Puertas cerradas

Guillermo Jaim Etcheverry
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11 de abril de 2004  

Al contemplar una creación plástica, escuchar la gran música, leer una obra literaria trascendente, accedemos a rincones de nuestro ser más profundo que hasta entonces nos eran secretos. De no ser por la creatividad del artista, ignoraríamos la dimensión y, sobre todo, la complejidad que caracteriza a nuestro espacio interior. Es que el arte es una de las más poderosas herramientas de que dispone el ser humano para conocerse a sí mismo. El gran escritor portugués Antonio Lobo Antunes retornó a esta idea hace poco, cuando expresó en una entrevista periodística: "Creo que hay que leer a un autor para conocerse a uno mismo. Lo que me maravilla de los libros que me gustan es que me abren puertas, que me muestran rincones que yo no conocía de mí o que tenía miedo de explorar. Y es muy bueno ser capaz de abrir las propias puertas".

Esta concepción del arte como llave de las puertas tras las que se encierra nuestro infinito e inexplorado universo interior -algunas esconden paisajes tranquilos, otras nos separan de escenas tormentosas- resulta muy fecunda para explicar la importancia que adquiere estimular a los jóvenes a aproximarse a las grandes creaciones del ser humano. Aunque resulte inconcebible en la actual cultura de lo inmediato, es preciso insistir en los beneficios que para la formación de una persona encierra la reflexiva frecuentación del arte. Constituye una experiencia fascinante el tratar de acompañar al artista en el difícil camino que recorre para generar una realidad perdurable, que lo es, precisamente, porque el tiempo confirma que sigue resultando significativa para otros seres humanos. Hoy nos emocionamos al enfrentar obras creadas hace cientos de años porque ellas hablan a eso profundo que hay en nosotros, nos siguen abriendo puertas cerradas. También el gran arte contemporáneo apunta a alcanzar esos mismos rincones inexplorados. La deformación de la realidad a la que han recurrido muchos artistas, que puede parecer brutal, descubre la esencia íntima del sujeto, que de otro modo permanecería oculta. Ese artificio permite descubrir una realidad subyacente que, en palabras del pintor inglés Francis Bacon, "es más verdadera que la verdad literal". Eso se advierte con claridad en las figuras que integran la gran retrospectiva de ese artista que en estos días alberga la Fundación Beyeler en Basilea, Suiza.

Significativamente, otras salas del mismo museo alojan un conjunto excepcional de pinturas de Mark Rothko, pintor ruso emigrado cuando niño a los Estados Unidos. Son las suyas grandes telas con superficies de color que no entregan fácilmente su significado. Sin embargo, a poco de transitar entre esas monumentales manchas, el espectador percibe vibraciones inesperadas que resuenan en su interior. Aunque nada puede estar más alejado de un retrato que esas pinturas, su autor afirma: "La esencia de todo gran retrato es el eterno interés del artista por la figura humana, su carácter y sus emociones; en síntesis, por el drama humano. Liberado el artista de la necesidad de describir una persona, las posibilidades son infinitas. El total de la experiencia humana se convierte en modelo para el creador y, en ese sentido, se puede afirmar que todo el arte es el retrato de una idea".

Ideas que, transformadas por el arte en claves para abrir nuestras puertas interiores, nos permiten acceder a un mejor conocimiento de nosotros mismos. Porque, como dice Lobo Antunes a propósito de los buenos libros: "Todos acaban planteando el mismo problema: el de la angustia del hombre en el tiempo. Al final, es siempre de eso de lo que se habla".

El autor es educador y ensayista

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