
El gran Willy
A los 53 años, mantiene la vida nómada que llevaba cuando, en la década del 70, llegó hasta la cumbre del tenis mundial. Pero dejó atrás los días de hombre solo y hoy comparte su tiempo con su mujer y su hija
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En su club, Guillermo Vilas se mueve como en su casa. Se desplaza de las canchas de tenis a la confitería, donde nos sentamos a conversar, no como un rey que recorre sus dominios sino como un chico que abrió las puertas de su jardín para tener con quien jugar.
–Conozco personalmente a cada uno de los empleados de este lugar –comenta.
Más que un emprendimiento comercial, el edificio, las canchas y el parque arbolado que conforman el Vilas Racket Club –ubicado en Palermo, muy cerca de la estación Lisandro de la Torre, de la línea Mitre– parecen un mundo a medida que el ídolo construyó para restaurarse cada vez que regresa a Buenos Aires. Un territorio conquistado. Algo parecido –lugares levantados a su imagen y semejanza– ha sembrado en muchas ciudades del mundo: casas donde recalan sus huesos de hombre nómada. Prefiere no decir cuántas.
En el origen de sus conquistas (y ya no hablamos sólo de lugares o de casas, sino de triunfos deportivos, de reconocimientos internacionales y hasta de mujeres) hay una búsqueda. Una sed nunca del todo satisfecha.
–En los 70, cuando ganabas todos los títulos, no te veías del todo contento. Parecía que siempre te faltaba algo...
–Bueno. Yo estaba en una búsqueda personal, además de deportiva.
Vilas decidió arriesgar –¿qué otra cosa es buscar?– una tarde de 1971, cuando con casi 20 años entró en el cine Opera como un errático estudiante de derecho y salió como un joven decidido a conquistar el mundo del tenis. La película que resolvió la contradicción en la que se debatía ese muchacho taciturno –la que lo ayudó a atreverse– fue Easy Ryder (Busco mi destino), aquella road movie en la que Dennis Hopper y Peter Fonda, jóvenes como jamás se los volvió a ver, recorrían en moto las rutas estadounidenses persiguiendo su visión del sueño americano.
Ellos terminaron mal, pero Vilas alcanzó su sueño en 1977, cuando trepó a la cima del deporte blanco alzándose con 46 victorias consecutivas, 16 torneos y el Grand Prix. La historia es conocida: el mundo rendido a sus pies, el tenis de estas pampas cambiado para siempre (pasó a ser el segundo deporte más popular, después del fútbol) y el gran Willy trepado al podio de los deportistas argentinos más grandes de todos los tiempos, al lado de Fangio, De Vicenzo y Monzón.
Casi treinta años más acá, ahí siguen su pelo hasta los hombros y la calidez de su mirada. Otras cosas han cambiado, pero a medida que avanza la charla se adivina que, en lo personal, Vilas ha perseverado en su búsqueda con los mismos métodos que tanto resultado le dieron en lo deportivo: un cóctel de súbitas intuiciones, cálculos fríos y metódicos y una empecinada determinación que fue siempre su marca de fuego.
Entre los cambios, hay uno que parece el principal: una familia. Que eso y no otra cosa conforma hoy Vilas junto con su mujer, la tailandesa Phiang Phathu, y su hija, Andanin, de dos años.
–No sé si mi mujer y mi hija significan grandes cambios –ataja–, porque ya lo tenía todo planeado. Siempre he vivido solo, pero construí mis casas para dos. Una parte para el hombre, otra para la mujer. Yo vivía con una parte de la casa vacía.
–¿Y cómo llenaste ese vacío? ¿Cómo conociste a tu mujer?
–Por entonces estaba viviendo en la Argentina. Viajaba y volvía. Pero empecé a sentir que éste no era mi lugar. Un día pensé: Tailandia está del otro lado del globo; debe de ser igual, pero distinto. Yo tenía la idea de que si las cosas salen mal, hay que hacer exactamente lo contrario para que salgan bien –explica–. Son sistemas.
–Y te fuiste movido por esa corazonada.
–Sí. En Tailandia son budistas. Eso también me atraía, porque el budismo no es una religión, sino la búsqueda del no dolor y la paz. Ahí encontré una gran tranquilidad. Y ahí conocí a Phiang.
Antes eran las mujeres las que se acercaban a Vilas. Entre ellas, la mismísima Carolina de Mónaco. ¿Quién no recuerda las fotos de los dos en aquel solitario retiro de Tahití, imágenes que se multiplicaron en las páginas de las revistas argentinas a principios de los 80? Sin embargo, esta vez fue distinto.
–La vi en un restaurante. Estaba sola, vestida de blanco. Comía en una mesa al lado de la mía. Yo también estaba solo, me acerqué y le hablé.
–¿Sabía ella quién eras?
–No tenía ni idea. Hablamos en inglés, porque yo no hablo nada de thai, la lengua que se habla allá. La invité al cine, y después a tomar algo. Hay algo curioso: después me comentó que unos años antes, el director de la empresa donde trabajaba le había ofrecido entradas para ir a la cancha a ver a la selección argentina de fútbol. A ella la palabra "argentina" le pareció hermosa y aceptó. Era la primera vez que iba a un estadio. Guardó aquella entrada.
–Conoció primero a la persona y después al personaje público…
–A los dos días me dijo que yo era buena persona. Le pregunté cómo sabía, y dijo que por mis ojos. A mí me han dicho de todo, pero nunca nada parecido. A las dos semanas yo tenía que jugar en Miami y ella se puso a llorar como loca. Le dije que al mes volvía y le mostré el ticket. La invité a acompañarme, pero ella no podía entrar en Estados Unidos. Entonces me dijo: yo te espero.
Vilas cumplió con su agenda y al mes regresó a Bangkok. Ella lo estaba esperando. Los dos se fueron juntos a la casa que Vilas tiene en Pucket y ya no se separaron más.
–¿Cuándo se enteró de quién eras?
–Al poco tiempo, cuando fuimos a París, ella vio que la gente se me acercaba. Empezó a preguntar, y yo a explicarle. Hubo que ir de a poquito.
Pelo lacio, rostro dulce y oriental, Phiang golpea los nudillos del otro lado del vidrio. Vilas le sonríe y con una seña la invita a la mesa. Ella entra, saluda y luego los dos intercambian algunas palabras en inglés. Vilas solía andar solo, y ahora lo acompaña su familia. ¿Habrá conjurado su soledad este hombre que de chico pasaba las mañanas frías en el frontón del Club Náutico de Mar del Plata, templando sus golpes, y que solía recorrer más de 250.000 kilómetros por año, de torneo en torneo, con la sola compañía de sus raquetas?
–Creo que el hombre nace en soledad –dice–. Y la gente se amucha para no tener que pensar demasiado. Aún hoy tengo mi independencia en ese sentido. Y he descubierto que mi hija es también una persona solitaria. A ella le gusta pintar bajo un árbol, en el jardín de nuestra casa en Bangkok. Abre la puerta y se va solita a ese árbol. Después entra y me busca para caminar, o me invita a dibujar a mí.
No resulta fácil sacarle cosas a Vilas. Muchas de las preguntas son despachadas con frases de ocasión, que esconden más de lo que develan. Pero hay que insistir, volver sobre cada tema una y otra vez ensayando distintos abordajes. Y entonces quizá sí, algo se abre y la respuesta sorprende y confirma que con Vilas, aun cuando calla, siempre hay algo más.
–¿Es cierto que durante 1977, el mejor año de tu carrera, te sentiste más solo que nunca?
–En el ’77 logré el récord de mayor cantidad de torneos consecutivos ganados en la historia del tenis. Pensá que para lograr eso yo me concentré y me cansé mucho, y sencillamente no tenía tiempo para otra cosa. No podía ir a cenar; mucho menos salir. Todo lo que hacía era jugar al tenis y dormir.
–¿Te has vuelto a entregar a algo de esa manera?
–Yo siempre fui así, apasionado por las cosas. En todo lo que hago trabajo mucho.
Hoy su vida no difiere tanto de cuando era tenista profesional. Al menos en ese nomadismo que lo lleva de ciudad en ciudad para hacer exhibiciones, clínicas y promociones. Aún se nutre del mundillo del tenis internacional. Hace poco se lo vio sonriente en Roland Garros, donde felicitó al español Rafael Nadal, que le quitó su récord de 53 triunfos consecutivos sobre polvo de ladrillo. Quizá porque todavía se aferra a ese destino itinerante, cuando se le pregunta una cosa tan simple como dónde vive responde, enigmático: "Vivo donde voy cayendo".
Hasta el límite
En 1977, Vilas ganó 30.000 dólares por el título del Abierto de los Estados Unidos, una conquista que hoy reporta cerca de un millón. Eran otros tiempos. De cualquier modo ha reunido, sólo en premios, ganancias que rozan los cinco millones de dólares. Si a eso se les suman las exhibiciones y los contratos publicitarios, habría que multiplicar esa cifra por tres o por cuatro, dicen los entendidos.Como fuere, se lo ve un hombre ajeno a los apremios de dinero. Sus emprendimientos –incluso el Vilas Racket Club– parecen más razones para seguir vivo que iniciativas con un fin puramente económico. Eso sí, la música y la escritura –al menos como proyecto– han quedado atrás.
–No he escrito más porque no pude seguir publicando. Y con la música lo mismo: no me abrieron las puertas. Y si uno no puede publicar o hacer música en su país, abandona el proyecto. Las ideas las tengo, pero no las desarrollo. Yo creía que iba a poder publicar todo lo que escribiera, y grabar todo lo que compusiese, pero no fue así. He visto a grandes personajes caer víctimas de su obsesión. Lo que no fluye, yo lo aparto a un costado, lo abandono; no tengo ningún problema.
–Pero en tenis te propusiste ser el número uno y no aflojaste hasta lograrlo…
–Yo no me propuse ser el número uno. Me propuse dar lo mejor de mí. Hasta el límite. Se crece paso a paso, y uno va creyendo más en sí mismo a medida que los logros van llegando. A veces en las escuelas de tenis viene algún chico y me dice: "Yo quiero ser el número uno". A ése lo dejo de lado. "Yo quiero trabajar", dice otro, y ése queda.
Vilas tiene una relación compleja con ese país que le dijo no al Vilas poeta y al Vilas músico. Con ese país del que siempre se va, pero al que siempre vuelve. Ese país que le cerró las puertas más de una vez –así lo siente él, por lo menos– es su lugar. Más allá de que planee pasar la mayor parte de este año en Tailandia, donde su hija Andanin "se mueve como una reina". Y más allá de que en sus casas sembradas por el mundo implemente todo lo necesariopara jugar de local. Por ejemplo: todas tienen grandes bibliotecas, y todas albergan los mismos libros. "El libro que empiezo acá lo termino en otro lado. Así siempre estoy en el mismo lugar", explica. Sistemas.
–Toda mi vida la basé en la Argentina –aclara, de todos modos–. Tu lugar es donde guardás tus cosas, y en casa no hay un ropero libre. El problema con la Argentina –se queja– es que los dirigentes creen que el que tiene el poder tiene la razón.
Vienen a la mente las peleas que arrastra desde hace años con más de un dirigente de la Asociación Argentina de Tenis. Con la gente, en cambio, es otra cosa.
–Estoy muy contento con la gente. Ahora me hace sentir lo que no había sentido nunca. Yo antes no iba al estadio porque pensaba que me iban a insultar. Una vez fui con Guillermo Cañas y alguien gritó: "Willy, saludá". Saludé y gritaron: "A vos no, al otro Willy". Otro tipo se va y no vuelve. Al segundo día volví y el estadio se puso de pie. Al tercer día no fui por miedo de que no se pararan –se ríe.
–¿Cómo ves al país, vos que entrás y salís muy seguido?
–Creo que el argentino ha hecho un clic y quiere creer que va a salir adelante. A mí me parece significativo que se hayan ocupado de las plazas. Las han encerrado, es verdad, pero están más limpias y ordenadas. Es como un cuadro. Vos podés colgarlo torcido o derecho. Mejor ponerlo derecho. Pero lo importante es el crecimiento interior de cada uno, porque vos vivís con tu propia felicidad. La cuestión es encontrarle la vuelta a la historia. El cambio es de adentro. ¿La querés ver medio vacía o medio llena? ¿Tu mujer es linda o fea? No sé, buscale la vuelta.
Hay otras cosas que Vilas conserva. Por ejemplo, sus lecturas de Krishnamurti. Confiesa que consulta los libros de este religioso sin religión nacido en la India cuando siente que perdió la orientación. "Es muy raro este momento del mundo –comenta–. Hoy es un tiempo en el que la crueldad es una virtud, una señal de liderazgo."
Otra costumbre que no abandona: vuelve seguido a Mar del Plata, donde vivió hasta los 17 años. Allí, en 1977 –el año de gloria en que tuvo el mundo entre las manos, el año que él quería terminar lo más rápido posible–, declaró a la prensa: "Siempre me gustó estar cerca del mar, escuchar su rumor. Necesito esto de vez en cuando. Su soledad se parece a la mía".
También se parecen en otra cosa: en uno y en otro laten, debajo de una superficie calma, humores insondables.
–En Tailandia –dice Vilas– vivo a unos veinte minutos del mar.
–¿Es el mismo de tu infancia o es otro distinto?
–El mar tiene una energía purificadora. Pero va cambiando. Como todos.
Perfil
- Guillermo Vilas nació el 17 de agosto de 1952 y empezó a jugar al tenis a los 10 años, en el Club Náutico de Mar del Plata. Ganó 62 títulos, el primero en noviembre de 1973. En 1977 conquistó Roland Garros, el Abierto de los Estados Unidos y el Grand Prix, entre otros títulos, y obtuvo un récord de 46 triunfos consecutivos.
Un grande del deporte
Por Alfredo Bernardi
Describir a Guillermo Vilas es introducirse en uno de los laberintos más fantásticos del deporte argentino. Transcurren los años y la leyenda se agiganta. Por lo que hizo. Por lo que significa. Decir Vilas es encontrarse con un deportista que ocupa el quinto lugar entre los más ganadores de la historia profesional.
Vilas es la combinación más sublime de esfuerzo y talento, una lección que resulta tan válida en el deporte como en la vida. También, por su respeto de siempre a Felipe Locícero, el maestro que lo formó en las frías mañanas de Mar del Plata.
Nombrar a Vilas no es únicamente encontrarse con uno de los cinco más grandes de la historia del deporte argentino. También es reconocer a un embajador permanente, un ejemplo de conducta y de representación en cualquier rincón del mundo.
Hablar de Vilas es referirse a uno de los grandes revolucionarios de nuestro deporte. Aquel que a fuerza de triunfos sembró las ciudades con gajos color naranja. Es encontrar una pasión que dejó su legado en una Legión que lo tuvo como referente y a la que coronó hace dos temporadas en Roland Garros, lugar en el que estuvo este año otra vez, como siempre. Hablar de Vilas es nombrar a un grande. Enorme.
Chapeau, Guillermo.
* Ex redactor de LA NACION especializado en tenis
Raqueta en mano
Guillermo Vilas demostró que mantiene su talento con una gran Willy perfecta que sorprendió al periodista Juan Pablo Varsky y al animador Horacio Cabak del otro lado de la red. Vilas tuvo ocasión de despuntar el vicio en el 15° aniversario del perfume Herrera for Men, que se celebró en el Vilas Racket Club con una exhibición de la que también participaron, entre otros, el modelo Iván de Pineda y el chef Donato de Santis. Después de trajinar los courts, hubo un cálido ágape y cada uno de los invitados se llevó, entre otros regalos, su frasco de perfume Herrera for Men autografiado por Vilas.






