
Detrás de sus hermosos colores y aromas se esconde una historia de supervivencia; conocela en esta nota
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Todos sabemos que las flores son hermosas, pero quizás no te des cuenta de lo engañosas que pueden ser. Aproximadamente el 90% de todas las especies de plantas vivas conocidas producen flores, que actúan como sus órganos reproductores. Dentro de los pétalos se encuentran las partes masculinas que producen granos microscópicos llamados polen; estos forman las células sexuales masculinas y deben transferirse a las partes femeninas en un proceso llamado polinización.
Es posible que las plantas se autopolinicen, transfiriendo el polen dentro de la misma flor. Pero la mayoría de las especies transfieren el polen entre diferentes flores, lo que aumenta la diversidad genética.

Algunas flores dispersan su polen mediante el viento, pero muchas dependen de su aspecto, olor y otras adaptaciones notables para que los insectos y los animales pequeños dispersen su polen por ellas. Desde lograr que las abejas se vuelvan adictas a la cafeína hasta oler a carne podrida, estos trucos de la naturaleza permitieron que las flores prosperen desde que aparecieron por primera vez hace unos 150 millones de años.
Cómo las flores tomaron el control
El profesor Bill Baker, biólogo y jefe de investigación sénior en los Jardines Botánicos Reales de Kew, en Reino Unido, declaró al programa de radio Rare Earth de la BBC que “existen unas 350.000 especies de plantas que producen flores”. “Las plantas con flores son el gran éxito evolutivo”, afirma. Estas plantas son relativamente nuevas en nuestro planeta.
Antes de su llegada, “era un mundo muy, muy diferente”, según la doctora Sandra Knapp, botánica y directora de investigación del Museo de Historia Natural de Reino Unido.

Según explica, la Tierra estaba dominada anteriormente por frondosos bosques de especies como helechos tropicales y antiguas plantas parecidas al musgo. “Las plantas con flores cambiaron el mundo de muchas maneras”.
Algunos argumentan que, sin flores, muchas otras especies, incluida la nuestra, no existirían. “Somos una especie que evolucionó originalmente en praderas, y las praderas son un tipo especializado de planta con flores”, explica David George Haskell, escritor y profesor adjunto de ciencias ambientales en la Universidad de Emory en Estados Unidos.
No solo eso, “no había abejas, no había mariposas, no había mamíferos herbívoros antes de que evolucionaran las flores”, afirma. Haskell afirma que, en lugar de ser simplemente manipuladoras, las flores lograron convertir a los insectos, que antes eran una molestia, en socios cooperativos para las plantas. “Al comunicarse con otras criaturas mediante la estética y el aroma, lograron catalizar la evolución de grupos completamente nuevos de animales y, al hacerlo, transformaron la Tierra”.
Impostores
Algunas flores, como las rosas, tienen pétalos muy abiertos que desprenden una gran fragancia. Atraen a una amplia variedad de polinizadores. Otras se dirigen a insectos muy específicos. Algunas orquídeas, por ejemplo, dependen de una especie particular de abeja o avispa y “a menudo de maneras bastante astutas y engañosas”, dice Haskell.

La orquídea mosca desprende un aroma que recuerda a las feromonas de apareamiento de la avispa excavadora hembra. Las avispas macho emergen en primavera y creen que hay un prado lleno de hembras, pero están perdiendo el tiempo.
Cuando intentan aparearse con las imitadoras florales, se les pega un pequeño paquete de polen en la parte posterior de la cabeza, que llevan a la siguiente orquídea que les atrae y, sin darse cuenta, se convierten en sus polinizadores. “Esto funciona muy bien para la orquídea, pero, por supuesto, supone un costo considerable para el insecto implicado”, afirma Haskell.
La Drakaea de Australia tiene el mismo aspecto y olor que una avispa tinida (Thynnidae) hembra. Pero eso no es todo. Cuando una avispa macho intenta aparearse con ella, un mecanismo de palanca la atrapa, la golpea contra la parte de la flor que contiene el polen y luego la libera. Según Haskell, el insecto, presumiblemente algo aturdido y mareado, emprende el vuelo y, sin haber aprendido la lección, aterriza en otra orquídea y deposita el polen.

El aro gigante, comúnmente conocido como la “flor cadáver”, se basa en un tipo de aroma muy diferente. Evolucionó para oler a carne podrida con el fin de atraer a los insectos polinizadores que normalmente se alimentan de animales muertos. Esta planta puede alcanzar hasta 3 metros de altura y su estructura floral está compuesta por numerosas flores individuales más pequeñas. Florece solo una vez cada pocos años durante uno o dos días, ya que requiere mucha energía.
Una asociación perfecta
No todo son malas noticias para los insectos; a menudo, también se benefician. Ciertas flores, como las de algunas plantas de interior y magnolias, pueden actuar como difusores vivientes al calentarse para dispersar su aroma de manera más eficaz, en un proceso conocido como termogénesis floral.
“Están consumiendo energía para calentarse”, dice Haskell, “a veces hasta 10 grados por encima de la temperatura ambiente, a veces hasta 30 grados por encima”. Pero esto también beneficia a los insectos, ya que muchos de ellos pasan las noches frías dentro de estas flores cálidas, por lo que están listos para empezar a revolotear por la mañana, explica.

Otras técnicas parecen más siniestras a primera vista, pero pueden ayudar a los insectos de maneras sorprendentes. Según Haskell, los insectos beben néctar azucarado cuando visitan las flores, y “varias plantas añaden cafeína a su néctar en baja concentración para que las abejas obtengan un pequeño estímulo para la memoria”. Aprenden a asociar estas flores con la recompensa.
“Pero la cafeína también es una forma sutil de control del comportamiento, porque lleva a las abejas a sobrevalorar la calidad del néctar, y se aferrarán, por ejemplo, a una flor de cítricos, incluso cuando a las flores de cítricos no les quede mucho azúcar o polen”, afirma.
Por otro lado, el néctar también contiene sustancias químicas que pueden ayudar a las abejas a deshacerse de los parásitos u hongos que crecen en ellas. “Así pues, las flores, al proporcionar estas sustancias químicas en el néctar, no solo manipulan a sus polinizadores, sino que en algunos casos también los ayudan”, explica Haskell.
Todavía adaptándose

Además de atraer a los polinizadores, las flores son más inteligentes de lo que podríamos pensar en otros aspectos. Los científicos creen que están cambiando su comportamiento reproductivo en respuesta a la disminución de insectos como consecuencia del cambio climático, la agricultura intensiva y los pesticidas.
Según Haskell, estudios realizados en Francia demostraron que, en comparación con hace tan solo unas décadas, los pensamientos silvestres (Viola arvensis) actuales “evolucionaron para tener flores más pequeñas, menos aromáticas, menos atractivas para los insectos y con sus partes florales un poco más juntas para que puedan autopolinizarse”.
Según Knapp, es prácticamente imposible preservar el mundo de las flores que tenemos hoy en día porque evolucionarán a medida que cambien los hábitats. “Las plantas con flores son, sin duda, las grandes sobrevivientes de los ecosistemas terrestres. Las flores de dentro de un millón de años pueden ser muy diferentes a las que vemos ahora, pero seguirán siendo flores”, afirma.



