
Trump: mentime que me gusta
El ego desbocado del mandatario estadounidense encarna una idea de poder ligada al control total de lo real
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Antes Estados Unidos decía que todo lo que hacía en sus intervenciones internacionales era por noble causa, aunque todos sabían que no siempre era del todo así.
Hoy, gracias a Trump, la no tan noble verdad de las motivaciones que subyacen en las acciones o pretensiones del mandatario se expresa sin tapujos ni pudores: según sus propias palabras, todo se hace por la riqueza o, simplemente, porque se puede hacer, y el presidente lo dice en la cara del resto del mundo sin disimulo.
No es la Libertad ni la Democracia. Tampoco antiguas o no tan antiguas reivindicaciones territoriales o límites conflictivos. Ni siquiera son reacciones a una acción puntual, como lo fue el ataque a Pearl Harbor, que obró como puntada final para la entrada de los Estados Unidos a la Segunda Guerra Mundial, aunque todos sabían que la tensión entre Estados Unidos y Japón, motivada por la puja de intereses hegemónicos, venía de lejos.
Hoy las cosas son lo que son, y si es el petróleo, pues es el petróleo sin disimulo alguno, aunque al principio parecía una cruzada por la democracia venezolana. Asimismo, si se “necesita” Groenlandia (que no tiene a ningún “Maduro” en su gobierno), pues es dicha “necesidad” la que motiva, sin eufemismos, las acciones militares o políticas del caso. Es así como lo comunica el presidente Trump, que nombra decenas de veces la palabra “petróleo” en sus discursos ligados a Venezuela, y omite, entre otras, la palabra Democracia, que es, sin dudas, la que muchos opositores al actual régimen (porque el régimen chavista sigue siendo actual, no anterior) esperaban escuchar con ansia.
Psicológicamente la cuestión nos sumerge en varios dilemas y reflexiones inesperadas. En los hechos, que una guerra fuera llevada a cabo, al menos en términos de enunciados, por una causa moral, nos tranquilizaba, por más que supiéramos que las motivaciones eran económicas, geopolíticas o imperiales.
Que así fuera nos permitía decir, con tono de expertos: “bueno, pero la verdadera causa de la guerra es otra: no es la motivación real esa que explican para justificar su accionar”. La doble lectura quedó atrás gracias a la literalidad trumpista, que ya modela gran parte del discurso de los gobiernos afines a su estilo.
Algo se extraña de aquel doble discurso que encubría con un relato moral lo que respondía a intereses no demasiado santos. Casi podríamos decir “mentime que me gusta” a los presidentes como Trump, una forma de creer que, al menos, esa mentira anhelada significaría un respeto falso, pero respeto al fin, al universo de lo moral: una idea de que hay “buenos y malos” (aunque a veces estuvieran mezclados), y no solamente malos.
Porque si se miente ofreciendo barniz ético a las acciones bélicas, será porque la ética tiene algún lugar en la ecuación, lo que nos abre a alguna esperanza. En cambio, la literalidad de la codicia y el afán de dominio pareciera abolir hasta la existencia simbólica de algo llamado “bien”, elemento generalmente relacionado con lo justo, con el universo del Derecho o con la respetabilidad de un orden que va más allá del acero, la pólvora y el poder atómico.
No hay dudas de que la vida nos ofrece todo el tiempo sorpresas. Vernos hoy añorando un relato mentiroso no era lo esperado a esta altura de la existencia. “Mentime que me gusta” refiere a una mentira que indica que hay algo superior ante lo cual hay que ocultar las verdaderas intenciones. La “verdad” trumpista habla de que el “superior” es el ejecutor mismo de la acción: el señor Trump. Dicho ejecutor no habla en nombre de la Ley, él es la Ley, y por eso dice lo que dice, y de esa forma. En tal sentido, el Mundo, así con mayúsculas, es un anexo del propio ego, no un “otro” con el que se interactúa.
“Es la codicia, estúpido” podríamos señalar, en resonancia con aquel “es la economía, estúpido” de Bill Clinton. Y no solamente la codicia derivada del afán de riqueza, sino en particular aquella que se expresa en la posibilidad de hacer las cosas sencillamente porque se pueden hacer sin oposición, lo que psicológicamente genera vivencias cuasi lisérgicas y adictivas en aquellos que ven que sus acciones no tienen límite, tal como les pasa a los dioses.
Son tiempos de egos desbocados. Cada tanto la Historia nos ofrece cosas así: personalidades que encarnan una idea de poder ligada al control total de lo real, no a la generación de realidades construidas en común con otros. Como Ícaro, esos egos suelen muchas veces acercarse demasiado al sol y la cera con la que están construidas sus alas puede terminar derritiéndose, para que la Ley de Gravedad haga lo suyo.
No sabemos si algo del estilo va a pasar en el caso del actual mandatario norteamericano. De hecho, conocedores de este tipo de debilidades humanas (porque se trata de una debilidad, aunque parezca una fortaleza) se inventó algo llamado Democracia, que hace circular las cosas y apunta a diluir los egos con la alternancia. Veremos qué pasa en este sentido.
Mientras tanto, volvemos a esta sorpresiva añoranza de la mentira que hoy nos habita. No la vimos venir. Nos creíamos mejor que esto. Pero, pensándolo bien, lo que añoramos es que exista una llamita de anhelada virtud en el discurso, aunque sea en el terreno de la Utopía, frente a la cual dé vergüenza mostrar impúdicamente algunas intenciones espurias.
Nos contentamos con poco quizás, pero de esas llamitas nace el fuego que nos abriga cuando la locura guerrera se apodera de la historia. No es la primera vez que cosas así ocurren, y no será la primera vez tampoco que los pies de barro de la prepotencia demuestren su endeblez. Somos algo mejor que meros patovicas de la historia, y lo paradójico es que a veces es una mentira lo que nos lo recuerda.






