Cristina Kirchner fuera de protocolo

Enérgica y decidida, la senadora por Santa Cruz y flamante primera dama asegura que odia los dogmatismos, y está convencida de que el gobierno no es un bien ganancial
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25 de mayo de 2003  

El piso antiguo y elegante de los Kirchner en Buenos Aires tiene buenos muebles, buenas pinturas en las paredes, buena luz, un notable escritorio semicircular, fotos de la familia en épocas distintas todas con sus marcos de plata, silencio. No hay rastros de iconografía política en ningún lado: consignas, retratos de líderes, nada. Tampoco hay custodia. Vas, tocás el timbre, el portero pregunta y consulta. Arriba.

Allí está ella. Traje de chaqueta y pantalón negros de gamuza, suéter colorado fuerte con zapatos de charol iguales, pañuelo a cuadros chicos blancos y negros al cuello. El flequillo separado en líneas, sobre la frente. En la muñeca izquierda un reloj de oro clásico, bien femenino. Llega a buen paso, con una sonrisa que es casi una marca de fábrica. No hace falta decir que Cristina es muy mona, supongo.

Senadora y abogada -"Me encantaría enseñar. Adoro el Derecho, es una ciencia notable"-, adscribió al peronismo casi en la adolescencia; conoció en la Facultad y en La Plata, donde nació, a Néstor Carlos Kirchner, también activo militante empeñado en conseguir el regreso de Juan Domingo Perón a la Patria: "Así, con mayúscula, como debe ser".

-Sentate.

-Ha de estar muy nerviosa...

-No, mirá, no creo que nerviosa sea la palabra. Siento una inmensa responsabilidad, eso sí. No es nuevo: desde chica he sido exigente conmigo, con un sentido muy desarrollado del deber. Del mismo modo exijo a los demás, a mis colaboradores, por ejemplo. Kirchner siempre dice que la clave está en saber lo que puede dar cada uno, para no pedirle más. Es parte de cómo ha de manejarse la relación humana. Pongo mucho, sacrifico cosas, y exijo que los demás lo hagan. Pero muchas veces no hay el mismo nivel de compromiso ni, lo que es más difícil, el mismo nivel de comprensión. Puede que, en ocasiones, no se trate de que a la gente no le importe, sino que no lo entienda. Eso es más simple. Y más justificable.

-¿Y más irritante?

Ríe entonces Cristina Fernández de Kirchner, divertida y, quién sabe, con cierto gozo por el breve juego de anticipaciones.

-Caramba: este hombre me ha descubierto. Cuando era más joven intenté una vez dar clases para ayudarme y hacer unos pesos. Había un alumno, uno en particular, que no entendía. Hacía yo grandes esfuerzos de comprensión y paciencia, pero sólo le di clases diez días, algo así. Me dije: Cristina, vas a abofetear sin justificación a este niño, que sólo parece tardar más de la cuenta en entender las cosas. Te lo digo en broma, pero es que, en realidad, has visto algo que existe. Todo el mundo me dice que soy muy didáctica cuando hablo. Los políticos hablan como si todo el mundo tuviera que saber todo, dándolo por sentado. A muchos periodistas les pasa lo mismo.

-Usted y Kirchner se conocieron en La Plata, donde nació, pero él no.

-No. Kirchner es tercera generación de santacruceños. La ch, si nos atuviéramos al origen, se pronunciaría a la alemana, como una jota. Por parte de la abuela materna, suizos, de Interlaken. Se fueron a Sudáfrica, de Sudáfrica a Santa Fe, desde allí a Río Gallegos, donde Margarita, la abuela, conoció a Carlos Kirchner. Se casan, y nace Néstor Carlos Kirchner, padre de mi marido, de Kirchner. Cuando nació mi hijo, mi marido intentó que fuera el tercer Néstor Carlos Kirchner. Dije no, de ningún modo. Al padre le decían Néstor, a mi marido Néstor Carlos para diferenciarlo del padre, y a mi hijo iban a decirle Pepito, qué sé yo. Respeté la tradición de ponerle Carlos, como todos los varones de la familia Kirchner (aquí la pronunciación de Cristina Fernández respeta de pronto la fonética alemana), de primero o segundo nombre. Entonces, Máximo Carlos Kirchner.

-Máximo. Hábleme del hijo, Cristina.

-Se fue ya de casa. Me dejó por una más joven, ¿te das cuenta? Se fue a vivir con la novia: no se lo voy a perdonar nunca. Abandonarme por otra. Terrible. Con la novia que es encantadora.

-Controle esos celos -si me deja una broma chica- porque, de lo contrario, el joven va a convertirse en una de esas lapas contemporáneas que no dejan nunca del todo la casa de los padres.

-Es tan cierto, realmente. Cuando yo me casé, a los 22, todos queríamos hacerlo, irnos, empezar nuestro propio camino. Escuchar nuestra música, tener nuestro libro y se acabó, basta. Este no ha terminado de irse. Viene al mediodía, a la noche. Lo que me encanta, confieso, porque la chica es divina y me llevo bárbaro con ella. Máximo colabora con Kirchner, en nuestras cosas, nuestras actividades. Trabaja con su padre. Está Florencia, de 12 años.

-¿Cómo es Florencia, de 12 años? ¿Complicada?

-¿Florencia? No, no es complicada. Es un personaje. Quiere ser cantante.

-¿Rock?

-Sí. Hace esquemas musicales con una banda de amigas, entre otras cosas. Toca, canta. Y canta bien. Se dispone a hacerlo en serio. Tiene buena voz. Empezó con gimnasia, bastante, porque quiere ser cantante y bailarina, como pasa ahora, habrá visto.

-Modelo Shakira, pongamos.

-No sé si exactamente. Shakira es muy talentosa, por otra parte. Creo que sin talento y por pura máquina de marketing no puede hacerse lo que hace ella. Ha vendido doce millones de discos. Aun cuando canta en inglés conserva la raíz latina.

Una mujer exigente

-Hábleme de su carácter.

-Mi carácter no es tan tremendo como parece. En realidad, soy buena. Enérgica, sí. Creo mucho en mi trabajo y en mi responsabilidad. Soy, desde luego, exigente en grado sumo. Pero primero conmigo, y después con mis colaboradores. Además, tengo un buen humor casi blindado. No la risa absurda, pero una actitud optimista y generalmente alegre. Son muy raras las horas bajas, de melancolía.

-¿En qué cosas cree?

-Creo en los principios, en las convicciones. No es posible vivir sin ellos, como no se puede vivir, me parece, sin creer en algo. Con flexibilidad. Nadie dice que las ideas tienen que ser un catecismo o una receta de cocina, 50 gramos de una cosa, 100 de otra y una pizca de sal. Aborrezco tanto el dogmatismo como la carencia de convicciones y de ideas, esos extremos. Ni el vacío ni la locura idealista. Mi generación vio durante mucho tiempo todo en blanco y negro. Tenías que ser un héroe y los dilemas eran hondamente dramáticos. Romántico, simplificado, erróneo seguramente, pero permitió un aprendizaje, el del equilibrio entre el pragmatismo cínico y el dogmatismo cerrado, inflexible.

Los Perones

En uno de los retratos de la biblioteca se ve a Cristina Fernández de Kirchner a los 20, dos antes de casarse. Bajos los ojos, guapa, algo triste, un cigarrillo en la mano. Ya no fuma: lo dejó una noche de Año Nuevo, hace catorce años: "Los dos somos así, con una terrible fuerza de voluntad. Más Kirchner que yo. Por eso de los objetivos y las metas. La primera vez que fui candidata a diputada provincial me llevaron a los empujones. Yo no quería. Te he explicado que Kirchner es de otra manera, con otra forma de entender el desarrollo de la vida y de los hechos, políticos o no. Cuando el golpe de 1976, los dos éramos jóvenes y peronistas y la situación, en consecuencia, insalubre. Quise irme de allí, y se lo dije. Kirchner se opuso. Tenía que dar las tres materias que le faltaban, tenía que trabajar, hacer plata, ser gobernador de su provincia. ¿Este tipo está loco?, me dije. Esto es espantoso: se arriesga a que el título se lo den en el cajón, muerto. Era una tarde de sol, en la casa de mi mamá, en La Plata, y me lo dijo. Me acuerdo como si fuera hoy.

-¿Cómo era, cómo se recuerda entonces, a esa edad?

-Como en la foto, de aspecto. La foto es en el Zoológico de La Plata. Es de 1973. No, no hubo oposición en casa hacia nuestra relación. Sabían, además, que hubiera sido un ejercicio inútil. A mamá le cayó bien de entrada, lo mismo que a mi hermana. A mi padre no tanto, porque era antiperonista. Mamá venía de familia peronista.

-¿De qué modo ve a Perón, a esta altura de la historia?

-Hay varios Perones, pasa con los hombres que han abarcado mucho. No recuerdo al primero, desde luego, pero lo conozco. Recuerdo y conozco al del regreso a la Patria, por el que luchábamos. No sé si lo entendimos, al llegar. Tenía una mirada diferente, pero acertada -lo supimos después- acerca de la continentalización, la globalización de hoy, el planteo regional con antecedentes en la unión aduanera con el Chile de Ibáñez, allá por los años cincuenta. En fin, todo aquello que distingue a un estadista de un político común. La perspectiva del tipo, la gran diferencia con otros. Es lo que he manifestado a Menem: era posible integrarse al mundo sin despojarse de la identidad propia. Miremos a Francia, a España. A Brasil. Chile, también. No han renunciado a su identidad ni a los resortes estratégicos de su economía. Ni Pinochet ni los que llegaron luego privatizaron el cobre, y tuvieron siempre normas claras con el ingreso irrestricto de capitales para desalentar la especulación. No es que se lo haya dicho a Menem, a él, personalmente, porque no hemos pasado de buenas tardes y buenos días en ocasiones en que fue a Santa Cruz, una para la inauguración del aeropuerto, otra para la de un hospital regional.

-Saludos más o menos protocolares.

-Absolutamente protocolares. Unicamente protocolares. Definitivamente protocolares.

Exclusivamente protocolares. Penosamente protocolares.

-Bueno, bien, Cristina. Al llegar al gobierno los Kirchner, lo hacen en un país, el nuestro, con peronistas y no peronistas, con peronistas muy diferentes, incluso.

-No: los Kirchner, no. El gobierno no es un bien ganancial. Siempre lo hemos tenido claro. Lo demás, también.

La política, la cocina y los proyectos

"Creamos un ateneo llamado Teniente General Juan Domingo Perón. Disimulábamos muy mal. En 1981. Horriblemente obvio. Después vino la tragedia de Malvinas, la apertura, y empezamos a militar ya abiertamente. Formamos en su momento el Frente Para la Victoria Santacruceña, el mismo nombre que ahora, pero sin Santacruceña, para todo el país. El bautismo de fuego fue conmigo, como candidata a diputada provincial", recuerda la primera dama.

"En algún momento fui vicegobernadora, porque quien era vicegobernador paso a desempeñar el Poder Ejecutivo, y por razones legales y de sucesión, por mi cargo legislativo, asumí la Gobernación. Cuando correspondió, por razones legales. Había sido elegida diputada provincial, y después me votaron como vicepresidenta primera de la Cámara. Por eso. Allí yo fui gobernadora y Kirchner, intendente. Me tocó ser más que él en la provincia, en otras palabras. Incluso me tocó revistar tropas del Ejército. En comandante Luis Piedra Buena, donde hay un regimiento importante", cuenta.

"Nosotros, con mi marido, charlamos todo. Desde que nos conocimos no hemos dejado de estar juntos nunca. Solamente seis meses de novios, ¿para qué más? Hay cosas que se advierten prontamente. Estudiamos juntos, ejercimos la profesión juntos. Durante la dictadura, únicamente el ejercicio de la abogacía y la cocina. Cocinar, cocinar. Me encanta cocinar. Es lo único de la casa que me gusta hacer. Lo hacía bien. Digo lo hacía porque hace mucho tiempo que no lo hago, sinceramente. Odiaba planchar, la aspiradora, todas esas cosas horribles. Kirchner me ayudaba mucho cuando éramos estudiantes. No, nada de chica, nada de mucama. Solos. Luego, cuando nació Máximo ya había alguien para cuidarlo y alguien para hacer los trabajos de la casa. Ya teníamos personal puertas adentro, como decimos en el Sur. Acá , en Buenos Aires, dicen con cama adentro."

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