El desafío de tener más de un jefe

Andrea Churba
Andrea Churba PARA LA NACION
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5 de marzo de 2019  • 00:49

Debido al avance de las estructuras matriciales y a la organización en equipos en torno a un proyecto específico, cada vez es más habitual que las personas reporten a dos o más jefes. Aun en el mejor de los casos, cuando la comunicación fluye y el trabajo está bien organizado, reportar a más de un jefe un desafío estresante. La mayor parte de las veces lleva a quienes están en esta situación a sentirse tironeados y sobrecargados de trabajo al borde del burnout.

En una encuesta de Gallup realizada en 2015 a 4.000 trabajadores de los EE. UU., el 84% de los encuestados dijo que estaban en cierta medida matriciados; El 49% reportó haber trabajado en varios equipos algunos días; 18% en varios equipos todos los días con diferentes personas mientras se reporta al mismo gerente; y 17% reportando a diferentes gerentes en su trabajo con diferentes equipos.

"Tengo tres jefes, dos con línea directa y uno supuestamente con línea punteada, aunque todo el tiempo me pide cosas directamente", dice Silvana, analista de costos industriales en una empresa agropecuaria. "De los tres, uno es más comprensivo. Entiende que estoy trabajando en mil cosas a la vez y es un poco más flexible para modificar su agenda. Los otros dos creen que sus objetivos son siempre prioritarios y urgentes, y que el trabajo que hago para ellos es más importante que el que hago para los demás. Muchas veces me piden cosas que son opuestas entre sí o que tienen la misma fecha límite. No entienden que para mí es imposible cumplir con los dos. Siento que no soy dueña de mi tiempo, que me tienen de acá para allá. Pero no sé cómo hacer para evitarlo y trabajar con un poco más de paz".

Como Silvana, muchas personas se sienten víctimas de esta situación. Quizás porque creen que no tienen poder para cambiar las cosas, que no hay nada que pueden hacer, y se dejan arrastrar por las necesidades y los diferentes estilos de gestión de sus jefes. Muchos descuidan su salud y su cordura en el intento de no decepcionar a nadie. En casos extremos, la situación se vuelve tan esquizofrenizante que puede afectar su rendimiento y, en consecuencia, la productividad de su equipo y de la organización en general.

La salida de la trampa

La estrategia para salir de la trampa, para empezar, es creer que sí hay cosas que podemos hacer, que sí tenemos poder para cambiar la situación. No es del todo verdad, y quizás no siempre resulte, pero es estratégicamente útil creer que podemos liderar a nuestros jefes a que miren lo que ocurre de otra manera, a que tomen conciencia de que entre todos podemos hacer mejor las cosas y generar mejores resultados.

"Un jefe tiene que conocer los objetivos del otro, y los dos tienen que estar al tanto de las tareas que hago para cada uno", dice Julián, gerente de RRHH para el Cono Sur de una compañía tecnológica, enfatizando el "tiene". "Si no lo saben por su propio interés, yo voy y les digo, porque es mi responsabilidad que lo sepan. Cada semana le mando a cada uno mi lista de tareas, así podemos consensuar las prioridades y coordinar las acciones. En definitiva, todos tenemos objetivos en común, y tienen que entender que mi trabajo es ayudarlos para que entre todos podamos alcanzarlos. Cuando uno me pide algo, el otro tiene que saber que es importante que yo lo haga. Y también que en otro momento también le voy a dedicar a él el tiempo que necesita. Así se los planteo, así se los vendo. Les demuestro que estoy alineado, que soy leal, que pueden confiar en mí porque voy a repartir mi trabajo, los voy a compensar, así ninguno siente que hago favoritismo."

Si hay pedidos conflictivos, en lugar de adivinar y quejarnos por lo bajo, es más productivo que vayamos a preguntar: ¿cómo encaja esta tarea con lo que me pide el otro jefe?, ¿qué es prioritario?, ¿qué puedo eliminar de mi lista para cumplir con este pedido? "Si hay prioridades contradictorias o fechas de entrega imposibles, me reúno con cada uno de mis jefes por separado. A veces pasa que alguno no me da bolilla o me sigue presionando, aunque le haya explicado que es imposible hacer lo que me pide", dice Ana Rosa, asistente administrativa en una pyme. "Entonces trato de generar una conversación entre ellos, en la que yo no participo, para que juntos encuentren una solución. A veces no lo logro, pero muchas veces sirvió para que tomen decisiones sobre mi trabajo y, sobre todo, para que me den un poco de aire con sus exigencias".

Lograr el equilibrio

Para manejar estratégicamente la relación con más de un jefe no podemos dejar que las cosas ocurran al azar. Al tomar la iniciativa, anticipándonos a comunicar y coordinar las acciones que nos afectan, colaboramos de una manera más efectiva para que puedan alcanzar sus objetivos. Al mismo tiempo, establecemos límites más saludables a sus demandas simultáneas, que nos permiten trabajar de forma más ordenada, con menos tironeos y menos estrés.

Quizás algunos lectores estén pensando que es muy ingenuo de nuestra parte creer que todos tenemos más poder que el que pensábamos para modificar una situación. Por el contrario, somos bien realistas: sabemos que hay jefes "sordos" e insensibles, que hay batallas de poder y de egos, y que el mundo gira tan rápido que a veces nadie se toma el tiempo para pararse a pensar en cómo hacer mejor las cosas. Es cierto que "sacudir el bote" y buscar la manera de liderar a los jefes no brinda garantías de lograr el cambio, pero igual vale la pena intentarlo. Porque siempre vamos a tener más probabilidades de conseguir lo que queremos si no nos quedamos quietos, si no nos conformamos.

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