
Esta película ya la vi
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Estaba en un complejo de cines esperando a un amigo en un café y miraba las seis opciones que anunciaba la cartelera luminosa. Una película narraba la vida de un compositor de música popular bisexual y según las malas lenguas muy promiscuo; otra trataba sobre un matrimonio de asesinos a sueldo; la tercera, sobre incesto entre hermanos; la cuarta era una combinación de comedia y tragedia sobre infidelidades varias; la quinta prometía una visión humanizada de Hitler y la sexta nos contaba el intento de redención de un corruptor de menores. Pensé en algunos amigos moralistas y perpetuamente escandalizados por "la cloaca inmunda" en la que nos revolcamos los seres humanos. Pensé en ellos y, como son más o menos contemporáneos del geronte que escribe estas líneas (es decir que están entre los cincuenta y la eternidad), recordé la cantidad de veces que escuché su amargo llanto en forma de monólogo acerca de la asquerosa cualidad del arte, el espectáculo y el entretenimiento de contribuir al empobrecimiento y deterioro del medio ambiente cultural; siempre concluían con una nostálgica evocación del pasado, siempre mejor, justificando excesos que parecían ingenuos y sutiles en comparación con estas porquerías.
Como soy cinéfilo empedernido, debo confesar que ya había visto las seis películas de Cineplex y había comprobado que la vida del compositor bisexual era nada menos que la del genial Cole Porter; que la elegancia, el brillo, el buen gusto, y un elenco excelente con un delicioso Kevin Kline a la cabeza hacían de este film un verdadero placer; que los asesinos a sueldo eran Brad Pitt y Angelina Jolie en un entretenimiento superficial y pochoclero, pero con un nivel aceptable de buen humor y agilidad; que la que trataba sobre incesto era una inteligente incursión en un tabú dirigido con suprema elegancia por una excelente directora argentina, Albertina Carri, y con un trabajo para el recuerdo de Cristina Banegas; que la visión humanizada de Hitler era un excelente film dirigido y actuado como los dioses y que de ninguna manera era favorable al nazismo sino todo lo contrario, pues al mostrar a Hitler como un ser humano, y no como un monstruo demente, lo hacía más responsable aún por los horrores que su política esparció por el siglo XX; que la combinación comedia-tragedia era una nueva jugarreta del genial Woody Allen, con su inteligencia habitual, y que el retrato del atormentado corruptor de menores era un acercamiento magistral al infierno de las debilidades y bajezas humanas con un Kevin Bacon en un trabajo fuera de serie.
Entonces recordé a algunos de mis amigos escandalizados por la larga escena de amor de Los amantes, de Louis Malle, allá por el año 59; por el supuesto perdón al colaboracionismo francés en Hiroshima mon amour, también en el 59; por la extrema crudeza de la violación y el posterior asesinato del personaje de Annie Girardot en Rocco y sus hermanos, del gran Luchino Visconti, en 1960; por las orgías y los travestis de esa biblia profana que fue y es La dolce vita, del genial Fellini, en 1961, y por la sexualidad irrefrenable de Brigitte Bardot en Y Dios creó a la mujer (ironías de la vida: la otrora escandalosa hoy es una vieja arrugada y resentida, defensora acérrima, desde la extrema derecha impresentable, de los "valores morales de la Francia eterna"). La pobre Marilyn Monroe, apedreada por su calendario, que hoy no decoraría ningún taller mecánico sino que más bien sería una adecuada propaganda para alguna crema de belleza, debe estar muerta de risa entre las nubes, viendo cómo la historia se repite.
La manteca de la famosa escena de Ultimo tango en París, con un Marlon Brando en la plenitud de su talento en un film que hablaba mucho más de la angustia que del sexo, se ha derretido por otros calores más lanzados y audaces.
La historia no se detiene. En los treinta fue Mae West o el Ratón Mickey; en los cuarenta, la pecadora Gilda contra Bambi; en los cincuenta, las tetonas italianas (¡Vivan Sophia y Gina!) contra Doris Day; en los sesenta, Fellini y la nouvelle vague contra el Topo Gigio; en los setenta, Barbarella versus Superman; en los ochenta y noventa, Disney reciclado contra Almodóvar, y hoy sigue la lucha entre la audacia y el recato. Pero hoy como ayer sólo importa... el talento.




