
Madres de los noventa
El argumento es siempre el mismo. Cambian los ritos, la tendencia a asumir de un modo más libre el misterio a dos puntas de la maternidad. Pero muchas mujeres jóvenes fluctúan entre el instinto y las exigencias sociales planteadas en el campo laboral.
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Ella se mira el vientre en el espejo, en imitación burda de cualquier publicidad de yogur. Desliza una mano sobre la piel tirante. A veces quiere recuperar rápido su cintura y otras siente que le gustaría estar así mucho tiempo más, llevando un pasajero en trance extraño. Ahora ella, y antes su madre, y antes la madre de su madre, y también la madre de la madre de su madre. Una cadena de vientres de más de un siglo. Allá afuera truenan las luces de los años noventa, estalla Internet, la ciencia avanza a paso redoblado, existen las pastillas anticonceptivas y las mujeres ya no se quedan en casa a preparar sopita para la hora de la cena. Pero toda modernidad fracasa a la hora de ser madre.
Si la vida de las mujeres parece haber cambiado mucho, a la hora de recibirse de madres todo sigue más o menos igual. Si bien hoy hay madres jefas de familia, solas, solteras, adoptivas, lesbianas, sustitutas, madres que trabajan, madres separadas, madres con culpa, sin culpa, madres jóvenes y viejísimas, madres artificialmente inseminadas, madres que trabajan y madres en potencia que postergan su maternidad por su carrera profesional, la pregunta del millón es en qué se diferencian estas madres modelo 90 de las de décadas atrás. La sorpresa es que en nuestro paisito las cosas no han cambiado tanto. -Primero me nació el Inacio, después me nació el Tito. Y ahora estoy de encargue otra vez.
Sandra se saca miguitas del vestido floreado y ceba unos mates a la sombra del alero de chapa en el asentamiento popular de Lanús donde vive, un puñado de casas con olor a tierra y caldo recalentado. Sandra tiene los mofletes y el embarazo a punto de reventar. Veintidós años. Tres hijos. Sin hombre. -Los nenes viven conmigo y mi mamá, el papá de ninguno me ayuda. Si no tienen trabajo, qué me van a ayudar.
Es feliz, dice. El destino le ha marcado un camino en la vida que no le parece mal. La menor de ocho hijos, nunca pensó en pasar por esta vida sin dejar prole. Reproducirse forma parte de lo que hay que hacer. Y ahora o después es más o menos lo mismo.
-En el dispensario no le colocan el DIU, y una no puede comprar pastillas. La verdad que al principio yo no sabía... yo tomaba pastillas cada vez que tenía relaciones. Y así era que me embaracé. Después la doctora del dispensario vino y explicó.
Hay que distinguir dos bandos: las mujeres de clase media con acceso a obra social y anticoncepción; y las de clase baja, que ni sueñan con acceder a alguna de las dos cosas. En las mujeres de clase media la posibilidad de elegir el momento de quedar embarazadas, el mayor acceso a la educación y la salida al campo laboral son factores que sí modifican la maternidad en los años noventa. Pero entre las clases bajas, la proliferación de madres adolescentes va de la mano del no acceso a la educación. Si la tasa de fecundidad media es baja en la Argentina (2,8 hijos promedio en todo el país), la tasa de fecundidad adolescente era en 1993 del 38,7 por mil y no bajó demasiado con relación a años anteriores.
La fecundidad adolescente precoz (mujeres entre 11 y 14 años) no da muestras de querer reducirse: del 2,2 por mil en 1980 bajó al 2 por mil en 1993. Susana González es una de 13 hermanos nacidos en el Chaco, que sin quererlo, forma parte de las estadísticas. Cumplió 24, pero tenía apenas 15 años cuando le llegó el primer embarazo sin que supiera qué estaba sucediendo.
-Cuando le dije que estaba embarazada, mi mamá se largó a llorar. Pero después me dijo que no era ni la primera ni la última, que me iba a ayudar a criarla. La nena se tuvo que ir con mamá al Chaco, porque conseguí un trabajo cama adentro en La Horqueta. A mi hija le voy a contar todo, porque no quiero que le pase como a mí, que mi mamá jamás se sentó a charlar de cosas de mujeres.
Nélida Albarracín tiene 26 años vividos de principio a fin en Ciudad Oculta. Nunca tuvo marido. Su primer hijo nació a los 17. Después tuvo tres más. Sin embargo, ella no quería hijos. Con voz de violín dice que criar a sus cuatro hermanitos le había quitado las ganas. -Y acá estamos. Los mantenemos a medias con mi mamá y a veces pienso que me gustaría una casa para mí, porque tenemos seis camas y ahí dormimos mis hermanos y mis hijos. Se ríe mucho, quizá para no acordarse. Cuenta cómo cuando tenía que ir a pedir leche y pan para los chicos sentía pena por ella misma. Ya nada es igual, ahora va al baile y se queda pensando en si los chicos estarán bien, si habrán comido.
-Pero mis hijos me dicen mamá y a mí me llena mucho el corazón. No quiero ahora una pareja. Yo ya me arreglé sola... Ahora que me puse el DIU ya no hago más nada... Pero todo el mundo te mira mal porque no tenés un marido.
Ser madre soltera no es bien visto, aunque la tendencia a unirse en matrimonio legal va en disminución desde 1970. Dicen Catalina Wainerman y Rosa Geldstein en el libro Vivir en familia que "también aumentaron los hijos extramatrimoniales nacidos de progenitores no unidos en matrimonio legal y de madres solteras. Entre 1984 y 1990, las cifras para el total del país crecieron de modo ininterrumpido del 31 a 36 por ciento, lo que es equivalente a decir que los hijos nacidos de progenitores unidos en matrimonio legal decrecieron de 67 a 62 por ciento en esos seis años".
Cuatro de cada diez bebes que nacen en la Capital Federal son hijos de uniones en las que no media la libreta de casamiento o directamente de madres solteras. Pero así como la anticoncepción y la salida de la mujer al campo laboral han cambiado en algunos aspectos la maternidad, las nuevas técnicas de fertilización asistida -sólo permitidas en nuestro país para mujeres casadas y heterosexuales- plantean dilemas nuevos . -No sé si esas parejas están preparadas para tener de repente cinco hijos -dice Teresa Durand, socióloga del Centro de Estudios de Estado y Sociedad (Cedes)-. Las nuevas técnicas reproductivas acentúan esto de ser madre a cualquier precio.
Estas mujeres se ofrecen para ser conejillos de Indias para llegar a una maternidad. Esto implica un grado de mediatización de la vida sexual para la cual se había logrado libertad por medio de la anticoncepción controlada. Todas las mujeres deberían tener derecho a la maternidad, pero si una sociedad basa la identidad de la mujer en la maternidad, ahí estamos siendo madres a cualquier precio. El deseo se cruza con la presión social. Y cualquier cosa que no sea eso es mal vista. Las mujeres que no quieren tener hijos, las que postergan su maternidad, las que dedican pocas horas a sus hijos porque tienen que trabajar, son muy mal vistas. Tildadas de desalmadas o malas madres. Por más que la mujer se sienta satisfecha en ambos espacios, va a haber un momento en que la sociedad le va a pasar factura.
Nadie más malo que una madre que no va a buscar a sus hijos al colegio. O que no se busca un trabajo part time para criar a sus cachorros. O una señora que no puede ir a las reuniones del colegio porque se hacen en horario de trabajo. Pero los pañales del futuro parecen sonreír a las adolescentes de ahora, madres del mañana.
-Tanto en clases populares como en clases medias -asegura Teresa Durand-, las chicas hablan primero de su vida profesional y después de una pareja y una maternidad. Creo que vamos camino de obtener igualdad, pero que todavía no la logramos. A la hora de desempeñarse como madres, las mujeres siguen atadas a los mismos estereotipos de hace años. Pueden, si quieren, ser portadoras del fruto añorado. Pero no todas quieren. En la Argentina -a pesar de ser ilegal- se realizan 400.000 abortos por año y al menos una mujer al día muere por estas prácticas mal realizadas. Por otro lado, las obras sociales no cubren la compra de ningún método anticonceptivo y la educación sexual, sobre todo en las clases bajas, no parece estar precisamente bien difundida .
En los hospitales, los casos de mujeres que ingresan por abortos mal realizados y logran recuperarse no se registran porque en tal caso los médicos deberían haber denunciado a la paciente. La contracara es que, en todo hospital que se precie, hay tres servicios que tratan a la mujer en su rol de madre: ginecología, obstetricia y, en menor medida, planificación familiar. Cuando una mujer cumple 30 años, las prepagas la obligan a pagar una cuota algo más elevada que incluye sutilmente el rubro maternidad.
-La mujer sigue identificada como mujer madre -asegura la socióloga Susana Checa-. Todas las instituciones sociales la van dirigiendo para que su destino sea el de la maternidad. Las mujeres de clase media tienen acceso a la anticoncepción, a elegir el momento de la fertilidad. Pero cuando las mujeres no tienen derecho a la anticoncepción ni al aborto, ser madres es un destino del que parece difícil poder escapar.
Las muchachas en flor menstruan cada vez en edad más temprana y se encuentran de narices con su primera relación sexual más jóvenes que hace una década . Sin embargo, ni el Estado, ni la escuela, ni las familias parecen dispuestos a brindar información a estas madres en potencia. Sofía Morreins tiene 22 años y una beba de nueve meses. Ella y la niñita viven con sus padres. El padre de su hija, Miguel, vive enfrente. Cruzando la calle.
-Yo estudio psicopedagogía, estoy en tercer año. Miguel trabaja doce horas por día en una inmobiliaria y mi trabajo es criar a Valentina. Cuando quedé embarazada, hacía sólo cinco meses que estábamos de novios, entonces por qué si había una cosa que no la habíamos pensado además teníamos que hacer otra que no teníamos planeada. Dedicimos esperar y ver si entre nosotros seguía todo bien. Era un riesgo, pero era preferible a meter la pata con el casamiento. Ahora nos vamos a casar y la tarea de criar a la nena va a ser de a dos, sin duda.
Gimena Alvarez tiene 20 años y es madre de un nene de seis meses. Hace cuatro años que está de novia con el padre de su hijo.
-No nos casamos porque queríamos estar seguros. No pensamos que el bebé fuera causa para tomar una decisión tan apresurada. A mí me daba risa cuando iba al sanatorio con mi panza y me preguntaban estado civil y yo decía soltera . Estoy estudiando ciencias políticas, me imagino recompetitiva, quiero entrar en Cancillería. Ni me imagino no laburar o laburar a media máquina por mi nene.
-Si no llego a tener un hijo, me lo robo .
Risitas agudas de Adriana, 32 años luminosos que a veces, cuando hace recuento, le suenan a mucho.
-Después de los treinta hay algo que te corre para tener un hijo. Si hay una sola vida, es más lindo tener la experiencia de tener hijos que no tenerla. Pero con alguien. Porque me parece duro tener un hijo sola, no por la cuestión social, sino porque trabajando todo el día afuera es muy arduo, más acá que las empresas no tienen guarderías. Y no sería una sufrida, con hijos, sin un mango y sin una carrera.
Hoy en día, según el censo del Indec de 1991, el 22% de los hogares argentinos tiene una jefa mujer. Se reparten como pueden, en trozos iguales de culpa, amor, protección, preocupación. Marité sostiene que un hijo es un cheque en blanco de amor. Ella se parece a Daryl Hannah en la película Blade Runner : cara cincelada en nácar adolescente, pelo pintado de blanco y cortado al descuido, los 35 años más frescos que se puedan conseguir por estos lares y dos hijos: uno de 16, otra de 18.
-No me acuerdo lo que es vivir sin tener hijos, lo cual es un situación muy rara. A mi hija la tuve a los 17, de soltera, y después volví a formar una pareja, tuve a mi hijo que ahora tiene 16 y me separé a los 24. Yo no sé lo que es no tener hijos. Los recuerdos anteriores a ellos son la pavada de la adolescencia.
Se gana la vida desde siempre como restauradora y no cree que la maternidad impida tener una carrera. La postergación le parece una excusa para estas épocas plagadas de dietas a base de poco compromiso.
-La culpa es el denominador común de la maternidad -se ríe-. Siempre laburé de noche para trabajar mientras mis hijos dormían. Nunca dejé de hacer nada por tener hijos. No es incompatible, pero tampoco creo que todas las mujeres tengan que tener hijos. A mí lo que no me cierra es no, yo todavía no tengo lugar en mi vida para un hijo . Como que tienen el deseo, pero no saben dónde encajarlo.
María Gastaldi tiene 31 años, y es una de las que dice que por ahora no. Que ella prefiere esperar. Vive en pareja, pero cree que si tuviera hijos, su vida cambiaría demasiado y no tiene ganas. Por ahora, su profesión de analista de sistemas la colma.
-Tengo amigas que me dicen que si sigo esperando no voy a tener nunca. Y bueno. Yo creo que siempre si una quiere ser madre, puede serlo adoptando . Pero yo veo parejas que tienen hijos y ya es como que ella empieza a pensar en laburar menos horas para ocuparse de los chicos, como que las mujeres aceptan eso de una manera... que es lo que hay que hacer. Y mi trabajo para mí es mi vida. Para mí sería casi una mutilación que me dijeran: "Vos vas a trabajar medio día, porque ahora tenés un hijo y lo tenés que cuidar". Yo no veo que los tipos tomen esas decisiones.
Aunque muchas postergan, lo piensan y planifican, la mayoría trata de adaptarse como puede al ritmo de estos años que exigen valientes muchachas de hierro, lustrosas como charol de buena calidad, madres jubilosas y amantes magistrales. El equilibrio no parece ser lo más fácil de hallar en semejante maraña de exigencias.
-Centraría el cambio de ser madre hoy más que nada en la culpa que trae -dice la licenciada Beatriz Janin , presidenta del IX Congreso Metropolitano de Psicología-. De madres a hijas se vienen transmitiendo modelos de qué es ser mujer y madre. Las mujeres de hoy por un lado están en un mundo en el que pueden realizar las mismas funciones que los hombres. Sin embargo, si no están en la casa para el horario del baño del nene, se sienten terriblemente mal, porque entran en contradicción con los modelos de madres, abuelas y bisabuelas. Pero, a la vez, no aparece la idea del hijo como algo inevitable, como que hay que tener un hijo sí o sí. Hoy hay una idea de que la mujer puede hacer de la propia vida cosas que no pasan por tener un hijo. Pero ojo, suponer que todas las mujeres tienen que quedarse en casa cuidando chicos es tan absurdo como suponer que todas las mujeres tienen que salir a trabajar.
Patricia Riccioli tiene 29 años, trabaja en un laboratorio de análisis clínicos, hace cinco años que vive con su novio y jura que nunca sintió el deseo de tener un hijo. -Ese deseo del hijo es tan generalizado porque te educan así. Te hacen jugar con la muñequita, la casita, los pañales. Mis padres, por suerte, me educaron no como mujer, sino como persona, y tuve la libertad de poder elegir otra cosa.
Se enoja, se enerva, se pone cínica detrás de sus ojos azules. Detesta cuando las amigas la presionan con sarcasmo barato.
-Me parece que es mucho más egoísta esto de querer tener un hijo para que tenga sus ojos que adoptar un chico. Pero la gente que ya tiene hijos te dice ah, ya te va a tocar , como si fuera un destino del que no vas a poder zafar porque es así y porque sos mina. Mucha gente viene a casa y se desliga de la responsabilidad de tener un hijo, lo dejan que me rompa las cosas, que le tire de los bigotes a mi gato. Es como un precio que tengo que pagar por no tener hijos. Mi laburo me nutre mucho, me parece que perdería independencia con un hijo. Dejar de hacer cosas del laburo o tener que laburar menos horas por tener que ir a buscar al nene al jardín, sé que no puedo. Me gusta mi vida como está: mi laburo, mi vida íntima, mi vida con mi novio. No creo que haya que tener un hijo para saber qué maravilloso puede ser amar a alguien.
Viviana Carriego tiene 26 años. Es rubia con ese rubio que da el platino y tierna con esa ternura que da la vida cuando cuesta mucho. Trabaja en una compañía aérea, y mientras levanta una copa con manos largas se recuesta para pensar.
-Tendría un hijo cuando pueda. Y cuando pueda de acá, del bocho, no de la panza. Me da miedo educarlo . Me da pánico crear un monstruo, un ser infeliz, mediocre, angustiado. Me aterra la liviandad con que la gente tiene hijos. Y es algo tan irreversible: lo tenés y ya está, tu vida cambió para siempre.
La psicóloga Beatriz Janin dice que es cierto que el mito de la amorosa y abnegada madre del tango de los años 20 se cae a pedazos.
-El deseo del hijo tiene una explicación desde el psicoanálisis, pero como todo deseo puede sufrir desplazamientos. Así como se desea un hijo, se puede desear producir algo que no sea un hijo. Puede ser un libro, una carrera, lo que sea, y eso también será digno de ser cuidado y de ayudarlo a crecer.
Un hijo, es cierto, ya no parece el destino único. Kika tiene 21 años y vive sola. -Un hijo... es mucha responsabilidad. Con mi gata me enojo y la encierro en la pieza, pero me imagino que no voy a poder con un hijo si apenas puedo con un gato.
Sebastián Saravia tiene tres hijos, dos nacidos y uno en camino. Su mujer trabaja en el Congreso de la Nación y no usan para hablar de sus hijos la habitual manera políticamente correcta.
-A mí me daba mucho temor tener hijos -dice Sebastián-. Y la verdad es que la vida te cambia bastante. Yo no la ayudé a mi mujer, hice a la par de ella. Me despertaba si lloraban, cambiaba, bañaba, vacunaba, daba de comer. Mi mujer labura y pusimos una chica para que se quede hasta las cuatro de la tarde. Cuando nazca el tercero, vamos a contratar a alguien cama adentro. Eso no nos da ninguna culpa porque peor sería dejar de trabajar. Mucho peor. Por una cuestión económica un 20% y por una cuestión de salud mental un 80%. Hacer algo por vos es fundamental. Los tres meses que las mujeres se quedan con los chicos es bárbaro, pero les parte la cabeza.
José De Paulo no piensa igual. Tiene tres hijos y está convencido de que el rol de la madre es más importante que el de los padres.
-La madre es irreemplazable. Claro que conocés a tu mujer como mina independiente y de a poco la ves transformarse en una madre . Y eso te trae conflictos, pero la igualdad absoluta en la crianza de los chicos entre hombre y mujer es imposible. Porque los chicos necesitan más a la madre.
Andrés Di Tella, cineasta, 37 años, casado con Cecilia Szperling y reciente padre del bebe Roco, tres meses, cuenta que le daba pánico la paternidad y que desde que se acuerda la dejaba para después.
-En un primer momento te quita libertad, no podés seguir haciendo una vida sin horarios. Hasta el mes pasado estaba mi mujer más pendiente del nene, pero a partir de que empezó a tomar mamadera todo es mucho más equitativo. Antes siempre llegaba un punto en que si el tipo se ponía a llorar yo lo tenía que entregar para que Cecilia le diera de comer. Hasta hace un tiempo atrás, el hombre seguía en la suya y la mujer se las arreglaba, lo cual era una situación bastante cómoda y añorable, pero yo ya no puedo aspirar a una relación así. No tengo elección. Creo que de todos modos no es una cosa totalmente equitativa, siempre la madre está más con el chico. Y la pregunta del millón de dólares es el futuro. Ojalá yo tenga la generosidad de compartir todo siempre . Pero creo que el machismo es una tentación. No sé qué pasará cuando yo vea que soy el único padre que va a las reuniones del colegio y mis amigos digan que soy un pollerudo.
Cecilia Szperling es escritora y periodista, tiene 34 años. Los primeros meses iba con Roco al analista, a la peluquería, a entregar trabajos. Para ella, el bebe no es impedimento.
-Si tenía que hacer muchas cosas, me esperaba Andrés en la puerta de donde yo estuviera para que si el gordo tenía hambre le pudiera dar de mamar. A mí no me impide hacer nada, al contrario, después del nacimiento me puse muy productiva. Con Andrés compartimos mucho, porque los dos trabajamos en casa. Tenés ciertos horarios, pero yo los incorporé con mucha naturalidad. Cuando nos tenemos que levantar de madrugada porque llora, yo digo que es como estar viviendo una nueva bohemia, días sin horarios, viviendo de madrugada. Lo tomás con naturalidad. No pensás en la responsabilidad. Es como pensar que la sangre te circula y se puede parar. Si lo pensás, vas al pánico directo.
Ellos, nuevos padres y maridos en un cambio de papeles que no pidieron. Ellas, deslizándose por la lengua de hielo de ser madre, mujer, profesional. Incómoda situación, porque ahora ni las que eligen quedarse en casa pueden estar tranquilas. Se diría que ellas menos que nadie. Laura Pribluda, 31 años y mamá de Violeta, de 8, y Nina, de 4, es diseñadora gráfica pero decidió de mutuo acuerdo con su marido quedarse en casa a criar a las nenas. Ahora, trabaja desde hace un año.
-Hasta este año yo había decidido criar a las nenas y eso me marginó socialmente. Todo el mundo me preguntaba qué hacés, y yo contestaba estoy criando. Y me decían: no, yo te pregunto de qué trabajás . Como si eso no fuera un trabajo. Ahora me parece que la moda es tener primero la profesión y después los hijos. Entonces ahí sí podés hacer las dos cosas. Porque si laburás ganás guita, entonces podés poner a alguien para que te cuide el bebé.
Henchida de orgullo por sus niñas dice que nada de todo esto hubiera sido posible si no hubiera contado con un marido incondicional que se buscó un trabajo de noche para estar todo el día con ella y las nenas.
-Estoy muy contenta de haber podido hacer lo que hice. Salir a trabajar también fue como reinvindicarme. Igual, si no tenés una persona en tu casa que los cuide, es un despelote. Porque si querés salir tenés que llevarlo a la casa de tus viejos, y es todo un lío combinar todo.
-Y si tuvieras otro dejarías de trabajar.
-Me planteo más no tener otro que tenerlo y dejar de laburar. Pero la sociedad es el peor enemigo, que te condena y te dice que es demodé quedarte a cuidar hijos. Estoy diez años atrasada con respecto a mis colegas, estoy aprendiendo a manejar la máquina para diseño, pero con el laburo siento que me puedo poner a tono.
Paula Campos siempre supo que lo suyo eran los chicos. Cuando se casó, le dijo a su esposo con una sonrisa de oreja a oreja: Perdiste, quiero niños .
-A mí no se me plantearía tener el bebe sin el trabajo, y mi mamá a lo mejor no entendía eso, pero hoy es todo más fácil. Podés llevar al bebe a todos lados, en el carrito del súper, en el auto. Lo que para mi vieja era una angustia, para mí es un placer. Para mí, ser madre era prioridad.
Lorena tiene 26 años y la pasó mal con los llantos de sus tres hijas. Cuenta la leyenda que la última empezó a llorar al mes de nacida y terminó tres meses más tarde, a causa de un cólico permanente, largo e insorportable que no dejó dormir a nadie en la casa. A Lorena no le importa. Es pintora y tiene claro que la prole es importante. Dejó la carrera de arquitectura porque a los 20 se casó y quedó embarazada. No veía compatible el estudio de arquitectura con la maternidad. "Si le dedicás cuatro horas por día a la arquitectura, sos la secretaria del arquitecto". -Mi marido es abogado y pasa mucho tiempo fuera de casa. El tema de los chicos está centrado en mí, pero no me molesta, porque es la división de roles. Los hombres sacrifican un montón dejando a los hijos, porque les gustaría quedarse en casa. Me pasa tener ganas de tener más libertad, pero mi prioridad son mis hijos. Yo los traje al mundo, elegí traerlos. Son mi responsabilidad. Cuando se duermen, a las nueve de la noche, me puedo poner a pintar .
Valeria Tejedor tiene 30 y hace dos que dejó de trabajar como maestra porque dice que, con lo caro que le costaba pagar una mujer para que cuidara a sus hijos, cambiaba la plata.
-Trabajar para pagarle a otro no es negocio. Y a mi marido no le gustaba que yo dejara a los chicos solos. Entonces decidimos que yo me quedaba en casa. El no ganaba más que yo. Ganábamos igual. Pero los chicos necesitan más a la madre. La verdad es que quedarme en casa todo el día no me gusta, pero quévaser . El no iba a dejar de trabajar.
¿Por qué no? La pregunta queda en el aire como un colmillo envenenado. Ser madre en los noventa es distinto y muy parecido a ser madre hace décadas. Las tradiciones se incrustan con la fuerza de verdades en el borde del siglo. Liliana Fontenla tiene 25 años, está casada hace dos y es profesora de Ciencias de la Educación. Fantasea con tener un hijo, pero no todavía. Cuando lo tenga, de todos modos, se va a buscar un empleo part time .
-Es la mujer la que tiene más posibilidades de buscarse un trabajo de menos horas, de dedicarle las mañanas o las tardes. Yo creo que no hay muchas diferencias con la generación de mi mamá, pero las dos tenemos una idea de familia similar. Yo trataría de que mi profesión fuera importante, no un pasatiempo. Pero creo que por naturaleza hay cosas que le corresponden a la madre y no al padre.
Andrea Fernández jura desde hace una década que cuando decida tener un hijo puede tenerlo sola, sin la ayuda de nadie salvo para la concepción . La idea, dice, la tranquiliza, porque no siente que el tiempo le muerda los talones. Tiene 25, sin pareja y no se imagina la vida sin un hijo.
-Y lo quiero mío, de mí. No adoptado. Pero cuando me decida, sé que aunque no tenga pareja puedo tener un hijo. Criarlo yo sola. No me da nada de miedo y no me importa lo que piensen los demás, porque un hijo te hace olvidar de todo.
La psicóloga Janin dice que tampoco es bueno que la mujer esté sola por opción en su papel de madre.
-En esas situaciones en que mujeres u hombres solos piensan en tener un hijo sin que la otra parte les parezca relevante, se piensa al hijo como un objeto. Como si se dijera quiero tener un mueble distinto . Ese es un problema serio para hombres y mujeres. Cuando no se vive al hijo como producto de un deseo de dos. Una pareja después puede separarse, o uno de los progenitores morir, pero es distinto, porque ese hijo tiene que ver con algo compartido.
Sarita es paraguaya y cuando murió su marido adoptó un hijo que hoy tiene seis años. Sarita es viuda, y cuando se dio cuenta de que para criar al nene tenía que resignar horas de su trabajo, se desesperó. No veía cómo sin un hombre iba a poder arreglarse. Pero cuando José creció, ella volvió a trabajar como depiladora al mismo ritmo.
-Yo pensaba que cuando uno tiene un hijo adoptado, no lo quiere como quiere cuando es madre de uno que lleva en las entrañas. Y sin embargo... ay, se quiere igual. La primera noche que me lo llevé a casa, solita, casi me muero del susto. Lo iba a mirar cada dos minutos a ver si respiraba.
Todas se regocijan orgullosas del producto de sus vientres. Ser mamá es un oficio viejo y ancestral, levemente modificado por el roce ácido de los años noventa.
Pero cuando se hace efectiva la llegada del tan esperado angelito, las cosas no son distintas del tiempo de las abuelas . Ejecutivas al borde de un ataque de nervios, amas de casa tecnologizadas, muchachas en flor que sueñan con una carrera exitosa, siguen tomando sobre sus espaldas la responsabilidad casi total de criar hijos.
Espantada por una tocesita extraña, la que se calza las pantuflas en medio de la noche y camina sigilosa hasta la pieza para ver si el nene respira bien sigue siendo la mami.
A veces, por elección.
A veces, porque no queda otra.
Texto: Leila Guerriero
Fotos: Ruben Digilio




