprendizaje de las habilidades necesarias para vivir como iguales en medio del desacuerdo? Una democracia que descuida lo segundo y se conforma con lo primero puede seguir celebrando elecciones a término. Solo descubrirá, demasiado tarde, que el suelo emocional e intelectual sobre el que se apoyan esos comicios ya se había erosionado.
No faltarán más diagnósticos sobre el deterioro democrático. Pero si queremos que las democracias hagan algo más que sobrevivir por inercia, tenemos que complementar las autopsias con un compromiso renovado con la educación cívica entendida no como activismo o puro constitucionalismo, sino como formación de sensibilidad democrática. Eso implica ayudar a los ciudadanos a conocer los debates que heredan, a escuchar sin humillar, a vivir con conflictos que no tienen solución prolija y a entender cómo se formaron sus propias posiciones. Implica, en palabras de Gagnon, aprender que “la democracia es una forma de vida, no un destino asegurado”. Y, con van Rahden, aceptar que esa forma de vida será siempre frágil y que su continuidad depende, en última instancia, de lo que cada uno de nosotros haga con y dentro de ella.




