La otra operación masacre, en Cosquín
En septiembre de 1955, días después de que la Revolución Libertadora derrocara a Perón, policías en Córdoba asesinaron a cinco personas por considerarlas golpistas
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La historia de una nación suele estar atravesada por tragedias de diferentes signos. Algunas se escriben, algunas se filman, algunas se transmiten a través de canciones o relatos orales; otras quedan ocultas, latiendo en algún repliegue del tiempo. La tragedia de Cosquín es una de ellas.
El libro de Rodolfo Walsh Operación masacre narra el operativo militar que concluye con el asesinato de militantes peronistas en los basurales de León Suárez, acusados de levantarse con el gobierno de facto. Pero “la operación masacre” de 1956 no fue la única que se perpetró en aquellos meses. También hubo una masacre en Cosquín, pero esta vez los verdugos fueron los peronistas y las víctimas los antiperonistas. Esta masacre no tiene un libro que la recuerde, mucho menos una película o alguna canción de gesta. Los nombres de las víctimas carecen de entidad histórica y los nombres de los verdugos han sido debidamente ocultados.
La masacre de Cosquín fue anterior a la de León Suárez, porque se produjo el domingo 18 de septiembre de 1955, dos días después del pronunciamiento militar del general Eduardo Lonardi, primer presidente de la Revolución Libertadora. El escenario, Cosquín. Las víctimas, cinco personas, cuatro varones y una mujer. Uno de los varones era un niño de siete meses.
La masacre fue deliberada, intencional. A nadie se le escapó un tiro, nadie se confundió o hizo lo que no quería hacer. Los autores fueron policías de la ciudad de Cosquín. Dispararon a quemarropa y remataron a las víctimas. Los pedidos de clemencia no fueron oídos. Desde la terraza de la seccional, los simpatizantes del régimen peronista -uniformados y civiles- aplaudían. Ninguno protestó, ninguno reclamó por la vida de esas personas, ninguno recriminó a los uniformados por la faena que terminaban de realizar en la oscilante penumbra de una ruinosa noche de domingo.

El delito de las víctimas fue haberse detenido a preguntar, en una seccional de policía, por la dirección de una estación de servicio. Fatalidad, destino o tragedia. Se les ocurrió hacerlo en una comisaría ubicada frente a la plaza. Pero no fue la única ocurrencia. El policía que los atendió preguntó si estaban a favor o en contra del gobierno de Perón. ¿Por qué lo hizo? ¿Cumplía órdenes? Uno de los viajeros cometió el error de decir que simpatizaba con los insurrectos, lo que, dicho de paso, era más que evidente porque el auto llevaba inscripciones favorables a la Revolución Libertadora. “Cristo Vence”, por ejemplo.
Lo cierto es que decir que estaban con Lonardi fue como haber dado la orden de abrir fuego. Alguien dirá que las víctimas merecieron ese destino. ¿Merecía una familia ser ametrallada en la vía pública? Un niño de siete meses, ¿es culpable al punto de terminar con un tiro en la nuca? ¿Una mujer indefensa merecía ese destino? ¿Tres hombres desarmados merecen ese destino? ¿Acaso con un perro no se tienen más consideraciones?
¿Cómo sucedieron los hechos? ¿Quiénes fueron los protagonistas? ¿Por qué pasó lo que pasó? La información disponible es incompleta y ojalá en un futuro próximo se logre mayor precisión respecto de lo sucedido. El pasado siempre está abierto, siempre es incierto, siempre regresa. Investigarlo es tarea de historiadores y periodistas. En el caso que nos ocupa, esta nota pretende ser un paso, una apertura a futuras investigaciones.
La primera información la obtuve casi de casualidad. En una biografía de Pedro Eugenio Aramburu escrita por Rosendo Fraga y Rodolfo Pandolfi se menciona la masacre de una familia en Cosquín, como para dar una idea del clima de beligerancia de aquellos años en el que las víctimas podían ser peronistas o antiperonistas, pero nunca perdían la condición de víctimas. Mucho más no se dice en el libro, pero para mí fue suficiente como para empezar a indagar acerca del episodio. Mi primer fuente fue Francisco Capdevila, residente en La Cumbre pero que conocía hasta en los detalles las historias del valle de Punilla. Después hablé con mi amigo el doctor Antonio María Hernández, reconocido constitucionalista y radical de toda la vida. Hernández me puso en contacto con Mili Pitt, hija de Ema Roque Posse, la mujer que milagrosamente salvó su vida en aquella jornada siniestra en la que en poco más de veinticuatro horas le mataron el hijo, el marido y el padre.
Por lo pronto, podríamos dar inicio a este relato en la ciudad de Córdoba, el mismo viernes 16 de septiembre de 1955, cuando desde la Escuela de Infantería, dirigida por el coronel Guillermo Brizuela, se repelió el ataque de civiles y militares que respondían a las órdenes del general Lonardi. Como consecuencia de la balacera murieron en el terreno del combate el capitán Mario Efraín Arruabarrena, el teniente Alfredo Viola Dellepiane y dos conscriptos.
Ese fin de semana Córdoba fue un campo de batalla. Según las últimas investigaciones históricas, esa ciudad no solo fue la cuna de la Revolución Libertadora, sino que los comandos civiles llegaron a ser protagonistas importantes del operativo golpista, no solo por la cantidad de hombres que participaron, sino por el rol que algunos desempeñaron.
Con los años, “comando civil” se transformó en mala palabra para el diccionario peronista. Sin ir más lejos, en 2008, Néstor Kirchner los resucitó en un discurso para confrontar contra el campo. ¿Fueron golpistas? Lo fueron. ¿Fueron represores y criminales? Habría que probarlo. ¿Fueron antiobreros? Seguro que fueron antiperonistas, pero no hay conocimiento de que hayan asesinado a algún dirigente sindical. Al respecto, y atendiendo al futuro desarrollo de los acontecimientos, habría que decir que una de las imputaciones contra los comandos civiles -la de haber atacado al movimiento obrero organizado-, debería contrastarse con los asesinatos de dirigentes sindicales por parte de esos otros comandos civiles que fueron los Montoneros
Volvamos al enfrentamiento en la Escuela de Infantería. La muerte del capitán Arruabarrena moviliza a su familia. Arruabarrena estaba casado con Beatriz Roque Posse, cuyo padre, el escribano Juan Carlos Roque Posse, decide ir a buscar a su hija a la localidad de Tala Huasi. A su hija y a su nietito Mario Eduardo. Lo acompañan Marcelo Amuchástegui y su cuñado Miguel Ángel Cárrega Núñez. El objetivo es regresar a Córdoba para el sepelio de Arruabarrena.
En Tala Huasi suben al vehículo Beatriz Roque Posse de Arruabarrena, su hijo de siete meses, Marito Eduardo, y la niñera, Teresa Pitt. Lo demás se conoce en líneas generales. De Tala Huasi se proponen regresar a Córdoba, pero la ruta conocida, la ruta 20, está bloqueada, motivo por el cual toman otro camino que pasa por Cosquín. El paso por esa ciudad no estaba previsto, pero el destino no necesita de esos incidentes para tramar su propio relato.
Lo demás ya pertenece al género de la tragedia. Llegan a Cosquín y preguntan dónde hay una estación de servicio abierta porque el auto pierde aceite. Y no se les ocurre nada mejor que preguntar en la jefatura de Policía, ubicada al frente de la plaza principal. Amuchástegui desciende del auto y conversa con el policía que está de guardia en la puerta. El uniformado le pregunta si está a favor o en contra de los insurrectos dirigidos por Lonardi. Contesta que está a favor, y un certero disparo en la cabeza lo manda al otro mundo. La masacre contra una familia indefensa se inicia. Los policías rodean al vehículo y disparan contra los ocupantes. Seis policías decididos a matar. Juan Carlos Roque Posse es asesinado en su asiento. Cárrega Núñez grita que están desarmados y que hay mujeres y niños. Son sus últimas palabras.
Ema Roque Posse abre la puerta del lado derecho del auto y con su hijo en brazos corre a lo largo de la plaza. Una lluvia de balas cae sobre ella. Un tiro en la cabeza la deja momentáneamente ciega; un tiro en la pierna la derriba. La mujer cae con el chico y una ráfaga de ametralladora despedaza al bebé.
¿Qué pasó con Ema? Se recupera como puede y corre por la plaza seguida por la jauría humana. Todas las puertas cerradas. Intenta entrar en el Club de Ajedrez, pero nadie abre; finalmente la refugia una familia que decide solidarizarse con ella. Salva su vida, pero no puede salvar la vida de su hijito. De Teresa Pitt nada se sabe. Algunos dicen que escapó y se perdió en la oscuridad y en el tiempo. Hay motivos para suponer que también fue asesinada y el cadáver adquirió condición de desaparecido. Azares del destino. Diez años después Ema Roque Posse se casa con Carlos Pitt, el mismo apellido que el de la desdichada niñera, pero sin ningún parentesco.
El diario La Voz del Interior publica la noticia de la masacre en su edición del 21 de septiembre. Allí, la opinión pública se entera de que el jefe de policía de la provincia, que prudentemente ha tomado el recaudo de escapar de Córdoba, deja por escrito la orden de tirar a matar a toda persona que simpatice con los golpistas. Las informaciones disponibles son contradictorias. A la hipótesis del jefe de policía que pasa raudo por Cosquín y le dice a sus subordinados que si llegan militares entreguen la seccional, pero si son civiles disparen sin asco, se contrapone la otra hipótesis de que la orden la dio el gobernador peronista, que también, ejerciendo un acto de bizarra valentía, pasaba raudo por Cosquín.
En cualquier caso, las órdenes se cumplieron al pie de la letra. El balance no pudo haber sido más “exitoso”: una familia liquidada, desde el abuelo al nieto, incluyendo parientes y amigos, y además, un bombero muerto por una bala perdida. Las víctimas son despojadas de todos sus bienes, incluidos los del bebé.
A la madrugada llega el ejército y se hace cargo de la situación. Los asesinos con gorra han escapado. Algunos de ellos son detenidos y condenados, pero en 1958 una amnistía los dejó libres como pajaritos. Una calle cercana a la plaza Próspero Molina recuerda el nombre del bebé de siete meses asesinado: Marito Eduardo Arruabarrena.


