La temporada estival desata una avalancha de posteos felices

Miguel Espeche
Miguel Espeche PARA LA NACION
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7 de febrero de 2020  • 16:23

Nada más lindo que ver una puesta de sol junto a alguien querido, tomando un gin tonic y dejando que surja una sonrisa maravillosa en el rostro. Por eso, y para no ser egoístas y tacaños por no compartir la maravilla, la tendencia es postearlo en Instagram o en la red que sea, para que otros sepan y aprecien que uno está contento y bien acompañado, disfrutando en un lugar de maravillas. Pero no: dicen muchos detractores que eso es mentira, que en realidad las cosas no son tan lindas como parecen y se trata de una realidad "editada". También dicen que no siempre se postea por el deseo de compartir, sino para ostentar y mostrar superioridad ante otros que no pueden vivir una experiencia similar.

Que si "la caretean" aquellos que postean a repetición y muestran mundos coloridos y felices, o si lo que les pasa a los detractores de ese tipo de imágenes es que los habita un resentimiento que no banca el gozo ajeno. de eso queremos reflexionar en estas líneas.

Para los posteos felices, la temporada estival, con los veraneos en lugares paradisíacos y las familias o parejas bronceadas jugando sobre la arena, está mandada a hacer.

Para algunos que no la estén pasando bien por estos días, la percepción de tanto" bienestar" suele favorecer a que ahonden, dolorosamente (y por comparación) en la conciencia de su situación. A veces los gana la envidia ante lo que las redes muestran, otras el rencor, aunque también pueden alegrarse por lo que ven de bueno en la experiencia ajena. En general, en esos casos muchos sienten, mezclado y confusamente, un poco de todo lo antedicho.

Por otro lado, cabe recordar aquella frase de Chesterton que decía que "A algunos hombres los disfraces no los disfrazan, sino los revelan". Las máscaras que nos ponemos no ocultan nuestra realidad, sino que la muestran, pero de otra forma. La intuición suele descifrar la diferencia entre aquellos que quieren "disfrazar" su realidad en las redes, y los que son genuinos en su compartir.

Esa intuición respecto de lo inauténtico ayuda a percibir, por ejemplo, la exageración de quien abruma con selfies editadas, ostenta glamour plástico o muestra riquezas materiales sin algún correlato que vaya más allá del catálogo de objetos o "lugares" comprables. Tal como decía aquel refrán popular: "Dime de lo que presumes y te diré de lo que careces". Inseguridad, afán de pertenencia, refugio en la vivencia de superioridad. todo se ve a través de la naturaleza del disfraz elegido.

También se percibe aquello posteado de manera franca, alegre, generosa, tal como por fortuna son muchas de las imágenes y textos que se ven en las diferentes redes.

A su vez, quien se dedica a denunciar crítica y permanentemente (aun con razón) la ostentación o inautenticidad ajena, en vez de simplemente dejar vivir y dedicarse a lo propio también muestra lo suyo. Cuando uno critica algo en demasía, deberá buscar las semejanzas más que las diferencias con aquello que ataca de manera tan ferviente. Así las cosas, el mundo virtual continúa la vieja tradición respecto de lo que cubre o (des)cubre lo real en nuestra humana forma de relacionarnos. La misma tradición, en diferente escenario, con gigantesca semejanza con lo que se ve desde siempre en plazas de pueblos, círculos sociales diversos y en todos los lugares en donde haya gente viviendo en comunidad. La tecnología es maravillosa, pero lo humano de los humanos sigue vigente. Somos lo que siempre fuimos por más pantallas que haya, y no hay nada nuevo bajo el sol, aun cuando se pretenda editar al astro rey con los mejores filtros de Instagram.

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