
Tras el Covid, el virus de la guerra
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La guerra que inicia el líder ruso parece desentonar con el clima de época. Estábamos saliendo de una pandemia que afectó a todos los países por igual y a la que respondieron todos en forma dispersa. Se hizo evidente entonces que una amenaza global no genera una defensa global uniforme. La distribución de daños y de vacunas fue tan desigual como lo es la realidad económica y social del planeta.
No hubo un ejercicio de pensamiento y acción global. Los países volvieron a una lógica de estrategias nacionales. No se construyó una sólida estructura regional o mundial que diera respuestas coordinadas y cooperativas. Corrió bastante tinta en defensa de variantes más “nacionales”, propiciando cambios en las cadenas de valor a fin de no depender de otros para solucionar las propias crisis. Se habla hoy de una globalización fragmentada, por áreas de influencia.
Como si fuera poco, el líder ruso sorprende con una acción que creíamos del pasado. En su asalto a Ucrania, estallaron todos los signos de este siglo. La sociedad global carece de un discurso homogéneo. Aparecen los hackers independientes, las ONG, las redes sociales, los canales de informativos de uno y otro lado. Nadie puede controlar el proceso. El rol del sector privado desafía los intereses de los Estados. Donde el líder ruso gana algo, pierde otra cosa. No hay victorias completas y únicas.
Sabemos, la guerra late y vuelve desde hace tiempo. Israel y Palestina; India y Paquistán; Siria; Líbano; y cómo no referirse a la guerra que plantea el crimen organizado en algunas zonas de México, Afganistán, Colombia o Centroamérica. Sin embargo, la centralidad de Rusia como potencia regional y global genera impactos en todas las regiones del globo: la energía se encarece, se sacude el mercado agrícola y financiero, se multiplican migrantes y refugiados. No es un virus, pero ¿qué país no se ve afectado? Todo curso de acción tiene consecuencias para todos.
Hay quienes culpan a Occidente de acorralar a Rusia, a la que no le habría quedado otra opción que recurrir a las armas. Otros creen que el líder ruso está poniendo en riesgo y desafiando la democracia liberal y su orden, y analizan la guerra desde un clivaje ideológico. Como telón de fondo está la crisis de la política y, con ella, la de la propia comunidad organizada.
La globalización despertó el debate de la identidad y la diversidad. Pero también desafió a quienes conducen, desde la política, las comunidades organizadas. ¿Quién es más ucraniano? ¿El que se siente ruso o el que odia a Rusia? ¿Quién es más ruso? ¿El que apoya a Putin o el que se opone? ¿Cómo ordenamos la identidad?
Una sociedad empoderada y con capacidad tecnológica de hacerse oír no solo cambia la forma de organización de una comunidad, sino también su conducción, porque cada voz importa. Las consecuencias de este paso del líder ruso marcarán el mundo que se está configurando. Y aunque pueda destacarse el rearme alemán inesperado o la decisión franco alemana de hacer frente común en la condena despertando el sentido de la OTAN, también se afirman señales de estos nuevos actores que juegan a la par de los Estados: medios, redes sociales, empresas energéticas, las tecnológicas, los hackers, las personas mismas. La sociedad global dejó de ser propiedad exclusiva de los Estados. La violencia armada de las guerras de este siglo, tal como describen los académicos, es híbrida: tiene y cuenta con muchos actores. Rusia nos dice que el Estado está vivo y sigue jugando, pero también que ya no es el único que juega. Ni puede controlar los resultados.
Ningún actor internacional quiere acompañar esta aventura que afecta a todos. La resistencia de un pueblo, el negocio de algunos y la determinación de un líder mantienen la destrucción con final incierto. Se buscan líderes que tomen nota de que estamos en una nueva era y se animen a pensar todo distinto.
Directora de la Escuela de Política y Gobierno en la Universidad Católica Argentina






