
De las barrancas a los palacetes: la historia de cómo Recoleta se convirtió en una de las zonas más elegantes
Antes de los palacios y el metro cuadrado por la nubes el barrio era un descampado pleno de zanjas, mataderos y basurales
Su denominación alude a una vida apartada del mundo y sus vanidades, pero el destino, que suele desentenderse de etimologías y topónimos, tenía otros planes para el barrio de Recoleta. Nada hacía suponer a comienzos del siglo XX que aquellos terrenos altos frente al Río de la Plata se convertirían en uno de los escenarios más caros y visibles de la ciudad. Antes de los palacios y el metro cuadrado por la nubes- la medida de la prosperidad contemporánea- el barrio era un descampado pleno de zanjas, mataderos y basurales. Hizo falta una epidemia para que ese paisaje rural definiera, sin proponérselo, la futura geografía social de Buenos Aires.
Barrancas con vista al río
La historia de Recoleta está atravesada por esa y otras tantas paradojas. Tras la segunda fundación de Buenos Aires, en 1580, Juan de Garay repartió las tierras situadas al norte de la incipiente urbanización, entonces asentada en Plaza de Mayo, San Telmo y alrededores. Entre los beneficiados estaba Rodrigo Ortiz de Zárate, a quien le correspondió una chacra conocida como “Los Ombúes”, comprendida entre las actuales avenidas del Libertador y calles Ayacucho, Arenales y Azcuénaga. Las barrancas inhóspitas tenían una ventaja que por entonces nadie consideraba: la vista al río. El nombre definitivo llegó a comienzos del siglo XVIII cuando se instalaron los frailes recoletos de la Congregación Franciscana, una rama de la orden cuyo propósito eran la austeridad y la vida contemplativa.

Con ayuda de la caridad levantaron su convento y la iglesia de Nuestra Señora del Pilar, inaugurada en 1732, y con el tiempo la gente comenzó a llamar la Recoleta a todo ese paraje. Era natural en esos tiempos, cuentan las crónicas, que en las afueras de la “ciudad” hubiera espacios religiosos donde ir a calmar los demonios espirituales, distancia ahora abreviada por las líneas de colectivos que en quince minutos conectan la zona.
Hacia fines del siglo XVIII, las antiguas chacras comenzaron a subdividirse en quintas y terrenos de recreo. En las partes altas había casas de propietarios y comerciantes; más abajo en los arrabales convivían ranchos, pulperías y población humilde. El paisaje incluía su costado insalubre: el Matadero del Norte arrojaba restos de animales en el área de la actual Plaza Vicente López y Planes, tan coqueta hoy con el césped cortado y los bancos de diseño.
En esa saga aparece una de las anécdotas más singulares acerca del valor de la tierra donde surgió el barrio. Ortiz de Zárate tuvo varios hijos y el mayor, Juan, heredó la chacra que luego malvendió al general Francés y Navarra a cambio de un traje de hombre “compuesto por calzón, ropilla con mangas, jubón y capa”, un precio irrisorio tres siglos después.

La ciudad cambia de dirección
La gran epidemia de 1871 hizo estragos en la población y espontáneamente reconfiguró el mapa de la ciudad, pero ese desplazamiento de las familias acaudaladas que huyeron del cólera y la fiebre amarilla, dejando sus mansiones abandonadas en el sur, fue gradual, coinciden las crónicas.
El proceso tuvo escalas: primero se consolidaron sectores al norte de la Plaza de Mayo y sobre Florida, donde quedan en pie una cantidad de residencias de imponente arquitectura, ejemplo es la de la familia Peña restaurada meses atrás y abierta al público. Luego avanzaron sobre Retiro y más tarde, hacia Recoleta, donde la inmensidad disponible ofrecía ventilación y terrenos en altura considerados una alternativa saludable frente a las condiciones que habían favorecido la catástrofe sanitaria en el sur.

La transformación del área fue acelerada también por las primeras obras de infraestructura. La llegada del ferrocarril y las nuevas líneas de tranvías mejoraron la conexión de Recoleta con el centro, y a esto se sumaron los proyectos impulsados durante la intendencia de Torcuato de Alvear, como la apertura de calles y avenidas sobre antiguas propiedades de veraneo que generaron la postal parisina tan añorada por la ya consolidada aristocracia local.
Los palacios y lo que todavía queda
A fines del siglo XIX y comienzos del XX florecieron esas arquitecturas espectaculares que conforman el landscape de una época de vacas gordas y viajes transatlánticos. Alrededor de la Plaza San Martín y a lo largo de Avenida Alvear se multiplicaron palacios y hoteles particulares inspirados en el mandato aspiracional de la época: había que imitar a Europa. Muchos palacetes llegaron al siglo XXI convertidos en hoteles, embajadas y otros siguen algo venidos a menos pero en manos de herederos que los mantienen, aunque no viven en el país.

Buena parte de ese patrimonio desapareció con la especulación inmobiliaria y los distintos proyectos del trazado urbano, recuérdese la cantidad de casas derribadas para abrir la Avenida 9 de Julio. Pero dos residencias ubicadas al 1600 de la avenida Alvear permiten todavía entender la escala original del barrio: la Nunciatura Apostólica y la Residencia Duhau, también la mansión Maguire, la última del siglo XIX que sigue habitada como vivienda familiar en la esquina de Alvear y Rodríguez Peña.

Sus jardines fueron diseñados por el paisajista Carlos Thays. El conjunto de propiedades conserva parte de sus terrenos y jardines, una excepción entre los palacios vecinos cuyos lotes fueron en muchos casos subdivididos y ocupados por edificios de altura. La Residencia Duhau proyectada por León Dourge e inaugurada en la década de 1930, ocupa el lote donde antes se levantaba la casa de Teodoro de Bary. Su existencia deja ver algo que la ciudad vertical fue borrando: la relación entre la vivienda, el jardín y la extensión completa de la parcela.

Otro vestigio es la Residencia Madero Unzué que hoy pertenece a la embajada británica, construida sobre terrenos de la antigua Quinta Hale, una extensa propiedad sobre las barrancas hoy conocidas como La Isla. Parte de esa quinta fue urbanizada por la municipalidad a comienzos del siglo XX; el remanente conservó su arboleda y quedó integrado a la casa.
Queda, al cabo, la historia de una transformación urbana que nadie en el pasado habría podido prever, mucho menos el heredero que cambió una chacra por un conjunto de saco y pantalón. No sabemos cuánto costaba el traje; sí sabemos cuánto cuesta hoy el metro cuadrado en Recoleta.
Fuentes: Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires: historia de los barrios de Recoleta y Retiro; Museo Roca – Instituto de Investigaciones Históricas; Comisión Nacional de Monumentos, de Lugares y de Bienes Históricos; Archivo Histórico de la Ciudad y publicaciones de la Legislatura porteña; La Nación, con la investigación histórica de Susy Harrington y Adolfo Brodaric basada, entre otras fuentes, en el trabajo de Maxine Hanon.
