Neuronas espejo y el placer de ver nuestros cambios en el otro

Federico Fros Campelo
Federico Fros Campelo PARA LA NACION
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16 de abril de 2016  

El ser humano es un animal social por naturaleza. La neurociencia afectiva, aquella rama que estudia las funciones emocionales de nuestro cerebro, ya se ha pronunciado al respecto: una de las relaciones que más impacta en nuestros procesos cerebrales es precisamente nuestro vínculo de pareja.

Son varios los mecanismos neuronales responsables de semejante efecto. Por ejemplo, todos nacemos con una circuitería neuronal de fábrica que nos lleva a buscar la aprobación y el reconocimiento de los demás. Queremos pertenecer tanto a un club como a cierto grupo de amigos. Pero incluso un vínculo de a dos ya es suficiente para que nos sintamos comprendidos e incluidos.

Como he detallado en libros anteriores ( Ciencia de las emociones, por ejemplo) nuestro cerebro se siente satisfecho si alguien cercano y relevante para nosotros nos da indicios de confianza y emprende proyectos en común. Entonces segrega una sustancia química fundamental que nos hace sentir bien con el otro, llamada oxitocina.

Esta hormona promueve vínculos de reciprocidad y círculos virtuosos en las relaciones: queremos devolver el afecto que recibimos y afianzamos el bienestar mutuo. Por el contrario, la exclusión y el rechazo duelen -literalmente-, activando áreas neuronales específicas y provocando torrentes de hormonas del estrés en sangre.

Además, según los obstinados estudiosos de cierto "pack" de neuronas llamadas neuronas espejo, éstas serían en gran parte las responsables de nuestra empatía.

Esas neuronas se encienden cuando ves que alguien hace algo -o que a alguien le pasa algo-, y le indican a tu cerebro que eso mismo podrías hacerlo vos o que podría pasarte a vos.

Tal vez será por estas neuronas espejo que nos imitamos tanto y que nos gusta hacerlo como una actividad de placer. Existen evidencias de que tendemos a gustar más de alguien cuanto más se parece a nosotros, y encontramos toda interacción social más amena cuando el otro imita nuestras posturas y gestos sin que nos demos cuenta.

Ahora bien, estas imitaciones -que en su enorme mayoría suelen no ser conscientes ni reflexionadas- pueden conformar a un integrante de la pareja para que mantenga el estilo de vida del otro. Lo cual puede funcionar también para el lado negativo: propiciar el sobrepeso y las costumbres no saludables.

Por eso es tan importante darle una dirección intencional al cambio en conjunto. Por sobre todo, buena alimentación y nada de sedentarismo.

El autor es ingeniero e investigador de los procesos cerebrales del consumo, coautor de Nutrición (de)mente

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