
El estilo cordobés
Una manera de ser, un color y un paisaje resumen lo mejor de las sierras cordobesas, que inspiraron a pintores como Fader, Spilimbergo y Cordiviola. En estas páginas, imágenes sosegadas del vecindario de La Cumbre y Cruz Chica, un lugar para quedarse
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Córdoba. - Transcurría 1573 cuando Jerónimo Luis Cabrera fundó Córdoba, la Llana de la Nueva Andalucía. Hoy la provincia se abre camino como un polo industrial e intelectual de fuerte presencia en el interior, con más de 3 millones de habitantes.
A 80 kilómetros de la capital cordobesa está La Cumbre, una ciudad de 7000 almas, que tiene, entre sus características principales, la alternancia de grandes casonas normandas con ranchos comunes y corrientes, que son los que mejor definen el estilo auténticamente cordobés.
Lugar de residencia de artistas y meca del turismo local, guarda en su memoria lejana haber sido la tierra de los comechingones.
Allí, entre sierras, ríos y quebradas, se encuentra Buen Retiro, una estancia con varias casas rústicas distribuidas en un parque de 40 hectáreas con especies autóctonas y europeas.
Entre espinillos, aguaribay, olmos, sauces y nogales aparece de pronto El rancho, pintado a la cal, de rosa sangre de buey.
Tradición y folklore se conjuran en esta construcción campestre de piedra y adobe con tejas de 150 años de antigüedad. La clásica galería con forma de L, el aljibe de piedra, las vigas y los tirantes de algarrobo cortados con hachuela le dan carácter a la casa con paredes de 80 cm de espesor.
Los pisos son de adoquines de madera, las puertas y ventanas son centenarias al igual que los originales azulejos Pas de Calais. Para estar a tono: la platería es criolla y las colchas están tejidas en telar vertical...
Una casa de vacaciones, de familia y de amigos. Una casa abierta para disfrutar del verano en las sierras sin pretensiones. Asados, cabalgatas, picnics en los ríos, guitarreadas, golf y mucha paz, esos son los ingredientes del menú serrano.
Buen Retiro está a 8 km del cerro Uritorco en Capilla del Monte y a 7 km de La Cumbre, cerca del ruido, pero no tan cerca. Es también un lugar para estar conectado con artistas que han elegido el clima serrano para vivir durante todo el año, como Miguel Ocampo, Remo Bianchedi, Marcelo Heredia, Gabriel Salazar, Angelines Sáenz Briones, Chori Soto Acebal, Luz Reynal y la ceramista Ema Gargiulo. Un lugar para encontrar pequeños y maravillosos objetos en El Camino de los Artesanos, que une La Cumbre con Villa Giardino.
Y para los gourmands, Los jardines de Yaya y los dulces Bressan nos deleitan con sus jarabes, mermeladas y dulces de frambuesas, chutneys, salsas agridulces y frutas en almíbar. Por todo esto, La Cumbre, para muchos, es un lugar mágico para dedicarse al ocio.
Qué hacer en La Cumbre:
- Desde el centro, un paseo recomendable es al Cristo Redentor, una obra imponente de 8 metros de alto realizada por el escultor Ramaciotti. Es el mejor lugar para sacar fotos pano-rámicas. A metros de allí está la capilla de San Roque, de líneas sencillas, que data de 1898.
- La zona residencial está ubicada en los alrededores del golf, cuya cancha de 18 hoyos ha ganado fama entre los profesionales y aficionados de todo el país.
- Quienes quieran comprar dulces regionales o exquisitos alfajores de dulce de leche pueden correrse hasta La Estancia El Rosario donde, además de comprar, se puede visitar la planta fabril.
- Con ánimo de miniturismo, la mejor opción es llegar hasta Ascochinga por el camino del Pungo, son 85 kilómetros por camino consolidado. Cargar nafta antes de comenzar la travesía y, por las dudas, llevar vituallas.
- Por el camino a Ascochinga, una parada obligada son Las Tres Cascadas, el balneario favorito de los veraneantes, que todavía conserva el privilegio de mantenerse casi salvaje.
- En Ascochinga, los golfistas también podrán practicar su swing en una cancha escoltada por las sierras. A pocos minutos del pueblo está la capilla donde fue celebrada años atrás una misa de homenaje a John Fitzgerald Kennedy, con la presencia de Jackie Kennedy que viajó a Ascochinga, invitada por la familia Cárcano, para descansar en San Miguel, la estancia familiar.
- En La Cumbre misma está la casa que fue de Manucho Mujica Lainez, convertida en museo por la fundación que promovió su mujer, Ana de Alvear. Aunque muchas de las colecciones de Manucho fueron rematadas, se conserva parte del mobiliario, además de objetos y fotografías que dan cuenta de la inagotable pasión por los viajes y la sensibilidad del autor de Bomarzo.
- Una escapada a Cuchi-Corral (son 20 kilómetros de ida y vuelta por camino de tierra) servirá para conocer otra cara de las sierras cordobesas, allí se practica aladeltismo y parapente. Cuchi-Corral es un lugar histórico que fue, durante la época colonial, paso obligado de las tropas que circulaban a lomo de mula.
- El clima de La Cumbre es uno de los argumentos más convincentes para los artistas que mudaron sus talleres a las sierras. Entre los pioneros se cuenta Miguel Ocampo, que con su mujer, Susy, es un excelente anfitrión enamorado del paraje serrano. El escritor, periodista y gourmet Miguel Brascó es otro de los nuevos vecinos que dejaron el mundanal ruido de Buenos Aires para instalarse en un lugar que combina en las dosis justas sofisticación y calma.
Gabriel Salazar, un artista santafecino que vivió treinta años de su vida en Nueva York, eligió una casa de 1890 en las sierras de Cruz Grande para armar su propio paraíso terrenal.
Cansado de los ruidos y la vorágine de las grandes ciudades Gabriel encontró en Punilla un proyecto de vida en contacto con la naturaleza y con mucho tiempo para dedicarse a lo suyo: la pintura. La jardinería es otra de sus pasiones, que en su parque de una hectárea,requiere de un trabajo constante durante todo el año. La casa fue construida en dos etapas. La primera, un clásico rancho bajo, es de 1890, y la parte nueva, de estilo provenzal francés, es de 1910. En total son 420 metros cuadrados cubiertos del cuerpo principal, sin contar el garage, la leñera, el gallinero y el lavadero, que están en una construcción aparte. La cocina comedor es la parte más acogedora de la casa. En un estilo country con vigas y mesada de madera, se decoró con platos traídos de viajes alrededor del mundo.
El living de doble altura (7 metros) necesitaba muebles de grandes dimensiones para que no parecieran flotando en el espacio. Algunos se encontraron en anticuarios de San Telmo, en Pilar o en domicilios cumbrenses. Otros, prefirieron encargarlos, como el juego de sillones de diseños Mackintosh, en pino Brasil.
En un estilo muy campestre y cálido, cada ambiente fue recreado con objetos que llamaran la atención por su diseño y color en materiales nobles: madera, cerámica, barro, piedra y hierro. Al costado de la casa, un banco entre dos ficus con vista al jardín escalonado es el lugar reparado para disfrutar de los atardeceres serranos en invierno.
Un pequeño patio interior cubre la salida de la cocina con plantas y dos bancos de hierro antiguos. En un antiguo bebedero lleno de macetas y sobre una mesa al fondo están los nuevos plantines de Gabriel, que se preparan para lucirse en el verano del 2000.
El camino de entrada se hizo con piedra bola color grafito para evitar el barro en los días lluviosos. En todos los ambientes, la estética no ha dejado de lado el confort; es una casa pensada para vivir todo el año. La mesa de comedor es antigua de pino tea y pertenecía a la Forestal Argentina. Las sillas son del Tigre, con almohadones de petit point originales de la casa. El centro de mesa redondo es mexicano.
Entre las puertas del comedor, hay un pequeño bow window que enmarca una fuente inglesa de 1870 y dos candelabros de plata con fanal antiguos y fondo de begonias. El banco con respaldo provenzal pintado con motivos de caza es original de la casa.
Los recursos son múltiples: dos antiguos muebles de panadería, que se usaron para guardar harina y pan, se encuentran debajo de una repisa con escudillas de barbero de Cáceres, España. Hay platos de Argelia, varios potes de ceramistas de la zona, un asta de ciervo y naturalezas muertas.
En el otro extremo del comedor, sobre un armario con piezas de barro antiguas, se multiplican las aceiteras japonesas de principio de siglo del horno de Tokoname, rodeadas de astas de ciervo. A un costado, una vasija de barro del horno de Shigaraki se asemeja a las del norte argentino.
A través de una abertura con barra de madera, el estar se comunica con la cocina que es muy luminosa y alegrada con varios grupos de vajilla antigua. En las ventanas cuelgan dos aves, que parecen una naturaleza muerta pintada.
En la ventana del office de vidrio repartido, se dispusieron varias plantas enanas en maceteros chinos de color azul.
Sobre la chimenea, tres mascarones de madera tallada del siglo pasado. Grupo de máscaras del teatro No se lucen en las repisas y a los costados de la biblioteca. La mesa de pino canadiense de apoyo es original de la casa y fue transformada en una mesa bar que alberga a su vez los aparatos musicales.
El juego de living, con diseño de Mackintosh, tiene fundas de loneta cruda con almohadones forrados en kilims, mantas de Taos y viejos sarapes mexicanos. La búsqueda de los dueños de casa es interminable y se interna por vericuetos nunca vistos. Por ejemplo, hay un mueble de armero de roble que alberga una colección de pajaritos de Tailandia tallados en madera y dos candelabros portugueses. Un gran ropero de pino tea tiene dos caballos hindúes arriba y las alfombras son el recuerdo de un viaje por Afganistán.
En el otro extremo del living, frente a la chimenea, se encuentra un jardín de invierno sobre una pared hexagonal de vidrio. Un oasis de clivias con un falso gomero en un macetero chino es el protagonista indiscutido del ambiente.
El dormitorio principal fue pintado en color ocre bien fuerte, que resalta contra la colcha de chintz estampada en ocres y borravino.
Un antiguo barral de hierro se convirtió en el respaldo de la cama en composé, con una corona de laureles patinada al tono sobre la cabecera. Dos óleos de garzas cuelgan sobre las mesas de luz rústicas que agrupan cajitas de laca japonesas por un lado y una pequeña colección de antiguos objetos de plata: marcos ingleses, relojes de bolsillo y... una lupa.
El baño principal sigue la receta excéntrica del resto de la casa. La bañera con patas es una verdadera antique que fue adosada a una pared flotante con la ducha incorporada. En el gallinero encontraron el ropero de época con el frente patinado, que conservaba el interior forrado en perfecto estado. Contra la ventana, sobre la mesa de apoyo, se alinea una colección de zapatos bordados sobre hormas de madera pintadas.
El jardín de invierno es el rincón más confortable para la lectura, para ver televisión o trabajar en la computadora. Pero también es el ambiente ideal para deleitarse con las puestas de sol hasta el último minuto en invierno o verano (sin morir en el intento de verlas) o para sentir intensamente los días de lluvia sin mojarse.
Dos cómodos sillones provenzales fueron forrados en lino crudo, con sus respectivos almohadones y banquetas de apoyo al tono, bordadas en petit point. Contra la ventana, un rústico banco de pino tea contrasta con la mesa de laca perteneciente a un templo budista con la imagen de un Oni o guardián de templo antiguo.
El atelier es su lugar de trabajo y es de una pulcritud y prolijidad rara de encontrar en un estudio. Mide 10 por 4 m, con dos grandes ventanales que dan al jardín, cuestión de no perderse el verde ni por un instante.
Pacíficas heroínas de guerra
A principios de siglo, la cría de palomas mensajeras estaba muy extendida en el mundo y eran bastante comunes los palomares, como éste ahora reciclado o como otros menos impresionantes que se improvisaban hasta en las azoteas. La Primera Guerra Mundial había sido escenario de las hazañas de esas aladas émulas de Miguel Strogoff, hecho que volcó nuevos aficionados a la actividad colombófila. La más famosa de todas las palomas mensajeras durante esa gran conflagración fue, sin duda, Mary. Durante una misión, un milano le desgarró el pecho y parte del cuello, pero ella logró llegar a destino, más allá de las líneas alemanas. En la siguiente misión la alcanzó una bala y perdió parte de un ala. Estuvo recuperándose tres semanas antes de poder remontar vuelo nuevamente. En ese lapso debió burlar más de una vez la asechanza de los depredadores, que la tenían virtualmente a su merced. También sobrevivió, maltrecha, a la destrucción de su palomar por efecto de una bomba alemana de media tonelada. En su última misión, una bala le abrió el cuello y un lado de la cabeza. Logró curarse pero esta vez no pudo volver al servicio activo y fue dada de baja con honores.
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