El último cibermístico

Jacques Vallée, el científico que inspiró a Spielberg para crear al ufólogo de Encuentros cercanos, visitó la Argentina para reencontrarse con un gaucho que hace 36 años tuvo una experiencia extraordinaria.
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11 de enero de 2017  • 11:44

Por Alejandro Agostinelli / Foto de Eduardo Bermúdez / Humano

Jacques Vallée se recibió de matemático en La Sorbona, hizo una maestría en Astrofísica por la Universidad de Lille e inició su carrera como astrónomo en el Observatorio de París en 1961. No había cumplido 40 años y ya tenía varios libros publicados, entre estudios sobre ufología y novelas de ciencia ficción. Ya había sido musa de Steven Spielberg para crear al ufólogo que coprotagoniza Encuentros cercanos del tercer tipo (1977). Con esa biografía a cuestas, hace pocas semanas y a poco de cumplir 78 años, viajó a la Argentina para volver a entrevistar a un gaucho guaraní que en 1978 confrontó con lo que parecía una nave extraterrestre y sus ocupantes. El director Alan Stivelman, en la segunda parte de la saga Humano, se basa en el encuentro cercano de aquel peón rural, Juan Pérez, para producir este documental que irá de ovnis y chamanismo.

¿Cómo se unen las historias del científico y el paisano? En 1980, Vallée había viajado a nuestro país para dar un ciclo de charlas y conocer de primera mano casos de ovnis locales. Juan era un gurisito de 12 años cuando vio cierta escena oniroide que incluía a dos seres robóticos. Vallée y su esposa Janine, psicóloga infantil, quedaron impresionados. “Ese chico decía la verdad”, cuenta ahora. En enero, Stivelman escribió a Vallée para confirmar si recordaba la experiencia. Cómo olvidarla, contestó el científico. “Entonces pensamos en una máquina extraterrestre, pero podría haber sido otra cosa”, dice enigmático.

La idea original del cineasta había sido viajar para entrevistarlo en los Estados Unidos. Vallée le preguntó si no era mejor para la película que él viniera a la Argentina. De paso, iba a poder conversar de nuevo con Juan, hoy un hombre de 50 años, y reencontrarse con sus recuerdos del país, que había recorrido junto a su compañera, fallecida hace seis años. Se tomó el asunto en serio: en Los Ángeles hizo un curso intensivo de español para entrevistar al testigo sin recurrir a traductores.

Stivelman comenzó a planificar su visita buscando alguna locación apropiada donde entrevistarlo. Pidió permisos en observatorios, asociaciones astronómicas y radiotelescopios que alguna vez intentaron hallar señales de inteligencia extraterrestre, como las antenas del Parque Pereyra Iraola. No tuvo suerte: Vallée es una personalidad distinguida, pero a algunos les resulta más cómodo cerrarle la puerta por su condición de ufólogo que hacerlo pasar y aprender algo nuevo. Al final, el sitio elegido fue una estancia cerca de Victoria, Entre Ríos. Por una parte, porque su cielo es un lugar donde revientan las estrellas y, por la otra, para honrar la tradición: la “Ciudad de las Siete Colinas” es la segunda patria, después del Uritorco, de los alienígenas en la Argentina.

SPIELBERG TIENE RAZÓN

Vallée no es un científico de cuello blanco: exuda heterodoxia. A mediados de los 50 aseguró haber visto un misterioso disco volador y fue testigo silencioso del escepticismo de sus colegas, que tiraban a la basura informes de observaciones como la suya. A los 23 años, indignado por ese destrato hacia una cuestión que para él constituía un legítimo desafío científico, emigró a los Estados Unidos, contratado por la Universidad de Texas. A mediados de los 60, mientras trabajaba en el Observatorio McDonald, relegó por unos meses su afición por los platillos voladores para desarrollar el primer mapa detallado de Marte a pedido de la NASA.

En 1967, obtuvo su doctorado en Computación en la Universidad de Northwestern, y se acercó al doctor J. Allen Hynek, asesor astronómico de la Fuerza Aérea, para el proyecto Libro Azul. Ambos compartían su fascinación por los informes sobre ovnis que los militares rechazaban y se iniciaron en Amorc, la orden esotérica rosacruz.

Los rosacruces creen ofrecer “todos los medios para vivir en armonía con las fuerzas cósmicas, creativas y constructivas del Universo”. Amorc apela a una tradición inverificable: sus años iniciales se pierden en la neblina de la historia. Vallée fue criticado por esa adhesión: es una cosmovisión poco afín a la científica. Quizás por eso no volvió a tocar el tema.

En los 70, Vallée fue parte de la hornada de investigadores que crearon el primer sistema de chat para Arpanet, la red antecesora de internet. Establecido en el corazón de Silicon Valley, se convirtió en un exitoso inversor en fondos de capital de riesgo. Ganó dinero. Mucho.

A fines de los 60, Spielberg había leído los libros que Vallée había publicado hasta el momento: Anatomía de un fenómeno (1965), Desafío a la ciencia: El enigma ovni (1966) y Pasaporte a Magonia (1969). Admirador de su obra, Spielberg creó un personaje inspirado en él, Claude Lacombe, el científico que encarnó François Truffaut. “Spielberg me contó que lo hizo porque había leído mis libros. Y puso a un francés en el film para tener el punto de vista de un extranjero”, dice. Vallée ayudó a Spielberg a pensar cómo los científicos descubren el sitio donde va a aterrizar la nave madre, en la Torre del Diablo, estado de Wyoming. “Yo le proponía soluciones que no eran visualmente atractivas, hasta que por azar apareció la idea”, recuerda Vallée y sonríe.

PAREJA ROBÓTICA

En el paraje victoriense que eligió Stivelman para rodar varias escenas de Humano. El llamado guaraní, nombre que tendrá la película, Jacques Vallée se reencontró con Juan Pérez. El arriero hoy tiene su estatura, viste bombachas de campo, botas y sujeta su pelo renegrido con una boina de lana con los colores de Boca Juniors. El 6 de septiembre de 1978, Juan vio emerger a dos seres de un “aparato” cerca de la zona rural donde vivía con su familia, al sur de la provincia de Santa Fe.

Durante una cena en la estancia Las Margaritas, los comensales escuchamos fascinados el relato de Juan, que a su encuentro con aquellas criaturas, semejantes a la pareja robótica de Star Wars (1977), le sumó nuevas vivencias relacionadas con su íntima conexión con la naturaleza. Vallée no solo cree en su honestidad. Para él, Juan vivió algo realmente inusual. “Me interesé en la física de la situación, claro. Pero tampoco fue un solo avistamiento, sino varios en la misma área. Fue un cúmulo de eventos”. Esta clase de experiencias, piensa Vallée, quizás requieren de preguntas que nadie ha formulado. “Antes las religiones tenían las respuestas; después le siguió la ciencia. Ahora las religiones no tienen respuestas y la ciencia sí, pero sus respuestas no siempre son buenas. Por eso, nos preguntamos lo mismo una y otra vez. Antes era una cuestión filosófica. Ahora es una cuestión de supervivencia. Es una cuestión existencial”, asegura.

En su primera entrevista a Juan, en 1980, debió confiar en los intérpretes. “Yo necesitaba hablar con él sin intermediarios. Vine para aprender del testigo e intentar ayudarlo a entender lo que le pasó”, dice en perfecto español. En aquellos años, Juan era retraído y tenía limitaciones para expresarse. Eso dice Raúl Bertolini, el psicólogo social aficionado a la ufología que descubrió el caso. Hasta su maestra creía en su sinceridad. “No era un chico dado a las fantasías”, dijo. Los ufólogos descartan la alucinación porque confían en un historial de casos similares. “En la Tierra –dice Vallée–, hay formas de conciencia con poderes muy grandes que pueden cambiar nuestra realidad; por eso, es muy importante aprender a comunicarnos con ellas”.

La película de Stivelman encuentra un respaldo en Vallée. Pero también en los estudios del antropólogo Diego Viegas, que desarrolla el caso en el flamante Antropología transpersonal (2016). Viegas descubrió que la madre de Juan era guaraní y que él deseaba conservar el legado. Supo de su vida solitaria y de la estigmatización que sufrió por su relato. Para Viegas, un “agente” hizo contacto con Juan, quien, sensible por gracia de su linaje chamánico, estuvo por recibir el don de la profecía y otras facultades psíquicas. Otro antecedente fue el libro Los extraños (2000), escrito por el psicólogo Juan Acevedo y el psiquiatra Néstor Berlanda, quienes también estudiaron el caso. Acevedo, descendiente de guaraníes, fue la anteúltima visita que recibió Vallée en el bar del Esplendor, el hotel donde se alojó en Buenos Aires. Le obsequió su mate personal y un paquete de yerba orgánica. “Para mi pueblo –le explicó–, esta es una planta sagrada”. Vallée aceptó este regalo de los dioses preguntándose si lo podría pasar por la Aduana. Conversaron sobre el destino de aquel gauchito que por narrar una aventura extraordinaria pasará a protagonizar una película. “En el fondo, no somos tan distintos. Todos, Juan y nosotros, seguimos buscando las mismas respuestas”, dijo Acevedo.

El veterano científico que ahora invierte en startups dedicadas a tecnología médica de vanguardia quiere saber más y el mejor ejemplo es su pasión por la experiencia que vivió un paisano que conoció hace 36 años. Ya no lleva estadísticas ni le interesan las evidencias físicas. Guiado más por la intuición y los afectos, sus largas introspecciones parecen reflejar su deseo profundo de acercarse todo lo humanamente posible al alma de sus entrevistados. Como si en ese proceso buscara, además, su transformación personal.

Cuando le pregunté a Vallée si los rosacruces determinaban su manera de entender a los ovnis, contestó: “¡Es la mejor manera de entender todo!”. La corrección fue reveladora.

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