
Juan Leyrado Todos somos Cyrano
A una de sus fans se le ocurrió la idea. A él le encantó calzarse la nariz larga para rotagonizar la obra de Rostand, y se comprometió a hacerlo. En el medio, surgió un inconveniente: el tremendo éxito de Gasoleros. Pero Leyrado fue constante y, sobre todo, fiel a su palabra
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Años atrás, revisando los estantes de la librería Espartaco de la calle Rodríguez Peña, Roxana Boyer tropezó con un ejemplar amarillento de Cyrano de Bergerac editado a principios de 1900. Le bastó ver el grabado de la tapa para imaginárselo a Juan Leyrado detrás de la nariz protuberante y recitando esos versos conmovedores, que tanto tienen que ver con él. De tocarle en suerte algún día, pensó, haría un gran papel. Pagó apurada la cuenta, guardó el regalo en la cartera y fue derecho a contarle del hallazgo a su amiga Laura. Envuelto en celofán y con una tarjeta de buenas intenciones se lo enviaron al trabajo el día de su cumpleaños. "Qué cosa... es la obra que siempre soñé hacer", les confesó él después, sin disimular la emoción. Al cabo de unos meses, un director de teatro residente en París aterrizó en Buenos Aires para proponerle a Leyrado una nueva versión de la obra escrita por Edmond Rostand a fines del siglo XIX. Pero el entusiasmo duró segundos. Eran los comienzos de Gasoleros y las jornadas de casi catorce horas de grabación eran incompatibles con cualquier otro proyecto, por mucho que lo deseara. Sin más remedio, rechazó la oferta, al menos hasta el año 2000, y aún sabiendo que para entonces las cosas podrían cambiar rotundamente en su vida profesional.
O no tanto. Finalizada la etapa más febril de su carrera, salvo ciertas comodidades que incorporó a su patrimonio material -léase una lancha para navegar el Delta y un departamento dúplex cerca de la placita Guadalupe, en el barrio de Palermo- es el mismo tipo de siempre.
Y ahora, una nariz de seis centímetros de látex color piel y forma de embutido está a punto de cumplir el sueño de Juan Leyrado, y el de Roxana Boyer y su amiga Laura, las incondicionales del club de fans que apostaron a su talento mucho antes de toparse en la librería con uno de los personajes más emblemáticos del teatro clásico.
-Hace dos años jugaba con la idea del año 2000. Era una sensación rara, parecía que faltaba una eternidad. Pero me emocionó el ímpetu del director, su necesidad, sus ganas y su espera, porque dijo que me esperaría hasta el año 2000 para hacer conmigo esta obra -dice. Si en algo Cyrano y él se parecen es en eso de actuar de acuerdo con los principios y no sólo para buscar el éxito.
-Tenía otras ofertas, y venía de una etapa muy ardua. Ahora este proyecto implica todas las noches salir de mi lugar, dejar de hacer cosas y disfrutar de otras que he logrado tener: amigos, una casa que me gusta, estar bien con mis hijos, mis libros, mi escritorio. Pero casi todos los actores deseamos hacer Cyrano en algún momento. Por eso mismo que mantiene en vigencia a los clásicos, porque responden a las cosas eternas de los seres humanos, la soledad, el desencuentro, el rechazo, la atracción... ¿Quién no se ha sentido Cyrano alguna vez? Yo mismo soy una persona muy libre, pero estoy atado todavía a preconceptos culturales a los que podría definir como... una nariz larga. Nuestra cultura no se ha basado en la belleza interior de las personas. Soy de esa generación convencida de que lo que teníamos que modificar era la mirada de la sociedad. Lo que quiero contar desde este personaje es que en realidad el problema no está en la nariz, sino en la importancia que se le da a ella. El problema es querer ser lo que uno no es para estar bien con los demás.
Cyrano de Bergerac, entonces. Emblema de los valores espirituales por sobre las limitaciones del cuerpo, preso de una nariz deforme. Juan Carlos Leyrado, voz rotunda como declamando todo el tiempo, parado frente al espejo, aplastándose los rulos con una media en la cabeza y preguntándose por qué no tuvo el pelo lacio...
Nació en Barracas, en una casa a la que vio desmoronarse una tarde, justo cuando fue a buscar su pasado por el barrio y sólo encontró los restos de la pared de su cuarto empapelado con flores azules, donde alguna vez había clavado pósters de los Beatles sobre el lugar donde apoyaba su almohada.
-Siempre me pregunto: ¿habré nacido ahí? Porque están las esquinas de mi casa, pero en la manzana donde nací levantaron una autopista. ¿Viste esa que sube en Constitución por calle Olavarría y se va para el sur? Mi casa era la más linda de la manzana. Ahora es nada. Viví hasta los 16 años ahí, y todavía están los costados, los negocios, menos la casa. Cuando una vez pasé y estaba la pared de mi cuarto a la vista de todo el mundo, habían demolido la mitad de la casa. Tuve una sensación de exposición que hasta me dio pudor... Yo soy así, de una generación muy melancólica que sufría por todo, por lo que nos hacían los milicos, cuando escuchábamos música, cuando estudiábamos teatro... Porque, ¿qué era ser un buen actor en esos años? Terminar una escena y quedarse con el sufrimiento... -dice, y se toma los hombros con gesto exuberante y abrazos largos.
En ese debajo de autopista que construye en su imaginación había un patio con malvones y geranios, estaba Angela, su madre, y su padre, un marinero que le tenía miedo al mar "porque no sabía nadar", y que cambió de profesión tras dar varias vueltas al mundo. Eduardo, el hermano cuatro años mayor. Y él, bajo una melena ensortijada y oscura leyendo historietas mexicanas, inventándose juegos, pues jugar, asegura, es lo único que se ha tomando seriamente a lo largo de su existencia.
-Yo de chico jugaba a tener muchas profesiones, todos los días una distinta. No tenía antecedentes familiares de artistas, salvo mi abuelo violinista y mi imaginación. Cuando me di cuenta de que debía definirme, yo que tenía tantas cosas en la cabeza, pensé que lo mejor era buscar un oficio que me permitiera seguir viviendo así, jugando, porque el juego es la base de la vida... Desdoblarse, interpretar. Mis padres se mudaron a una casa afuera de la ciudad y yo fui a vivir con mi abuela a los 16 años.
"Teatro", contestó a sus bondadosos padres cuando le preguntaron tímidamente cómo se ganaría la vida. Ellos esperaban una respuesta más normal. Sí, pero, ¿qué vas a estudiar? ¿Teatro? "Era inexplicable. De chico nunca había visto uno, ni como espectador. Pero le alcanzó con visitar una tarde a la salida del colegio a un grupo de actores amigos en el Club Almagro para subir al escenario, decidido a probar. Y arriba, el juego adquirió sentido. Especialmente desde que avistó -años después y mientras ensayaba Por fin un varoncito- a la estudiante de psicología que lo animaría a ahondar en el oficio contra todas las inclemencias familiares. Con María Lozano cuentan casi 30 años juntos, y tres hijos. "Fui un estudiante crónico de teatro. Y fue la mejor etapa, porque encontré pares. Ya no me sentía tan raro porque hasta ese momento el mundo exterior imponía una forma de ser que no se llevaba con mis intereses. Como papá trabajaba en una fábrica de repuestos para autos, entré de cadete, y me encantaban los cajoncitos del taller mecánico, pero decidí que para mantenerme y estudiar me convenía trabajar en una empresa de empleos temporarios, donde el dueño también era estudiante de teatro. ¿Cómo di con él? Generalmente, cuando uno se obedece a sí mismo los caminos siempre conducen a Roma. Si realmente quiere uno ir a Roma...
De modo que llegaría a Roma. A los 19 años consiguió sus primeros papeles secundarios (soldado quin- to, amigo cuarto) en Madre Coraje, de Bertold Brecht, pero la fatalidad lo obligó a suspender y debutar en el después tristemente célebre Regimiento de Infantería 3 de La Tablada tocando el tambor, porque en la colimba juró saber tocar el tambor con tal de no tocar un fusil. La mentira, descubierta, lo condenó a dormir una semana en los baños.
"En la agencia de colocación, mi primer cargo fue de diagramador, en reemplazo de un tipo que se iba de vacaciones. Y yo había hecho un convenio con mi jefe; le dije que no tuviera miedo, que yo sabía dibujar e iba a interpretar bien el papel. Y diagramaba, aprendía y duraba veinte días. El trabajo más lindo fue en la farmacia de Florida y Tucumán. Todavía existe. Allí empecé en el mostrador y terminé preparando, con el químico, pastillas para adelgazar, hablaba con los médicos, porque ya recetaba, de tan en serio que lo había tomado. Después me tocó hacer de cafetero en una empresa muy importante, y mi jefe dijo: ¿Vos vas a servir café? ¿Y por qué no? Y tenía mi cocinita, servía y también me tomé en serio el papel. El primer día estaba el directorio reunido. Me acuerdo que eran como doce personas, yo levanté el pedido, pero cuando salí ya había olvidado todo. Dije, acá tengo dos posibilidades: o llevo todo mal o entro y pido disculpas. Entré. Señores, disculpen, por favor. ¿Qué van a tomar...? Dos cafés, un cortado, muy bien, discúlpenme.... Al tiempo vuelve el cafetero y me llama el director de la empresa: Mire, Leyrado, queremos que se quede. Necesitamos un puesto de relaciones públicas, lo hemos inventado para usted... ¿Ah, sí? ¡Qué bien...! Pero no, no puedo. Pero Leyrado, usted es un muchacho grande, acá tiene un futuro. Sí, me encanta, pero no. Y me fui muy bien. En todos los trabajos pasó lo mismo.
"En laboratorios Pfizer entré como oficinista en la sección de imprenta y un día el encargado de relaciones institucionales me dice: Bueno, su jefe se jubila y usted va a ser el nuevo encargado de diagramación. Nooo, gracias. Es más, me voy. Ya estaba casado y había nacido mi hijo Luciano, yo estudiaba teatro con Agustín Alezzo y María apenas tenía pacientes. El tipo se enojó, se puso en padre, hasta que sacó de un cajón un montón de dibujos. Mirá -me dijo-. Yo pintaba y lo tengo escondido porque acá no puedo hacerlo. Andate, hacés bien, yo te voy a apoyar en todo lo que necesites.
"Tengo un recuerdo muy lindo de él, incluso lo invité a ver varias obras mías. En esa época, yo ensayaba Israfel, de Abelardo Castillo, en el teatro Santa María del Buen Ayre, dirigido por Alezzo. Cuando le conté a Agustín el consejo que este hombre me había dado, él también sugirió que abandonara todo. Pero yo no había heredado campos, necesitaba ganar dinero y empecé a dar clases en la escuela de Alezzo."
Si dieron por desaparecido a Panigassi, se equivocan. Observen 10 minutos a Leyrado y vean cómo al cabo de un rato traza círculos invisibles sobre su abdomen -como hacía Panigassi- en señal de penuria estomacal. O se llena de nostalgia apenas menciona los años 70, y el teatro que lo vio hacerse respetada y conocida figura del selecto circuito del off. Una figura respetada, conocida y sin un peso en el bolsillo y con alquiler e hijo para mantener.
"Cuando estaba en el Payró -yo siempre en teatros oscuros, en sótanos y escenarios iluminados con tachitos colgando del techo-, trabajábamos vestidos de negro y con poca luz, diciendo cosas raras, con ojeras y el pelo largo. Mamá iba a verme con toda la voluntad y nunca decía nada... Pero a mí me encantaba. Un día me vio haciendo una comedia muy mala. Yo sentía vergüenza de hacerla, pero era un teatro conocido. Mamá estaba recontenta", recuerda ahora que doña Angela está tan orgullosa de su muchacho.
Los momentos epifánicos se sucedieron lentos, pero firmes tras las obra Esperando al señor Sloane y Bent. Las críticas fueron sobrecogedoras y comenzaron a inflarle el ego, pero sólo eso. Fue a cobrar un modesto sueldo a la Sociedad Argentina de Actores y se cruzó en un pasillo con Paloma, la estrella Nora Cárpena. "Era la época del proceso y yo todo el tiempo hacía teatro off, alternaba con clases en lo de Alezzo, fueron años muy activos. Para los actores de ese tipo de teatro la televisión no era bien vista. Yo recibía críticas extraordinarias, pero me estaba muriendo de hambre, la verdad. Un día fui a cobrar a la Asociación de Actores la miseria que habían depositado y me cruzo con Nora Cárpena, que protagonizaba Paloma en Canal 9. Pero qué buen actor que sos, te vi en la obra, me gustó muchísimo, me dijo. Y yo: Gracias, gracias. Decime, ¿trabajás en televisión? Nooo, yo nooo, le contesté. Y como es una gran persona y vio que iba a cobrar moneditas, me preguntó: ¿Te da para vivir? Esteee, buenooo... ¿Por qué no venís y vemos si podés hacer algo? Bueno, cómo no. Y me estaba cagando de hambre, pero no aflojaba. Lógicamente fui a verla sin decirle a nadie, tenía miedo de que me vieran. Pero afortunadamente aflojé, gracias a Dios aflojé. Había buena gente en televisión, gente sensible, y dije: vamos, basta de esa cosa militante de los años setenta, no jodamos, somos todos seres humanos. Y enseguida me dieron el papel de almacenero en Paloma. Fue mi primer contrato con continuidad y sueldo pago en la televisión. Por suerte, ese prejucio de mi generación se superó, y menos mal, porque es mentira, la televisión es tan profunda como tantas tras cosas."
Aflojó, pero de almacenero duró unos pocos capítulos, porque Emilio Alfaro lo convocó para viajar a un festival en Israel con La señorita de Tacna, ocupando el papel de Patricio Contreras, que acababa de ser padre. Esta vez el teatro le ofrecía la gran oportunidad de viajar y compartir las tablas con Norma Aleandro, una deidad en el ambiente. No fue un despegue, aunque luego de esa gira su nombre se acomodó holgadamente en la televisión de la década del 80, donde al tiempo que hacía Chéjov en el San Martín obtenía papeles muy disímiles en dramas, comedias, ciclos especiales y hasta en una telenovela con Andrea del Boca. Pero, lo mismo que Cyrano, mientras él esperaba abajo, otros iban a recibir el beso de la gloria.
"Mi primera crítica en televisión fue para otro. Yo hacía bolos en el programa de Tato Bores y una vez Carnaghi se tenía que ir antes. Entonces me propusieron vendarme y hacer como que el personaje de Carnaghi había tenido un accidente. Yo era profesor de expresión corporal, sabía trabajar el cuerpo, y lo imité. Al día siguiente leo en los diarios: muy bueno lo de Carnaghi." En realidad, la crítica no lo maltrató nunca a lo largo de las treinta obras de teatro, más de veinte ciclos televisivos y quince películas que filmó sucesivamente desde 1980, luego del debut en Desde el abismo. A ella le siguieron Camila, Asesinato en el Senado de la Nación, Los chicos de la guerra, Los insomnes, Tacos altos, por mencionar algunas películas filmadas antes de su primer protagónico en televisión y del Martín Fierro por dicho papel.
El club de fans de J.L.
Lo descubrieron en Un tranvía llamado deseo, y no fue su porte de galán lo que las deslumbró, sino su talento actoral. Roxana Boyer y Laura Leyva, las cabezas visibles del grupo de fans que lo siguen a todas partes desde ese día, son maestras y desde que lo admiran se han dedicado a seguir la carerra de Leyrado y a reclutar contingentes de vecinos en el barrio para llenar las funciones donde trabajaba su ídolo. El las identificó cuando en una función desplegaron en el palco un gran cartel que rezaba: Leyrado te amamos. Y Leyrado se quedó helado. El cartel y las chicas permanecieron ahí varias semanas y él soportaba las cargadas del resto del elenco. Claro, lejos de molestarse porque enseguida se hicieron como íntimos.
"Pocas veces el trabajo de un actor llega al punto de conmoverte. Fue de a poco que decidimos ver sus obras, seguirle los pasos. Bueno... somos maestras y la verdad es que somos grandes. Pero bueno, lo admiramos, es un gran actor", dice Roxana Boyer, mientras enseña los biblioratos donde se acumula la trayectoria de Leyrado, con fotos, recortes periodísticos de todas las revistas y diarios habidos y por haber, amén de fechas que ni el mismo Leyrado recuerda.
Ellas están felices desde que ensaya Cyrano...
El verdadero Cyrano
El Cyrano real en el que Edmond Rostand se inspiró a la hora de componer la obra que el actor Coquelin le encargó existió, y en poco se parece al personaje del teatro. Savinien de Cyrano, tal su nombre, nació en Bergerac en 1616 y apenas terminó sus estudios se dedicó a las tabernas, los juegos, las mujeres y las fiestas. Tanto, que su padre le cortó los víveres. Fue herido de guerra, se dedicó a la filosofia y a escribir obras cercanas a la ciencia ficción, porque le encantaba la astronomía. Mujeres estables no se le conoció ninguna. Al contrario, era de carácter difícil y su extraña figura, su nariz y su verborragia lo aislaron de la vida social.
Murió solo y de sífilis, pero como personaje trascendió a todo el resto de la obra de Rostand, que puso dinero de su bolsillo para estrenar Cyrano de Bergerac en el Teatro de la Puerta de San Martín, París, en 1897 y con un éxito absoluto.





