Reseña. Estanterías ajenas, de Nora Catelli
A veces lo técnico coincide con lo esencial; la ficha catalográfica de Estanterías ajenas señala: “Lectura. Memoria autobiográfica. Exilio”. Tres categorías fuera del cuerpo literario del volumen –términos que, de hecho, comparten espacio inmediato con el ISBN y advertencias legales– cuya función orientativa los libreros valoran y, en este caso, serían un buen verso-epígrafe de cara a los siete capítulos que siguen. En el primero de ellos, titulado Una justificación: libros, encuentros, escenas, búsquedas (que se lleva un tercio de esta obra), Nora Catelli (Rosario, 1946) anota conclusiones precoces: “A los ocho años, con Beau Geste, comprendí que la guerra era el centro de los libros, aquello que explica su existencia, que es dibujar la huella de lo perdido”.
En lo ambulante de las voces marcadas por migraciones, por supervivencia, hay una urgencia que también ilumina y nos da pistas acerca de la autora a los veintiocho años, a punto de refugiarse en España, cuando en 1975 la Triple A va tras Nora y su pareja, Jorge Belinsky, reconocido psicoanalista, temprano difusor argentino de Lacan, junto a Masotta. Ella entonces se lleva lo puesto (de su casa primero, de su país después): “Agarré Las alas de la paloma (Henry James) y un tomo de Mijaíl Bajtín”. Otras estanterías la esperaban ofreciendo la cartografía personal de lecturas, destierros y hallazgos que integran estas páginas.
Narrarse a través de los textos que uno ha leído fluye mejor cuando la vida giró en torno de ellos. Nora, durante el viaje al exilio, lee vorazmente a Kipling, único autor en la biblioteca del barco que va a Barcelona. Al llegar, trabaja de traductora, lectora editorial, docente. Por eso, más que una vida, quien repasa aquí vuelve a una voz que la habita, a un viento constante que sopla en ella.
En ese marco, la literatura es más de lo que es: “Lo que inauguró Zola fue mi deslumbramiento por la cercanía de modelos humanos y aspiraciones comprensibles. Cada uno de esos personajes –como luego en Stendhal, en las Brontë o en Flaubert–, que surgían jóvenes y casi siempre morían jóvenes o fracasaban, eran espejos. Sus derroteros estaban ligados a los hechos de la Historia y su revuelta no era una rebelión del cuerpo contra la religión, como en Gide; o, en Faulkner, el tormento por las consecuencias del pecado de la esclavitud en nuestras Américas”.
Si la patria es la lengua, como quería Pessoa, Catelli deriva, y refunda: “Mi lengua materna fueron los libros”. Estanterías ajenas recorre, así, una patria-lengua singular: la del logos y su cosmogonía; patria única, universal, adquirida en la “formación ambulatoria” que postula la autora. Y, como el nadador de Cheever, que vuelve a casa atravesando piletas de otros, ella aquí surca aguas, temperaturas, ámbitos, rostros que la palabra escrita le puso por delante.
Estanterías ajenas
Nora Catelli
Ampersand
110 páginas
$22.900



