
¿Qué iba a hacer una flamante abogada en Koh Phi Phi, donde ni siquiera circulan motos?
En un comienzo, Lucila Pereyra no lo llegaba a percibir del todo, pero la realidad era que su vida iba como la de un caballo con los ojos tapados, que solo sabe que tiene que seguir para adelante. Rodeada de un entorno homogéneo, ella estaba haciendo todo bien, ¡demasiado bien! Nacida y criada en CABA, había recibido una buena educación en un colegio tradicional y había optado por estudiar Derecho en la Universidad de Buenos Aires. No conforme con el título de grado, decidió realizar un posgrado y se especializó en Derecho de Familia. Durante toda su carrera trabajó, y ya como abogada, ocupó un puesto en la Defensoría de Menores en el Poder Judicial. Y en paralelo, desde su infancia, cultivó su pasión por el deporte y jugó durante veinte años al hockey como federada en un club de zona norte.
Por ello, tal vez, cuando anunció que se iba a vivir a Phi Phi con un chico que había conocido estando de viaje, fueron muchos los que consideraron que estaba a punto de tirar su vida por la borda: ¿qué iba a hacer una flamante abogada en una isla de Tailandia, donde solo hay arena y selva, y ni siquiera circulan motos?
“Muchos me decían hippie con Osde, me preguntaban cuándo me iba aburrir, sin entender que para mí era una decisión de vida. Si bien ninguno de mis amigos se opuso, hubo momentos donde no me sentí tan acompañada. Años después, cuando formé mi empresa en Tailandia, llegaron esas charlas positivas con las amistades, junto con el reconocimiento y la comprensión de que cada camino de vida es válido mientras nos haga bien”, revela Lucila, una mujer que emprendió su nueva vida en aquel paraíso lejano de a dos, pero que, en otro giro de la vida, tuvo que afrontar el desafío sola en una sociedad que cuestiona el liderazgo femenino.

“Como contracara estaban mis padres. Mi familia tiene una mentalidad muy abierta, mis padres son aventureros, mi mamá viajó mucho en su juventud y siempre nos inculcaron eso, la curiosidad por nuevas culturas. Mi papá es bastante académico, le gusta la historia y nos llenaron la infancia con documentales, cuentos y tuvimos la suerte de poder viajar bastante. Nunca me limitaron, aunque fue una decisión difícil. Tailandia queda lejos y estaba lleno de incertidumbres”.
Un viaje, un amor y la decisión de renunciar a una vida hecha para vivir en Tailandia
¿Por qué una abogada tiraría una vida signada por el aparente éxito para vivir en Tailandia? Todo comenzó en otro rincón remoto, en unas vacaciones en algún lugar entre Perú y Bolivia. Allí Lucila conoció a un hombre de quien se enamoró profundamente y con quien comenzó a tener una relación a distancia. Él se había tomado un año sabático y cuando a ella le tocó regresar a la rutina, le propuso unirse por siete meses a su viaje. Y fue allí, en ese mismísimo instante, que Lucila tomó una decisión que le cambió la vida: “Tenía la posibilidad de tomarme una licencia sin goce de sueldo en el Poder Judicial, y lo hice”, cuenta.

Aquella travesía fue un antes y después. Junto a su pareja, Lucila recorrió diversos países del sudeste asiático, como mochileros, una experiencia increíble que los llevó hasta Tailandia, un lugar en el mundo en el que vislumbraron un sinfín de oportunidades. Allí conocieron a un colombiano que realizaba tours y ellos mismos comenzaron a guiar algunos grupos de turistas para su empresa, primero a modo de favor, casi como un juego, que se transformó en una revelación magnífica para Lucila: creía que la abogacía era su destino, pero ante ella surgieron otros mundos posibles y de ella dependía habilitar esas dimensiones paralelas del tiempo.
Revolucionada, el regreso a la Argentina fue impactante. El mundo conocido, de pronto, había cobrado otros colores, ajenos a ella. Lucila decidió renunciar a su carrera y a su vida anterior y, en el año 2017, emigró a Tailandia definitivamente.
Una isla de tres mil habitantes: “En occidente queremos ser siempre productivos”
Nunca se había imaginado en un lugar tan lejano a su propia cultura y, menos aún, se había imaginado habitándolo. Lucila llegó con miedo, a pesar de su entusiasmo. No solo porque Tailandia era demasiado diferente, sino porque estaba apostando a una relación con un hombre con el que había mantenido una relación a distancia y de viajes: ahora tocaba apostar a la pareja en la cotidianeidad de un país extraño, sin soporte emocional al alcance.
Las diferencias con Argentina se sintieron de inmediato, pero, por fortuna, el amor creció y se fortaleció para acompañar los impactos. El sudeste presentó estímulos foráneos, entre olores nuevos, sonidos, comidas y formas de vida alternativas a su universo conocido. Lucila recibió las novedades con los brazos abiertos, sedienta por alimentar su curiosidad innata.

Se instalaron en Koh Phi Phi, una isla de 12 km2 al sur de Tailandia y parte de un archipiélago de seis islas. Con apenas tres mil habitantes -más las personas que trabajan por temporada y los turistas- la atmósfera reducida trajo consigo un cambio de vida radical, en comparación a una ciudad como Buenos Aires: “Es una isla donde no hay autos, no hay motos, no hay bicis, todo se hace en barco o caminando”.
“La gente vive muy simple y no necesita de `cosas´ materiales para vivir. Como occidentales estamos muy acostumbrados al consumo, mientras que en la isla la vida tiene otro ritmo y no necesita de tantos objetos. En occidente estamos acostumbrados a ser siempre productivos, aspirar al éxito, a triunfar y hacer dinero, y en la isla es muy distinto, la gente trabaja mucho, sí, pero sin esas aspiraciones que solemos perseguir nosotros”, asegura Lucila. “Me sorprendió la calidez de la gente, algo que me impactó. Venimos con el chip de la desconfianza, me costó sacármelo y entender que la gente en Tailandia es amable y cálida por naturaleza, y que buscan ayudar solo porque son así, y no porque quieran algo a cambio. Y son muy protectores, nos consideran familia. Me sentí muy cuidada de entrada”.
Calidad de vida en Koh Phi Phi: “No me tengo que andar cuidando como mujer si está oscuro”
La comida primero costó, hasta que Lucila aprendió a amar el picante. Lo más difícil fue el idioma, con su alfabeto diferente y su énfasis en lo tonal: hasta el día de hoy, hablar thai es una cuenta pendiente. Sin embargo, y a pesar de que los locales no hablan un bien inglés, en el día a día, Lucila descubrió que el ser humano, cuando quiere, se hace entender a su manera.
La carencia de oferta cultural, en comparación con una ciudad como Buenos Aires, también se hizo sentir, pero la naturaleza siempre compensó: “Las actividades acá tienen que ver con el contacto con la naturaleza, sin tantos estímulos tecnológicos”, enfatiza Lucila, quien en Koh Phi Phi descubrió una pasión que ni sabía que tenía, el buceo, lo que la llevó a transformarse en instructora y a descubrir un mundo bajo agua que hasta el día de hoy la maravilla.
“En cuanto a la calidad de vida, la región en general y Tailandia en particular, es muy seguro. Los hombres para con las mujeres, y la sociedad en general, son muy respetuosos. Tienen una cultura pacífica y respetar lo que es del otro. No hay violencia, como en todas partes, Tailandia tiene su lado b, pero en mi día a día yo no lo experimento. Valoro mucho la libertad con la que me puedo mover, que no hay zonas a las que no pueda ir, que no me tengo que andar cuidando como mujer si está oscuro. Dormimos con la puerta abierta y si dejo las zapatillas afuera al día siguiente van a estar ahí. Asimismo valoro que no haya autos, ni motos, vivir en la selva, inmersa de la naturaleza, dentro de una comunidad que nos cuida como familia, y con un grupo de extranjeros que vivimos acá que también nos elegimos como familia. Es un diez y hace todo más liviano, en especial porque estando lejos hay cosas que cuestan el doble”.

Trabajar y emprender en un lugar remoto: “Cumplimos el sueño”
En sus viajes anteriores, lejos de la abogacía, Lucila trabajó en el camino. En cierto momento de su vida -antes de Tailandia- se quedó un año en Australia e hizo cosas que pensó que nunca haría con un título como el suyo, como trabajar en un café o de niñera. Para ella, todo aquello fue más desafiante que cursar la facultad o trabajar en la Defensoría. Fuera de su zona de confort, cada empleo alternativo significó para ella una apertura de su cabeza, y gracias a ello descubrió que era capaz de hacer cualquier cosa que quisiera, que la carrera no la limitaba: “que es un poco la historia que traía. Viajando uno se tiene que arremangar, es como una segunda carrera donde uno se enriquece sin límites”.

Con su pareja, ya en Phi Phi, Lucila comenzó trabajando como guía de tours. Con el tiempo, comenzaron a soñar con poner su propia agencia, Phi Phi Latino, un proyecto truncado por la pandemia, tiempos en los cuales a ella le ofrecieron manejar un estudio de yoga en Bali, algo que jamás había hecho en su vida.
“Cuando el turismo se regularizó volvimos, cumplimos el sueño y abrimos la agencia, la única de tours en español, que hace tours por las playas, de snorkel y también ofrece buceo. Empezamos a pulmón con un barco y ahora somos un equipo de argentinos, españoles y uruguayos más nuestro equipo local de capitanes, ya con varios barcos y proyectos de expansión”, cuenta con una sonrisa.

Un duelo, un nuevo desafío y grandes aprendizajes: “Se puede resignificar un sueño”
Hoy, con 37 años, Lucila observa su recorrido de vida con orgullo, un camino en el que reconoce grandes aprendizajes pero donde acepta que vivir tan lejos trae a su vez grandes dificultades, en especial cuando se debe atravesar por momentos dolorosos, como terminar una relación de años, aún enamorada.
Lejos quedó la abogada que parecía tener solo un destino. Lucila se animó a vivir en un lugar remoto, a desafiar las calificaciones de ser `una hippie con Osde´ y también tuvo el coraje de apostar por un amor, que fue hermoso en los años que duró y con quien la mujer argentina creó una empresa que sigue siendo una sociedad pero que hoy ella dirige sola en la isla, mientras que su expareja maneja ciertos asuntos desde la distancia.
“Él se fue de la isla y yo quedé al frente”, revela. “Después de un trabajo en equipo muy gratificante y cuando por fin vimos el sueño cumplido, él decidió separarse y fue muy duro para mí, un duelo de dos años que todavía estoy procesando, se trata de un doble duelo, ya que el sueño emprendedor también era de a dos. Fue un desafío tomar las riendas como mujer. Las islas tienen la influencia musulmana y cuesta aceptar a una mujer al mando. Este es un gran aprendizaje, así como entender que la vida no se termina con una separación y que se puede resignificar un sueño”.
“Mientras tanto, Argentina ocupa siempre un lugar importante en mi vida. Hoy no me veo volviendo, ni siento que me duela estar lejos, y me encanta lo que hago, aun así no pienso en Phi Phi como `para siempre´. Para siempre es mucho tiempo. Vuelvo a mi país una vez por año y es muy intenso, entre compartir, reencontrarse y despedirse de manera constante. A mí me pasa que con los años afuera me siento cada vez más argentina. Al principio quería solo tener contacto con gente de otras culturas, y con el paso del tiempo elijo juntarme con argentinos, compartir nuestras tradiciones y nuestro humor. Todo lo que tenga que ver con el país emociona”, dice Lucila conmovida.

“En este tiempo aprendí que la vida puede cambiar una infinidad de veces. Yo me armé y desarmé en varias oportunidades. Aprendí muchas cosas que el Derecho no me dio y que me sirvió para la vida y para mi negocio: que una carrera no te define, que tenemos la familia de sangre pero también la familia que se elige. Pero también aprendí a agradecer todo lo que tengo en Argentina y reconocerme como una privilegiada: si llevo esta vida es por todas las oportunidades que tuve antes. Aprendí que los límites nos los ponemos nosotros, hace diez años no me hubiera imaginado que iba a estar viviendo en Tailandia con un negocio propio. La vida me enseñó a ser resiliente, valiente y paciente, y la lista podría seguir. A equivocarse y volver a empezar. El mundo nos presenta miles de oportunidades, así que estoy muy agradecida de haberme tomado años atrás esa licencia en la Defensoría para dejar de ser ese caballito que va con los ojos tapados y solo mira para adelante para transitar una vida ya programada. Los sueños no tienen límites y se puede volver a empezar una y mil veces”, concluye.
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