
Rubias tentaciones
Hace unos meses salió publicado uno de esos cables insólitos que aparecen de tanto en tanto en los periódicos para romper la monotonía de guerras, catástrofes mundiales y corrupciones varias en la realidad nacional. El mencionado cable informaba acerca de la posible extinción de los rubios y, por supuesto, se ponía el acento en “las” rubias que han sido y son depositarias de leyendas de glamour siempre aceptadas y jamás comprobadas.
Pero hay algo que es más seguro que nada en la vida: cualesquiera que sean las causas genéticas que avalen la teoría, nada podrá contra las rubias argentinas. No se es rubio porque sí. Y así como la familia no se elige y los amigos sí, del mismo modo en la Argentina desde hace mucho una parte de la población ha elegido el rubio como el tono del ideal femenino de seducción, clase y sex appeal. Desaparecerán las rubias naturales, pero las otras, las “por la fuerza”, las “teñidas”, como decía despectivamente mi madre, ésas seguirán iluminando los barrios más variados de todas las urbes argentinas.
¿Quién puede sacar de la cabeza argentina el afán de parecer una cosa distinta de lo que uno es por naturaleza? Es el deseo de ser diferente del montón hasta que el montón adopta la diferencia. ¿De dónde proviene esta rubia obsesión? El cine de Hollywood de los años 20 a los 50 tuvo mucho que ver. A la agresividad morena de la vampiresa del cine mudo, prototipo de la comehombres y destrozahogares, se opuso la ingenuidad purísima de los bucles rubios de Mary Pickford hasta los de la inolvidable Shirley Temple, pero el tiempo trajo junto con el acortamiento escandaloso de las faldas y la melena garçon, el imperio de la platinada, típica chica americana triunfadora que podía tomar la apariencia cotidiana de Ginger Rogers o la sexualidad transgresora de Mae West, sin olvidar la sensualidad fatal de Jean Harlow. La Segunda Guerra Mundial glorificó la rubia cabellera de Betty Grable, una infaltable en todos los roperos de los vestuarios de soldados, con unas piernas alucinantes, casi tanto como las de la rubia germana anti-Hitler que fue Marlene Dietrich. La explosión sexy de Marilyn Monroe (que no era rubia), llevó a muchas a adoptar el platinado. Claro que las morenas como Ava Gardner o las pelirrojas como Rita Hayworth hicieron estragos, pero nos parecían más próximas, más al alcance de la mano que las blondas. Y así siguió el rubio siendo una meta para muchas y muchos en este rincón del Cono Sur. Creer que todo lo exótico o lo inusual es sinónimo de mejor calidad es un disparate, pero, ¿qué daño hacen esos delirios capilares? Al pelo puede ser que mucho, pero a la ilusión de sentirse renovado y feliz, ninguno. Lo natural tiene el encanto de la verdad y lo postizo, el vértigo de la fantasía. Sin verdad y fantasía no se puede vivir. Lo que sería recomendable es volver a pensar que nada garantiza mejor la superioridad humana que lo que somos y no lo que parecemos. Y también recordar que eso de “los caballeros las prefieren rubias, pero se casan con las morenas” es una estupidez que lanzaron los anglosajones rubios que quieren ser “diferentes” y creen que lo moreno es sinónimo de mejor sexo. Graves errores que ni la mejor tintura puede disimular. ¡Y aguanten las teñidas!
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El autor es actor y escritor







