
El Tigre: proa al futuro
El lugar está en la cima de un desarrollo que combina tres fenómenos: el auge de los barrios privados, el furor turístico posconvertibilidad y la dimensión histórica propia de un lugar con raíces en los orígenes de la Argentina
1 minuto de lectura'
Hoy, un Tigre en plena renovación recibe cada fin de semana más de cincuenta mil visitantes que buscan escapar del monótono gris de la ciudad para reinsertarse en el mundo natural, ya sea desde los paseos o los pintorescos almuerzos con vista al río, hasta los clásicos recreos o los deportes náuticos.
Las reformas realizadas a mediados de los 90 en la Panamericana y la construcción de la autopista Buenos Aires-La Plata son factores de gran protagonismo en todo este proceso. A ellos se suman dos líneas ferroviarias y varios servicios de ómnibus. Gracias a estas mejoras en las vías de comunicación, la distancia entre Buenos Aires y el partido ribereño se redujo a menos de una hora en tren y media hora en auto. Un dato crucial para entender el esplendor actual de la zona.
Turistas a bordo
Ubicado a sólo 35 kilómetros de la Capital Federal, Tigre se transformó en los últimos años en uno de los mayores atractivos del circuito turístico para extranjeros. Son varias las empresas que ofrecen recorridos para aquellos viajeros que buscan ir más allá del Obelisco y la calle Florida.
La inauguración, en 1997, del Parque de la Costa (centro de atracciones cuyo proyecto incluyó el lanzamiento del Tren de la Costa), junto con la remodelación de la estación fluvial y de la estación ferroviaria, fueron los grandes pilares de la consolidación de Tigre como destino turístico.
Pero no todos se dejan seducir exclusivamente por los desarrollos de los años 90. Impactados por la arquitectura dominante (cuyos estilos van desde el italiano hasta el pintoresquismo y la tendencia académica), la fauna, la flora y los brazos del Delta, los extranjeros, sobre todo los europeos –en su mayoría ingleses y alemanes–, se reencuentran con la Venecia americana, la que por años impulsó Domingo Faustino Sarmiento, rebautizado "el inventor del Delta" por su apasionado e inteligente trabajo como divulgador de la zona. Su tarea la comenzó el 8 de septiembre de 1855, cuando plantó la primera vara de mimbre con la que dio inicio a una artesanía característica del lugar, sustento de muchos pobladores.
En la actualidad, los turistas pueden disfrutar de algunas de las señoriales casonas construidas entre finales del siglo XIX y principios del XX, y tomarle el pulso más de cerca a la vida en el Delta. Otra alternativa son las excursiones de día completo a bordo de modernos catamaranes que se adentran en el río Sarmiento. Algunas incluyen visitas al Museo Sarmiento y al Museo de la Reconquista , así como la posibilidad de tentar la suerte en el casino Trilenium. Por lo general, terminan en el Mercado de Frutos, quizás el paseo más tradicional de Tigre. Claro que, más allá de los recorridos establecidos por las guías turísticas, el encuentro con los isleños es la gran oportunidad para intimar con el espíritu del lugar. Ellos pueden contar historias, como la que relata Susana Bruzzone, isleña de pura cepa. "Nací en la isla y moriré en ella", dice con orgullo, el mismo que heredó de su abuelo, un genovés que decidió anclarse por estos pagos atraído por la riqueza de su tierra. A pesar de haber trabajado en el centro y de pasar una breve temporada en Ushuaia, Susana nunca pensó en abandonar el Tigre ni la típica casa que da sobre el arroyo Gambado. "No es sólo el lugar donde vivo; es el lugar al que pertenezco. Yo soy lo que soy por todo lo que me rodea", sentencia con emoción la mujer que fue vecina del mismísimo Haroldo Conti. "Un hombre capaz de ver más allá", dice sobre el escritor desaparecido durante la última dictadura militar.
Nuevos vecinos
Conocida primero como Partido de Las Conchas y recién en 1954 como Tigre (nombre debido a la gran población de yaguaretés, el tigre americano, hoy en vías de extinción), la zona, efectivamente, comenzó a recuperar su esplendor a mediados de los 90 con la recuperación de la infraestructura turística. Estos emprendimientos coincidieron con el boom de la construcción propio de esa época, protagonizado por los sectores medios y altos, entre los que el concepto "calidad de vida" empezó a pisar fuerte. Poco a poco, los departamentos en torres de lujo fueron desplazados por los barrios privados construidos en el conurbano. Junto con Pilar y Berazategui, Tigre fue uno de los distritos más favorecidos por esta tendencia. Así, no sólo aumentó el número de visitantes; también el de habitantes ribereños que, en busca de un contacto mucho "más natural", se instalaron en los más de cien barrios privados inaugurados a comienzos de 2000, como asimismo lo hicieron en los lujosos condominios que se alzan en pleno corazón del Delta y que se acercan más a una postal de Miami que a la zona que supieron retratar Conti y el propio Jorge Luis Borges. En su mayoría, los nuevos habitantes son matrimonios jóvenes, con hijos en edad escolar.
En Tigre encuentran la posibilidad de combinar seguridad con mayor contacto con la naturaleza. A su vez, las vías de transporte les permiten lograrlo sin resignar sus trabajos en la Capital Federal.
Entre los emprendimientos más destacados se encuentra Nordelta, que empezó a ser comercializado a mediados de 1999. Por sus características, excede la noción de "barrio cerrado". Abarca 1600 hectáreas en las que habitan 1000 familias. Posee centro médico, hospital, dos colegios y un ritmo de vida que supone el ingreso diario de 5000 personas que desempeñan diversos trabajos en esta suerte de miniciudad. Otros emprendimientos exitosos son los barrios cerrados Santa María de Tigre, Altamira, Santa Bárbara, Talar del Lago y Rincón de Milberg.
Ellos cuentan
Dicen que Tigre tiene mala fama. Según la leyenda, quienes visitan sus islas contraen el mal del sauce, una enfermedad que no les permite pensar en otro lugar que no sea ése.
"Nuestra vida cambió por completo desde que vivimos acá", asegura Paula Alberti, con la aprobación de su pareja, el artista plástico y coleccionista especializado en blues Max Hoeffner. El "acá" al que se refiere es la casa que se levanta sobre el río Luján, en la que comparten sus días desde hace cuatro años con Sol, la hija adolescente de Paula, y Matías, de 30, hijo de Max.
"De alguna manera, la naturaleza te lleva a encontrarte con el otro yo; en mi caso, con el más creativo", aclara Alberti.
El río nunca les fue ajeno. Julio César Pedrozo nació y se crió en Misiones; Sofía De Urquiza, en Entre Ríos. Al cumplir los 20 se instalaron en Buenos Aires para trabajar cerca de 30 años en pleno microcentro, en el banco de Entre Ríos. Hace tres años, ya jubilados los dos, se mudaron a la casa que construyeron sobre el arroyo Caraguatá, afluente del Luján. "Es como el cierre de un ciclo", asegura Julio, como trazando un puente imaginario que lo conecta a su infancia. "Necesitaba dejar la ciudad, me estaba consumiendo", confiesa ya aliviado. "Acá respiro, éste es mi lugar."
Viaje al pasado
"La belleza de un mundo a la vez cercano y extraño, el atractivo de la naturaleza, la nostalgia de otro estilo de vida." Esas fueron las razones que llevaron a Silvina Ruiz Moreno de Bunge a publicar Tigre y las verdes islas del Delta. En sus 270 páginas, el libro, editado por Camalote, refleja en detalle la historia de la zona, centrándose en el período que va de 1855 (cuando Sarmiento comienza a promoverlo) a 1959, año de las grandes inundaciones. Fotos de época recorren las páginas y son testigos de aquellos años en este tomo de importante valor documental.
Para tener siempre a mano
La Guía visual y práctica Tigre y Delta, de Graciela Clemente, editada por Grijalbo-Mondadori, ofrece un excelente panorama para conocer esta zona. Brinda información sobre los clásicos recreos, la flora, la fauna, las costumbres isleñas y sobre dónde practicar deportes acuáticos. Cuenta con mapas, planos, recorridos y sugerencias para explorar el Delta. Un destino al que, como bien dice la autora, una vez que se lo conoce se vuelve una y otra vez.



