
Los nuevos colores de la protesta
En tiempos de comunicación visual, los movimientos sociales apelan al naranja, el amarillo o el rosa para que su mensaje llegue a todo el planeta
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Llevó tiempo, pero finalmente el levantamiento del Líbano contra la ocupación siria adoptó un color. Algunos le han dado al movimiento el nombre de Revolución de la Rosa –al igual que la que derrocó en 2003 al presidente de Georgia, Eduard Shevardnadze– porque los manifestantes distribuían rosas rojas entre los soldados. Y en los últimos tiempos, el movimiento libanés ha sido conocido más ampliamente como la Revolución del Cedro, por el árbol verde de la bandera nacional.
Parece que ningún movimiento de cambio es tomado en cuenta si no adopta un color. El movimiento pro democrático que ganó las calles de Ucrania fue conocido como la Revolución Naranja, por el color de su emblema. Cuando los votantes iraquíes sumergieron sus dedos en tinta violeta para certificar así que habían votado, el presidente Bush calificó el gesto de Revolución Púrpura.
En Irán, la revolución es rosa. Hartas de las estrictas leyes del gobierno teocrático, muchas mujeres iraníes se rebelan y rechazan la severidad de las reglas en el vestir. Han empezado a exhibir la potencia de su feminidad por medio de abrigos, pañuelos y bolsos de un intenso color rosa.
Dada la profusión de satélites, teléfonos con cámaras y otros medios de comunicación visual instantánea, tal vez resulta inevitable que los movimientos masivos adopten colores atractivos que transcienden las barreras del lenguaje y hacen que el mensaje sea reconocible en todo el mundo. "Esos miles de personas ucranianas que usaban el color naranja no necesitaron abrir la boca –opina Leatrice Eiseman, directora del Pantone Color Institute–. Todo el mundo sabía qué era lo que defendían."
Karen Beckwith, profesora de ciencias políticas en la Universidad de Ohio y una autoridad en el estudio comparativo de los movimientos políticos, afirma que el color es un arma muy eficaz. "Es un arma muy difícil de combatir –aclara–. Nadie puede obligar a la gente a que se vista con otros colores. Y el Estado no puede saber quiénes son los organizadores de la protesta. Por otro lado, provoca un increíble sentimiento de solidaridad. Uno sabe que no está solo, y ni siquiera tiene necesidad de llevar un cartel o una pancarta. La persona misma es la protesta."
En realidad, la relación del color con el conflicto político es de larga data. En el siglo XV, Inglaterra fue testigo de la Guerra de las Dos Rosas, en la que el blanco representaba a la Casa de Cork y el rojo, a la de Lancaster. El ejército rojo de los bolcheviques luchó contra los rusos blancos, zaristas, durante la guerra civil rusa. Y mejor ni hablar de los camisas pardas de Adolf Hitler.
Entusiasmo contagioso
Pero nunca antes se había asociado tanto color a tanto activismo. "Es una tendencia significativa –asegura Charles Tilly, experto de la Universidad de Columbia–. Si la Revolución Naranja hubiera fracasado, la tendencia no se habría difundido tanto."
El entusiasmo es contagioso. En Kirguistán, los ciudadanos más progresistas, que desean libertad, han elegido el amarillo para la Revolución Limón, porque "es el color que anuncia el cambio… como en los semáforos", según el líder del movimiento juvenil Kel-Kel ("Unete a nosotros"). En una manifestación reciente, Kel-Kel entregó 30 kilos de limones a los manifestantes y a la policía.
No hay reglas acerca de qué color funciona en cada caso. Los anarquistas y los fascistas –que estaban en extremos opuestos del espectro político– eligieron ambos el negro. Sin embargo, los parámetros culturales pueden contribuir a determinar el color de una revolución. En Filipinas, el amarillo es el signo del regreso a la patria, así que el vestido amarillo de Corazón Aquino se hizo sinónimo de la resistencia pacífica que acabó por derrocar a Ferdinand Marcos en 1986.
Los expertos coinciden en que, si se va a adjudicar un color a una revuelta, mejor que sea un matiz audaz y definido. "Le aconsejaría a cualquier revolucionaria que no eligiera un color como el malva–dice John Mincalli, profesor del Instituto de Tecnología de la Moda de Nueva York–. Es demasiado desteñido. No se sabe si es rosa o si es gris. Y también se debe evitar el morado oscuro. Es una combinación de marrón y rojo muy indefinida."
The New York Times / LA NACION
(Traducción: Mirta Rosenberg)
Rosa: defensores iraníes de los derechos de la mujer
Naranja: ucranianos pro Occidente y moldavos
Amarillo: opositores del ex presidente de Kirguistán Askar Akayev
Azul: usado en contra del presidente Alexandr Lukashenko, de Belarús
Verde cedro: independentistas libaneses abtisirios
Violeta: votantes iraquíes en las recientes elecciones
La vieja escuela
Negro: fascistas, anarquistas y otros extremistas
Rojo: bolcheviques, comunistas y otros izquierdistas
Blanco: realistas y otros tradicionalistas
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