Preguntas y respuestas

Convencer a los jóvenes de que incorporar conocimientos variados es el mejor camino para modificar la realidad es un tema pendiente en nuestra sociedad
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11 de mayo de 2003  

Durante la reciente Feria del Libro, más de un millar de estudiantes secundarios asistía a un encuentro durante el que algunos mayores les hablábamos sobre la vocación, el estudio y el trabajo. Escuchaban con atención, manteniendo un inesperado silencio. Coincidimos en reiteradas referencias acerca de la importancia de contar con una formación general amplia, a la necesidad de expandir el panorama personal para incorporar elementos que permitan comprender mejor las realidades complejas. Al concluir nuestras exposiciones, los jóvenes formularon preguntas. Uno de ellos dijo: "Yo quiero ser deportólogo, ¿por qué debo estudiar medicina? A mí lo único que me interesa es ser deportólogo". Esta inquietud nos llevaba de regreso al punto de partida, no ya colocando como objetivo una profesión determinada, sino la especialidad de la especialidad. Lo hacía, además, bajo el signo del desinterés por todo lo que no estuviera relacionado con un campo estrecho, limitado. Al aspirante a deportólogo, ni siquiera parecía interesarle la estructura del ser humano, su funcionamiento y sus alteraciones. Sólo le importaba lo vinculado con el deporte.

En primer lugar respondió uno de nosotros, el presbítero Andrés Motto. Para afirmar la importancia de la formación general, en este caso el estudio previo de la medicina, recurrió a una idea tomada de Platón, que desarrolló hábilmente. Insistió en la trascendencia de una formación amplia para comprender los problemas, la necesidad de postergar la especialización, las ventajas de contar con un conocimiento más completo de la realidad.

Cuando me correspondió intervenir, coincidí con el sacerdote y opté por destacar, ante la joven audiencia, la estrategia que él había utilizado para contestar. Señalé el recurso a Platón, que demostraba que había estudiado sus escritos, prefiriendo su frecuentación a pasar horas ante el televisor. Puse de manifiesto cómo, a pesar de la brevedad de su intervención, en el modo como encaró la respuesta, se descubrían con claridad la amplitud de su visión del mundo, y la riqueza y diversidad de su formación intelectual. Es que una de las mayores dificultades que enfrenta la educación en la sociedad actual es, precisamente, la que ejemplifica esta anécdota: la de convencer, tanto a los jóvenes como a sus padres, acerca de la imperiosa necesidad de incorporar conocimientos muy variados para poder formular juicios de valor sobre la realidad y, sobre todo, para poder comprenderla y modificarla. Privilegiamos la hegemonía del conocimiento instrumental -la que justifica la habitual pregunta "¿para qué sirve lo que aprendemos?"-, perdiendo de vista la importancia de la síntesis de los conocimientos adquiridos para encarar situaciones nuevas, para dar respuestas a interrogantes inesperados como en el caso del sacerdote de este relato.

Al concluir la reunión, muchos alumnos se acercaron a nosotros. Cerrando una larga columna de jóvenes que me formulaban preguntas sobre los más diversos tópicos, apareció una niña muy joven que, según luego me dijo, estaba cursando el segundo año del nivel medio.

Mantenía abrazados junto a su cuerpo numerosos libros. Cuando llegó frente a mí, extrajo uno de entre ellos y mostrándomelo, con una mezcla de timidez, me dijo: "Yo también leo a Platón". Es que, a pesar de todo, incluso de nosotros mismos, quedan esperanzas.

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