
Cine de super acción El virus catódico
Adelantamos fragmentos de un libro donde se cuenta la historia de un ciclo televisivo emblemático. Dedicado durante décadas a emitir películas bizarras -y de las otras-, Sábados... fue una fuente donde abrevaron futuros cinéfilos
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La infancia puede no ser la patria, pero al menos es una pequeña provincia del resto de nuestras vidas, y aunque no todos los destinos echan sus raíces allí, este libro -Cine de Súper Acción, cine clásico y de culto en la TV argentina, 1961-1993, y cuyos autores son Diego Curubeto (crítico de cine y autor de los libros Babilonia gaucha y Cine bizarro) y Fernando Martín Peña (autor del libro El cine quema, crítico de cine y al frente de la Filmoteca Buenos Aires)- se mete con la infancia de muchos, dando por descontado que una legión de cinéfilos actuales se criaron al calor de cierta religión televisiva conocida como el Cine de Súper Acción.
Este libro es la historia de un ciclo de cine emitido por Teleonce (luego Canal 11, ahora Telefé), que llevó por nombres Cine de Súper Acción, Sábados de Súper Acción, Las Grandes Películas, Aquí Hollywood, o Matiné de Hollywood en castellano, y que duró en las pantallas argentinas un cuarto de siglo. La idea era simple: una maratón cinéfila que ocupaba los sábados de cabo a rabo, con películas que no estaban disponibles en cineclubes ni en cinematecas. Un negocio excelente para el canal, que con poco esfuerzo superaba en rating a cualquier competidor.
"Las autoridades de Telefé -aclara el prólogo- no dieron ningún apoyo a esta investigación, excelente incentivo que terminó proveyendo al lector de datos que, por algún motivo, no encontrará en libros sobre temas más serios y generalizadores relativos a la TV local." Este libro es la historia de un ciclo de televisión que infectó a muchos con el virus del cine al pasar películas como Marabunta, Casino Royale, La extraña monstruo radiactiva, La mujer pantera o El pozo y el péndulo, pero es también la historia de un canal que nació católico, y la de extraños curas cinéfilos, y la de programadores freaks y, sobre todo, es también la historia de un país retorcido por la violencia y la censura, y al que Cine de Súper Acción sirvió como bálsamo -y a veces como reflejo- fascinante y deforme. "La política siempre termina contaminándolo todo, incluso hasta aquel tratamien-to de cerebro altamente evasivo que fue este ciclo. Para la mentalidad de un chico de 7 u 8 años, el fenómeno paranormal que provocaba que cortaran a cada rato una película para mostrar un balcón en el que presumiblemente estaba por aparecer algún político para dar un discurso era algo incomprensible y terriblemente molesto. Lo peor era que, por esa misma causa incomprensible, los adultos que despreciaban a los cíclopes monstruosos y las batallas romanas, justo en esos momentos rodeaban la pantalla del televisor con especial ansiedad, a pesar de que la película no era otra que la mismísima Konga, con Michael Gough, emitida por cuarta vez en tres meses.
La armonía familiar era sólo un espejismo. En cada tanda publicitaria, un periodista parado frente a una casa, en medio de una horda proletaria vociferante, anunciaba nervioso que alguien muy importante pronto saldría al balcón a hablarle al pueblo. La película seguía, Michael Gough torturaba psicológicamente a la pobre Konga, obligándola a ser una mala mona, y cuando la cosa se ponía buena, la película se cortaba y el informe especial en vivo volvía al reportero que, en medio de un griterío ensordecedor, decía que El Hombre estaba por hablar. La cámara apuntaba a un balcón donde no terminaba de salir nadie a decir nada, y luego de algún balbuceo incoherente del reportero, Konga seguía su camino destructivo hacia el Big Ben.
Como si fuera un hincha de Racing rodeado de la barra brava de cualquier otro equipo, el pobre fan del Cine de Súper Acción veía con tristeza cómo cada nuevo corte de su película era seguido con la mayor atención por los adultos que lo rodeaban. Al final, cuando Konga acercaba sus garras a la pared del Big Ben, el Caudillo decidía salir al balcón a hablarle al pueblo. El acto político terminaba veinte minutos después, y el asunto ya se había convertido en tragedia: Konga había sido olvidada y el Cine de Súper Acción retomaba su función en cualquier otra cosa, digamos algo tan adulto y anticlimático como La heredera (The Heiress, 1949) de William Wyler.
Dar un film sin el final, y con constantes interrupciones de cualquier tipo, no era un gesto respestuoso para con el televidente, aun si es un niño al borde del autismo cinéfilo o un señor de 47 que admira los bíceps de Steve Reeves, Víctor Mature o Kirk Morris. Al ser interrogado sobre estas crisis políticas insuperables, Alfredo Scalise (N. de la R.: Scalise llegó a Teleonce como redactor publicitario e hizo toda su carrera en el canal hasta llegar, en 1983, a ser presidente del directorio) demostró recordar con total claridad la estrategia adoptada en esos momentos, lo que refuerza la impresión de que durante algunos años estas cosas pasaban a menudo. "Como la proyección era en vivo, cualquier noticia de último momento, cadena nacional y cualquier otro imprevisto simplemente sucedía mientras el proyector seguía andando. Estaba terminantemente prohibido detener el proyector, ya que eso modificaba totalmente los tiempos calculados del programa. Por eso no había nada que hacer, la gente lo percibía como que le habíamos cortado la película, cuando lo que en realidad había pasado era que no se había emitido un fragmento que seguía corriendo mientras se mandaba al aire la noticia especial. En esos casos se volvía a programar la película para el sábado siguiente, para que aquellos televidentes que quisieran la pudieran ver entera."
En todas las entrevistas concedidas para este libro, Alfredo Scalise adoptó una actitud profesional. Sin embargo, al tocar ciertos temas culminantes, su profesionalidad dejó entrever cosas que aún toma como algo personal. Por ejemplo, uno de sus máximos orgullos es el alto porcentaje de exactitud en la información de prensa sobre las películas de los sábados. Sabiendo lo difícil que es programar con semanas de anticipación una docena de películas por fin de semana, su orgullo es lógico. "Es verdad que a veces alguna película salía anunciada y luego no se daba, o que a veces no se llegaba con información al cierre de algunos medios, pero cualquier televidente frecuente de Teleonce seguramente recordará que casi toda la lista de películas que aparecía en la sección de TV de diarios y revistas anunciaba sin errores lo que se veía en el horario, día y ciclo indicados." Su frustración al recordar esas vergonzosas repeticiones en el Cine de Súper Acción luce siempre tan intensa e inversamente proporcional a la alegría adolescente y contagiosa que surge en sus relatos sobre películas truchas armadas en el canal para tapar agujeros de programación. "A veces apelábamos al canibalismo -explica Scalise-. Si una película nos quedaba corta para completar la tarde, tratábamos de alargarla. Por ejemplo, a una película de aventuras en Africa, tipo Tarzán, le agregábamos escenas de nativos y animales de otras películas, hasta llegábamos a la duración necesaria..."
Aunque en Cine de Súper Acción se pasaron clásicos como Gunga Din y ¡Qué verde era mi valle!, la mayor sonrisa en el rostro de Scalise apareció al recordar un título impactante: Tiburón ballena, asesino del mar. Si el lector resulta ser uno de esos nerds obsesivos que corren a buscar datos en la guía Maltin o en la cibernética IMDB.com, más vale que sepan de antemano que no la van a encontrar.
Ese engendro no fue otra cosa que un estiramiento con material de archivo y doblaje ad hoc, de un episodio de la serie documental El mundo submarino, de Jacques Cousteau. Scalise se ilumina al recordar las transgresiones en las que aplicó las lecciones aprendidas en la adolescencia durante aquellas funciones radioteatrales que aparecían esporádicamente en los cines de barrios bonaerenses. "Por falta de material, y además porque nos divertíamos como locos, hacíamos una reedición del material de varias películas, de manera que al final Maciste peleaba contra el Hombre Lobo. En esa época, Jacques Cousteau tenía mucho éxito los días de semana a la noche, por lo que inventamos, tomando varios fragmentos documentales, una película nuestra a la que bautizamos Tiburón ballena, asesino del mar. Le agregábamos un doblaje y repetíamos la misma toma, o la pasábamos en cámara lenta cambiando la velocidad del proyector, y hacíamos que cada escena durara una eternidad para llegar a la duración que tiene que tener una película." En Teleonce había un detalle especial: antes de ir al aire, todo material fílmico era revisado por un sacerdote. Durante dos décadas, distintos religiosos se hicieron cargo de esta función, recordada familiarmente por sus colegas laicos con la denominación de cura chequeador.
"Yo trabajé mucho con dos de los curas chequeadores del canal, el padre Grassi y el padre Alvarez. Los dos eran tipos bárbaros, y creo que fallecieron -recuerda el compaginador Jorge García-. Eran una especie de censores. Su lema era permitir la intención, pero no la visión, es decir, la idea era cortar imágenes sin cambiar el sentido de la escena. Nos pedían cortar escenas con insinuaciones de sexo o besos muy profundos. Por lo general nos daban las pautas, y nosotros trabajábamos solos. Eso sí, los clásicos importantes nunca se tocaban. Se cortaban películas B, el material de poca calidad. Una película importante con Gary Cooper nunca se cortaba." Antes de 1975, cuando los censores todopoderosos de la etapa más negra de la Argentina estaban empezando a afilar sus tijeras, lo único que se podía llegar a querer elimimar de un film era alguna rara escena de violencia demasiado gráfica. Además, obviamente estaba eso de "al César lo que es del César". Jorge García afirma que lo comercial pesaba mucho en un canal al que durante los años sesenta nunca le sobraron ni treinta monedas. "Nunca se dejó de pasar una película ya comprada por alguna objeción del sacerdote, porque él sabía que eran películas compradas por la empresa. Pero también se sabía que había películas que nunca se pasarían en el canal, como films muy realistas tipo Roma ciudad abierta.
"Esto del sacerdote chequeador era algo exclusivo del 11. Es que el padre Grandinetti había sido uno de los fundadores del canal. Por eso esto era como un condimento de Teleonce. La idea era respetar al máximo las buenas costumbres. Creo que poco tiempo después de que yo me fui, en 1978, el sacerdote chequeador dejó de existir en el canal."
Scalise recuerda con cariño a los padres chequeadores Albino Grassi y al padre Alvarez. En cambio se pone más serio cuando trata de evocar a un español, el padre Cortina. "Era temible -dijo sin ser muy explícito la primera vez que recordó a este personaje-. Imponía mucho respeto, casi como que daba miedo." Las autoridades actuales de la orden de San Ignacio de Loyola no pueden recordar ninguna labor específica realizada por un jesuita en la filmoteca de Teleonce. El padre Grandinetti, en cambio, recordó perfectamente cada uno de los nombres mencionados. Su rostro sólo se conmovió al escuchar el nombre del padre Cortina. "Era español... era un hombre muy serio... Sabía mucho de cine", dijo, mientras -por única vez durante la extensa entrevista- su rostro perdía la armonía habitual, y sus facciones se retorcían como si se le hubiera mencionado al Anticristo. En cambio, al preguntarle por los cortes ordenados por sus hermanos jesuitas en las películas emitidas por el 11, su respuesta fue totalmente natural: "Cortar una película es fácil. Pero cortarla bien, sin que se note, es otra cosa. Hay que saber cortar una película".
Nota: los fragmentos reproducidos corresponden al libro Cine de Súper Acción, de Diego Curubeto y Fernando Martín Peña, que Grupo Editorial Norma publicará en octubre.
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