Cómo abandonar el discurso victimista

Miguel Espeche
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28 de junio de 2014  

Hay gente que vive poniéndose en víctima. Claro que a veces esa "gente" somos nosotros mismos, y en el fondo nos molesta ya que, sabemos, no está bueno ponerse en ese papel victimoso de forma perpetua y es feo cuando otros nos descubren el juego.

No vamos a decir acá que no existen las víctimas en este mundo cruel. Vaya si existen, si bien no todas ellas "trabajan" de serlo y, en los hechos, frente a la crueldad de aquello que les ocurre (una enfermedad, un accidente, un ataque, una pena de amor, una situación económica o social?) salen jugando desde su salud, su deseo, su coraje, su ingenio o su fe, sin quedarse a vivir en su condición de infortunados.

El problema de ponerse en víctima es que transforma una circunstancia en una condición de identidad. En tal sentido, lo que termina pasando es que, pasado cierto tiempo, se llega hasta a temer salir de ese rol, ya que las personas que son víctimas generan una solidaridad que, con el tiempo, se va diluyendo.

En los amores, la victimización metódica es moneda corriente. Sirve para echarle la culpa al otro por ser malo, infiel, dañino, violento, egoísta, y tantos otros adjetivos que emergen en el campo de batalla de las parejas mal avenidas.

El que se victimiza puede decir verdades sobre el victimario, pero eso no impide que corra el serio riesgo de caer en el rol de víctima a perpetuidad, ajeno a su destino, impotente y, sobre todo, haciendo de esa impotencia un punto "fuerte" de su identidad para lograr favores de los otros.

Aquellos que siempre eligen mal su pareja suelen perderse en el laberinto de la victimización. Ese laberinto marea y diluye la posibilidad de aprender a responder la siguiente pregunta: "¿Qué tengo que ver con esto que me pasa?".

La cuestión no es ver quién tiene la culpa, sino entender cómo funciona el sistema vincular que hace daño. De eso se trata la responsabilidad, que remite a "habilidad de respuesta", un concepto mucho más útil que el de la culpa inconducente y quejosa.

Por ejemplo, si la idea es que amar a alguien es dedicarse a rescatarlo del infierno, se buscará a personas que habiten el infierno para intentar sacarlas de él. Luego, cuando se percibe lo infructuoso de ese intento, viene la queja porque el otro es, justamente, infernal, tal como pasa a veces con quienes se "enganchan" con personas con tendencias psicopáticas. El otro será "malo", pero quien de él es víctima puede quejarse a perpetuidad de las maldades que sufre o, si así lo desea, entender que es su idea del amor lo que lo sumerge en ese mundo.

Quienes abusan de su condición de víctima utilizan mucho la culpa ajena para perseverar en esa actitud. El discurso victimista, que es industria en la actualidad, abusa de una mirada noble de la vida, que es la que impulsa a las personas a ser solidarias con quienes sufren algún tipo de dificultad. Allí la paradoja hace lo suyo, ya que la aparente impotencia de muchos se transforma en instrumento para lograr manejar a los demás.

En definitiva, toda ayuda a quien haya sido víctima de algún infortunio debe apuntar a desarrollar la potencia del ayudado, no a ofrecerle el carnet de impotente. A veces se ofrece pescado, a veces se enseña a pescar, y otras veces se hacen las dos cosas con sabiduría.

En ocasiones, la mejor ayuda que podemos ofrecer es dejar de ver lo que de víctima tiene el otro, para apuntar a sacarle lo mejor de sí. Esto se logra muchas veces con empatía, calidez y cobijo, pero otras se logra simplemente apuntando con firmeza a que aparezca ese aspecto de la libertad humana que permite que, ante los sinsabores de la vida, se puedan desplegar las virtudes y capacidades que transformen lo que hoy es negativo en aprendizaje y capacidad para el porvenir.ß

El autor psicólogo y psicoterapeuta

@MiguelEspeche

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