
Charito Germanó: quedó huérfana en la guerra, unas monjas la trajeron al país y a los 14 años rompió récords imposibles
Amparo “Charito” Germanó fue pionera de la aviación nacional, reconocida mundialmente por sus hazañas y por haber sido la primera mujer en el mundo en ganar un campeonato internacional de acrobacia aérea: su record mundial de looping sigue vigente
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La casa era de los años 50, con un pequeño jardín adelante. Estaba cerca del faro de Punta Mogotes, el lugar donde vivía desde 1996 con Julio Díaz, su segundo marido, también aviador. Llego puntual, a las cuatro de la tarde. Una señora me abre la puerta y me hace pasar. Allí estaba Charito en su silla de ruedas, sonriente, alegre por el esperado reencuentro. Hacía 18 años que no nos veíamos, desde aquella mañana de marzo de 1992 cuando compartimos un evento en al museo Fragata Sarmiento. Ese día, para que no me olvidara de ella, me regaló una medalla dorada.
Estaba junto a una mesa grande desordenada, tapada de cosas y papeles. Un vaso de whisky por la mitad, junto a cuatro perros y dos gatos que nos rodeaban con curiosidad. En la pared había objetos y cuadros relacionados a su vida de aviadora: sus premios, sus diplomas, sus fotos... Se notaba que hacía años que estaban allí, algo descuidados, torcidos. Ese era su mundo en octubre de 2010, cuando estuve con ella por última vez.
Dueña de una personalidad arrolladora, fuerte y decidida, Charito Germanó forma parte del exclusivo grupo de mujeres pioneras de la aviación argentina de la primera mitad del siglo pasado. La precursora fue Amalia Celia Figueredo, alumna de Jorge Newbery y Paul Castaibert, quien en 1914 obtuvo su brevet y se convirtió en la primera mujer piloto del país y de Sudamérica. La siguió Carola Lorenzini, apodada “la Paloma Gaucha”, que se destacó como instructora de vuelo y batió el récord sudamericano al alcanzar los 5.381 metros de altura. También dejaron huella Alicia García Uriburu, protagonista del primer vuelo femenino en el país; Raquel Cabrera Bernet, que se animó a los globos aerostáticos; y Finlandia Pizzul, aviadora y primera arquitecta argentina, autora del anteproyecto del Aeroparque Jorge Newbery. Todas ellas, al igual que Charito, volaron en condiciones extremas, sin cabinas cerradas, enfrentando frío, viento y la mirada incrédula de una sociedad que consideraba la aviación un ámbito exclusivamente masculino.
Nació en Lyon, Francia, en 1937. La bautizaron Marie Rosie Jeanfreu. Sin embargo, forjó su leyenda como aviadora con el apellido de su primer maestro aviador, experto en acrobacia aérea y, finalmente, su primer amor: Santiago Germanó. En la Argentina adoptó el nombre de Amparo “Charito” Maneiro Germanó.

Heredó la pasión por los aviones de su padre, el capitán George Janfreu, quien combatió en la Segunda Guerra Mundial para liberar a Francia de los nazis en las llamadas “Blitz Krieg” o “Guerra Relámpago”. Murió en combate: fue derribado cerca de Rouen, al amanecer, cuando piloteaba un cazas Dewoitine D-520 de L’ Armée de l’ Air, y cayó al mar con su máquina.
Poco después de la muerte de su padre, Marie Rosie Jeanfreu también perdió a su madre, quien viajó a París y nunca regresó. Ambos fueron de los casi 600 mil muertos y desaparecidos que tuvo Francia durante la gran contienda mundial.
Quedó sola, huérfana. Una Orden de Monjas Franciscanas la protegió y la envió a la Argentina, donde comenzó una nueva vida. “Aquellas religiosas trajeron a los huerfanitos ingleses y franceses a distintos países sudamericanos. Por suerte, a mí me tocó Argentina, donde crecí y estudié siempre con la idea de ser piloto de aviones. Eran monjas francesas, muy liberales. No sólo me dejaron hacer lo que quería, sino que me llevaron a aprender con el mejor maestro que había: Santiago Germanó quien me enseño todo”, contó en una entrevista.
En la Argentina, su nombre francés Rosaire se tradujo al español Rosario. Y luego derivó en el hipocorístico Charito, su nombre definitivo.
Probablemente, la historia de su padre fue determinante en su elección de convertirse en aviadora. Pero, sin dudas, también lo fue el impulso de las religiosas que la cobijaron, le dieron un hogar y un destino de vida. Se dice que Charito las convenció de su ilusión de volar y lo hizo mediante un poema que ella misma había escrito titulado “Sed de cielos y distancias”. La primera estrofa decía: “Una sed insaciable/de cielos y distancias/me ilumina el espíritu/en esta tarde azul”.
Las monjas la llevaron con Santiago Germanó. Poco después, el ambiente aeronáutico escuchó el nombre de Charito por primera vez. Fue en San Fernando, cuando realizó 857 rizos o loopings consecutivos (maniobra acrobática en la que el avión describe una trayectoria casi circular y cerrada en un plano verticales) y batió el récord nacional. Tenía apenas 14 años. Su marca tiene un detalle tan curioso como épico: los últimos 200 loops los hizo de noche tomando como referencia las luces de una ambulancia.

Pero su consagración definitiva llegó el domingo 25 de noviembre de 1951, durante la inauguración del aeroclub de Carhué. Ante el asombro de todos, hizo 963 loops consecutivos y marcó el nuevo récord mundial para una mujer que se mantienen vigente aún hoy, 75 años después.
Cuenta la crónica de la época, guardada en los documentos del Museo Regional Dr. Adolfo Alsina: “Era el turno de Amparo dispuesta a batir el record de María del Carmen Romero de 887 loopings. A las 6:30 el Piper biplaza J3 de 65 caballos despertaba a muchos carhuenses comenzando a dar un rizo tras otro. La gente poco a poco, en especial los madrugadores comenzaron a mirar al cielo y muchos enfilaron hacia el aeroclub y allí, en sus autos o simplemente en el suelo la saludaban a cada giro. Y giró… y giró… hasta que el avión se quedó sin combustible, tras increíbles 2 horas y 45 minutos. La Dirección de Aeronáutica había enviado fiscalizadores que instalados en la pista habían monitoreado el acontecimiento. Cuando Charito bajó del avión le dieron las felicitaciones junto con un ramo de flores. Había batido ampliamente el record con increíbles 963 giros.”

El mundo a sus pies
En julio de 1954, ya con reconocimiento público, piloteó uno de los 100 aviones argentinos que volaron en la recordada “Reboada Internacional”, la caravana aérea civil para celebrar el cuarto centenario de la fundación de la ciudad de San Pablo, en Brasil. Sin embargo, aquella travesía festiva al mando de un Focke Wulff descubierto se convirtió en la experiencia más traumática de su carrera.
En octubre de 2010, cuando compartimos el último whisky, le pregunté:
-¿Charito, cual fue el momento más difícil, el que te llevó al límite en tu experiencia como aviadora?
-Fue cuando volamos hacia Brasil. Al cruzar el Golfo de Santa Catarina, un problema de contaminación de agua en el tanque de nafta hizo que el motor del avión comenzara a toser y eso me hacía perder altura. Entonces le daba toda potencia para ascender (hace el gesto de la maniobra) y así se volvía a mezclar con más nafta y recuperaba la potencia y la estabilidad. Sólo el hecho de pensar que podía caer al mar y ser devorada por los tiburones hizo que lograra mantener el avión en vuelo. Me desesperaba la idea de terminar como mi padre..., contestó.
Pocos meses después, ese mismo año, fue a medirse a Europa. Piloteó un avión construido íntegramente en la Argentina: el Focke Wulff Fw-44 “Stieglitz”, bajo licencia alemana, con el que ganó el Campeonato Mundial de Acrobacia Aérea realizado en Coventry, Inglaterra.
Fue la primera mujer en ganar un Campeonato Mundial. Y su consagración trajo el primer título en la disciplina para la Argentina. Charito, que tenía 17 años, derrotó a Franck Price, un experimentado piloto norteamericano, veterano de la Segunda Guerra y de la de Corea, quien por esos días se dedicaba a doblar escenas aéreas en las películas de Hollywood. Su triunfo hizo que fuera recibida por la reina de Inglaterra. Y la Asociación Internacional de Mujeres Aviadoras de Estados Unidos, que tenía entonces 100 integrantes, la reconoció como una miembro más.

Charito tomó el té con Isabel II en el Palacio de Buckingham. “En Londres, los del hotel me decían que tenía que ir hasta Buckingham en tren. Les hice caso. Estaba en camino cuando un guarda me viene a buscar y me lleva al primer vagón. Cuando llegamos a destino, me recibieron con una alfombra roja. Además, me estaba esperando la banda de la reina. Pensé que iban a tocar la Marsellesa, ¡pero tocaron la Marcha de San Lorenzo! Claro, yo representaba a la Argentina. Me encantó“.
Conoció a los dos hijos mayores de Isabel II, el príncipe Carlos (actual rey) y la princesa Ana, que le dijeron que querían ser aviadores. “Yo no tenía mucho inglés pero ellos eran muy cultos y me hablaban en francés. Me llenaron de preguntas y nos entendimos divinamente”, contó.
La gira de Charito siguió por gran parte de Europa: voló en Italia, España, Alemania, Holanda y en su tierra de origen, Francia. Al final de ese 1954 inolvidable, recibió el más importante reconocimiento: la Fuerza Aérea Argentina le otorgó el brevet de Aviadora Militar.
Pero sus logros no la detuvieron. Por el contrario, siempre tomó nuevos desafíos: hizo el curso de helicopterista en el Ejército, voló planeadores, practicó equitación, natación y compitió en motonáutica.
Pero su pasión siempre estuvo en el aire. A lo largo de su vida, sumó más de 7.000 horas de vuelo, en las que rompió récords y se convirtió en una estrella de la aviación mundial. Fue recibida por reyes y presidentes. Incluso, una famosa marca de cosméticos etiquetó un perfume con su nombre: “Charito”.

Francia, su país natal, le hizo una importante oferta económica para que siguiera su carrera profesional con la bandera tricolor. Pero Charito la rechazó porque siempre se sintió agradecida con la Argentina, el país que la recibió, donde aprendió a volar.
“Acá me ves, postrada. Sé que se viene el final, pero estoy feliz por la vida que tuve. Tan grande fue mi pasión por volar que no quise tener hijos para dedicarme solo a mi gran vocación”, me dijo con cierta timidez y voz cansada en nuestro último encuentro. Sentí que era la despedida.
Pocos días después, el 14 de noviembre de 2010, Charito cumplió 73 años. Y nueve días más tarde, el martes 23, a las nueve de la noche, inició su último vuelo nocturno, como a ella le gustaba volar, acompañando a Jorge Newbery, Barlotolé de Palazzo, Vicente Almonacid, Benjamín Matienzo, Pedro Zanni, Carola Lorenzini y Amalia Celia Figueredo, entre otros tantos pioneros de los cielos, en una simétrica escuadra eterna. Proféticamente lo había expresado en aquel poema dado a las monjas: “Quisiera yo elevarme/perderme en el poniente/traspasar el horizonte/y embriagarme de sol/no reconocer vallas/no reconocer límites/y en mi afán de distancias/aproximarme a Dios.”

Sus éxitos internacionales contribuyeron al prestigio de la aviación argentina. Consolidó la acrobacia aérea como disciplina competitiva de alto nivel. Su influencia fue decisiva para las mujeres en la aviación. En un mundo dominado por hombres, demostró que una mujer podía competir al máximo nivel. Y ganar, por que les ganó a todos.



