
Greenpeace 30 años
En las últimas tres décadas, esta organización civil que congrega a tres millones de voluntarios ha patrullado este gordo planeta con un compromiso de acero
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Greenpeace nació en el mar, en 1971. Entonces eraun comité denominado No Hagan Olas, y estaba formado por doce pacifistas dispuestos a impedir que el gobierno de los Estados Unidos realizara experimentos nucleares en el archipiélago de Amchitka, Alaska. Habían analizado las consecuencias en detalle y sabían perfectamente que, de realizarse, además de una contaminación irreversible, los estallidos provocarían un maremoto y la más perjudicada sería una colonia de aves marinas ubicada a pocos kilómetros de allí. Decidieron actuar antes de que fuera demasiado tarde. Vendieron remeras y con el dinero recaudado alquilaron un viejo barco pesquero, al que bautizaron Greenpeace, en honor al espíritu del flamante movimiento: Queremos paz, y queremos que sea verde. Aquello tenía toda la apariencia de una gesta romántica, pero sin duda era mucho más que eso. Los doce pensaban detener en persona las pruebas, con la única estrategia de instalarse en medio del océano hasta lograr que el enemigo se diera por vencido. La bomba explotó de todos modos, pero dos días después de lo previsto. En ese lapso, hubo tiempo suficiente para que dos periodistas a bordo del barco transmitieran cada minuto del viaje, y alertaran así a decenas de miles de manifestantes canadienses que bloquearon durante días las fronteras con los Estados Unidos, hasta que este país se vio obligado a renunciar a otros experimentos nucleares en la zona, que luego fue declarada reserva ornitológica.
A partir de ese año, diversos grupos independientes tomaron el nombre de Greenpeace en Estados Unidos, Nueva Zelanda y Australia. Hasta que en 1973 apareció un ex empresario de la construcción, fanático por la náutica, que denunció la decisión del gobierno francés de acotar 400 millas de aguas internacionales alrededor del atolón de Mururoa, en el Pacífico, para seguir con los ensayos nucleares. David McTaggart llegó con su velero al puerto de Auckland y allí se alió con un pequeño grupo de activistas locales para repetir la hazaña de Alaska. Fue entonces cuando este hombre tomó la iniciativa de articular todos esos movimientos dispersos en una única organización que actuara con una misma política, cosa que no le tomó demasiado tiempo. En menos de cinco años abrió oficinas en el Reino Unido, Francia y Holanda y, en la década del noventa, con la apertura democrática en Europa del Este, comenzaron a incorporarse aquellas naciones donde las dictaduras habían proscripto a los protectores de todo tipo de rarezas humanas y naturales.
Durante los últimos 30 años Greenpeace ha patrullado este gordo planeta con un compromiso de acero y una coherencia poco común para una organización civil que congrega nada menos que a 3.000.000 de voluntades. Y ha obtenido algo más que poner en evidencia el deterioro del planeta. Casi podría decirse que su labor contribuyó, en parte, a convertir al movimiento ecologista en la última fuerza ideológica del siglo XX con una gravitación poderosa en el consciente colectivo. Al menos, desde un punto de vista, su presencia estimuló el pensamiento crítico de la sociedad hacia esa ideología del progreso tan bien sintetizada en aquel viejo lema acuñado por los hombres de negocios de la centuria pasada: Donde hay suciedad, hay oro (léase, donde hay contaminación, hay dinero). En este contexto, es justo mencionar que hasta su irrupción en el escenario internacional, pocas personas sabían que los gases contaminantes ya habían perforado la capa de ozono, que se arrojaron residuos tóxicos al mar y se cazaron ballenas en forma indiscriminada, y que todo eso ocurrió a espaldas del mundo y con la venia de muchos gobiernos.
Greenpeace se mantiene con el aporte voluntario de sus socios, y sus directivos sostienen que esta regla les ha otorgado la independencia económica necesaria para denunciar estos abusos. Por eso, la sola mención de su nombre pone los pelos de punta a las grandes corporaciones y a los representantes de los Estados que colaboran en forma sostenida en la degradación del medio ambiente.
Sin embargo, algunos escépticos siguen viéndolos como un puñado de fanáticos y apocalípticos. Lo que no hace mella en las prioridades de Greenpeace, que siguen siendo modificar políticas globales contrarias a la conservación con la misma táctica empleada en Alaska y que, según su propio criterio, han sido efectivas en el corto y largo plazo. Y a decir verdad, son bastante conmovedores esos sujetos en traje de plástico capaces de introducir sus cuerpos en un río contaminado para demostrar el grado de su hediondez. O esos audaces que a bordo de un diminuto gomón persiguen a los balleneros noruegos y japoneses en la bravura del Atlántico Sur. La desobediencia civil es, por lo general, el último recurso, la consecuencia del fracaso de una conversación, o un camino para retomarla. Pero el diálogo con las autoridades es la parte más delicada. Es un trabajo silencioso y menos mediático, y fundamental a la hora de explicar con argumentos científicos la conveniencia de optar por caminos alternativos que no destruyan la naturaleza.
"Greenpeace trabaja sobre temas ambientales que necesitan un cambio ya -explica Martín Prieto, director de la filial argentina-. Somos una organización tan flexible como para sentarnos a negociar con una empresa para encontrar una solución a un conflicto ambiental, y como para confrontar por medio de la acción directa y la desobediencia civil, si fuera necesario. Por ejemplo, las negociaciones con la cancillería argentina sobre la posición que van a adoptar acerca del santuario ballenero en el Sur llevan ya dos años y medio. Al principio denunciamos que el entonces canciller Di Tella se oponía, y sacamos un aviso en el diario. A partir de ese momento logramos que fueran flexibilizándose y pasaran de la negativa a la indiferencia, y de la indiferencia al apoyo encendido, porque la actitud que tuvo el gobierno hace dos meses en la reunión de la Comisión Ballenera Internacional, en Londres, fue quizá la más conservacionista que se haya visto jamás. Entonces la desobediencia sirve para mostrar la contradicción de este modelo de consumo, es una vía no violenta que fuerza el debate público. Esa es nuestra misión como organización no gubernamental: introducir en la agenda pública esos temas que ni los gobiernos ni las empresas tienen interés en discutir. El asunto es, ¿cómo lo hacemos?, ¿cómo forzamos a los políticos y a la sociedad para que debatan? Por ejemplo, a principios de 2000 demostramos cómo los japoneses siguen cazando ballenas, y esas imágenes fueron obtenidas en un lugar a donde llegar suponía diez horas de vuelo desde algún aeropuerto de Sudáfrica. Precisamente cazan ahí donde existe una moratoria y una prohibición internacional, y donde no hay nadie que ejerza el poder de policía. Ahí se sienten impunes porque lo hacen a espaldas de la humanidad entera. Una vez que lo demostramos se produjo la indignación colectiva. Eso es la acción directa: mostrar lo que se hace en el patio trasero, lo que no quieren que veamos porque saben que no deben hacerlo."
En 1982, la Comisión Ballenera Internacional adoptó la moratoria que prohíbe la caza comercial de estos magníficos cetáceos. En 1991 consiguieron que los países del Tratado Antártico firmaran un protocolo de protección ambiental prohibiendo la explotación mineral y petrolífera en la Antártida y mares vecinos, que Greenpeace además patrulla con sus barcos de manera sorpresiva cada año. Y después de 25 años de lucha permanente, en 1996, las cinco potencias nucleares oficialmente reconocidas firmaron ante las Naciones Unidas el Tratado de Prohibición Total de las Pruebas Nucleares (CTBT). Todo esto ha sido fruto de un esfuerzo sostenido, pero Greenpeace también ha pagado costos altísimos por ello. Durante una expedición contra las actividades nucleares, en 1985, el servicio secreto de Francia colocó dos bombas en el Rainbow Warrior, el barco que había atracado en puerto luego de una expedición, y un militante portugués murió. Hace pocos años, mientras un activista inglés de 30 años trataba de proteger a una ballena de la muerte, un barco de la armada noruega le pasó por encima y le partió en dos la cadera.
Todas las acciones de Greenpeace están preconcebidas y entrenadas, pero exigen un riesgo. En el afán de dar testimonio suelen caer en sitios complicados de acceder, como el mar. Nada los detiene. Los directivos de las 27 filiales desparramadas por el mundo se reúnen cada año para discutir el programa de cada una de estas campañas, que se trazan según las urgencias ambientales previamente evaluadas por un equipo de analistas políticos, ambientalistas y científicos que siguen de cerca los temas para saber dónde es necesario producir un cambio que repercuta en todo el planeta, tal es su objetivo tras constituirse en asociación internacional.
"De poco serviría combatir la contaminación tóxica en la Argentina si como resultado de una victoria provocamos la mudanza de estas empresas a Brasil o a Chile, sería absurdo -afirma Martín Prieto-. Esa misma campaña se realiza en Inglaterra, Estados Unidos, India y Filipinas, por ejemplo, para demostrarles a las corporaciones globalizadas que en ningún lugar vamos a permitir una conducta ambiental inaceptable. No importa cuál es la fortaleza de las instituciones del país en cuestión, porque sucede que los más desarrollados se dan el lujo de tener reglas ambientales más estrictas, que en definitiva lo que consiguen es que las industrias sucias o las prácticas contaminantes se radiquen en países con instituciones más débiles o necesidades insatisfechas en todos los niveles. No vamos a bajar los brazos hasta revertir esto, y todas las medidas que no sean justas para el medio ambiente."
Greenpeace Argentina
Campañas locales
De 1989 a esta parte, la filial local de la organización ha realizado un cúmulo de acciones que han ayudado, por un lado, en la toma de conciencia de la población; por el otro, se pudieron frenar algunas medidas que hubiesen terminado por afectar seriamente la calidad de vida o el medio ambiente
1989
- En conjunto con organizaciones ecologistas de Chubut impidieron que se creara en Gastre un basurero nuclear.
1991
- Impide la construcción de una planta en Río Negro que convertiría residuos cloacales provenientes de Estados Unidos en fertilizantes agrícolas.
1993
- Logra que el gobierno nacional prohíba la importación y venta de Parathión en la Argentina, un pesticida mortalmente tóxico.
1994
- Greenpeace impulsa una propuesta ambiental para la nueva Constitución Nacional. En aquélla se prohíbe importar residuos tóxicos y radioactivos al país y le da entidad constitucional al derecho de los ciudadanos a vivir en un ambiente digno.
1997
- Whirlpool decide comenzar a fabricar heladeras en la Argentina con tecnología que no afecte la capa de ozono.
1998
- Dos fabricantes de juguetes, Babelito y Artaby, eliminan en la Argentina el PVC de los juguetes, denunciados por su toxicidad.
1999
- Luego de tres años de campaña, se firma el decreto de reglamentación de la ley de energía eólica en la Argentina.
2001
- Varias empresas en la Argentina comunican que sus productos ya no cuentan con organismos transgénicos: So Natural, Sojanat, Baggio, Ades, Bell´s, Cepita plus, Sol de Acuario, Arcor, entre otras.
2001
- Se frena el intento de convertir los bosques fueguinos de la Argentina en sumideros de carbono, cuando Greenpeace denuncia los planes de una entidad alemana llamada Prima Klima.
2001
- La Comisión Nacional de Energía Atómica de la Argentina evalúa, entre otras alternativas, la propuesta de Greenpeace para evitar que se construya en Despeñaderos, Córdoba, una planta de dióxido de uranio.






