Reseña. Nada especial, de Nicole Flattery
1963 y 1967 Andy Warhol fundó “The Factory” un estudio en Midtown Manhattan. Ahí producía sus serigrafías, filmaba; las fiestas eran orgiásticas. También, entre esos años, ideó un libro. El verbo es adecuado: no lo escribió sino que construyó un dispositivo que lo haría posible. Lo título, paradójicamente: A novel (1968). Lo que hizo fue grabar lo que sucedía en su entorno más íntimo. Esos casetes eran desgrabados textualmente -o al menos esa era la indicación- por dos mecanógrafas. En Nada especial, su primera novela, la irlandesa Nicole Flattery (1990), ficcionaliza esta experiencia centrándose en Mae, una adolescente que es contratada para escuchar y tipear.
Es una novela de aprendizaje. Mae pasa de ir al colegio y lidiar con los problemas de casi todas las adolescentes -la inseguridad en torno al cuerpo, la indiferencia de una madre, la falta de dinero, el despertar sexual- a estar ocho horas seguidas escuchando conversaciones entre Warhol, Ondine (Robert Olivo), actor de varias de sus películas, y la actriz Edie Sedgwick; diálogos que giran en torno al consumo constante de pastillas, escenas sexuales explícitas, autoflagelación, gente que le suplica a Warhol “que deje de grabar”. Flattery no transcribe estas escenas; a diferencia de Warhol, ella trabaja la elipsis, los silencios. La novela recrea los años sesenta, pero sobre todo pone sobre la mesa un mecanismo de producción. Frente a las imágenes planas que reproducen hasta el infinito las latas de sopa o la cara de Marilyn, indaga en la humanidad de Mae, en sus formas de lidiar con la sordidez de lo que escucha o en su necesidad de interpretar los silencios.
Flattery representa a Warhol como un mecanismo: es una máquina que trabaja con la literalidad. Lo más interesante de esta novela es conceptual: la pregunta por las formas de hacer arte. La autora le da voz a las obreras de Warhol -“Ya nada me iba a separar de mi máquina de escribir, ni las enfermedades ni el agotamiento. Mi cuerpo se prolongaba, se volvía parte de la máquina”, dice Mae-, pone en evidencia la lógica del consumo de masas llevada al arte. Y no es condescendiente. El artista jamás le habla a Mae, nunca hay un reconocimiento, más bien cierto goce perverso de saber que las mecanógrafas están expuestas a su intimidad. Lo único que salva a la protagonista, por más complicada que sea, es la amistad. Por eso, con un tono que recuerda al de Lorrie Moore en ¿Quién se hará cargo del hospital de ranas? (1994), la autora se detiene primero en el vínculo entre Mae y Maud y luego entre Mae y Shelley que también tiene la responsabilidad de tipear.
Nada especial permite dos lecturas: la primera atenta al retrato de época y al despertar de Mae, la segunda como una puesta en cuestión de los límites entre arte y vida.
Nada especial
Nicole Flattery
Eterna Cadencia
260 páginas, $ 32.900



