
El mediodía del sábado 16 de junio de 1990, hace exactamente 36 años, un hombre vio a dos ladrones que se llevaban el pasacassette de su Renault Fuego. Había acompañado a su esposa, Norma López, a comprar zapatos en una galería de Villa Devoto cuando, de repente, sonó la alarma del vehículo, un sonido que lo invadió todo y que él reconoció al instante.
Corrió hacia la entrada, donde lo había dejado estacionado, y vio la ventanilla rota y a los hombres corriendo. Uno de ellos, el que llevaba el estéreo en la mano, se dio vuelta y le hizo una sonrisa burlona. El ingeniero Horacio Santos estaba harto: más tarde aseguró que ya le había ocurrido lo mismo al menos doce veces. Por eso, contó, no pudo controlarse y decidió perseguirlos.
Fue un día trágico. Como informó LA NACION en aquel momento, “no pudo dirigir sus acciones, ya que había actuado en estado de emoción violenta”: los persiguió, los alcanzó y los asesinó“.

“¡Nos van a matar!”
Santos tenía 42 años y cuatro hijos. Después de ver la sonrisa del ladrón y dejar que se impusiera la bronca, tomó una decisión debatible que se repetiría, después de él, en muchos otros casos, aunque el suyo fue considerado, por varios años, el más emblemático: ejerció justicia por mano propia.
Ese día, los ladrones se subieron a un Chevrolet dorado 74. Horacio vio que arrancaban y no dudó en subirse y seguirlos con su propio Renault. No le importaron, o no advirtió, los pedazos de vidrio de la ventanilla sobre el asiento. La esposa iba sentada a su lado. Fue una persecución de casi 20 cuadras por la calle Pedro Morán hasta la intersección con Campana, donde logró alcanzarlos. Frenó a su lado, les gritó que le devolvieran el pasacassette y después vio moverse a uno de los ladrones. Se había agachado y buscaba algo. Norma se asustó: “¡Nos van a matar!”, gritó.

Horacio la cubrió con su cuerpo, tomó un revólver calibre 32 que llevaba en la guantera y disparó dos veces. Sabía bien cómo hacerlo: se había comprado el arma porque, remarcaron sus familiares, temía por su seguridad tras tantos robos, y practicaba en el Tiro Federal. Efectivamente, la puntería fue excepcional: cada uno recibió un balazo en la cabeza.
Desde entonces, muchos comenzaron a llamarlo “el justiciero”. Los ladrones eran Osvaldo Aguirre, “El Topo”, de 29 años, y Carlos “Pollo” González, de 31. Los dos estaban casados y eran padres de cuatro niños cada uno. Tres meses antes habían sido detenidos por un delito similar. Sin embargo, en este caso, que pasó a conocerse como “el caso Santos”, no portaban armas.
“El ingeniero Santos es un hombre muy preparado, estudioso y afable. Tiene una carga de preocupaciones y responsabilidades que puede tener un padre de familia y directivo de una empresa, a lo que se debe sumar una serie de robos de pasacassettes que ha sufrido”, dijo a LA NACION, pocos días después del hecho, Gustavo Carballeda, financiero de la empresa de pintura y revestimientos de la familia de Santos.

Después de apretar el gatillo dos veces, Norma y Horacio llegaron a su casa. Él se encerró enseguida en el baño. Había ido a vomitar. Ella estaba en de shock. Poco después, la policía golpeó la puerta: los habían localizado por la patente del Renault. Santos quedó detenido por homicidio.

La ley de la selva
El caso Santos generó opiniones enfrentadas: ¿fue un doble asesinato? ¿Un homicidio cometido bajo emoción violenta? ¿Legítima defensa?
El juez de instrucción, Luis Cevasco, habló con la prensa brevemente después de la indagatoria. En ese momento, alguien hizo la comparación que parecía obvia: el caso del ingeniero se parecía al del “justiciero del subte” de Nueva York. Se refería a Bernhard Goetz.

Goetz también era ingeniero, aunque su caso representaba un antecedente geográficamente lejano. En 1984, cuatro adolescentes lo interceptaron en el subte y le “pidieron la billetera”, según lo que contó. Él se levantó del asiento, sacó un revólver y les disparó. Una diferencia fue que no los mató.
Sus abogados argumentaron legítima defensa y, en 1987, la Justicia estadounidense lo absolvió de los cargos por intento de homicidio, aunque lo condenó a 250 días de prisión por posesión ilegal de un arma. Fue un caso controvertido porque los jóvenes, a los que hirió gravemente, eran afrodescendientes, lo que alimentó un debate entre quienes lo consideraban un justiciero y quienes lo señalaban como un racista que había supuesto que lo asaltarían por el color de la piel.
Sobre ese paralelismo, Cevasco sostuvo: “No veo qué características especiales pueda revestir este caso”. Por su parte, el abogado defensor, Eduardo Gerome remarcó: “No me cabe duda que mi defendido no obró en un estado normal sino con la voluntad alterada [...]. Solo quiero destacar que no se trata, bajo ningún punto de vista, de un justiciero, como se lo quiere hacer parecer, sino de una persona que actuó bajo circunstancias de ánimo muy especiales”.

Hasta el entonces presidente Carlos Menem se sumó a la polémica y dijo, en una charla con el periodista Bernardo Neustadt en el programa Tiempo Nuevo: “Un hombre que estudió Derecho, que se recibió de abogado y que ejerció la profesión, desde este punto de vista eminentemente técnico, no puede estar de acuerdo con esta actitud. Pero, hay que estar adentro de esa persona. Es muy posible que haya obrado en estado de emoción violenta o en defensa propia. Yo creo que a esos delincuentes se le tendría que haber dado la posibilidad de ejercer el derecho elemental de defensa en un juicio. Esa es la postura jurídica, pero yo no sé cómo hubiera obrado en una situación similar a la que tuvo que pasar este señor”.
Mientras tanto, en Tribunales destacaban: “La gente en general percibe una fuerte sensación de inseguridad, y es posible que haya voces de apoyo a actitudes de este tipo. Pero no hay que perder de vista que si este ejemplo cunde, vamos sin remedio a la ley de la selva”.
“No es una persona violenta”
Una semana después, lo trasladaron de la cárcel de Caseros al Instituto Cardiovascular de Buenos Aires (ICBA), donde se atendía desde el año anterior por un bypass, y donde se quedó tres semanas. El 21 de junio, el juez de instrucción le solicitó al Cuerpo Médico Forense (CMF) una serie de peritajes psiquiátricos para determinar si el agresor comprendía la criminalidad de sus actos. Los especialistas concluyeron que había sufrido una momentánea “alteración morbosa de las facultades”.

Cevasco, no convencido, pidió que intervinieran otros organismos para evaluar el informe, pero enseguida dejó su puesto por el de juez de sentencia. En su lugar quedó el Julio Sagasta, quien terminó sobreseyendo al acusado, una decisión que, en un principio, duró poco: la revocaron en segunda instancia.
Mientras tanto, el 22 de junio, Norma López habló con este medio después de visitar a su esposo: “Mi marido, después de la conmoción sufrida, está tranquilo porque confía ciegamente en la Justicia y se siente reconfortado con todo el apoyo que está recibiendo de su familia”, expresó.
Y enfatizó: “Tanto mi marido como yo estábamos preocupados por los robos y por la seguridad de nuestros chicos. De todos modos, en ningún momento lo vi a él obsesionado por el tema, ni tampoco imaginé que reaccionaría como lo hizo el sábado, porque no es una persona violenta”.

El juicio duró casi cinco años. En 1994, el ingeniero recibió una condena a 12 años de prisión por homicidio simple reiterado. Pero la causa todavía tendría un nuevo giro cuando en 1995, la Sala I de la Cámara del Crimen modificó la calificación legal por la de exceso en la legítima defensa.
Los jueces entendieron que el ingeniero había interpretado erróneamente la situación cuando el ladrón se agachó para tomar el estéreo y devolvérselo. La pena fue reducida a tres años de prisión en suspenso y Santos nunca volvió a pisar una cárcel.

La opinión pública nunca logró ponerse de acuerdo: para algunos fue un justiciero; para otros, un asesino. Con el paso de los años, sin embargo, rehízo su vida y se mudó con su familia a un barrio cerrado de Nordelta.
Nunca dio entrevistas. Nunca volvió a tener un arma. Una vez le dijo a su abogado: “Para qué cuernos la habré tenido. Estoy cargando con dos muertes, y eso es algo muy conmocionante que me ha dejado muy mal, por más justificativos que tenga. Es una situación en la que no habría querido estar nunca”.



