Reseña. Pastizales para la espera, de Gustavo Fontán
Un caído del mapa, un trabajador sin trabajo desde hace meses, y va como puede. Su andar enlaza a una comunidad de caídos”, anota Gustavo Fontán (Banfield, 1960) a propósito de Ramón Vázquez, protagonista de su película homónima, a punto de estrenarse en Argentina. La premisa, y también el primer envión del montaje, surgió en la confluencia de dos imágenes generadoras que se presentaron frente al director: el encuentro con un hombre que se desploma mirando un árbol y, una experiencia, en la casa paterna, con el duelo a cuestas: sentir una presencia mientras dormía y luchar por despertar. Una historia que resuena a Pedro Páramo: Ramón viaja desde La Pampa hasta Soto, Córdoba, para ver a su padre, a quien no ve hace treinta años.
“La verdadera condición del ser humano es pensar con las manos”, decía Godard, y algo de eso transmite el libro, no solo en tanto diario de rodaje, anotaciones poéticas, sino también en las pinturas sobre pastizales, una marca en la tierra a modo de ofrenda. La decisión de filmar el recorrido en forma cronológica, por un lado, tiene que ver con una forma de adaptarse a los recursos disponibles, en medio del desmantelamiento de los fondos públicos. Y, por otro lado, una forma de ir construyendo, paso por paso, trazos deshilachados, con ecos poéticos litoraleños, como algunos esbozos biográficos de Francisco Madariaga.
Una película, dice, puede pensarse como “la captura de lo que la luz y la sombra le hacen al mundo y, por consiguiente, al lenguaje con el que hablamos de ese impacto”. Como en Maraña o Cuaderno del merodeo, Fontán explora la plasticidad del género en su compañía frente a las caídas.
Pastizales para la espera
Gustavo Fontán
Cielo invertido
120 páginas
$ 38.000

