Robert Klitgaard: “La pandemia ofrece nuevos horizontes para atacar sistemas corruptos”
Cualquier país que quiera enfrentar la corrupción requiere de una acción colectiva, sostiene el especialista, que también considera que hay que centrarse en los problemas sistémicos antes que en las personas
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Es noche de sábado en Bután, el reino asiático, y Robert Klitgaard, acaso el referente más conocido y respetado del mundo cuando de luchar contra la corrupción se trata, sonríe a través de la pantalla. “Conversemos tranquilos”, invita a LA NACION en español, sin errores de dicción, ni rastros de acento gringo. “No tengo otros planes para hoy”.
Sus antecedentes impresionan: lleva cuarenta años investigando la corrupción, fue profesor en Harvard y Yale, asesor de la Casa Blanca, del Banco Mundial, del World Economic Forum y de una larga lista de organismos multilaterales, además de haber escrito once libros. Pero Klitgaard se siente pleno en la calle, lejos de la torre de marfil. Por eso ayudó a combatir ese flagelo en 35 países de cuatro continentes. Y ahora, mientras golpea el Covid-19, cree que hay una oportunidad.
“La pandemia ofrece nuevos horizontes para atacar sistemas corruptos”, plantea desde “El reino del dragón del trueno”, como se conoce a este país de los Himalayas.
Porque Klitgaard cree que la lucha contra la corrupción incluye capturar algunos “peces grandes”, pero considera más relevante todavía enfocarse en reformar los sistemas viciados.
“Hay que concentrarse en una pregunta: ¿dónde está el punto débil que nos permita atacar los sistemas corruptos?”, remarca, sabiendo que los beneficiarios lucharán por preservar sus componendas. “Es indispensable que caiga un pez gordo”, dice Klitgaard, para que la gente empiece a creer. “Y entonces hay que implementar un mejor sistema, no analizar solo a tal o cual persona”.
Por eso, explica, la Argentina y cualquier otro país que quiere encarar este flagelo, “requiere una acción colectiva”.
–¿Por qué se abocó usted a estudiar y combatir la corrupción?
–De joven, después de recibir mi doctorado, fui a Pakistán y estuve trabajando dos años en temas locales, temas de agricultura, de pesca, de finanzas municipales. Y hablando con mis colegas pakistaníes, siempre me decían lo mismo: “Si no fuera por la corrupción, estaríamos muy adelantados”. Y era verdad que mis alumnos de maestría y de economía eran más o menos iguales a mis estudiantes en Harvard, aunque su educación era muy teórica. Pero me marcó la idea de que la corrupción tenía la culpa de sus problemas de desarrollo. Empecé entonces a prestar más atención y al investigar con un grupo de estudiantes la industria de la pesca de camarón o el mercado de legumbres al por mayor comenzamos a encontrar mucha corrupción. Al volver a Harvard quise leer más al respecto y me encontré con que no había un tratamiento económico sobre este tema. Empecé entonces a desarrollar una combinación de teoría y estudios de caso, especialmente de éxito o de progreso. Y ese es el patrón que todavía recomiendo. Busquemos cómo podemos enfocar este fenómeno, pero ofrezcamos también algunas luces brillantes que nos pueden guiar hacia las soluciones.
Si alguien pregunta en la Argentina si hay ejemplos virtuosos que puedan estudiarse en busca de inspiración e ideas, la respuesta es sí, claro que sí”
–Tras cuatro décadas abocado a estudiar la corrupción, ¿ve más o menos de ese flagelo durante la pandemia? ¿Qué le preocupa sobre lo que estamos viviendo?
–Tenemos una contradicción. Por un lado, puede ser que por razones estructurales haya más tentaciones, más posibilidades de corrupción. Pero al mismo tiempo hay también más interés del público por esos mismos servicios que pueden ser corrompidos y, por lo tanto, se compensan los riesgos con los controles. Me explico: cuando hay una emergencia, una guerra, una inundación o una epidemia, los gobiernos necesitan responder rápidamente, con fuerza, con decisión. Se ven obligados a evitar muchas reglas de protección porque la gente puede morir si se siguieran los procedimientos regulares. Eso lleva a más abusos de poder, porque la misma necesidad de aumentar la discrecionalidad reduce la transparencia y alimenta las condiciones clásicas estructurales para facilitar la corrupción. Por eso predecimos que cuando las reglas no se obedecen, hay corrupción, abusos, irregularidades. Sin embargo, también es cierto que cuando hay emergencias, la gente está más atenta a lo que ocurre, lista para denunciar si la ayuda no llega o si detectan problemas con los recursos. La gente está muy sensibilizada. Eso es bueno porque ofrece una oportunidad para avanzar contra la corrupción, contra sistemas que siempre han estado ahí, merodeando, como el de las farmacéuticas. Entonces, ¿hay más corrupción? No sé, pero sí sé que hay condiciones que favorecen la corrupción, aunque la concientización de la gente también es más elevada. Por eso planteo que la pandemia ofrece nuevos horizontes para atacar sistemas corruptos que ya conocíamos.
–¿Hay ejemplos positivos de lucha contra la corrupción que puedan servir de referencia en América Latina? ¿Qué podríamos aprender de esos ejemplos?
–Buena pregunta. A mí me gusta dar el ejemplo de Filipinas bajo Benigno Aquino [presidente entre 2010 y 2016]. Su padre fue asesinado por [Ferdinand] Marcos y su madre fue Corazón [presidenta entre 1986 y 1992]. Durante su campaña, él sostuvo que donde no hay corrupción, no hay pobreza. ¡Wow! Por eso, cuando ganó, ayudé a analizar ejemplos de otros países muy corruptos, con altos niveles de violencia y con problemas étnicos que habían podido mejorar su situación. Y un ejemplo fue Colombia durante el gobierno de Andrés Pastrana [1998-2002], que impulsó una campaña contra la corrupción como campaña de desarrollo y contra los narcos. Planteó que no tendrían una economía mejor para los pobres si no tenían un gobierno que funcionara. Y se encargó de vender muy bien su propuesta en Estados Unidos y a los europeos para montar lo que se llamó el “Plan Colombia”. Así fue como avanzaron contra los peces gordos, mejoraron los sistemas de revisión, atacaron sistemas totalmente corrompidos como los de obras públicas y sanidad pública, y se concentraron en los sistemas en vez de en las personas, planteándose una pregunta: ¿dónde está el punto débil que nos permita atacar los sistemas corruptos? Bueno, volviendo a Filipinas, el equipo de Aquino analizó la experiencia colombiana y al cabo de tres días se presentaron ante el Presidente electo con un programa anticorrupción que convirtió a Filipinas en el país que más mejoró su índice de competitividad de 2010 a 2014 según el Foro Económico Mundial. Fue muy alentador, aunque también hay que decir que Colombia bajó luego en las mediciones internacionales porque es muy difícil mantener la lucha contra la corrupción. Pero si alguien pregunta en la Argentina si hay ejemplos virtuosos que puedan estudiarse en busca de inspiración e ideas, la respuesta es sí, claro que sí. Y un disparador podría ser este: ¿cómo invitamos a dirigentes del gobierno, del sector privado, de la prensa, de las universidades y de otros sectores a analizar juntos las lecciones de otros países y atacar juntos la corrupción?
Combatir la corrupción sistémica requiere de una acción colectiva”
–Pero hay una pregunta previa a esa: ¿cómo rompemos el círculo vicioso de la corrupción sistémica y estructural en países como la Argentina? ¿La clave pasa por la presión social? ¿O por un liderazgo virtuoso que fije el rumbo? ¿O por la combinación de ambos factores? ¿Acaso es necesario acordar una amnistía sobre el pasado entre todos los partidos políticos para impulsar reformas?
–Es una pregunta muy profunda y difícil de responder. Combatir la corrupción sistémica requiere de una acción colectiva. Si tengo que pagar un soborno para que mi madre entre en un asilo, me levanto por la mañana y digo: “Carajo, odio esta corrupción”, pero a mediodía lo pago. Lo pago porque es necesario que ella duerma esa noche en el asilo. Y después, tomando una cerveza con amigos, les diré: “¡Qué pena que nuestra cultura esté así!”. En ese contexto, hace falta un cambio de mentalidad. Porque estamos ante un equilibrio no eficiente, y debemos pasar de un equilibrio corrupto a uno sano. Eso requiere la subversión del equilibrio actual y una visión del nuevo equilibrio. ¿Qué implica esa subversión? Entender que la gente está descontenta al participar de un equilibrio corrupto. No lo hace porque carezca de ética, sino que se siente en un conflicto entre su deber personal –ayudar a su madre– y su deber social –vivir en una sociedad honesta– porque existe una estructura que la obliga a pagar. Por eso, el primer paso es comprender que esa estructura corrupta no es para siempre y que debemos buscar cómo podemos subvertir estos equilibrios. En este sentido el concepto de “freír algunos peces gordos” es importante.
–Es la segunda vez que expresa esa frase. ¿Qué quiere decir? Y al mismo tiempo, ¿alcanza solo con eso?
–Si se llega a Presidente de la Argentina siendo honesto y con el objetivo de cambiar el sistema, nadie va a escuchar. ¿Por qué? Porque cada Presidente llega diciendo lo mismo y la gente ya no les cree. Por eso es indispensable que caiga un pez gordo. Si eso ocurre, la gente empieza a creer y entonces hay que dar el siguiente paso, que es implementar un mejor sistema y para eso hay que analizar el sistema, no solo a tal o cual persona. ¿Y cómo se analiza un sistema? Manteniendo entrevistas confidenciales con sus participantes, procurando comprender las fallas de ese sistema, el de obras públicas por ejemplo. O cualquier otro. Hay que hablar con la gente que integra ese sistema y lo conoce a fondo. No porque queramos saber si pagaron coimas, ni porque queramos los nombres de los corruptos. Lo que buscaremos es entender cómo funciona cada eslabón del sistema paralelo. Garantizo que con quince entrevistas profundas surge un retrato del sistema corrupto. ¿Qué hacemos entonces? Compartimos ese retrato con los entrevistados para que nos aporten sus comentarios, correcciones y adiciones en forma anónima. Ayudarán. Aportarán ideas que nunca se nos habrían ocurrido. Lo hice con policías, con jueces, con licitaciones, con impuestos. Van a ayudar porque no estás buscando si fulano está pagando coimas, sino detectar las debilidades de un sistema.
–¿Cuál es el siguiente paso?
–Reunirte con el gobierno, con el organismo que esté financiando las obras públicas, con legisladores, con referentes de la sociedad civil, con los empresarios del sector y presentarles ese retrato para que lo discutan, con una pregunta como partida: ¿qué pueden hacer todos los que están en esta sala para que, dentro de un año, cuando volvamos a vernos, el sistema sea mejor? Parece increíble, pero funciona. Lo he comprobado, una y otra vez.
Se puede movilizar a aquellas firmas que pierden las licitaciones, a la prensa libre, a los legisladores que no están involucrados en la corrupción, a la sociedad civil”
–La clave es corregir el sistema, no señalar con el dedo…
–Exacto. Porque los beneficiarios del sistema corrupto lucharán por preservarlo, y será difícil cambiarlo si encima son poderosos y muy corruptos. Sin embargo, se puede movilizar a sus competidores, a aquellas firmas que pierden las licitaciones, a la prensa libre, a los legisladores que no están involucrados en la corrupción, a la sociedad civil y, en especial, a los afectados por la mala obra pública. Eso sí: la receta no da resultados inmediatos, pero mejora los sistemas donde hay corrupción.
Para combatir la corrupción hay que buscar buenos ejemplos en el sector público e incentivar a los que ofrecen mejores servicios”
–¿Usted cree más en una política de avances paulatinos que en terapias de shock, de reformas de un día para el otro?
–Depende de la situación. Cuando hay dos o más tipos cambiarios, por ejemplo, eso es una invitación a la corrupción. Y eso puede revertirse en horas con las firmas del presidente y del ministro de Finanzas. Otro gran ejemplo son los controles de precios, que intentan –y a veces logran– mejorar la vida de los pobres, pero que cuando se extienden demasiado son una fuente de corrupción porque la gente paga para evadir esos controles. Esos controles también pueden quitarse de un día para el otro. Un tercer ejemplo se da cuando el Estado se involucra en actividades que no son propias como el gerenciamiento de hoteles o restaurantes y rubros estúpidos donde la gestión estatal ofrece menor calidad y más corrupción. Por supuesto que privatizar empresas públicas no es de por sí una receta mágica contra la corrupción, pero a veces hay medidas que, instrumentadas de golpe, registran un gran efecto, afectan ese equilibrio de expectativas del que hablamos antes.
–¿Qué preguntas deberíamos plantearnos ante el fenómeno de la corrupción?
–[Medita por unos segundos] Un error clásico en este campo es saltar de un fenómeno a una ideología. Por ejemplo, creer que la corrupción se debe a la existencia de un Estado demasiado grande o, por el contrario, que es culpa del capitalismo. O que se debe a la ausencia de una religión. O que es una mentalidad que debemos cambiar. O que se trata de algo cultural en nuestro querida América Latina y otros juicios de ese tipo. Eso es un error, fruto de una generalización prematura que en parte es alimentada por académicos que nunca han investigado cómo es el fenómeno de corrupción en las licitaciones de rutas, por ejemplo, ni han hablado con diez policías sobre los problemas de corrupción en la fuerza policial. Entonces, una primera pregunta sería: ¿saben sobre qué hablan quienes hablan sobre la corrupción? Y una segunda podría ser: ¿cuáles son los ejemplos de progreso en la lucha contra la corrupción? Porque hay que buscar las luces brillantes. Busquemos esos ejemplos en el sector público y demos incentivos a los que ofrecen mejores servicios, en vez de solo “atacar” sistemas corruptos.
–¿Hay alguna pregunta que no le planteé y quisiera abordar?
–No, pero le mandaré por mail el libro que está por salir a la venta y que creo que le interesará [minutos después, envió el .pdf de Prevalecer. Cómo hacer frente a los trastornos y desafíos y tomar grandes decisiones con la ayuda de héroes], y le pido que le indique a sus lectores que en mi página de Internet [http://robertklitgaard.com Policy Analysis 2.0: Catalyzing Local Solutions Rethinking international development, together. Anti-corruption, with solutions, without sanctimony. Building partnerships and catalyzing creativity. robertklitgaard.com] hay libros, artículos y videos de acceso gratuito sobre cómo luchar contra la corrupción.
–En estos tiempos de pandemia global, ¿qué libros o películas o música o cualquier otra actividad sugiere para distraerse o, acaso, aprovechar el tiempo?
–¿Qué hago en mi poco tiempo libre? Leer. Pero déjame dar una sugerencia. Cuando tengo tiempo para leer y lo hago sin un objetivo claro, dejo que las palabras me “ataquen” y las absorbo pasivamente. Pero para los textos que debo leer por trabajo, mi secreto es que primero leo la contratapa y la solapa del libro o el resumen del artículo y me pregunto: ¿qué quiero extraer de este texto? Cuando tengo clara mi respuesta, empiezo a leer agresivamente y puedo terminar un libro en una hora. ¡Claro que pierdo datos relevantes de esa forma! Y a veces las preguntas que me planteé antes de empezar no eran las que debía responder. Pasa. Pero tengo claro que no tengo un tiempo infinito para leer todos los libros que me gustaría y con esa pauta y esa disciplina, puedes aprender mucho sobre el campo que te interese, ya sea historia del arte europeo o geografía andina o la pesca en el sur de Argentina. ¿Y un truco dentro del truco? No te detengas ante un párrafo confuso. Avanza, pasa a la página siguiente. Al cabo de una semana leyendo sobre el tema que sea, tu visión será totalmente diferente.
PERFIL: Robert Klitgaard
▪ Nacido en 1947, Robert Klitgaard estudió su licenciatura en Filosofía, y luego su maestría y doctorado en Políticas Públicas, en la Universidad de Harvard
▪ Fue profesor en las universidades de Natal (Durban), Yale y Harvard, antes de ser designado presidente de la Claremont Graduate University, donde todavía da clases.
▪ A lo largo de su carrera asesoró a la Casa Blanca, al Foro Económico Mundial, a múltiples organismos internacionales y bancos multilaterales de desarrollo, y se desempeñó como consultor en más de 35 países de América Latina, Europa, Asia y África.
▪ Autor de once libros, entre ellos se destacan Controlando la corrupción (1988), Gángsters tropicales (1990) y Enfrentando juntos la corrupción (2015); el más reciente es El manifiesto de la cultura y el desarrollo (2021).



