
La memoria de la naturaleza
El nuevo libro póstumo de Umberto Eco que se conoció en la Argentina este mes (salió en Italia en 2018) se llama La memoria vegetal (Lumen). Es una recopilación de artículos y conferencias –con la inteligencia liviana y la erudición amable tan característica del Eco de las dos últimas décadas de su vida– que, en primera instancia, tienen por tema la bibliofilia, una pasión que él sufrió y gozó en carne propia (Eco tuvo muchos libros, pero no era por tener muchos libros que fue bibliófilo; la bibliofilia no es cosa de cantidad). El problema es que él quiere hablarles a quienes no son bibliófilos sin advertir (o advirtiéndolo desengañado) que la pasión no se aprende, y que de nada le sirve el entusiasmo de un enamorado a quien nunca llegará a amar lo mismo que él.
La conferencia inicial, sin embargo, la que da título al libro, merece una consideración. Fue pronunciada en 1991 y Eco se refiere allí a ese tipo de memoria “vegetal”, que es la propia de los libros: “Aunque el pergamino estuviera hecho con piel de animales, vegetal era el papiro y, con la llegada del papel (desde el siglo XII), se producen libros con trapos de lino, cáñamo y tela; y, por último, la etimología tanto de biblos como de liber remite a la corteza del árbol”.
Claro que lo que le importa a Eco no es la causa material del libro sino sus consecuencias: la interrogación al libro que llamamos hermenéutica, la escritura como símbolo de la verdad. (Un paréntesis. Eco no pasa por alto los peligros del crecimiento selvático de esta memoria: “La difusión de la memoria vegetal tiene todos los defectos de la democracia, un régimen en el que, para permitir que todos hablen, es necesario dejar hablar también a los insensatos, e incluso a los sinvergüenzas”. Notablemente, suelen ser estos últimos los únicos escuchados y leídos y, por razones evidentes, los guardianes más celosos del régimen).
Pero podríamos también remontarnos al material del libro, y en una generalización, pensar que ya antes la naturaleza misma fue siempre un libro abierto. Esta idea era muy familiar para los románticos y Novalis la explica varias veces en Heinrich von Ofterdingen; por ejemplo: “Flores, árboles: todo parecía tener alma. Todo hablaba y cantaba”. Y también: “En tiempos antiguos, habrá sido la naturaleza entera más viva y significativa que ahora”. Sobre ese colmo de significado, esa carga de sentido, escribió, después de Novalis, después del primer Schelling (y también del segundo) Gotthilf Heinrich von Schubert en “El simbolismo de la naturaleza” (1814). El escrito está recogido ahora en Ensayos de filosofía romántica de la naturaleza (la traducción es de Guillermo C. Colussi y Héctor A. Piccoli y salió en la editorial Serapis). Observa Schubert lo siguiente, casi una reverberación de lo anterior: “De un profundo sentido nos parecen todas las imágenes de la naturaleza usadas en los misterios: la mariposa, el grano que germina oculto en la tierra, la hiedra, vid, harina, agua, fuego, etc. Todas esas figuras simbólicas guardan una profunda relación recíproca y forman una serie en la que se nos manifiesta toda la historia de la región profética superior”. La naturaleza guarda los originales de las imágenes que usan los lenguajes del sueño y de la poesía.
En realidad, esto estaba ya dicho en el libro de la Sabiduría (13, 5): “Porque, a partir de la grandeza y hermosura de las cosas,/ se llega, por analogía, a contemplar a su Autor”. Es lo que muchos intuyeron antes y otros muchos repitieron después: la memoria, por el milagro de la analogía, es un regreso a casa.





