
Charlas sobre ruedas
Tratar de entender el transporte público de una ciudad es un buen punto de partida para conocer y descubrir el ritmo y las costumbres de un destino nunca visitado. Y eso fue lo que intenté hacer cuando llegué a Los Ángeles para cubrir la feria de videojuegos E3. Una ciudad extensa que suele desconcertar por el cruce de vías rápidas, autopistas y bulevares eternos, y que deja poco margen de maniobra para los impacientes que quieren estar en quince minutos en la otra punta de la ciudad, o para aquellos que les da mucha fiaca hacer un transbordo.
Con un sol californiano que no suele bajar de los 28°C o 30°C, la impronunciable modalidad #subtrenmetrocleta me pareció demasiado sofisticada para mi condición de foráneo. Sin bici a mano, me animé a cubrir algunos trayectos con el metro y el bus local. ¿Taxi? Sólo como excepción. Cuando me alejé demasiado de mi hospedaje, el salvavidas fue Uber, el servicio de choferes prohibido y resistido en varias ciudades europeas.
Los choferes, en su mayoría latinos, lograban descifrar mi origen en animadas charlas sobre Messi, el desempleo y compartían sus secretos para aprovechar al máximo el trabajo como choferes. Por ejemplo, los fines de semana por la noche o la madrugada son ideales para el ida y vuelta de los amantes de los bares y boliches, mientras que los viajes por la mañana son perfectos para llevar pasajeros hasta el aeropuerto de Los Ángeles. Eso sí, por exigencias del gremio de los taxistas no pueden levantar nuevos viajes. Pero sí lo hacen a la salida de la terminal, donde algunos usuarios descubrieron que pueden pedir un coche de Uber. Hecha la norma, hecha la trampa.
Para ellos, Uber era el complemento para llegar a fin de mes. Cadetes, diseñadores, electricistas que aprovechaban su tiempo libre para hacer algo de dinero. Sin dedicación completa, aunque conocían a algún amigo que pasaba jornadas de doce o quince horas arriba de un auto.
Una charla que tranquilamente podría tener en cualquier otro taxi porteño o de cualquier otra ciudad del mundo, si no fuera por los coches híbridos, el pago con tarjeta de crédito y la facilidad de subir al auto de un extraño, sin registro profesional y mediante una aplicación móvil de un smartphone.







