
ELISA CARRIO
Hace cuatro años cambió su despacho de Resistencia por una oficina en el Congreso. Desde entonces, es uno de los referentes más creíbles del mundo político vernáculo.Elisa Carrió, diputada chaqueña y radical, tiene la virtud de molestar y ser querida al mismo tiempo
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Lilita creció en el Chaco, en una casa llena de olores. A amigos, a familia, a perros. A gente que se deja acariciar por la calma provinciana. A cenas y almuerzos plantados en una mesa poco usual. Lilita comía casi sin enterarse: frente a ella había un don Arturo, al que muchos solían llamar Illia, desplumando un asado junto a un peón de campo. Había presidentes, chacareros, risa y vino. Y había un padre tan inmenso y perfecto que compartía el cielo con Dios. Coco Carrió era dirigente radical. Y cuando murió, en 1994, Lilita puso un pie en la política. Lilita ya era Elisa. El Terremoto Elisa: casada a los 15 años y madre primeriza a los 16, separada a los 18, abogada a los 20, miembro del Poder Judicial de Resistencia a los 21 y titular de Ciencia Política en la Universidad de Derecho a los 26. Elisa se tragó el tiempo de un respiro, y para los 35 años la vida la esperaba con 8 hijos, un segundo marido y una legión de ex alumnos que ya eran gobernadores, jueces, camaristas y abogados. El currículum le brillaba en la frente, y en la UCR se percataron de esa perla. Le ofrecieron, entonces, una banca en la Convención Constituyente.
Al principio dudó: no quería respirar un aire tan espeso. Pero uno de los últimos deseos de su padre consistió en que aceptara. Y entonces dijo sí. Y fue de las pocas que se negaron tajantemente a votar el Núcleo de Coincidencias Básicas, nacido a la sombra del Pacto de Olivos. Y la gente de todo el país la empezó a conocer. Y los miembros del partido la olfatearon de reojo. Y hubo quien pensó por qué no legisladora, Lilita. Y terminó en el Congreso, con un 80 por ciento de imagen positiva en el nivel nacional.
Desde 1995, la diputada Elisa Carrió tiene su vida desgarrada en dos mitades: de lunes a viernes, pisa el asfalto seco y carbónico de Rivadavia y Callao. Pero los fines de semana se vuelve a Resistencia. A la periferia. A su familia, a su casa tan grande, a sus olores de siempre. A un suelo que se parte en aguas como si fuera un eterno destino.
"Desde que nací, todos los febreros y marzos de mi vida teníamos miedo a la crecida del río. Incluso tengo la imagen del 66, del agua llegando a la plaza, de la gente andando en lancha o en canoa a una cuadra de ahí. Es mucho dolor, porque la inundación es una violación a las cosas no sólo materiales, sino afectivas y espirituales."
-Mucha gente no quiere abandonar sus casas cuando están bajo el agua.
-Porque te violan tu casa. Así como la violación del cuerpo es tremenda, también lo es la violación del agua hacia las cosas que querés. Creo que la mayor expresión de una casa es su olor, ese ambiente al que llegás y sentís que es tu lugar en el mundo. Y de repente eso se ve arrasado. Cuando volvés ya nada es igual, porque el dolor no se va junto con el agua. Hay que reconstruir los olores, porque se han perdido y lo único que queda es la humedad.
-¿Le ocurrió esto alguna vez?
-No, pero represento a mi pueblo y vivo con él. Las casas inundadas están a diez cuadras de la mía. Quizá desde la Capital Federal sea más difícil: se ha tomado como la construcción de una noticia espectacular y eso fue aprovechado políticamente.
-¿Lo dice por Ortega?
- No, no es el caso de Palito. Le respeto la relación con la gente, pero lo que sí le pido es que no sea usado por el menemismo. Cuando la ayuda es ética, se hace sin fotos.
-¿Qué es peor: ayudar con fotos o no hacerse cargo, al estilo María Julia Alsogaray?
-Creo que es más honesta ella, con su frialdad y distancia, que el ministro Rodríguez, que se sacó los zapatos y se metió en el agua. María Julia al menos es lo que es. Los otros no son nada. Además, ¿para qué iban a ir? ¿Qué les van a decir? ¿Que tienen que dejar de vivir en un lugar inundable, cuando ésa es la ribera de toda su vida? Las inundaciones ponen de relieve a la periferia, porque la inundación siempre es inundación de la pobreza. Incluso, el albergado se constituye en un privilegiado, porque es focalizado por el Estado: es el que come, el que recibe colchones, el que es atendido. Entonces, casi se desata una guerra entre pobres, porque los que no se inundan, pero son tan pobres como el que está albergado, me dicen Lilita, y por qué no a nosotros.
-Debe haber un trato muy cotidiano para que la llamen así.
-El nivel de conocimiento en mi provincia, y no de imagen, es igual al de los que fueron y son gobernadores. Es extrañísimo, porque tengo dos años en la política, y ese nivel de publicidad no lo tiene ningún legislador, o ministro, que esté hace 20 años en la política. Pero mi relación es muy horizontal: no estoy visualizada como una persona del poder, no voy a actos públicos, los detesto.
-Tal vez eso también ayude a que su imagen sea buena.
-No sé. Lo que sí está muy claro es que corto todos los partidos. En general, soy querida por muchísima gente del peronismo, del radicalismo, del Frepaso. Es una cosa muy particular, porque yo vengo del gueto universitario, y todos decían que no iba a poder llegar a mucha gente porque mi discurso era muy intelectual, pero se dio al revés: tengo muchísima relación con los sectores más pobres. En los barrios no soy ni la diputada, ni soy Carrió. Fui secretaria de la Corte y nunca me dijeron doctora: ni el ordenanza ni el presidente. Y en la Universidad nadie me llama profesora. Siempre fui Lilita donde estuve. Y ojalá que nunca alguien sienta que hay una distancia, y me empiece a decir doctora, o diputada, o todas estas cosas raras que a mí me espantan.
-Pero a medida que se tiene más poder, las distancias parecen agrandarse. ¿Eso no le da miedo?
-No, porque tengo un enorme desprecio por el poder. Desprecio entre comillas: pienso que el poder de uno está en mantener su libertad en relación al poder. Y no me creo que éste sea un lugar de poder. Además, tengo incorporada la idea de la igualdad de oportunidades. Siempre me acuerdo del entierro de mi padre, con toda la tristeza porque fue la persona que más amé en mi vida, y recuerdo que en un momento hasta yo me tenté. Alrededor del cajón, estaban una mujer que ejercía la prostitución, pero que era amiga de él porque vivía por la zona, el carnicero de enfrente, la profesora de literatura eternamente soltera y amiga de mi madre, el gobernador, el lustrabotas. Desde chiquita crecí con la idea de que las jerarquías no otorgan absolutamente nada.
-En todo caso dan más responsabilidades.
-En ese sentido tengo una altísima vulnerabilidad y un tremendo pánico por el exceso de responsabilidad que te genera una representatividad. Hay algo que me excede, ese compromiso tan fuerte que me genera la relación con las personas, en el sentido de no fallarles. Esto me agobia, sinceramente. Me bajonea. A veces quiero salir, irme, porque no tolero el peso de esa exposición pública. Es como que uno está permanente desnudo. Además, no es que busco las cosas, parecería como que caen.
La gente cae como gotas afiebradas sobre el despacho de Lilita. Llueven de a uno, y de a ratos. Jubilados, desocupados y desesperados varios. Es jueves al mediodía, y en el hall de entrada de la Cámara hay un hombre que quiere que lo escuchen. Tiene cara de jubilado desocupado y desesperado, y estira el brazo con un documento apenas vivo. "Entonces -manotea casi al borde del ahogo-, entonces quiero hablar con la diputada Carrió."
Y se transforma en uno de los tantos ejemplos de problema que buscan una solución cara a cara. Engorda el ramo de visitas que, hay que decirlo, no siempre derraman angustia. A Elisa también le traen estampitas, cartas, se le emocionan en la cara, se le acercan para darle un beso y decirle que no está sola. Que rezan por ella.
-¿Es creyente, en Dios o en lo que fuere? Una vez dijo que no es escéptica ni siquiera con el horóscopo.
-Es que a mí absolutamente nada en la vida me es indiferente. Ni la comida, ni las amistades, ni los afectos, ni las personas, ni las situaciones, ni los ideales. Yo amo profundamente la vida, y también amo profundamente la muerte. Sí, soy creyente. Fui muchos años agnóstica, por toda la formación universitaria. Creo que había una dosis de frivolidad en gran parte de la intelectualidad, en el sentido de que no se podía expresar públicamente una creencia, y ser agnóstica daba relevancia. Pero yo tengo una experiencia con la muerte muy larga en mi vida, con demasiadas muertes, y a mí me salvó Dios. Así que cuando estoy en Buenos Aires duermo abrazada a una Virgen.
-¿Se siente sola en Buenos Aires?
-Y, no es fácil. Cuando vuelvo a mi casa, en Resistencia, y me acuesto en mi cama, estoy con mis olores, con mis ocho hijos, los amigos, tanta cosa que me rodea, y el perro... No es lo mismo que volver a un departamento sola. Hay veces en que duermo en otros lugares porque no nací para vivir sin afectos. Incluso en la vida política, si no hay un juego limpio, si no hay afectos, tampoco tiene sentido, salvo para aquellos que sólo ambicionan el poder.
-Debe ser difícil manejarse en un ámbito donde el poder por sí mismo parece ser el objetivo de la mayoría de los políticos.
-Creo que existe un alto contenido de prejuicio. Hay muchos que son así, pero también hay excelentísimas personas, que a veces no se conocen tanto. Yo entré con esa idea prejuiciosa, a veces decía vamos a comer a un lugar donde haya gente. Pero en realidad no me es difícil convivir, porque yo quiero a todo el mundo.
-¿A todo el mundo?
-A mí me cargan porque dicen que me compadezco de todos. Por ejemplo, me puso muy triste la humillación personal del juez Oyharbide. Le pedí el juicio político porque estoy convencida de que tiene relaciones promiscuas con el poder, con la policía y con los prostíbulos. Pero esto no me impide compadecerlo por la situación de humillación personal. Lo único que hago es diferenciar. Lo mismo con el Congreso: ningún partido tiene el monopolio de la ética, y no voy a agredir a un diputado del PJ porque una persona de su gobierno cometió un acto de corrupción. Creo que muchísimas de las leyes que logré negociar, como Consejo de la Magistratura, ministerio público, amparo, hábeas data, han sido posibles gracias a la tolerancia, el respeto y también el afecto.
-Pero a veces parece que todo eso pasa a segundo plano y que las mejores intenciones terminan en disputas por el poder. ¿Qué piensa de las pujas entre De la Rúa y Fernández Meijide?
-Esto tiene que ver con una reflexión más profunda: por qué dirigentes altamente representativos de repente se van alejando de esa relación de representatividad. Creo que en primer lugar la Alianza es una enorme construcción social, no una creación de los dirigentes. Y hay que tener mucho cuidado, porque lo que puede haber es una cooptación dirigencial de una construcción social. Para que esto no ocurra, la vida de los dirigentes no debe ser una escalera. No puedo estar en un cargo pensando qué otro cargo voy a ocupar.
-En ese sentido, a veces cuesta distinguir entre las pujas Menem-Duhalde y Fernández Meijide-De la Rúa.
-Creo que tanto Graciela como De la Rúa expresan ambiciones absolutamente honestas y legítimas, siempre y cuando la ambición esté enmarcada en un proyecto colectivo. Lo malo es cuando el proyecto colectivo no existe y sólo queda el narcisismo de llegar al polideportivo de Olivos. Y ahí no se diferencia nadie. Prefiero tener un proyecto individual exitoso a formar parte de un esquema sólo de poder.
-¿Qué tiene pensado hacer cuando termine este período?
-Con mi nivel de imagen pública podría renovar la banca, pero no sé si sería útil para mi provincia cuatro años más como diputada. Si entré en la política fue por casualidad, porque me ofrecieron ser convencional constituyente justo cuando mi padre se estaba muriendo, y él me alentó.
-Pero no puede haber sido una decisión inesperada. Con un padre puntero, debe haber incorporado la vida política desde chica.
-Pero también la sufrí mucho, porque yo vivía esperando a mi padre. Vivía esperando que él llegara. En mi familia, mi padre y mi hermano muerto ahora, en enero, eran los que amaban la política. Y siempre tengo esa cosa de creer que estoy en un lugar que ellos se merecían, que les saqué el lugar... daría la vida, juro que daría la vida, porque ellos estuvieran acá y yo, muerta. Y a la vez siento que estoy obligada a quedarme, porque ellos lo hubieran querido.
-Con tan buena imagen pública, el radicalismo también debe querer que se quede.
-Cuando vieron el porcentaje tan alto de aceptación, en la Convención Constituyente, los sectores de poder del partido dijeron bueno, a esta gordita hay que usarla. A ellos les molesta que lo diga, pero es así. Unos querían que me candidateara para enfrentar al actual gobernador, Rozas prefería que me postulara para diputada, para reforzar la lista. Y bueno, después decidí. Pero tuve enormes problemas, porque mi familia no quiere que yo esté en esto. Todo el mundo me reclama, me cobra... como hacía yo con mi padre.
-Casi no habla de su mamá.
-Ella fue la figura del poder en mi casa. Es secretaria de Desarrollo Social en el Chaco. Siempre ocupó muchos cargos públicos, es más jerárquica, es ordenada, se viste bien, está peinada... qué sé yo.
Cuando Elisa se ríe, los ojos se le pierden en la cara. Los labios rosados surcan las mejillas de una mujer coqueta y maquillada. De un alma profundamente femenina que encuentra en su género una flor de orgullo, pero también la mayor traba. Porque según el Manual del Político Ilustrado, las polleras no sirven para ejercer el poder: les falta firmeza, y les sobra gracia.
"A mí me aceptarían mucho más si pensara que no soy como las demás mujeres y me metiera en un campo asexuado. Pero como no me gustan las formas de hacer política propiamente masculinas, estoy orgullosa de ser mujer y además arrastro a todo el género, esto me trae problemas. Sería mucho más fácil adoptar el discurso oficial de los hombres. Que digan: Lilita es excepcional, no es como las demás mujeres. Pero yo digo que no, que soy como las demás.
-¿María Julia Alsogaray es un ejemplo de mujer excepcional?
-A veces la utilizo como paradigma de lo que es la cooptación de la mujer por el poder masculino. Ella es la que no es como las otras, está absolutamente masculinizada. A lo mejor puede tener sentimientos privados, a lo mejor es una coraza, no me interesa. Estas mujeres son una tragedia para el género.
-¿Graciela Fernández Meijide también debió masculinizarse para poder pelear una candidatura a la par de un hombre?
-Pese a que ha dicho que es igual a los hombres, en el sentido de que no es igual a las demás mujeres, Graciela debe percibir cierta diferencia. En mi caso, quizá sea una de las dirigentes políticas de mi partido con mejor imagen, pero no hay una correlación con mi condición de existencia en el partido. No saben qué hacer conmigo.
-¿Piensa que si fuera hombre ya la habrían lanzado a la presidencia?
-Sí. Pero estoy condenada a la no existencia. Lilita es bárbara, es divina, adorna. Es así en la provincia y es así acá. Y yo hago como que no me doy cuenta.
-¿Sueña con ser presidenta?
-Me parece que plantearse lo que uno va a hacer en la vida es como anticiparse que va a seguir viviendo, y es algo que yo no tengo elaborado. Tal vez por eso tengo esa ansiedad y responsabilidad por hacer mucho. No buscaría ser presidenta, como no buscaría ser gobernadora, como no buscaría ser nada. Si alguna vez la situación me pusiera, me voy a hacer cargo. Pero no me plantearía jamás un proyecto no inmediato, porque siempre tengo la sensación de que me voy a morir mañana.
-¿Por qué?
-Es un tema por resolver en mi vida. A veces me quiero morir, sí. A veces tengo esa sensación de querer irme con los otros. Los afectos más grandes de mi vida se fueron. Y a la vez amo profundamente la vida, porque mis hijos me atan a ella. Pero si no tuviera una energía brutal, avasallante, que me sale de todos lados, quizá me hubiera ganado la muerte.




