Doña Pepa, 30 años después
El 30 de abril de 1977, un grupo de 14 madres se reunió por primera vez en la Plaza de Mayo. Ella llegó dos horas antes de lo acordado. Ansiosa, desesperada por la suerte de su hija María Lourdes, no sabía que sería la primera Madre de Plaza Mayo, símbolo de la historia argentina
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Habían acordado encontrarse alrededor de las cuatro de la tarde. Era un sábado agobiante y en la plaza no había un alma, igual que en el microcentro. Pepa, ansiosa como era, fue la primera en llegar, dos horas antes de lo convenido. Las animaba la secreta esperanza de ser recibidas por algún alto funcionario de la Casa Rosada. Pero eso no sucedió. Todavía no eran las Madres de Plaza de Mayo, ni siquiera las Madres Argentinas que buscan a sus Hijos Desaparecidos, identificación que habían comenzado a utilizar otras madres, aunque pronto dejaron de hacerlo.
Era el 30 de abril de 1977 y eran 14, esas mujeres que en el escenario de muerte y espanto que siguió al golpe militar del 24 de marzo de 1976 se animaron a enfrentar el poder de la dictadura para reclamar por la suerte de sus hijos. Sólo querían saber si estaban detenidos. Si lo estaban, dónde y por qué. Y si no lo estaban, por qué no aparecían.
Su ruta de búsqueda incluía el Ministerio del Interior, comisarías, cuarteles, iglesias, embajadas y los edificios de la Armda, de la Fuerza Aérea y del Ejército. Y allí se iban conociendo, de a poco. Hasta que esa tarde, a poco más de un año del golpe, mientras esperaban que las atendiera el secretario del Vicariato Castrense de la Armada, Emilio Graselli, en la iglesia Stella Maris, una de ellas, Azucena Villaflor de De Vicente (ver recuadro), dijo en voz bien alta, con vehemencia: “Individualmente no vamos a conseguir nada… ¿por qué no vamos todas a la Plaza de Mayo? Cuando seamos muchas, Videla tendrá que atendernos”.
Pepa, la madre puntual
Esa idea, esa frase fundacional, pensada y dicha por un ama de casa de 53 años, pronto haría nacer uno de los movimientos humanitarios de mayor prestigio en todo el mundo. Eran 14 madres, y esa tarde se reunían por primera vez en la plaza. Junto con Azucena Villaflor estaban Berta Braverman, Haydée García Buelas, María Adela Gard de Antokoletz, Julia Gard, María Mercedes Gard y Cándida Gard (eran cuatro hermanas), Delicia Miranda, Elida Caimi, Mirta Acuña de Baravalle, Beatriz Neuhaus, Raquel Arcushin, Raquel Radio de Marrizcu rrena y Josefina García de Noia, o simplemente Pepa, la madre que, puntualísima como siempre, se había adelantado dos horas a la cita.
De aquellas catorce mujeres hoy sólo viven seis. Una de ellas, la primera en plantarse en la Plaza de Mayo, casi pegada al monumento a Belgrano, historia viva y testigo de la mayor tragedia argentina, es Josefina García de Noia. “Estamos quedando pocas... Sólo quedamos Berta, Delicia, Mirta, Haydée, Raquel y yo”, con una mirada que no disimula la nostalgia.
Doña Pepa, como la llaman todos, de 85 años –cumplirá 86 el 6 de julio– y una lucidez admirable, vive en Castelar, en el oeste del Gran Buenos Aires, desde 1974. Sólo se alejó de allí en 1980, cuando se radicó temporalmente en Australia, país del que regresó en 1984.
Pepa, hija de inmigrantes gallegos de Orense, cuarta de seis hermanos, y Juan Carlos Noia, ya fallecido, se casaron en 1941. “Al principio nos fuimos a vivir a un edificio de la calle Austria al 2000, justo enfrente de donde el almirante Rojas ¡mirá vos! tenía su departamento. Años después nos mudamos a Castelar. Yo trabajaba cuidando chicos y planchando para afuera y don Noia (así menciona a su marido) era boxeador, peso mosca, peleaba en River. Peleó hasta 1942, cuando nació Alicia, la primera de mis cuatro hijos.
“Cuando dejó el boxeo, consiguió trabajo como barrendero en la Municipalidad de Buenos Aires. Después vinieron Daniel, en 1944, que murió en Australia; María Lourdes, en 1946, y Margarita, en 1953.”
María Lourdes Noia, psicóloga y docente en la Universidad de Morón, desapareció el 13 de octubre de 1976. Cuando fue llevada a la ESMA tenía 30 años, estaba casada con Enrique Mezzadra y tenía un hijo de 18 meses, Pablo.
Una cita sin hombres
El encuentro con doña Pepa había sido acordado para un martes, a las cuatro de la tarde, en su casa de Castelar, para luego ir a la casa de un vecino. Al llegar, paradita en la vereda, bien erguida, cartera en mano y fumando un cigarrillo, esperaba Pepa. Faltaban quince minutos para las cuatro.
“No me gusta hacer esperar –dice Pepa, ya en camino hacia la casa de su vecino–. Nunca me gustó. Es una manía, qué se yo… Claro, a veces se me va la mano… Como aquel 30 de abril del ’77, aunque, claro, la situación era bien diferente. Ese día la ansiedad me mataba. Por eso llegué a la plaza dos horas antes, a las dos de la tarde.”
–¿Y qué hizo durante esas dos horas?
–Cuando llegué, me senté en uno de los escaloncitos del monumento a Belgrano, abrí mi atado de cigarrillos y empecé a fumar. Creo que esa tarde me fumé dos atados. Y caminaba. Y me sentaba. Y me paraba. Y daba vueltas alrededor del monumento. Y fumaba… ¿Qué otra cosa iba a hacer si sólo estábamos las palomas y yo? Hace tantos años de eso…
Visto a la distancia y sin que ella se hubiese puesto a considerarlo, Pepa había comenzado a dar los primeros pasos de las rondas de las Madres.
“Poco antes de las cuatro empezaron a llegar las madres. A las primeras que vi fue a las cuatro hermanas Gard. Después cayeron Azucena, Mirta Baravalle, Ketty de Neuhaus, Delicia, Elida Caimi, Raquel Marrizcurrena y Raquel Arcushin. Nos habíamos puesto todas de acuerdo en que no vinieran los hombres, porque iba a ser peligroso para ellos. Pensamos que, para los militares, un grupo de mujeres grandes no representaba ningún riesgo. Y ahí nos quedamos, apenas un rato, conversando en una plaza desierta bajo un calor insoportable. Alguien dijo entonces que el sábado no era un buen día para llamar la atención. Y arreglamos para el viernes siguiente. Pero resulta que una de las madres comentó que el viernes era un día de mala suerte, y lo cambiamos para el jueves. Y quedó el jueves para siempre.”
Una orden tajante
El jueves siguiente se encontraron otra vez en la Plaza. La idea era permanecer allí, de pie, no más de media hora, desde las 15.30 hasta las 16.
El destino quiso esta vez que las rondas se iniciaran por imposición de la policía. Fue uno de ellos, que custodiaba la plaza, el que las obligó a circular porque había Estado de sitio y estaban prohibidos los grupos de tres o más personas. “¡Circulen!”, fue la orden, seca, tajante. Y las madres “circularon”. Primero, alrededor de los canteros; después, alrededor del monumento a Belgrano; más tarde, y para siempre, alrededor de la Pirámide de Mayo, “lanzando las palomas de la verdadera patria a los cielos de nuestra tierra y de todo el mundo”, como las animaba Julio Cortázar desde su artículo Nuevo elogio a la locura.
–Ya han pasado treinta años. ¿Qué huellas dejó el tiempo?
(La respuesta no será con palabras. Porque tal vez no hagan falta las palabras. ¿Qué decir, cuando todo está a la vista? Tal vez la pregunta no debió haberse hecho. ¿Para qué preguntar, si todo estaba a la vista? Pero no son las arrugas de Pepa, ni el pelo blanco ni su andar despacio, aunque firme, las huellas más profundas que dejó el tiempo. No hay que buscar ahí. Pepa, entonces, lo mira al cronista con una mirada brillante y tierna. Mirada de abuela. Frunce el ceño y aspira hondo, muy hondo, como queriendo tragarse todo el aire del mundo. Luego vendrá un suspiro, que será su respuesta.)
–¿Qué es la Plaza de Mayo para usted?
–A mi modo de ver, la Plaza es las Madres. Y es de los desaparecidos. Fijate hasta qué punto lo es que los restos de Azucena (por Azucena Villaflor) fueron cremados y, por voluntad de su hija, sus cenizas fueron esparcidas allí.
Doña Pepa dice –y no con orgullo, precisamente– que fuma veinte cigarrillos diarios. Y que sus pulmones, como le dijo hace poco su médico, están tan enteros como los de una chica de veinte. Su memoria es prodigiosa: habla de episodios de hace treinta años como si hubiesen ocurrido una hora antes.
Fechas, lugares, nombres, diálogos, descripciones, “todo está guardado en la memoria, sueño de la vida y de la historia”, escribió Gieco. De vez en cuando duerme siesta, sale a hacer las compras, acepta invitaciones de los colegios secundarios para dar charlas –con la única condición de que no le pregunten sobre Hebe de Bonafini– y nunca, en treinta años, dejó de ir a la Plaza los jueves.
–¿Cuál fue el peor año para ustedes?
–1977. Nos corrían, nos tiraban los caballos encima, nos apaleaban con esos bastones, nos sacaban de los pelos de la Catedral… Y nos desaparecían. Ese fue el año en que secuestraron a Azucena, a las monjitas y a muchas del grupo de la iglesia de la Santa Cruz.
El hijo de Nora Cortiñas nos llevó a Dolores pocos días después de que aparecieron los cuerpos en la playa, en diciembre de 1977. Fuimos a ver al juez. Ya llevábamos tres horas esperando cuando en eso se abre una puerta y Nora grita: ¡Señor juez! Y el juez, sorprendido, nos dice que a él no le habían informado que nosotras estábamos ahí, esperándolo. Nos hace pasar y empieza a hablar. Nos muestra dos pilas de papeles así de grandes y nos dice: ¿Ven esto?, son datos de los cuerpos que aparecieron en la playa. Pero yo a ustedes no les puedo informar nada; por más que quiera, no puedo decirles nada. Nora, entonces, se levanta y le dice casi a los gritos: ¡Usted no es digno de estar sentado en ese sillón! El juez la mira fijo a los ojos, y le contesta: Tiene usted razón, pero yo no puedo decir nada. No es que yo no quiera, pero así como ustedes buscan a sus hijos, si yo les digo algo ahora mi familia me estaría buscando a mí. Así nos dijo. Al final, nos dio la mano y nos despidió con viento fresco.
–¿Ese episodio le abrió alguna esperanza de encontrar a su hija?
–No, no. Uno va… Pero no… Las madres nunca decimos podrá ser. A ninguna mamá la vas a escuchar decir uy, hay que ir a ver… pero uno iba porque había que ir. Cuando, en 2005, exhumaron los restos de la monjita, de las otras dos madres y de la militante de los derechos humanos, los enterraron en la iglesia de la Santa Cruz.
–En 1977, se acercó a la iglesia de la Santa Cruz un muchacho rubio que se hacía llamar Gustavo Niño y decía que buscaba a su hermano desaparecido. En realidad, era Alfredo Astiz. ¿Qué imagen le quedó grabada de él?
(Por primera vez en más de una hora y media de charla, doña Pepa se toma unos segundos para responder) –En mi cabeza tengo grabada la imagen de un pibe de 20 años, de jean y remera blanca, con esa cara de niño todavía. Qué cosa rara, ¿no? Hablaba con todas, con Azucena… Y Azucena lo aconsejaba siempre, lo trataba como a un hijo. Pensar que la pobre de Azucena le decía no vengas con nosotras; es peligroso para vos.
–A partir de lo que ocurrió en diciembre del ’77, ¿qué pasó con el grupo de madres?
–Ibamos poco a la plaza; preferíamos juntarnos en las iglesias, donde hacíamos como que estábamos rezando. En algunas, cuando el cura se daba cuenta de que no rezábamos, que en realidad éramos un grupo de madres hablando de sus hijos, nos hacían salir y nos cerraban la puerta. Porque eso también pasaba, ¿sabés?
“Esos hombres malos”
–Su hija, Lourdes, militaba en…
–María Lourdes tenía afinidad ideológica con Montoneros, igual que Enrique, su esposo. A Lourdes me la llevan el 13 de octubre de 1976. Vivía en el barrio de Constitución, en la calle Pavón, cerca del Canal 11. El grupo de tareas que fue a lo de mi hija no se robó nada, ni plata ni nada. Fueron directamente por ella. Y al nene tampoco se lo llevaron. Se lo dejaron a una vecina. A Quique, el marido, ya se lo habían llevado. Pero lo sueltan tiempo después.
–¿Qué es de la vida de Pablo, su nieto?
–Uy, está muy bien, está casado y tiene una nena. Pablo y su papá, Quique, siempre van a las marchas de la resistencia.
–Otro de los momentos duros de su vida habrá sido cuando Pablo empezó a preguntar por su mamá.
–Un día estábamos almorzando en casa y de repente Pablo le pregunta a Quique: Papá, ¿cuándo van a soltar a mamá esos hombres malos que se la llevaron? Nos quedamos todos mudos. Entonces Quique se lo llevó a la pieza, cerró la puerta y le contó lo que le había pasado a su madre. Pablito tenía apenas 8 años. Cuando se abrió la puerta de la pieza, apareció Quique con el nene en brazos. Los dos llorando.
–Dígame, Pepa… ¿usted cree que algún día podrá cerrarse esta historia?
–No, no creo que esto pueda algún día cerrarse. Algunas cosas cambiaron, pero, en definitiva, yo veo que pasan los años…, y todavía no sabemos dónde están nuestros hijos.
Es otro jueves de ronda en la Plaza de Mayo. A las tres y media de la tarde el sol pega fuerte, pero ahí están, con su bandera blanca de Línea Fundadora, las fotos de sus hijos, los pañuelos blancos y su marcha lenta.
Detrás de ellas, a una prudente distancia, marcha el sector de Hebe de Bonafini, con sus banderas azules.
Una turista sueca, emocionada y al borde de las lágrimas, le pregunta a Pepa con un respeto de misa cómo se llamaba su hijo desaparecido. “María Lourdes… mi hija se llama María Lourdes”, le responde Pepa.
Ocho palabras. Las de siempre. Las mismas ocho palabras de hace treinta años.
Para saber más: www.madresfundadoras.org.ar
De líneas y pañuelos
Azucena Villaflor de De Vicente, que tenía a uno de sus hijos y a la novia de éste desaparecidos, fue secuestrada el 10 de diciembre de 1977, ocho meses después de su propuesta de reunirse en la plaza. Azucena fue sorprendida a la salida de la iglesia de la Santa Cruz, en el barrio de San Cristóbal, por el grupo tareas 3.3.2 de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), comandado por Alfredo Astiz. En ese operativo también desaparecieron otras madres y las monjas francesas Alice Domon y Léonie Duquet, integrantes de la Congregación de las Misiones Extranjeras de París. La falta de Azucena no las acobardó. El 22 de agosto de 1979 se constituyó formalmente la Asociación Civil Madres de Plaza de Mayo. Como presidenta fue elegida Hebe de Bonafini. Siete años más tarde, un grupo de madres que no concordaba con la conducción de
Bonafini decidió separarse para formar otra corriente, Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora.
La periodista Victoria Ginzberg, nieta de Laura Bonaparte, de Línea Fundadora, escribió: “Octubre de 1977 fue un período de mucha actividad. Por entonces, para reconocerse, las madres usaban un clavo en las solapas del saco. Después llegó el pañuelo. Fue cuando decidieron ir juntas a una peregrinación a Luján: necesitaban algo que pudiera visualizarse fácilmente. El pañuelo se convertiría en el símbolo de las Madres y de su lucha incansable. Sin embargo, ellas no lo usaron regularmente en la ronda de la Plaza sino recién hasta un par de años después.”
Unas y otras
–¿Por qué se distanciaron de Hebe de Bonafini?
–El tema Hebe casi nunca lo tocamos. Hebe cambió mucho. Con el tiempo empezó a adoptar actitudes que no nos parecían correctas. Lo que pasa es que nosotras no nos permitimos incursionar en política.
–¿Cómo es la relación de Línea Fundadora con el actual gobierno?
–Normal, supongo. Una vez Kirchner nos ofreció dinero y le dijimos que no. Con lo que tenemos, con lo que recibimos de algunos países, como Holanda, por ejemplo, que siempre nos ha apoyado, estamos bien. Esa es nuestra conducta.





