
Tras los pasos del artista suicida Jacques Rigaut
Los grandes muertos, los grandes suicidas, vuelven, siempre vuelven. Todo lo poco que escribió el dadaísta renegado Jacques Rigaut (1898-1929) se puede citar porque pensaba con ritmo en palabras que se inscribían en la memoria. Man Ray decía que, de todo el grupo de vanguardia en el que estaban André Breton, Philippe Soupault, Louis Aragon, Paul Éluard, Drieu La Rochelle & Co., Rigaut era el más hermoso, elegante, inteligente y talentoso. Casi cien años después de su suicidio, su nombre pasa de generación en generación.
Drieu escribió tres libros inspirados en su amigo: La valija vacía, El fuego fatuo y Adiós a Gonzaga. Sobre El fuego fatuo se filmaron dos películas: la homónima, Le feu follet (1963), de Louis Malle; y la noruega Oslo, 31 de agosto (2011), adaptación libre de Joachim Trier. Ésta puede verse en la plataforma Mubi. En 2019, apareció Jacques Rigaut. Le suicidé magnifique (Gallimard), una biografía monumental (700 páginas), de Jean-Luc Bitton.
Rigaut pertenecía a la pequeña burguesía. Su padre George Maurice era inspector en la gran tienda Bon Marché. Jacques estudió en los mejores liceos de París, se cultivó y también se aburrió. El joven dadá, a los 18, empezó a hacer los tres años de servicio militar. Cuando terminó con el cuartel, decidió seguir la carrera de derecho y empezó a drogarse con opio. A los 20 años, abrazó la idea de suicidio como una obra de arte que se elabora largamente y se ejecuta. Dejó la facultad y consiguió trabajo como secretario del pintor Jacques-Émile Blanche. Vivía bien, trabajaba poco, lo ayudaban sus padres, los préstamos de sus amigos, y los cheques de sus ricas amantes. En 1921, conoció en París a la millonaria norteamericana Gladys Barber, que estaba en Francia para divorciarse de su marido. Jacques y Gladys tuvieron una relación, con intervalos, de cinco años. Los amigos de Rigaut hicieron una colecta para que Jacques en 1923 fuera a probar suerte en los Estados Unidos. En Nueva York, se introdujo en la élite y publicó una serie de textos muy buenos. Consumía todo tipo de drogas.
Como Jorge Luis Borges, empezó a padecer la fascinación y el temor de los espejos. En 1924, mientras estaba en una casa de amigos en Oyster Bay, Rigaut se miró en uno y, temerario, resolvió pasar del otro lado de esa lámina; la embistió con su cabeza, rompió la barrera y se encontró “del otro lado”, sangrando. Se dio un nuevo nombre, Lord Patchogue, que sería el título del texto donde contaría esa experiencia. En 1926, Rigaut se casó con Gladys Barber, pero se divorciaron un año después.
El libro más conocido del dandi fue y es Agencia General del Suicidio (Interzona). En el cuento “La novela de un joven pobre”, Rigaut dejó sentada una de sus máximas vitales: “Es vergonzoso ganar dinero”. Buscaba alcanzar el desasimiento absoluto y la perfección del suicidio, envuelto en contradicciones. Decía en “Seré serio como el placer”: “No hay razones para vivir, pero tampoco hay razones para morir. La única manera de manifestar nuestro desdén por la vida es aceptarla”. Más adelante, conjeturaba: “Un hombre que evita los problemas y el aburrimiento encuentra quizás en el suicidio la ejecución del gesto más desinteresado, considerando que ¡él no sienta curiosidad de la muerte!”.
En “Un tema brillante”, se ocupó, como lo haría Borges, de los mundos paralelos y de la reversión del tiempo. En “Aforismos, máximas, líneas”, Rigaut se preguntaba: “¿Qué es preciso para ser feliz? Un poco de tinta.” A la vez, sostenía: “La verdad es la cualidad otorgada más generosamente. Nadie está privado y nadie ignora que la posee. De dónde proviene esta búsqueda aterrada de lo que se tiene en la mano y que se repele a cada instante para no morir. La solución, la respuesta, la llave, la verdad, es la condena a muerte”.
El 6 de noviembre de 1929, a los 30 años, el escritor se disparó una bala en el corazón en la clínica de desintoxicación de La Vallée aux Loups, excasa de François de Chateaubriand. Para que no se oyeran los tiros, colocó almohadas entre su cuerpo y el arma. Con una regla, marcó el lugar de su corazón. Un suicidio perfecto.






