
Diego Maradona solía contar que la pelota se volvía extensión del cuerpo, casi una respiración, una compañía que entendía cada impulso antes incluso de que el pie decidiera. En aquellas tardes de Villa Fiorito, entre tierra y sueños, el juego se volvía una forma de estar en el mundo, un idioma que prescindía de traducciones.
Años después, en otro barrio, en otra geografía atravesada por trenes y veredas largas, un niño también descubría ese vínculo íntimo con la pelota, aunque su destino terminaría trazando un mapa inesperado, más cercano al escenario que al estadio, más próximo al gesto poético que al resultado. “Crecí en Santos Lugares, en un barrio donde la calle, el club y el campito de atrás de las vías eran un gran patio de juego y libertad”, evoca Mencho Sosa, con una cadencia que mezcla memoria y presente. Su relato dibuja una infancia atravesada por la invención permanente, por pelotas improvisadas con latas aplastadas o papeles envueltos en cinta, por tardes infinitas en las que el tiempo parecía diluirse en la risa compartida. “Si había una pelota, el día estaba resuelto”, dice, como quien resume una filosofía de vida.
El paisaje cotidiano incluía amigos que aparecían al ritmo de la intuición, timbres que sonaban para convocar a un partido improvisado, árboles convertidos en refugios y trenes que pasaban como promesas de viaje. “Todo era salir a la calle para encontrarse”, recuerda. Esa lógica simple, casi esencial, moldeó una forma de mirar el mundo en la que el juego ocupaba un lugar central, casi sagrado.
“De chico era divertirse con la pelota, pero con los años las presiones me hicieron perder lo lúdico”
El sueño inicial tenía la forma clásica de miles de historias argentinas: convertirse en futbolista. Tribunas llenas, camisetas, viajes, la épica del gol como destino. La disciplina llegó temprano, junto con los entrenamientos, los traslados a otros barrios, los vestuarios compartidos. “Aprendí compañerismo, a levantarme y a levantar al otro cuando las cosas no salían como uno quería”, cuenta. Cada club, entre ellos River Plate, dejó una huella distinta, algunos entrenadores marcaron desde la exigencia, otros desde una sensibilidad más humana.
El fútbol, sin embargo, también mostró su otra cara. La presión, la competencia feroz, la exigencia constante fueron desplazando aquel goce primario. “De chico era todo divertirse con la pelota, pero con los años las presiones me hicieron perder un poco esa parte lúdica y ya no disfrutaba competir”, confiesa.
El giro llegó desde un territorio inesperado. Un centro cultural de barrio abrió la puerta al teatro, primero como curiosidad, luego como revelación. “Quería entender esa energía que veía en los actores, esa capacidad de comunicar y crear historias con el cuerpo y la voz”, explica. La formación se volvió rigurosa, con estudios en la Escuela Argentina de Mimo y en la EMAD (la Escuela Metropolitana de Arte Dramático de Buenos Aires), donde incorporó herramientas que más tarde se fusionarían con su historia futbolera.
La vuelta a la calle
La calle volvió a aparecer, esta vez como escenario. El circo, los malabares, el semáforo como espacio de ensayo y supervivencia. “Fue una escuela directa, sin filtros”, recuerda. A los quince años ya combinaba estudio y trabajo artístico, mientras el horizonte comenzaba a expandirse. Primero viajes por el país, luego países limítrofes, más tarde Europa. El movimiento se convirtió en forma de vida.
“Mencho Sosa (su nombre artístico) empezó a aparecer cuando decidí volver a la esencia del fútbol, jugar con una pelota sin violencia, sin odios ni presiones, solo por el placer de jugar”, dice, y en esa frase se condensa una búsqueda profunda. El fútbol, el circo y el teatro dejaron de ser universos separados para fundirse en un lenguaje propio. La pelota perdió su condición de objeto técnico para transformarse en compañera escénica, con carácter, con ritmo, con una presencia casi autónoma. “Dialogamos, a veces gana ella, a veces gano yo, pero en la mayoría de los casos somos equipo y ganamos los dos”, resume.
Más de 35 países, múltiples culturas y un lenguaje común
El viaje se volvió destino. Más de 35 países, múltiples culturas, idiomas diversos que se desdibujan frente a un lenguaje común. “A veces no hace falta hablar la misma lengua, porque el idioma que nos une es el del fútbol y la risa es universal”, afirma. En cada lugar, el espectáculo se reescribe con el público, que deja de ser espectador pasivo para convertirse en parte activa de la experiencia.
“El espectáculo sucede con la gente, no delante de la gente. El público acompaña con el ritmo, la energía, la temperatura”, describe. Esa interacción constante convierte cada función en un acontecimiento irrepetible, atravesado por la singularidad del encuentro.
El reconocimiento llegó como consecuencia natural de ese recorrido. El Carnaval de Venecia, con su tradición centenaria y su estética deslumbrante, se convirtió en uno de los hitos más visibles. “Fue una consecuencia de años de trabajo en la calle, en festivales, en varietés, de insistir y crecer función tras función”, explica. En esa escena, cargada de historia y simbolismo, la pelota volvió a ocupar el centro, esta vez como puente entre culturas.
A pesar del movimiento constante, existe un ancla que sostiene. La familia, presente en cada tramo del camino, funciona como refugio y como brújula. “Tengo una hija de 12 años y una compañera que es contorsionista, acróbata y payasa -resumne-. Mi familia es mi sostén, quienes me recuerdan quién soy cuando baja el telón”. Esa red íntima convive con la lógica itinerante, hecha de valijas que se arman y desarman, rutas, encuentros fugaces y paisajes que cambian de manera permanente. “Disfruto momentos simples, subir una montaña, tirarme al agua en un río o en el mar, y agradecer por todo lo vivido”, dice. Cada viaje refuerza la identidad, cada regreso conecta con el origen.
El retorno a la Argentina, después de varios años en Italia, trajo consigo una mezcla de emoción y desafío. “Volver a Santos Lugares fue reencontrarme con todo lo que me formó”, señala. La realidad económica empuja a seguir viajando, a sostener el proyecto artístico en escenarios internacionales. “Toca seguir saliendo del país para pelear por mis sueños y representar a la Argentina en cada lugar”, afirma.
En ese tránsito continuo, la esencia permanece intacta. El niño que jugaba en la calle sigue presente a lo largo de cada función, en los gestos y en la pelota en vuelo. “Trato de fomentar en los chicos esa esencia del fútbol, crear, divertirse, fantasear, jugar y jugársela en cada jugada”, indica. La idea de juego aparece como núcleo vital, como territorio de sentido.
La historia de Mencho Sosa se despliega como una travesía singular, una que desafía categorías rígidas y propone una síntesis inesperada. Fútbol, circo y teatro se entrelazan en una narrativa que rescata lo esencial, la capacidad de jugar, conectar, emocionar. “La pelota no se toca con la mano, se toca con el alma”, dijo Maradona, y en esa intuición profunda vibra el pulso de esta historia. En plazas, teatros o semáforos, ese objeto vivo vuelve a rodar, cargado de memoria y de futuro, recordando que el verdadero espectáculo sucede en ese instante compartido donde todo vuelve a empezar.

