El rugido del León

Como pocos, León Gieco construyó su carrera basándola en la solidaridad, la coherencia y la dignidad. Hoy, a más de cuarenta años de sus comienzos, sigue tan vigente para adultos como para legiones de adolescentes. Así lo demuestran un disco nuevo y los conciertos de principios de este mes, en el teatro Opera
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23 de diciembre de 2001  

La tarde cae lenta y nubarrona sobre Parque Centenario y él va de negro. Siempre va de negro, de rubio, de amable, de puntual.

–Esperate que desenchufo el teléfono.

Dice, y desenchufa.

–Ahora sí.

León Gieco, dieciséis discos solistas, un premio Konex, escenarios compartidos con Sting y Milton Nascimento, Pete Seeger y Mercedes Sosa, giras por medio mundo y por la otra mitad también, hombre nacido en el campo santafecino hace cincuenta años, icono popular más o menos indiscutible: para algunos, el Dylan argentino; para otros, un señor algo anacrónico con ideas pasadas de moda. Para muchos, una voz nasal que les recuerda fogones adolescentes.

–La gente era prejuiciosa conmigo. No entendían por qué yo tocaba un chamamé en el ámbito del rock. A los 10 años cantaba en un grupo de música folklórica y un grupo de rock. El resultado final es que me emocionan Atahualpa Yupanqui y John Lennon. Un periodista de La Plata, cuando empecé a grabar discos, dijo que yo hacía música para sirvientas, entonces yo le contesté que sí, que a las sirvientas hay que hacerles un monumento en el Obelisco, porque son las que hacen la comida, limpian la casa, cuidan los niños, no les pagan un mango y las tienen en negro. Ahora, el público terminó aceptando todo.

–¿Te enojabas cuando no te entendían?

–No. Les costó más a los periodistas que a la gente. Ahora les gané a todos por cansancio.

León, hijo de Elda y de Onildo, nació en el campo, pero no duró porque Onildo se cansó rápido de las vacas y prefirió la ciudad. De modo que, cuando León tenía 6, Onildo desembarcó con el arca familiar en la pujante ciudad de Cañada Rosquín.

–Mi viejo tomaba y nos arrió a todos al pueblo, para poder tomar y jugar a las cartas. Pero nos empezamos a morir de hambre, mientra él jugaba, y entonces me puse a trabajar. Todos los días, de 7 a 10, repartía la carne para una carnicería del pueblo, y de 10 a 12 le hacía los mandados a una señora.

Su vida fue eso: trabajo desde que le arranca la memoria. Compró la primera guitarra –marca Calandria– con sus ahorros de criatura laboral y, en 1969, viajó a probar suerte a Buenos Aires con el bajista y amigo Horacio Fumero. Consiguió habitación en una pensión de Moreno 411, a metros de la Casa Rosada, y un trabajo como telexista internacional en Entel, en una esquina inmejorable: Maipú y Corrientes. Si se asomaba por la ventana, podía ver el Obelisco. Para su idea de éxito, casi bingo. Pero hubo más, claro. Aprendió a tocar la armónica cuando descubrió a Dylan, Bob; empezó a componer canciones amparado en su influencia y cometiendo mucho robo del maestro americano. Conoció a Gustavo Santaolalla, que produjo su primer disco en 1973. En 1978, con su cuarto disco editado –que contenía la canción Sólo le pido a Dios– se fue del país; regresó en 1979 y estuvo prohibido has-ta 1982. Cuando estalló la Guerra de Malvinas, un comunicado militar prohibió la emisión de canciones en inglés al tiempo que declaró de interés nacional las canciones de paz como Sólo le pido a Dios, de Léon Gieco. Cuando sus enemigos lo declararon de interés nacional, fue el caos. –Me agarró cansando y estaba tomando mucho alcohol. No pude cantar desde 1981 hasta 1985. Dije: “A lo mejor acá termina mi carrera, y tengo que volver al pueblo a hacer otra cosa”. Mercedes Sosa me dijo: “Te noto un poco raro, nene”, y me mandó a Puígari, el centro adventista de Entre Ríos. Dejé de tomar alcohol, pastillas, dejé de fumar. Y empecé a cantar de nuevo.

En 1985 comenzó, también, su viaje eterno llamado De Ushuaia a La Quiaca: un estudio móvil de grabación trasladándose por la Argentina y registrando bagualeros, chamameceros, copleros de los cuatro rincones olvidados del folklore de acá. La orografía y la hidrografía de la música de las provincias y tres discos que tradujeron ese recorrido de 115.000 kilómetros que permanecieron bajo formato de vinilo y cassette hasta que en el año 2000 el diario Página/12 lo editó, agregando un cuarto CD hasta ahora inédito.

A veces, escuchando la historia de León, parece que el viaje hubiera empezado antes.

Un viaje interminable

León era chico –no más de 12– y todavía no había enchufado mal los equipos de música en cierto club y por tanto no había hecho que saltaran los tapones del pueblo entero y por tanto no le decían, todavía, León, el rey de los animales. Le decían Raúl y cuando León era Raúl un camionero del pueblo lo invitó a paseo: Tucumán, Mendoza. Los confines de la patria. Pidió permiso en su casa, se las arregló en la escuela y aceptó varios viajes. En las fondas les daban comida a cambio de la música del chico. A la noche, dormían en el camión. Todavía hoy lo hechiza ese momento en que, detenido en una banquina, siente el zumbido eléctrico, tirante, de los autos que pasan. –El roce de los autos que pasan en la ruta. Fiu fiu fiu. Todavía ahora me da una cosa en el estómago, que me mantiene vivo. Una adrenalina. Me subo a un escenario y siento lo mismo. La trashumancia me atrae muchísimo. Me gustaría tener un micro y convertirme por un tiempo en trashumante, seguir haciendo De Ushuaia a La Quiaca, instalándome durante cinco o seis meses en una provincia, y hacer un banco de datos. Diez compositores, diez artesanos, cinco escritores, cinco poetas, los paisajes. Se imagina así: en el salitral de Jujuy, con el micro anclado como un dinosaurio, compaginando la chacarera que grabó en Santiago.

–Debe ser tan reconfortante. Pero hay que renunciar a todo, olvidate de estar en Buenos Aires, de ver seguido a tu familia, de ir al cine. Por lo demás, lo único que necesito es ducharme todas las mañanas, y una cocina, porque no como cualquier cosa. No como pancho. No como una hamburguesa con ketchup. Prefiero un plato de arroz integral. Puede ser que se descomponga el micro y quedemos varados una semana en un pueblito solitario de Catamarca. ¿Y cuál es el problema? Si la vida es la vida en todos lados. No es más ese pueblo de Catamarca que Francfort, y viceversa. El otro día pasaba por la avenida Corrientes, y había una obra en construcción. Pegada a la pared había una escalera larga, y arriba, como a diez o quince metros, una cabinita de madera que era del cuidador. Dormía ahí, se hacía su comida ahí. Pasamos con mi mujer y le dije: “Mirá, con esa casita ahí, me conformo”. ¿Sabés lo que es estar viviendo en la calle Corrientes, en esa casita? Espectacular.

–¿Tu mujer qué te dijo?

–Y, me dijo que estaba loco.

Alicia es la madre de sus hijas y su mujer desde siempre. Alicia y León son abuelos de Isabella y Antonia. Y, aunque abuelo, León es un hijo que, también, perdió mucho a su padre. –El era un alcohólico no violento. Cantaba en la orquesta del pueblo. Después el alcohol le ganó y dejó de cantar, pero me incitaba como diciendo que yo era el que tenía que seguir con su carrera, y eso fue lo que hice. Cuando se murió mi viejo, en 1993, medio que me costó encontrarle sentido a la vida, porque yo todo lo hacía por él. Cada vez que sacaba un disco iba a mi pueblo, buscaba a mi viejo, nos íbamos al medio del campo, yo colgaba los parlantes de un alambre de púa y en el medio nos sentábamos con mi viejo, hacíamos un asado, y escuchábamos el disco. A ver lo que le parecía a él. Mi viejo era un visionario. El me dijo que Sólo le pido a Dios iba a ser un himno. El y mi vieja se peleaban muchísimo. La relación entre ellos fue un trauma para mí, pero mi relación con cada uno era muy linda. A partir de la muerte de mi viejo, mi vida fue de otro color. Los colores son así para mí: en el campo es un color, en el pueblo es otro color, en Buenos Aires es otro color, y después de la muerte de mi papá, es otro color. Todavía sigo teniendo el color de la muerte de mi papá.

–¿Eso es bueno o malo?

–Es lo que es.

Conocidos en conflicto

Su nuevo disco, Bandidos rurales, está plagado de temas que alimentan el mito Gieco. La memoria, las Madres de Plaza de Mayo, la ecología.

–Son todas cosas sin resolver. La memoria, los genocidas sueltos, las madres de Plaza de Mayo, la represión estudiantil en México, los árboles talados. Injusticias.

En Bandidos rurales, en la canción del mismísimo nombre, junto a la de Gieco aparece la voz de Ricardo Iorio, músico argentino cuestionado, primero, por sus declaraciones de tono antisemita a la revista Rolling Stone y, después, por haber escrito una letra en la que le otorga a Seineldín el rango de prócer.

–Mirá, a Ricardo no lo conozco mucho, pero siempre lo admiré por su fuerza. Les canta a los camioneros, a los pobres, a los indígenas. Eso es lo que me atrae. Pero se ve que dentro de su pensamiento hay una parte con la cual no nos vamos a poner de acuerdo jamás: eso antisemita que yo no lo tengo y eso que ha dicho que... yo no sé quién le ha dicho que Seineldín podía ser un prócer, porque yo pienso que si Seineldín fuese presidente de la República, al primero que censura es a un tipo como Ricardo Iorio. Entonces hay una contradicción ahí. Pero eso no quita que yo rescate la otra parte, y pueda seguir cantando con él.

En el mismo disco, la canción Las madres del amor dice: “Van pariendo mucha más vida de la que se truncó”. Otra persona cercana a León, Hebe de Bonafini, presidenta de las Madres de Plaza de Mayo, fue cuestionada por sus declaraciones posteriores al atentado contra las Torres Gemelas de septiembre 11. Habría dicho en octubre de 2001, en una entrevista en Radio Continental: “Por primera vez le pasaron a Estados Unidos la boleta por lo que hizo en toda su vida. Me puse contenta de que, alguna vez, la barrera del mundo, esa barrera llena de oro, de riquezas, se les cayera encima”.

–Lo de Hebe... yo tampoco la conozco mucho, pero siempre he respetado muchísimo su lucha, pero ya van tres cosas que me caen... A ver, una fue... no sé si lo dijo o no, pero escuché que ella había tratado de prostitutas a las otras Madres porque habían cobrado. Eso, si lo dijo, no estoy de acuerdo. Después habló algo con respecto a ETA, que no sé, no quedó muy claro.

En octubre de 2000, los familiares de las víctimas de ETA hicieron pública una página Web de las Madres en las que aparecían opiniones, con la firma de Bonafini, sosteniendo que las detenciones, torturas y ejecuciones de miembros de ETA “demuestran que lo peor del franquismo sigue vigente en tierra española”, y se solidarizaba con “el dolor de las madres vascas ante la persecución criminal del Estado español”.

–Ella me dijo que había querido decir que las madres de los de ETA también eran madres. Pero no quedó claro. También dijo algo de los atentados de Nueva York. No lo hablé con ella, pero me parece que ella hubiese querido ser más intelectual y haber dicho lo que dijo Osvaldo Bayer, por ejemplo, en Página 12, que dijo que ni una cosa ni la otra, ni Bush ni Ben Laden, o a ver si creemos que Ben Laden es el Che Guevara. Pero los hijos de Hebe fueron matados, los hijos de Hebe no hubiesen querido un mundo de guerra. Hubiesen querido un mundo socialista. Por otro lado, de dónde saca ella la fuerza para hacer lo que hizo. Hay que rescatar lo positivo. No podemos tirar abajo una persona que con nada hizo la Universidad de las Madres de Plaza de Mayo, y si ella está pasando por un momento de confusión, respetémoslo. Yo no voy a dejar de trabajar con ella por algo que dijo.

El efecto Bagnato

El pánico llegó hace poco. Una de esas cajas negras que la psiquis regala, cada tanto. El pánico le reventó el corazón de taquicardia y el cerebro de imágenes fuleras en 1997, cuando salió al mercado su disco Orozco. Por entonces empezaron los rasguñones oscuros del miedo de la muerte.

–Fulero, sí. Cuando me pasó la primera vez, dije chau, se me saltó la térmica. Pensé que había una arteria dentro de mi cabeza que iba a estallar, que era algo que me estaba pasando en el corazón y el cerebro. Hasta que un médico me dijo: “Anotame todo lo que te pasa durante el día”. Yo anoté: “Taquicardia, miedo a morirme”. Le mandé todo. El tipo me dice: “Se llama panic atack, es un exceso de adrenalina, tomá esta pastilla, hacé terapia y eso se pasa”. Me duró siete meses. Tiene que ver con la responsabilidad. Empezó justo cuando empecé a grabar Orozco, que era el primer disco que hacía sin producción, no tenía músicos. Pero ahora la piloteo, sé cómo manejarlo.

Pánico en ataque a un tipo que no tiene miedo de nada. Que, en estado normal, sólo habla de la muerte para decir que, más que nada, le pesa su inoportunidad.

–Me jorobaría morirme. Tengo tantas cosa para hacer. En la época en que se inventó la vida, no había nada para hacer. Ahora hay tanto que se hizo muy corta. Imaginate que yo, con buena suerte, llegue al promedio de vida que son 70 años. Me faltan veinte. Y ya lo dijo Gardel, veinte años no es nada. Pero mirando para atrás, todo lo que hice estuvo bien. Tuve mucha suerte. Suerte de que no me hayan matado en la época de la dictadura, de no haberme accidentado en la cantidad de viajes que hice. Y hay suertes más recientes como que a los conciertos vengan chicos de 15, 20 años, y sepan mis canciones. El otro día tocamos en la Ciudad Universitaria y había una chica que no paraba de llorar. Vino mi manager y me dijo: “Mirá, hay una chica llorando, calmala”. Subió la chica al trailer, y estuve cinco minutos abrazado. Me contó que cuando la madre estaba embarazada le ponía los auriculares con mis canciones en la panza. “Te vengo escuchando de chiquitita y ahora que te veo no lo puedo creer.” Entonces a eso, yo lo llamo efecto Bagnato, como el tipo que hacía el programa Gente que busca gente. Para esa chica soy un primo mayor, un tío. Estuve siempre en la casa y nunca me conoció. El día que me conoce, se larga a llorar. Ese es el efecto Bagnato.

–¿No te pesa hacerte cargo de esas cosas?

–No. Me resulta pesada la violencia que produce esta política desagradable. Pero no me pesa eso, ni los recitales solidarios.

Los recitales solidarios son parte principal de la agenda Gieco. El hombre no para de poner voz y guitarra al servicio de operaciones caras, tratamientos complejos, material para levantar escuelas, comedores. En octubre de 1999, Telefónica le ofreció cincuenta mil dólares por la canción En el país de la libertad. León dijo sí, el dinero fue a parar al Garrahan, y mutó en un neuroendoscopio de alta complejidad.

–El Garrahan me venía buscando para un recital a beneficio hacía dos años, y no conseguían la sala gratis. Apareció esta oportunidad, y les dije: “Mirá, flaca, te doy la canción, comprás el aparato”. Ahora, cuando la doctora me dice: “Tu aparato ya hizo veinte intervenciones”, no pienso que le di el tema a Telefónica. Pienso con qué poco veinte chicos se salvaron de que les abrieran la cabeza. Cuando fui al Garrahan canté con un chico hidrocefálico. Le habían abierto diecisiete veces la cabeza. ¿Quién se la banca ésa? Tenemos una carpeta con miles de pedidos de recitales a beneficio. Siempre hay más. Pero no me angustia, porque he sabido pensar que hago lo que puedo. Lo importante es hacer algo. Dejé de tener ese tipo de culpa. La tuve, sí, porque en un momento hicimos un concierto para una chiquita que tenía que operarse de médula y necesitaba siete mil pesos. Los padres lograron ubicarme y les dije bueno, organicemos algo ya. Metimos mil quinientas personas en un club, se juntó la plata, se fueron a Cuba, y la chica vive. Con tan poco salvás una vida. A mí no me costó nada y me dio culpa porque pensé cuántos chicos no tendrán esa oportunidad de ubicarme. Mi meta principal sería estar establecido económicamente, y hacer todas las actuaciones gratis para la gente que necesita.

La lucha de León por un mundo mejor no es de ahora. Viene de antes. De cuando era un chico de 7 años y robaba a los que tenían poco para alimentar a los que no tenían nada.

–Un día descubrí que una vez por semana llegaban en tren al pueblo unos linyeras que tenían su lugarcito en la estación de trenes. Empecé a robarle carne al carnicero, la envolvía como si fuera un paquete para entregar y se la llevaba a los linyeras. Me salía del alma. Era un placer. Pienso que tiene que ver con esto de los bandidos rurales, ¿no? Todo tiene que ver con hacer algo por alguien. Yo soy un tipo de suerte. Compongo canciones y cobro derecho de autor, entonces puedo vivir bien, y hay una plata que la dispongo para ciertas entidades. Por suerte, soy un tipo de suerte. No soy creyente. Dios no sé lo que es. Aunque creo en unos dioses, creo en las tormentas en el cielo, en la luna. Generalmente, mi dios es femenino. Es la naturaleza.

–¿Pero creés como para pedir?

–No, no. Creo como para asombrarme. Pedir no le pido a nadie. Hacer para los otros me parece que ya es pedir.

La Navidad de León

Allá en Tilcara, allá en el Norte, hay una calle que usa su nombre.

–Es una calle de un barrio nuevo de Tilcara. Fui a la inauguración y empezaron a aparecer orquesta de sikus, lloramos todos. Lo gracioso fue que el intendente me dijo que me regalaba un terreno, entonces yo digo que si me voy a vivir a Tilcara soy León Gieco, y vivo en León Gieco al cien. Es experto en el arte de mutar lo malo en bueno. Sacar lo mejor de lo peor. Por eso pudo hacer lo que hizo cuando era chico y se hartó de recibir siempre las mismas medias y la misma camiseta de frisa mientras sus amigos encontraban la pelota, la bici, el autito al pie del arbolito.

–Cuando vine del campo, sentía mucha vergüenza con los chicos del pueblo. Vivíamos bastante...pobres éramos. A los chicos les regalaban para Navidad la pelota, los juguetes, y salían a mostrarlo, y yo me pasaba la Navidad saliendo a mostrar nada, porque mis viejos me regalaban una camiseta de frisa y dos pares de medias. Como yo trabajaba, para una Navidad me compré El Estanciero y lo escondí abajo de la cama, para que mis viejos no se sintieran mal. Esa Navidad, como siempre, me dieron la camiseta y las medias, pero al otro día me levanté, y cuando mi viejo no se dio cuenta saqué El Estanciero y salí a la calle a mostrar lo que me había dejado... el Niño Dios.

Se ríe como si fuera ese chico, todavía. Como si su vergüenza por la camiseta fuera poco importante al lado de lo que podrían haber sentido sus padres si hubieran sospechado que él estaba triste por añorar regalos que no podían permitirse. Hay gente así. Gente que es feliz con las felicidades ajenas. Hacia fines de 1999, cuando medio mundo se afanaba buscando la forma más eufórica de festejo para recibir el siglo nuevo, él no vio mejor solución que olvidarse de la fiesta individual. –Parecía que el año 2000 había que pasarlo en un lugar requetesuperespecial, porque si no eras un idiota. Y a mí me dio el trauma de decir: “¿Dónde cuernos voy a pasarlo, soy León Gieco, tengo que pasarlo en un lugar posssta?” Y se me dio. Esperé el año 2000 en el mejor lugar de mi vida: cantando en Plaza de Mayo. Estaban mis suegros, mi vieja, los padres de mi yerno que habían venido de Colombia, y los embauqué a todos y les dije: “Bueno, la comida la dejamos para después de las 12. Ahora vamos a la Plaza porque voy a cantar”. Era una noche maravillosa y desde el escenario miraba el banco en el que nos habíamos sentado con el bajista, recién llegados del pueblo con la guitarra y la valija, dos payucas: “Che, me parece que, por el color, ésa es la Casa de Gobierno, ¡y ése es el Cabildo!” Nos parecía increíble que las primeras cosas que conocíamos fueran la Plaza de Mayo y el Cabildo. El 2000 lo empecé tocando en esa plaza, para las Madres. A las 12 en punto todos brindamos con sidra y fuimos con la familia a comer. Fue un gran lugar. Hasta esa suerte tuve.

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