
DOCK SUDNACIDOS PARA AGUANTAR
Muchos tienen la mística del Docke. Otros se resignan a una suerte que los condenó a librar la pelea más dura. Es una zona de contrastes: muy cerca de los detritos que generan las petroquímicas, hay granjas donde se crían animales y se produce vino de la costa
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-Diga, qué quiere que le cuente.
Lleva la barriga floja debajo del pulóver colorado, bamboleante sobre los pantalones azules que le aprietan los tobillos sin medias. Estos son los campos del señor: un basural que esconde tesoros de lata, chapa, cartón y vidrio. En medio de una villa llamada Inflamable, el señor es dueño de un universo cartonero. Desde la puerta de su casa torcida flamea una banderita argentina.
-¿Qué soy, italiano yo? ¿Usted no tiene una bandera en su casa? Patricio Godoy se ríe. Tiene 69 años. Vino del Chaco para buscar algo mejor y encontró esto: correr con el carrito tras la esperanza de cuarenta kilos de cartón.
-Diga. Qué quiere que le cuente. Cómo se trabaja, cómo vive la gente. Todo con tristeza, porque ser pobre es triste. Yo trabajaba de albañil, pero ahora me dicen que tengo que pagar autónomos, cincuenta pesos. Pero de dónde saco yo cincuenta pesos si no tengo ni para comprar un kilo de pan. Hay días que uno acá tiene que andar juntando basurita para echar un pedacito de carne en la olla.
El cielo promete una noche esplendorosa. Y el sol del atardecer, chorreando sobre las chimeneas de las refinerías de petróleo, inmensamente falso y hermoso.
Dock Sud. Partido de Avellaneda.
La leyenda violenta irradia un cáncer helado en las esquinas famélicas. Ahí, del otro lado del río, cruzando el puente de La Boca, comienza esta tierra arrasada por una leyenda viscosa. Este sitio donde parece reinar otra ley, o ninguna. Desde aquí hasta la Casa Rosada hay tres kilómetros.
Hace 20 años las quintas poblaban el Docke. Ahora, el barrio parece un meccano destrozado por el capricho de un infante y las quintas que quedan pagan el precio de estar atrapadas en una zona de nadie, en un campo mordido por la polución y la ciudad. Ofrece su regazo generoso a quien quiera verlo: unas cuantas manzanas, 50.000 almas apiñadas entre el río infectado y el resto del mundo. El Docke es un mundo de villas, asentamientos, complejos de monoblocks y barrio antiguo. Apoya de mala gana la espalda contra la Isla Maciel y, aunque todos reconocen que la Isla también es el Docke, nadie se atrevería a mediar en el huracán de odio que existe entre San Telmo (el equipo de fútbol de la isla) y Dock Sud. Cuando se enfrentan los dos, el resultado se dirime en el infierno.
-Es como Ríver-Boca, pero sin policía- se ríe un chico.
Este es un sitio donde los colectivos no paran de noche y los taxis de Capital no cruzan después de las seis de la tarde. Parece inofensivo, descaderado como está por las topadoras, los martillos neumáticos, las cementeras, convertido en un universo paranormal donde conviven un polo petroquímico con más de treinta industrias y una comunidad formada por inmigrantes de Cabo Verde, Italia, Yugoslavia o Montenegro.
"Esta es la última generación normal. Los próximos serán mutantes. Tenemos cadmio, benceno, plomo en la sangre", dramatiza Longui, de la Sociedad de Fomento
El polo petroquímico que acuna al Docke tiene su propio folklore. Así como en Los Angeles se espera el Big One, en el Docke se espera la gran explosión que eleve por los aires un radio de cincuenta kilómetros de ciudad. Día de la Independencia y Godzilla serían catástrofes menores. Se habla de efecto dominó, de gigantesco polvorín; las vecinas se sientan en las esquinas a especular entre mate y mate con la posible pinchadura en una de las vejigas inflamadas de los tanques de combustible, con una vena abierta de los gasoductos de alta presión. Hay quienes juran que en uno de los tanques de la Unión Carbay se almacena el mismo producto que llevó al infierno de la ceguera, la quemazón y la muerte a cientos de personas en Bobhal, India. Se cuentan historias sobre uranio escondido, sobre incendios inesperados en los que las empresas cierran las puertas y no dejan entrar ni salir a nadie, sobre obreros desintegrados por cañerías que escupen ácido sulfúrico.
Jorge Fernández, uno de los directores de la Policía Ecológica, una división que depende de la Municipalidad de Avellaneda, reconoce que el problema del polo es casi imposible de controlar.
-Algunas empresas no nos dejan entrar aunque haya una denuncia, porque en realidad eso depende de Administración de Puertos, no de la Municipalidad. Nosotros hacemos un informe y se lo damos a Administración de Puertos. Yo creo que todo vecino tiene derecho a saber dónde vivió, dónde vive y dónde va a vivir.
Sobre el río viborea una lengua dura de petróleo. Las casas donde viven los empleados de las petroquímicas -dentro del predio de las empresas- están separadas del resto del barrio por paredones coronados con alambres de púa. Juan Carlos Longhi se golpea la panza. Es uno de los integrantes de la Sociedad de Fomento Dock Sud.
-Ustedes están viendo a la última generación normal. Los próximos son mutantes. Tenemos cadmio, benceno, plomo y una cantidad de cosas en la sangre.
Asegura que éste es uno de los polos petroquímicos de más alto riesgo del mundo, por estar rodeado de una población de alrededor de diez millones de almas. Encima, dice, el barrio se les está partiendo por la mitad.
-Todo el movimiento que había en Puerto Madero lo mandaron para acá -se indigna Jorge Hiquis, presidente de la misma sociedad-, y esta zona no está preparada para resistir el paso de los camiones, entonces las calles se rompen y las casas se están partiendo al medio con el tránsito pesado. Nosotros proponemos que todo el tránsito pesado pase por la calle Solís, por la zona periférica, pero no por el medio de las casas.
Señala los techos del salón humilde donde funciona la sociedad de fomento: grietas de labios siniestros corren de lado a lado.
-Hay 34 empresas en el polo y esto es tierra de nadie. El municipio tiene poder de cobro de impuestos pero no tiene poder de policía. Hay unos camioncitos de la Policía Ecológica que vienen, levantan la denuncia y andá a quejarte a Gardel. En ochenta años de historia, las empresas jamás se ocuparon del barrio. Ahora que nosotros empezamos a protestar, salen a regalar camisetas y poner computadoras en los colegios para taparle la boca a la gente. Pero acá lo primero que te dicen es que el polo petroquímico da trabajo.
Olga di Pangrazio se ríe, sentada junto a Jorge Hiquis.
-Cuando la Shell trajo la planta de coque -acota-, dijeron que iba a dar empleo a un montón de personas, y la planta trabaja con cinco ingenieros. En el último tiempo, la empresa, de emplear a más de 900 personas, se quedó con 140 fijos. El resto, contratados.
Manuel tenía un caballo. Se llamaba Rubio, era un alazán tostado y bueno, nervioso cuando lo montaba, de vaso tierno.. ..
-Con un piolín de albañil le hacía el bocado. Había hecho un agujero al lado de mi pieza para que comunicara el establo con mi pieza y dormíamos juntos. Pero lo tuve que vender a un muchacho de Sarandí porque necesitaba la plata. Si no, se moría conmigo. No sé si estará vivo todavía.
Manuel Vilariño es integrante del Consejo Vecinal de la Subcomisión de Urbanismo y Ecología de la Sociedad de Fomento Nueve de Julio, y está acostumbrado a no alimentar la nostalgia. Sabe que las cartas que le tocaron marcan que en el debe habrá siempre más que en el haber. Nació y vivió toda su vida en la Segunda Sección de Dock Sud, que ahora es una zona al borde del colapso: los cordones de las veredas están rotos por los camiones, las calles arrasadas de barro, las cloacas y el asfalto reventados por el tránsito incesante.
-A ésa la llamamos la calle sin sol -dice señalando la esquina de Capdevilla y Debenedetti-. Era un terreno todo plantado de álamos centenarios y ahora talaron para poner containers.
Dos, cuatro, cinco containers apilados. Los rayos de sol se esmeran, pero no pueden con las cajas enormes. Hace tres años que Manuel está desempleado y vive de changas en la ferretería de su amigo Miguel Crugley. Tiene que alimentar dos hijos chicos y una mujer. Lo echaron de la empresa Dockoil porque, después de trabajar diez meses de lunes a lunes sin tomarse un franco, pidió un domingo libre para sacar a pasear a una novia nueva, que ahora es su mujer. El capataz, a último momento, le negó la salida. Manuel se tomó el franco y el lunes no lo dejaron entrar. Tiempo después, en Dapsa, estuvo subcontratado y como quisieron bajarlo de categoría pidió que, a cambio, lo efectivizaran.
-Me dijeron que no. Entonces les dije: Prefiero darles la mano antes que me sigan usando. Tengo 33 años y ya debo ser viejo. No consigo nada. Me doy cuenta de que cumplir no sirve.
Los habitantes más antiguos se acuerdan de cuando se bañaban en las aguas del Riachuelo y de los barcos relucientes anclados en el puerto
Por las puertas de la ferretería de Miguel Crugley pasan por día cerca de 6000 vehículos, entre particulares y camiones, la mayoría de más de 14 ruedas. El suelo tiembla, no para de temblar. Debajo del asfalto aparente, el Docke está relleno de basura, es terreno ganado al río. Territorio de la basura.
-Acá el único vecino vivo fue el que se las tomó -dice Miguel mientras Manuel despliega sobre un escritorio de la ferretería fotos de sus nenes jugando en una lagunita, dorándose al sol sobre el pasto recién cortado. La laguna se llama Saladita Norte y tiempo atrás anónimos camiones de basura empezaron a vaciarse en las aguas donde los vecinos juran que existen 17 especies distintas de peces. Manuel está convencido de que quieren rellenarla para hacer una playa de contenedores. Ahora, gracias a un recurso de amparo, la laguna está perimetrada y el relleno en suspenso, pero en Planeta Docke las soluciones no son nunca definitivas.
-Dejaron un portón enorme -dice Manuel-, entonces la gente del asentamiento les cobra cinco pesos a los camiones y los dejan tirar basura, porque en el Ceamse les cobran 18. A mí me parece que piensan que somos los negros de la provincia, que los demás son más gente que nosotros porque viven en la Capital, porque en la Capital no pasan estas cosas. Vaya usted a tirarle un container con basura en el lago de Palermo.
Miguel hace un gesto que abarca el mundo.
-Las empresas son vecinas nuestras, entonces tenemos que respetar sus inversiones, pero ellos a nosotros nos tienen que tener como duques, porque todos los males que tenemos los tenemos gracias a que ellos están ganando plata. Que ganen el triple, pero que no nos perjudiquen. Acá un paseo obligado era el sábado a la tarde agarrar la calle Solís, que bordea el canal, dar la vuelta y salir por la Isla Maciel. Ya no podemos ir más. Está la empresa Exolgán, la de los containers, que cerró la calle Solís. Le pusieron un portón y nadie puede pasar. ¿Me puede decir usted cómo corno es que una empresa se compra una calle pública?
Las grúas se comen el asfalto a bocanadas. Los caños quedan al aire como arterias pastosas. Las chimeneas humean salvas rojas, negras, blancas y amarillas.
-No hay ningún tipo de acceso serio por parte de la comunidad a la información -dice Verónica Odriozola, coordinadora de la Campaña de Tóxicos de Greenpeace-. Nadie sabe cuánta contaminación están emitiendo, y este tipo de información no puede depender de la buena voluntad de la empresa. Las autoridades tienen que exigir esta información a las empresas, que cuenten qué compromisos han tomado para disminuir sus emisiones, qué impactos pueden llegar a tener sobre el medio ambiente y la salud. En Estados Unidos, este derecho está consagrado por ley. El medio ambiente, el Sarandí, el Riachuelo, son nuestros, no de ellos.
Esta cronista envió el 13 de julio un fax a la empresa Shell con 15 preguntas acerca de qué tipo de desechos produce la compañía, cuáles son contaminantes, qué medidas se toman para que no afecten el área y si algunos de ellos generan riesgo de salud para la población, entre otras. El fax aún no ha sido respondido.
Villa Dockoil. Tres de la tarde. Los camiones pasan entre calles estrechas como fosas nasales. El día es diáfano, pero en el piso de barro quedan los rastros de la lluvia de hace una semana. Carlos hace gotear su índice rechoncho sobre el techo de su remise pintado de primoroso blanco: debajo asoma un charquito ocre de óxido.
-Mirá, así estaba todo el auto, lo tuve que pintar porque se lo comió la soda cáustica. La radio del auto suelta una cumbia: Enamoraaadaa.... enamoraaadaaa. Carlos señala el depósito que está junto a la villa, ahora cerrado.
-Este depósito es de soda cáustica. La soda se vuela y cuando llueve eso te come todas las chapas.
En Villa Dockoil las tierras son fiscales, la luz baja gracias a cables clandestinos, y hay una sola cuadra con agua corriente. De la única canilla los más pobres sacan agua con baldes, los más pudientes con una manguera larga.
-Acá te lastimás un poquito y enseguida la soda te quema, se te va para adentro -dice Carlos-. He traído gente quemada para lavarla con vinagre, pero ahora casi no hay más hombreadores. Los barcos traen a la propia gente para descargar.
Camino adentro hay aplomo de siesta, chicos con las caras veteadas de barro, zumbido de cumbias. Una nena de unos seis años corre por la vereda.
-Qué lindo casco tenés.
-Sí. Porque estoy operada.
Dicen que fue culpa de un camión. El 4 de junio de 1997 la nena volvía del jardín de infantes con su hermana en un ciclomotor. Un hombre de Prefectura detuvo al camión que iba delante de ellas. La moto no frenó y las dos se metieron abajo.
-Fractura de cráneo con pérdida de masa encefálica y un coágulo -dice Carmen, la madre-. Estuvo en terapia cinco días sin despertarse, y porque Dios existe la tuvimos de vuelta.
El marido trabaja en el Círculo Militar. Carmen atiende el quiosquito y reparte la leche del plan Vida. Se quiere ir, pero no tiene cómo ni dónde.
-Esta es una zona tóxica total. Mi nene es alérgico y cuando hay polvillo no puede ni respirar. Te arde la piel. Sentís la picazón, se te mete por la ropa. Pero uno trata de hacer cosas y la gente se entrega. Si tienen que pisar barro, pisan barro y a otra cosa.
Ahora reza, da gracias por cuidar del cráneo roto de la niña bonita.
Villa Dockoil termina en una extensión verde y mentirosa: juncos, lirios, camalotes, pero también basura, botellas, escombro y un horizonte de chimeneas humeando como lápices peligrosos en el horizonte. Un campo de mentira. Una perfecta simulación de la inocencia.
-Lo que nos mata es que no hay laburo.
Horquera se vino del Chaco hace siete años arrastrando una familia de ocho, pero llegó tarde, cuando las mejores oportunidades eran ajenas. Ahora él y todos sus hijos están sin trabajo.
-Trabajé subcontratado dentro de la Shell, cinco años, y ahora me echaron porque no hay laburo, me dijeron. Vivimos del pan. Lo amasamos y lo vendemos.
"En Dock Sud hemos tenido empresas clausuradas durante dos meses, por descontroles en el tema contaminación, dice el secretario Sonzini
-¿Cuánto saca con eso por día?
-Y, diez pesos, a veces siete. Somos doce, nosotros. Compramos carne y con eso hacemos guiso, sopa, pero una vez por día porque si no, no va a alcanzar, si hacemos dos veces por día. Hacemos una comida a media tarde y si queda comemos a la noche de lo mismo. Y si no tomamos mate. Bronca nos da, pero con tener bronca no hacemos nada. A lo mejor, digo yo, los pibes consiguen un trabajo. Uno de los pibes tiene 22, el otro 20, otro 15, y a ése ya no lo puedo mandar más a la escuela porque ya no tiene ropa, no tiene calzado. El de 11 todavía va yendo, pero ya no va a tener para zapatillas tampoco. Hay que pelear hasta que uno esté cansado del todo. Por lo menos estamos todos juntos.
-¿No va nunca a la Capital?
-Poco. Cuando tengo que hacer una urgencia, o un trámite. Teníamos al pibe de 11 enfermo, andaba jodido de la rodilla. Entonces íbamos al hospital, pero ahora no hay plata para seguir el tratamiento. Se golpió el verano pasado jugando al fútbol. ¿Ta quedando pata corta, no ve?
La tarde caliente. El cielo azul. El chico renguea despacio. No apoya el pie.
-Pisa con la punta de los dedos y ya va a quedar así porque lo tuvimos dos meses, le dijeron que se iba a componer con el tratamiento, pero hay que seguir yendo, y pa´ir no hay plata. Y ái quedó. Ai quedó.
La tarde se eriza. Un destino de colmillos se ríe entre los juncos.
Juan Manuel Collazo es el director del Comité Matanza Riachuelo, dependiente de la Secretaría de Recursos Naturales y Desarrollo Sustentable. El Comité fue creado en 1993 con el fin de formular un plan de gestión ambiental de la Cuenca Matanza Riachuelo. El 25 de noviembre de 1997, el Banco Interamericano de Desarrollo autorizó un préstamo al programa de 250 millones de pesos con el objeto de lograr la reducción de la contaminación industrial en la cuenca, hacer obras de control de inundaciones y lograr un manejo de los residuos sólidos.
-A nosotros nos corresponde hacer la limpieza de espejos de agua -dice Collazo- porque la limpieza y el control dentro de Dock Sud corresponde a Administración de Puertos. El objetivo principal del Comité es cortar los vertidos de efluentes industriales a domiciliarios no tratados en los cursos de agua. Lo que pasa es que no hay una norma específica para el control de residuos industriales y no hay ningún dato para comparar cuál era la contaminación antes y cuál es ahora. Hay datos dispersos, pero nunca se hizo un monitoreo de la cuenca.
Pero hay un monitoreo inapelable: los habitantes más antiguos del Docke se acuerdan de cómo se bañaban en el Riachuelo. De las playas como Puerto Piojo o Sarandí, y uno de los paseos obligados para impresionar a los parientes que venían del interior era llevarlos a dar una vuelta por el puerto donde encallaban limpios, blancos, estupendos, los barcos de Onassis.
-En el 58 me vine de Entre Ríos -dice Tina, en una oficina pequeña y caliente, con olor a pollo frito, donde funciona una remisería-. Me llevaron a Puerto Piojo. El agua era limpita, la gente andaba en bote y había cantidad de casas abandonadas. Con las chicas jugábamos a escondernos ahí y nos llevábamos unos sustos...
A su lado, Rubén apaga el enésimo cigarrillo negro del día.
-Hablan mal de las petroquímicas, y las petroquímicas te mantienen medio Docke.
-Lo que sí -dice Tina-, que acá el progreso dio un salto en La Boca, vio Dock Sud y siguió de largo. ¿Vos te acordás cuando se incendió el Perito Moreno, Rubén? En 1984 el buque petrolero Perito Moreno se incendió y estuvo quemándose en el canal durante días. Las apuestas en el barrio suben al ritmo del entusiasmo: juran que si hoy pasara algo parecido, el Docke estallaría en pedazos y se llevaría consigo, en sucia venganza, un buen bocado de la Capital Federal.
Es noche profunda. Las calles de Dock Sud se iluminan con aires de fantasma bajo la llovizna acre. El Ruso tiene el pelo húmedo. A su alrededor, al calor de una lamparita de 25 en una sala sencilla donde hacen apoyo escolar los adultos del barrio que no terminaron el secundario, se apiñan otros cinco o seis chicos de entre 14 y 21 años.
-Hola -saluda el Ruso.
Se hizo famoso porque fue uno de los protagonistas del documental Dársena Sur, de Pablo Reyero. Ahora el Ruso es el vecino más conocido del barrio. Durante el día hunde las manos en los pelos de las damas del Docke, tiñe cabezas, hace mechitas, corta las puntas en el salón de belleza donde trabaja. Buen pibe, el Ruso.
-La única adicción que tengo es el mate.
Dice. El sabe que las madres de las novias de los chicos del Docke tienen pánico. Mientras, los chicos del Docke tejen su propia leyenda con madera de orgullo.
-Los de San Telmo no vienen para acá, y la gente del Docke no va para allá. Es odio futbolístico más que nada -dice Gustavo-. Es un clásico.
-Esto cambió todo -se hace el hombre grande el Ruso-. Yo me acuerdo que cuando iba a la primaria me llevaban a ver cómo ordeñaban la vaca. Ahora te llevan a ver cómo es el polo petroquímico.
Juancho y Román son hermanos y ahora viven en Barracas, pero todavía paran en el Docke. Todos juran que el tiempo fue veloz, que la juventud ya no es lo que era en ese rincón del mundo.
-Una vez en el colegio le querían pegar a mi hermanito -cuenta Román- y les dije: Eh, les voy a traer a mi hermano, que para en el Docke. Y no lo tocaron más. Por ahí vas a un boliche, se arma goma, gritás: Aguante el Docke y tenés a veinte monos al lado tuyo, defendiéndote. A veces gritás: Aguante el Docke y te comés la paliza de tu vida.
"Acá nos conocemos todos. Una vez con los pibes enganchamos a uno robándose una bici y una garrafa de una casa, lo agarramos y le empezamos a dar. Mientras se le iban cayendo las monedas yo se las quitaba, le devolvimos las cosas a la mina y con la guita del pibe nos fuimos a bailar. La infancia que pasé acá no me la olvido nunca. Yo al Docke lo defiendo a muerte. Me tocan el Docke y se pudre todo."
Las paredes son los vientres donde ellos declaran amor a besos. Ser del Docke es tener raza, sangre distinta por las venas.
Una ironía de mal gusto bautizó a Villa Inflamable. Si allí hubiera un incendio el fuego la devoraría en minutos
Viene un ganso desde el horizonte moviendo las caderas. A lo mejor es porque la autopista pasa a menos de cien metros y hay mucho ruido, lo cierto es que el ganso está molesto, con ganas de correr personas. Además, hay perros.
-Chssssttttt, chsssttttt, quieto.
Los cuzcos ladradores se frenan en seco. El ganso pierde el interés. Apenas cruzando el puentecito que tiembla como flan de chapa sobre el arroyo Sarandí están las fábricas, el resto de la ciudad.
-Evaristo, encantado, pero me conocen por Vega.
La sonrisa ancha y blanca como arroz. El camino que llega hasta la casa de Vega es un senderito moteado de ladrillos sobre el barro entre árboles añosos. Al fondo, la casita construida sobre palafitos, dos pisos con un balcón en el que coquetean los malvones. El campo, a medio minuto del hipermercado Auchán, al otro lado de un arroyo que burbujea de gorda putrefacción.
-Me vine de Corrientes y era mozo y ayudante de cocina en Santa Fe y Callao. Un amigo me habló de las quintas; me dijo: Es lindo allá. Me vine, me gustó, me hice la casita.
Delante de la casa de Vega, el sendero sigue hacia atrás, hacia adelante, hacia el río. Delante de su casa, una vaca pasta adormecida, un ternero espera tiempos mejores. A los pies de Vega las gallinas se alborotan. Luz tiene. Agua no. Tres tachos de veinte litros almacenan lluvia para lavar la ropa. Para el resto camina hasta la canilla, cerca del puente. Desde que lo echaron de una refinería se gana la vida haciendo jardinería, o esculpe maceteros en cubiertas viejas y los vende a 10 pesos.
-Ahora hace tiempo que no hay inundación, pero aquella tarimita es para que se suban las gallinas cuando viene el agua, porque si no se ahogan enseguida. Por suerte acá el agua llega limpia, el petróleo se queda en los juncos. Huerta no tenemos porque con el agua del arroyo no se puede regar, está toda contaminada, todo con petróleo, pero es tranquilo, usted se acostumbra acá. Nos vamos a dormir temprano, no hay mucho para hacer, y a la noche cuando viene clareando ya me levanto.
Un caballo pasea su modorra por el perfil de una fábrica que humea. El sendero se retuerce como un gusano de barro. Siguiendo el camino por esto que llaman La Costa hay puentes construidos con troncos atravesados sobre charcos. El paisaje es así: una vaca, un charquito con petróleo, un caballo, una pila de envases de plástico, una manadita de gansos, un basural.
Extraña raza: campo con pústulas urbanas.
Y aquí mismo, en lo que fue alguna vez una colonia agraria -que en realidad es mucho más Villa Dominico que Dock Sud- se cultiva vid. Se hace vino patero. El sendero se derrama en una espuma verde de niebla. El vino intenso de esta zona es nombrado con respeto: Vino de la costa. Las damajuanas de cinco litros se venden a ocho pesos. Desde las casas de chapa acanalada llega el ahogo de un cuartetazo. Los viñedos y frutales crecen sobre el barro gris, sobre la tierra que no parece capaz de alimentar a nadie. Los quinteros más tradicionales son Don Sebastián, los Cereceto, los Parodi y Los Mellizos. En la quinta de Los Mellizos una mujer enmascarada con anteojos de aumento se apoya en una escoba y sonríe.
-Nadie quiere trabacar la tiera, italiani bruti nada má. Y é una pena, porque la tiera é amor. Usté saca la semiya, saca la plantita...non há nada má lindo que´so.
No quieren hablar demasiado. Por estos días comen del caldo de la incertidumbre. Alguien descubrió hace poco que las quintas ocupan un lugar estratégico y la ordenanza 11.954/98, aprobada el 26 de junio de este año, dispone que las tierras sean expropiadas para establecer un polo industrial que reúna todas las curtiembres de Avellaneda. Los vecinos no estaban disconformes con el proyecto: se hablaba de expropiar 12 hectáreas. Pero la ordenanza aprobada dice 100. Pagan a 30.000 pesos cada una.
-Lo que creemos es que si quieren tantas hectáreas es porque van a venir más que las curtiembres. Que esto va a ser una continuación del polo petroquímico del Docke.
Roberto Marguerite dice de sí mismo que es porteño, fugado. Tiene ojos celestes agrandados por los lentes de aumento. Vive con su mujer y tres hijos en la Costa.
-Un día vine y me gustó. Ya me gustaba el campo. Ahora hago un poco de ciruela, un poco de tomate, un poco de verdura. Se hace y se lleva al mercado. Pero ha cambiado mucho. Dicen que con el agua del Riachuelo se tomaba mate, pero ahora la creciente trae la basura, el plástico. Dicen que quieren expropiar. Yo le veo mucho futuro a esta zona, pero no como zona verde. Le veo futuro como parque industrial.
Allá, en el fondo, el viento azota un invernadero de tomates hasta dejarlo en los huesos.
El hijo de Olinda Parodi está en el fondo de la quinta, trabajando con las ciruelas. Olinda tiene 82 años y el trabajo en la tierra no le gusta.
-Es muy duro. La vieja de Los Mellizos sí trabaja. A ésa le gusta la pala. Tiene como 77 años la vieja -Olinda encoge los bracitos con precisión bajo el pecho-. Le digo la verdad, a mí el pueblo no me gusta, voy del médico nomás. Si el camino está bueno, salimos en camioneta, pero si llueve, ay Dió... Por suerte diga que ahora el agua no llega, pero hace seis años vino una inundación grande, caían unas piedras así que yo decía: quién es que tira cascote...
Un gallinero vacío. Un galpón enorme. Filas y más filas de viñedos. Marcos Cereceto tiene las piernas arqueadas en forma de tonel, y usa pañuelo chacarero al cuello. Está pensando en vender para retirarse a cuarteles de invierno.
-Esta tierra es de nosotros, por escritura, por todo. Pero esto va de mal en peor. Yo nací acá, mi padres también, mis abuelos están acá desde el año 1865. Hace 133 que tenemos estas tierras. Acá llegamos a hacer 260.000 litros de vino. Ahora nadie quiere laburar en esto. Ya se pasa de duro, ya.
Una gallina escarba una bolsa de plástico. Dos pollitos hacen nido. Del otro lado del arroyo Sarandí, una fábrica acuna en su estacionamiento un BMW azul brillante como el agua clara.
Avellaneda es una de las principales calles del Docke y estuvo cerrada desde noviembre de 1997 hasta el 9 de julio de este año, en el que con un gran desfile cívico-militar se reabrió. Pero durante siete meses los negocios de esa calle abrieron los párpados de sus cortinas sin que atravesara sus puertas un solo cliente. Milan Lacovich tiene allí una casa de repuestos industriales. Un gato salpicado por el sol se entumece en la vidriera. Una radio atruena con tangos añejos.
-Esto para nosotros fue la muerte en camiseta. Tuvimos el negocio abierto para ver la gente que pasa caminando por la calle. Y ahora para qué, si estamos peor que antes. Mandan todo el tránsito pesado por acá, y esto se mueve como un flan. Dentro de poco a esto le pongo un cartel grande de punta a punta que diga Se vende o se regala.
Oscar Orquiguil abre la puerta, silencioso. Es poeta. Escritor. Se rasca la cabeza, pensando en algo que olvida. Levanta un dedo y recuerda que ha escrito tres libros: Dock Sud, Docke Mon Amour y Dock Sud, un sentimiento.
-Pero esto ha cambiado mucho últimamente. A mi hijo lo asaltaron dos veces y está esperando vender la casa para irse. A mí me gustaría irme también.
La mirada filosa de Milan ladra desde atrás del mostrador.
-Antes, si alguien me hablaba mal de Dock Sud, era capaz de pegarle. Ahora le digo Tenés razón. Antes no había miedo.
Alejandro y David Torres tienen 20 y 17 años, las caras repletas de hoyuelos, ojos pícaros, sonrisitas burlonas. Trabajan en la remisería con el padre, venden canastos de mimbre que traen del Tigre en la feria de Villa Dominico, detestan la Capital. El sueño de Alejandro es subirse a un auto con su novia, que vive en Banfield, y galopar un rato con la radio a tope. Un sol de media mañana se cuela sobre los mimbres. El Dock brilla esta mañana como una señorita acicalada con polvo en las axilas.
-Siempre salen esas notas, Dock Sud, un barrio sin tiempo, van y hacen fotos de los conventillos -se burlan David y Alejandro-, y nos da bronca, porque el Docke se te mete adentro, somos patriotas del Docke. No es Beverly Hills, pero es un barrio antiguo normal. Lo único que te mata es que se inunda mucho. Por ahí hay un día diáfano, viene viento sudeste y se inunda todo. Mi novia vive en Banfield y a veces le digo: Vine tarde porque se inundó, y no me cree porque no cayó ni una gota. Por eso si me puedo mudar me mudo, porque aunque lo lleves en el alma tampoco comés vidrio.
De la única canilla de Villa Dockoil, los más pobres sacan el agua con balde, y los más pudientes con una manguera larga. Esa es la diferencia
Los cuatro hipermercados (Coto, Auchán, Carrefour y Alto Avellaneda) transformaron a Avellaneda en uno de los sitios del país con más alta densidad de hipermercados. Don Pedro vio caer su almacén al mismo ritmo con que los dueños de Auchán reponían mercadería en las góndolas.
-Con lo que me deben a mí se van a comprar a Auchán.
En el almacén se abultan cosas desdibujadas por el polvo: radios a galena, una violeta de los Alpes, un mostrador del siglo pasado, sifones, tablas, chapas, una macetita con malvones. Don Pedro está convencido de que el mundo complota contra su almacén: Duhalde, Auchán, la autopista, los bancos, y antes Perón, y la mafia del oro, y la aduana paralela.
-No me voy porque uno tiene el arraigo. Acá vivieron papá y mamá.
Afuera es de noche. La calle no se ve a través de la vidriera sucia. A pocas cuadras la tía Titi teje al crochet.
La tía Titi teje al crochet una mantita rosa. El olor de la lana le moja las mejillas gordas. Frente a ella, con anteojazos negros, padre de once hijos, está Héctor Ledesma, el negro Ledesma, el Manzanero Fashion. La tía Titi es de Paraná, pero está encariñada con el Docke. A su lado duerme un perro. La habitación se embalsama con el aroma picante del gas de una pequeña estufa.
-Cuando yo era chiquito -se despereza Ledesma- los pibes no se juntaban con los grandes. En esa época había una canción que decía Marcianita, blanca o negra, es picada, pequeña, bonita delgada, será mi amor, la distancia nos acerca y en el año... no me acuerdo más. Ahora las petroquímicas regalan salitas de primeros auxilios para curar lo que ellos están provocando. Hay veces que no se puede respirar, y las plantas se ponen todas amarillas, se les queman las hojas. Se pasa los dedos por los pelos negros, electrizados. Antes, dice, el Docke estaba lleno de corsos y de bailes de las distintas comunidades. Pero todo eso se acabó.
El suelo no para de temblar en Dock Sud, porque miles de camiones pasan todos los días por esos terrenos inestables, ganados al río
-Una generación nueva la de ahora -ilumina la tía Titi, juntando los codos debajo del saquito azul. Desde una heladera canta un gallo con forma de reloj-. Ahora hay mucho poyo. Poyo, eso que fuman los pibes. Hasta el peyo fuma poyo. Cuando los chicos están fumando el peyo va a fumar un poquito y vuelve. El poyo lo atrae una barbaridá.
La risa de la tía Titi se construye así: un gramo de gorgoritos, siete plumazos de picardía, un litro de sacudimiento de hombros. Delicia.
-Mi marido era hombreador de bolsas. Acá se trabajaba mucho en el azufre, la soda cáustica, el tanino. Hombrear bolsas de soda cáustica es teyible. Cuando empezó a trabajar io ioraba y le decía No te vas a ir más ahí, no te vas a ir más. Porque se quemaba todo con la soda y la transpiración, eso no se te cura en seguida, se le va para adentro, como una úlcera. Cómo trabajó mi marido. Yo creo que ni un día paró ese hombre.
Por encima de la cabeza de la tía Titi una repisa llena de animales de peluche se adormece en la tarde calentada a gas.
El bar del Tano Cacheto está en una esquina, enfrente de la playa de containers. El Tano se llama Ignacio. Se dice de él que fue pasador de juego, pero que la policía le complicó el camino y tuvo que empezar a vivir de otra cosa. Se sabe que vino de la nada, de vender verdura en un carrito que traía desde el Abasto y que llegó a bastante. Por lo menos, hasta este bar en el que el humo no deja ver el televisor pegado al techo del que se cuelgan los ojos de todos los hombres como bolitas vinosas. La parrilla está en la vereda y allí, enfundado en un guardapolvo moteado de grasa, el Tano ejecuta su misa de chorizos y mollejas. Se cruza de brazos, el cuchillo apoyado en el hombro, las manos labradas con sangre y carbón, la hoja de acero chorreando grasa.
-¿Un choricito, un vasito de vino? Venga que le presento a mi señora.
La señora es María Estela Núñez, una morena de rasgos suaves, de 38 años, madre de cuatro de los hijos del Tano. El Tano y María Estela se conocieron cuando ella tenía 17. El la sacaba -redonda, morena, bonita- a pasear en la cupé Torino.
-Vo tené que hablar con la Fanny, que sabe más que nosotros, el marido de ella era dueño del London Bar, el famoso cabarute de acá, te da cuenta. ¿Un heladito?
Revolea el cuchillo. Tiene un ojo turbio, el otro divertido. Se traga medio vaso de tinto. Me mira y dice:
-Vieja, viste que la chica es de la Municipalidá.
Se limpia el cuchillo en el delantal. Le muestro la credencial del diario. El tipo sigue, como si nada.
-Sabé qué, yo fui el dueño del Docke, nena. Yo tuve la ranchero americana, tuve el Torino último modelo, yo las tuve todas querida, qué te pasa. Lo que pasa es que cuando te toca caerte te caés, te das cuenta. Pero cuanto más tuve más dócil fui. Mentendé, má generoso. A mí la plata no me marió nunca. Las pasé todas, la buena, la mala y la regular, vivía en las quintas con el finado mi padre y nunca me faltó nada, pero siempre laburando. Querida, querés que te diga la verdá... vos sos de otro palo. Pero aunque seas de otro palo, por ejemplo, venís a mí y me pedís un sánguche, yo te lo doy. Me pedí un vaso de vino yo te lo doy. Pero me molestaría que vos me vengas a apretar. Por las buenas lo que quieras. Mentendé.
Claro.
"Los de San Telmo no vienen para acá, y la gente del Docke no va para San Telmo. Es odio futbolístico, más que nada". Ese odio puede terminar en guerra
La casa es un mal amontonamiento de chapas y cartones. Una pesadilla, un licuado de humos y basura. Del ojo en sombras de la puerta salen Carlos, Lidia y su mamá. -Sí. Qué hay.
Carlos tiene 15. Parecen 35. Las patas de gallo le comen los ojos. Parece hecho de tierra, del mismo material frío con que hicieron este campo, este río, la casilla donde viven él, su madre, su hermana Lidia, que tiene 14 años y le late en la piel que ya conoce varón, que esa tormenta de carne no ha pasado inadvertida. Lidia pide plata en los negocios de la zona, es buenaza, todos le dan. Carlos trabaja de caballo: tira de un carro, junta cartón, botellas, lata.
-Es pesado el carro y lo traigo hasta la jeta. Hasta arriba lo traigo. Por lo menos para comer saco. Salgo a las 6, y a eso de la 1 ya estoy acá.
Villa Inflamable. Hay una ironía de mal gusto en el nombre: está pegadita al polo petroquímico. Si hubiera un incendio la devoraría en minutos. Entonces el kilo de cartón a cuatro centavos, el de lata a dos, el de vidrio verde a cuatro y el de vidrio blanco a seis que le pagan a Carlos cuando logra vender algo -y Carlos mismo- serían una estampilla carbonizada. Nadie se acordaría de ellos. De todos modos, diría Carlos, si pudiera decir algo, nadie se acuerda de ellos ahora. Parado junto a su madre -que lleva un solo diente en la boca- encoge los hombros como un pájaro.
-Changueo, vio.
La madre con la mano envuelta en un repasador, arranca del brasero una pava ennegrecida. Tiene la rodilla lastimada: discutiendo, la pateó una vecina. La cortina de la casilla flamea y la mujer vuelve con dos radiografías de su estrepitosa rótula hecha polvo. A Lidia le sonríen los pechos altos, la cara llena de mofletes sin adiestramiento. Tiene los dientes planos, chatos, como palitas.
-¿Tenés un novio?
-Ni loca.
Hace seis años la madre de Carlos y Lidia -que parece de 70- parió a una nena suavemente raquítica que se asoma por encima de la verja de madera sin decir nada. Enfrente, la mujer de la que Carlos cuenta que es su tía -pero que no es- compró un terreno por 700 pesos, está borracha como una esponja y besa a un loro en el pico. Carlos la mira sin respirar, una bala en cada ojo.
La calle sigue jugosa. La tierra es un vientre deforme, un parche de metal.
Un par de manos secas acarician el fuego. Y no lo sienten.
Texto: Leila Guerriero
Fotos: Daniel Pessah
La ley y la selva
Osvaldo Sonzini está al frente de la Secretaría de Política Ambiental de la Provincia de Buenos Aires, creada en 1995. La Secretaría tiene a su cargo, entre otras cosas, el monitoreo de efluentes líquidos y gaseosos de las industrias de la provincia.
-En Dock Sud la solución definitiva es eliminar las situaciones de contaminación, pero la Secretaría es muy nueva como para decir que tenemos solucionado algo. Compramos el primer laboratorio móvil de monitoreo, y cuando lo llevamos a Dock Sud empezamos a detectar picos fuertes de nitrógeno y azufre los fines de semana, lo cual significa que las empresas las cosas feas las hacen sábados y domingos. Por eso estamos tratando de hacer un sistema que nos permita monitorear las 24 horas, los 365 días del año. Yo confieso que en Dock Sud no he logrado que las empresas inviertan en el saneamiento, porque están desde la Shell hasta empresas muy pequeñas. Hace un mes hicimos una resolución en la cual les exigimos a todas las empresas que realizan incineración que hagan monitoreo de aire permanente en su chimenea, pero yo no lo puedo lograr manu militari. Ahora Shell está montando un equipo de monitoreo en materia de contaminación gaseosa.
-Mientras tanto, ¿esto genera riesgo en la salud de la población?
-La verdad es que no hay estudios epidemiológicos en la población. Los valores de contaminación hacen presumir que no hay riesgo inmediato, pero yo no tengo la certeza. La empresa no resuelve esto con voluntarismo, sino con inversiones. Si no querés problemas con las chimeneas, tenés que tener un buen sistema de lavado de humo y no se hace con palabras, se hace con dinero. En Dock Sud hemos tenido empresas clausuradas casi dos meses por descontroles en el tema contaminante.
-¿Con qué reglamentaciones de tipo ambiental tuvieron que cumplir estas empresas para instalarse ahí?
-Ninguna. No existían. Ahora, la única provincia que tiene un marco normativo completo a nivel ambiental es Buenos Aires. Yo tengo rango de ministro, porque si me tengo que pelear con los presidentes de las petroquímicas más importantes del país y soy un pinche, el tipo me saca de encima así nomás. Y más montado sobre años de impunidad ambiental.
A veces se pierde
El vidrio los dibuja brumosos. El sol de la tarde calienta la mesa de bar, medio metro en el que estos dos hombres deciden los destinos del mundo con una botella de cerveza y un plato de maníes. Ernesto Eduardo Escobar y su amigo Antonio se miran a los ojos. Los de Ernesto no hacen foco. Antonio sonríe con la mandíbula adelantada y canta:
-Ganemo o perdemo... al Docke lo queremos... ganemo o perdamo... del Docke no nos vamo.
Los bigotes le caen a cascadas sobre el labio. Es saltarín, imparable. Ernesto es tristón y Antonio le está contando que se acuesta con la mujer de un amigo.
-Cuchemé, cuchemé, y pa qué somo amigo si no. La mujer me miró juerte, y ya está.
A Ernesto le gusta jugar por plata. Mucha discusión, dice que se arma, y entonces menciona sus favoritos: la pelea a puño limpio o el arma de fuego. -El cuchillo no me gusta. El arma de fuego sí.
-¿Tiene?
-Algo tengo. Perdí a mi sobrino por culpa del arma. Tenía un club en la Isla Maciel. Lo quisieron apretar a mi sobrino, cuando me quedé sin balas le tiré con el revólver en la cabeza al tipo, que aprovechó y lo mató a mi sobrino. Tenía 18 años, pobre guacho. Qué va ser. Perdí, perdí.
Se levanta la camiseta y muestra un costurón sobre el pecho, producto de aquel encuentro fatal.
-Mi señora es buena piba, me aguanta obligada. A ella no le gusta que yo tome, como a ninguna mujer. A veces me sobrepaso jugando al truco, al billar, y ella cuando me ve ya me relojea, pero yo no soy malo. Además, tengo la costumbre porque yo era navegante, y el navegante siempre toma. Yo me quiero volver a Entre Ríos; si acá, mire, saco para comer nada más.
Antonio sigue gritando, rebotando entre el fotógrafo y la vidriera, contando cómo le gusta a él mirar chicas, cómo le gusta tener amigos con lindas esposas.
-Por eso no llevo ningún amigo a casa -dice Ernesto.
-No. Pero van los amigos de tu señora: el sodero, el lechero, el garrafero -se ríe con toda la boca Antonio.
-Mientras no sea con un policía o con un hermano mío, lo demás me parece que le perdono.
Convida anís. Un hombre y un caballo pasan por la calle. En el carro llevan la paga del puchero de hoy. Basura.






