Inexperiencia

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28 de noviembre de 2004  

Había una vez en Viena un renombrado maestro de música, ya anciano, que aceptaba muy pocos estudiantes. En una ocasión, un joven de catorce años, considerado por todo Berlín como un prodigioso violinista, hizo la obligada peregrinación a Viena confiando en poder estudiar con el maestro. Durante la audición, ejecutó el instrumento a la perfección. Cuando llegó el momento de decidir, el anciano dijo: "No lo aceptaré como alumno". "Maestro, ¿por qué –preguntaron sus discípulos allí presentes–, si es el más talentoso violinista que jamás escuchamos?" "Es posible –respondió el profesor–, pero le falta algo sin lo que no se logra un real desarrollo. A este joven le falta inexperiencia." El maestro había advertido que el joven carecía de una posesión preciosa, la misma de la que estamos despojando a nuestros estudiantes actuales, como lo señala Mark Edmundson en su reciente libro ¿Por qué leer?, donde relata la anécdota.

 Ya no se concibe a los jóvenes como personas que atraviesan una etapa de sus vidas durante la que van recogiendo conocimientos y experiencias. Hoy constituyen un grupo cerrado, atrapados en la prisión socialmente consagrada de su juventud y de su yo. Somos responsables de que ocupen esa cárcel cuando justificamos su sordera y estimulamos su aislamiento, reconociéndoles una experiencia de la que, como es obvio, carecen. "Los jóvenes ya lo saben todo", nos engañamos.

Por eso hemos dejado de lado la ambiciosa y difícil misión de orientarlos a pensar por sí mismos. ¿A quién se le puede ocurrir hoy pretender guiar a jóvenes que ya "son" ellos mismos? Los alumnos se han transformado en "los jóvenes" y la escuela ha sido impulsada a evitar cometer el ultraje que supone pensar que carecen de experiencia. En realidad, a la familia y a la escuela les está quedando como única misión legítima la de eliminar todos los obstáculos que les impidan ser lo que ya son, de manera aparentemente tan acabada y perfecta.

Carentes de inexperiencia, como el violinista berlinés, los jóvenes no tienen nada por aprender, convencimiento ante el que se estrella esa atrevida pretensión senil de enseñar en la que, cada vez con menor entusiasmo, incurren padres y profesores.

Al no asumir con la mayor responsabilidad posible la tarea que representa proporcionar dirección y guía a las personas durante su juventud, terminamos abandonándolas a su suerte. Una enseñanza digna de ese nombre parte del reconocimiento de esta dependencia real de la etapa juvenil. Sólo cuando la adviertan, la familia y la institución escolar podrán proteger el desarrollo de las disposiciones naturalmente presentes en cada persona, sostenerlas y favorecerlas.

Por el contrario, se nos insta a rehusar asumir el papel de los adultos que somos frente a quienes aún no lo son, y esa prohibición formal de ayudarlos a conformarse como personas se ha convertido en política.

Del mismo modo que el sagaz anciano percibió que la falta de inexperiencia que demostraba su aspirante a discípulo le impediría desarrollarse, deberíamos advertir que, ocultos tras esa pretendida suficiencia que alabamos, los jóvenes, conscientemente o no, nos reclaman que asumamos nuestros deberes para con ellos. Les estamos hurtando la posesión más preciosa con que cuentan para emprender su educación: el conocimiento de la propia ignorancia.

Devolvamos a los jóvenes la percepción de su inexperiencia porque, a pesar de todo, ellos intuyen que por nuestro desinterés sufrirán la amputación de sus aspiraciones más profundas.

Por Guillermo Jaim Etcheverry

El autor es educador y ensayista

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