Es bahiense, vive en Cali, sobrevivió al terremoto y después pasó ocho horas entre los escombros: “Esto era el fin del mundo”

El bahiense Roque Segre vive en Colombia desde 2012 y estaba en su casa cuando comenzó el sismo de magnitud 7,4 que sacudió al país; junto a su hijo colaboró en el rescate de un edificio colapsado: “La situación es horrible, pero la solidaridad de la gente es increíble”, cuenta

Roque Segre con su familia, el terremoto lo sorprendió al despertarse
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Roque Segre estaba levantándose cuando la tierra empezó a moverse. Primero fue apenas un temblor, de esos que quienes viven en Cali aprenden a reconocer. Pero enseguida entendió que aquello era distinto. El movimiento creció, la casa comenzó a sacudirse y la prioridad dejó de ser entender qué estaba pasando: había que encontrar a los suyos.

“Uno no siente nada, solo busca que todos estén a salvo”, cuenta Roque, bahiense, de 63 años que vive en Cali desde 2012. Este lunes por la mañana les gritó a sus hijos para que salieran al patio. Afuera, mientras el suelo seguía moviéndose, la ciudad comenzaba a enfrentarse a una de las peores tragedias sísmicas de los últimos años.

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El terremoto, de magnitud 7,4, golpeó el lunes gran parte de Colombia y provocó derrumbes, personas atrapadas, daños en viviendas y edificios y una enorme movilización de los equipos de emergencia. Cali fue una de las ciudades más afectadas. Roque, en cambio, tuvo una suerte que muchos otros no tuvieron.

Los restos de algunos edificios del barrio
Los restos de algunos edificios del barrioGentileza Sergio Regre

Vive en una zona alta de Cali y su casa resistió bien el movimiento. “La casa se comportó muy bien, estructuralmente, todo bien”, explica. Apenas tuvieron que lamentar una rotura material. Pero estar a salvo no significó quedar al margen de lo que estaba ocurriendo. Porque el terremoto no terminó cuando dejó de moverse la tierra.

“Esto fue una locura”

Hay algo que todavía le cuesta explicar a Roque: la duración del movimiento.

“Duró más de un minuto y medio”, cuenta. Y en ese tiempo, dice, la sensación fue la de estar frente a algo imposible de controlar: “Esto era el fin del mundo”, resume y la frase adquiere otra dimensión cuando la pronuncia un hombre nacido en Bahía Blanca, una ciudad donde los terremotos no forman parte de la vida cotidiana.

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Roque llegó a Colombia después de haber vivido en España y ya lleva casi 15 años en Cali. En todo ese tiempo había sentido pequeños temblores. Nada parecido a lo que experimentó esta vez.

“Para nosotros, para mí, que soy un bahiense, fue horrible. En la vida se movió nada en Bahía y que me sorprenda algo como esto... fue una locura realmente”, relata.

La primera reacción fue familiar, casi instintiva: ponerse a salvo. La segunda fue mirar alrededor. Y ahí apareció la dimensión real de la tragedia.

Ocho horas entre los escombros: “Fuimos a colaborar a con mi hijo como vecinos”

A las 10 de la mañana, cuando todavía había personas buscando a familiares y los equipos de emergencia intentaban establecer la magnitud de los daños, Roque salió con su hijo y un grupo de amigos hacia uno de los edificios que había colapsado.

No fueron como especialistas en rescate sino como vecinos.

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Roque y su hijo no tienen imágenes suyas entre los escombros. “Quedamos espantados con lo que veíamos y nadie pensaba en tomar fotos. No era el momento ni el lugar”, explica.

Pero la imagen que quedó en su retina es la de cientos de personas trabajando en una misma dirección: alrededor de 500 voluntarios en una media manzana, haciendo lo que podían.

Todos ayudando y siguiendo las directivas del personal especializado
Todos ayudando y siguiendo las directivas del personal especializadoGentileza Roque segre

Roque, su hijo, mujeres, jóvenes y personas mayores formaban parte de una cadena humana que iba pasando baldes con escombros desde la mole derrumbada hasta la calle, donde los restos se acumulaban a lo largo de toda la cuadra.

“Yo, como persona mayor, mujeres, jóvenes y adolescentes, además de todas las personas que quisieron sumarse, estábamos en una cadena”, cuenta. Mientras ellos removían y trasladaban los restos de escombros, otros repartían agua, comida, guantes y gafas.

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“Arriba, los bomberos y los grupos de rescate marcaban cada movimiento. Cuando llegaron los perros de la Cruz Roja, todos debieron detenerse: había que guardar silencio para que pudieran buscar entre los escombros”, relató.

“Después cada uno de los bomberos o de los hombres de rescate fueron los que indicaron las operaciones a seguir por las personas voluntarias que estábamos arriba removiendo escombros”, dice.

Roque no se atribuye ninguna hazaña. Sabe que no podía hacer más que eso: estar, ayudar, obedecer las indicaciones y seguir pasando baldes.

“Ojalá tuviera un helicóptero para levantar los escombros o lo que fuera, pero realmente no se puede”, se lamenta. Y quizá ahí esté justamente el sentido de aquella jornada: cientos de desconocidos haciendo, durante horas, lo poco o mucho que estaba a su alcance mientras, debajo de toneladas de concreto, todavía podía haber alguien esperando ser encontrado.

“Fuimos a colaborar con mi hijo a un edificio que se cayó y con unos amigos también, a mover escombros, a hacer lo que se pudiera hacer y nos quedamos hasta las seis de la tarde. Ocho horas”, relata, para definir: “Realmente, una catástrofe”.

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Se acercaron con su hijo para ayudar en los edificios que se derrumbaron, donde se armaron grupos de ayuda
Se acercaron con su hijo para ayudar en los edificios que se derrumbaron, donde se armaron grupos de ayudaGentileza Sergio Regre

La escena que encontró lejos de su casa contrastaba brutalmente con la tranquilidad relativa de su propio hogar. Allí donde su familia había podido salir al patio y comprobar que la estructura estaba en pie, otras personas buscaban entre toneladas de concreto y hierros retorcidos.

Cali está acostumbrada a los movimientos sísmicos y cuenta con normas de construcción antisísmica. Pero un terremoto de esta magnitud puso a prueba incluso esas estructuras. Los daños se concentraron en distintos puntos de la ciudad y otras localidades colombianas también sufrieron derrumbes y graves afectaciones.

“Acá es todo antisísmico, pero algunos edificios han fallado”, explica.

De Bahía Blanca a una finca de palta en Cali

Roque llegó a Colombia en 2012 junto a su mujer, después de haber pasado un tiempo en España. Su vida fue cambiando con los años. Dejó atrás la ingeniería civil y hoy se dedica a una actividad completamente diferente: tiene una finca de palta junto con unos socios. Tiene 63 años y lo dice con una mezcla de humor y serenidad: “A disfrutar de la vida”.

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En Cali construyó su familia y su cotidianeidad. Está Daniela, su mujer; Luca, su hijo mayor, de 20 años, que estudia en Madrid y está de visita; y Tomás, de 12, “la alegría de la casa”.

Ellos fueron el primer pensamiento cuando empezó a temblar. Después vinieron los demás.

Al día siguiente del terremoto, Cali amaneció herida. La emergencia sigue activa, continuaban las tareas de búsqueda y rescate y el balance de víctimas y daños todavía era provisorio. La magnitud de la tragedia obligaba a revisar edificios, evacuar estructuras comprometidas y asistir a cientos de personas.

Roque describe la ciudad con una imagen contundente: “La ciudad anda partida por pequeños lugares”.

Pero inmediatamente agrega algo que, para él, termina siendo tan importante como los daños materiales. “La solidaridad de la gente es increíble”.

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Él mismo forma parte de esa solidaridad. Después de comprobar que su familia estaba bien y que su casa había resistido, pudo haberse quedado allí. En cambio, eligió salir.

Durante ocho horas estuvo junto a su hijo y sus amigos tratando de hacer lo que estuviera a su alcance. Mover escombros, ayudar. No sabe si lo que hicieron alcanzó. Probablemente no haya manera de medirlo.

Los restos de algunos edificios del barrio
Los restos de algunos edificios del barrioGentileza Sergio Regre

Pero en una ciudad atravesada por el miedo, donde todavía se buscaba a personas atrapadas y muchas familias habían perdido sus casas, Roque encontró una manera de responder al terremoto.

Había llegado a Cali hacía casi 15 años. Nunca imaginó que algún día tendría que explicarle a alguien cómo se siente cuando la tierra parece no querer detenerse.

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