
El negro Nieves y las siete enanas
de Leo Maslíah
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El negro Nieves trabajaba en una mina de carbón, situada en una cuenca límnica y establecida bajo un estrato de rocas detríticas, a considerable distancia de cualquier conglomerado urbano, en una zona que no se podía llamar desértica sólo debido a la nutrida población de alimañas pertenecientes a especies que se habían bajado en paradas muy lejanas unas de otras, durante el largo trayecto seguido por la escala evolutiva animal.
Un día, después de la caída del sol -astro que él jamás veía, pues la mina no tenía ventanas y de haberlas tenido no habrían ofrecido éstas otra vista que la de las rocas detríticas antes mencionadas-, Nieves salió de trabajar y, muy contento, pues era un hombre que amaba su trabajo y doce horas de horadar rocas no podían sino levantarle el ánimo, silbando una alegre melodía emprendió su diaria caminata de regreso al hogar, donde pensaba prepararse un exquisito soufflé de lo que fuera que se le cruzara en el camino. Pero no había andado todavía diez leguas, cuando pese a que le faltaban más de quince, y gracias a la aridez del paisaje y a la ausencia de irregularidades en el terreno, pudo ver con preocupación que en su cabaña estaba la luz prendida. Al llegar, vio que la puerta estaba entreabierta (eso no era inusual, pues carecía de cerradura y picaporte, y no calzaba bien en el marco), pero no se oía el menor ruido (eso tampoco era inusual, debido a la naturaleza desértica del lugar; pero en este caso no dejaba de ser inquietante). El negro Nieves, con gran sigilo, se atrevió a entrar, y lo que vio le erizó todas y cada una de las raíces que le quedaban en el cuero cabelludo, y que otrora habían sabido prolongarse en largos y tiznados cabellos. La cabaña, que él siempre dejaba antes del amanecer en estado de inmaculada pulcritud, estaba hecha un asco. Había platos, vasos y tazas sucias por doquier. El piso era un caótico desparramo de tenedores, cucharas y servilletas arrugadas y salpicadas de restos alimenticios de procedencia absolutamente incierta (y eso que Nieves era un exhaustivo conocedor de la fauna regional). El baño, que no era sino uno de los cuatro rincones de la estancia, parecía ex profeso un cultivo de bacterias de las que suelen proliferar en los desechos producidos por ciertas especies de cerdos cuando se les ha alimentado durante días con comida en mal estado. Y la cama, que también era visible desde la entrada porque la cabaña era un monoambiente o loft, estaba ocupada. Era difícil descifrar qué tipo de criatura había allí, pero Nieves, en arrojado esfuerzo decodificador, entendió que no era uno el intruso, sino siete. Siete deformes enanas había sobre el colchón de turba comprimida, durmiendo a pierna suelta o entrelazada con la de al lado o la que estaba más allá. El negro Nieves, presa del pánico, empezó a gritar. Las enanas se despertaron y, al verlo, también empezaron a los gritos, porque él era mucho más hermoso que los objetos de sus sueños (los de ellas) predilectos. Lo persiguieron por toda la cabaña, y como en el interior no había por dónde huir, él salió. Pero en ese instante, y desafiando en nitidez a los más logrados espejismos generados en las galerías de la mina, llegaban siete príncipes de montruoso linaje que, encarando cada uno a una enana, les ofrecieron manzanas y las intimidaron con sus espadas de deslucida empuñadura a comerlas en ese mismo momento. Ni bien digeridas, las manzanas indujeron en aquellas criaturas un profundo sueño que permitió a Nieves seguir disfrutando de la serena felicidad que siempre había signado su diaria rutina. Cuando, ya anciano (tal vez no en edad, pero sí en apariencia, debido al maquillaje natural que la mina había obrado día tras día en él), murió, las enanas seguían dormidas en aquel páramo, y todavía faltaba tiempo para que siete brujos de comarcas lejanas, mediante besos de amor, las sacaran de su letargo y las promovieran al rango de esposas. Esto ocurrió en una época donde lamentablemente el matrimonio era ya una institución desacreditada, por lo que, a los ojos de la sociedad de entonces, fueron muy mal vistas.




