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Durante la producción de fotos sigue un ritual extraño y divertido al mismo tiempo. Apenas unos segundos antes de que el fotógrafo dispare su cámara, Mirta Busnelli (74) corre la cabeza ligeramente a un costado y se ríe. Algunas veces libera una carcajada; otras, una risa corta pero increíblemente contagiosa. Después, como si se hubiese tratado de una tos, retoma la pose inicial y sonríe para la foto. La explicación no tarda en llegar: "Siempre me río para aflojarme. Cuando estoy muy nerviosa, como hoy, por ejemplo, trato de relajar los músculos de la cara y así no salir tan tensa en las fotos", dice con amabilidad la actriz, quien desde el año pasado retomó el protagónico de La savia, la pieza que había presentado en 2017 en el Teatro Cervantes pero que al poco tiempo debió abandonar por sus problemas de salud. Tras vencer un cáncer de útero – que incluyó un tratamiento de dos años con rayos y quimioterapia–, Mirta decidió parar. "Necesitaba recluirme un poco, estaba muy delicada y me sentía vulnerable después de todo lo que había vivido", recuerda. Y agrega: "Es un poco cansador seguir hablando de la enfermedad, pero como lo digo en todos los reportajes, es lo que me tocó y no tenía otra alternativa que pelearla. No quería morirme", cuenta.
De regreso al escenario, esta vez del Metropolitan Sura, Mirta encarna nuevamente a Elsa, una mujer que en la soledad de la madurez se conecta con la vida a través de sus plantas y su deseo de empezar a escribir.

El amor me da miedo, pero sigo abierta a esa posibilidad
–¿Cómo viviste esta vuelta al teatro?
–[Sonríe]. En realidad, nunca me fui… Me tomé un descanso porque estaba enferma. Pero tenés razón, en algún punto fue como volver. Fue muy impresionante porque hacía mucho que no la hacía, es más, no sabía que la iba a volver a hacer. Y para mí fue reparador, desde lo que me había pasado tuvo un valor inmenso y todavía lo tiene. Fue como cerrar un ciclo con alegría.
–Tu personaje comienza la obra diciendo que escribe para no olvidar…
–Sí, yo pensé eso muchas veces. Quería hacerlo, como un diario para tener escrito todo lo que iba viviendo, pero ya pasó tanto tiempo que, como dice mi personaje, creo que me debo de haber olvidado más de la mitad.
–¿Con qué frase te sentís más identificada?
–[Piensa]. Elsa quiere que sus recuerdos no desaparezcan, por eso se pone a escribir. En un momento dado ella dice: "¿Y los recuerdos? Que se deformen, que tomen formas desconocidas y si no quieren quedarse, que se vayan"… como queriendo decir que, de cualquier manera, uno está vivo para seguir produciendo sus propios recuerdos.
–¿Te gustaría enamorarte?
–Ahora estoy sola… Pero si lo pienso, de las veces que me he enamorado, siempre me sentí como tomada por la relación, como muy excitada con lo que iba viviendo pero, al mismo tiempo, con miedo de perder todo eso. Porque el amor también me da miedo, como a todos. Pero hay que arriesgarse, no queda otra. Vivir es un riesgo.
–¿Te arriesgarías a volver a enamorarte?
–La verdad, no sé. Creo que sí estoy abierta a esa posibilidad. Llegás a un determinado momento de la vida en que te acostumbrás a vivir sola, a tener tus propios horarios y elegís estar con los demás cuando querés y cuando podés. Es complicado acomodar todo eso cuando incorporás alguien más a tu vida.
–Tu hija [Ana Pauls] sigue tus pasos. ¿Qué es lo que más admirás de ella?
–Ana es una mujer muy abierta, trata de presentarse ante el mundo con la menor cantidad de prejuicios posibles. Piensa su vida con mucha libertad, de una manera que a mí me gusta. Vivir en sociedad ya es una transacción constante entre la libertad y los prejuicios y ella, en ese sentido, encontró la manera de hacerlo muy bien. Me tranquiliza ver que tiene todas las herramientas para enfrentar la vida que es complicada, difícil, maravillosa y dolorosa.
–¿Qué cosas te gustaría hacer si empezaras de nuevo?
–[Ríe]. ¡Uh! Muchas cosas. Me gustaría hacer ala delta, por ejemplo, pero por una cuestión de edad hay cosas que sé que ya no podría hacer. Sí me encantaría viajar más y hacer música; tener la habilidad de tocar instrumentos. Y si me animo a soñar un poco más, me gustaría aprender primero piano y después todos los demás: violín, guitarra…
–Recién mencionaste que te gustaría hacer ala delta. ¿Por qué?
–Porque me fascinan los deportes donde te caés o volás; creo que son muy excitantes. También me gustan mucho las montañas rusas, porque te provocan una sensación de caer al vacío que es extraordinaria. Cuando tenía 48 años, la llevé a mi hija Anita a Disney y había un juego en el que un ascensor subía bien alto y después caía de golpe y me pareció fantástico. Creo que me subí como cinco veces en el mismo día. Era espectacular y la escenografía, bárbara. Pero no te voy a mentir, me dio un poquito de miedo. Y hoy pienso que no me subiría a ese juego aunque me paguen. Que haya vencido a la muerte no quiere decir que vaya a empezar a hacer cosas para seguir venciéndola. [Risas]

Maquillaje: Joaquín López Patterson. Agradecimientos: Pablo Ramírez; Hotel Be Jardín Escondido by Coppola; Sergio Lamensa peinado.

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