
Salvando a las grandes tortugas
En Brasil, un grupo de jóvenes con apoyo estatal se dedica a evitar la matanza de especies tan antiguas como los dinosaurios
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El sol cae a baldazos en Praia do Forte, ese pueblo de pescadores que se abre camino a codazos entre las arenas y el verde de las aguas. En su calle principal, de tierra, las casas de los pobladores alternan con bares, posadas y una fachada con una inscripción que parece un espejismo en esa realidad: Internet. Caras oscuras surcadas de arrugas alternan con rubios mochileros que destilan lenguas extrañas para esos habitantes. Praia do Forte, con su magia y sus colores, se despereza lentamente después de su trasnochada en esta mañana de sábado. Son las 10, los pobladores comienzan a armar sus puestos, y jóvenes baldean los bares.
El calor agobia. Los foráneos, como buenos alumnos, aprendemos rápidamente a caminar con esa indolencia típica de los nordestinos producida, en parte, por los latigazos del sol. Al fondo de esa calle principal que se está poblando de puestos, un portón de madera anuncia la entrada al Proyecto Tamar, una fundación dedicada a la preservación de las tortugas marinas, animales que atravesaron todas las eras y cuentan con 150 millones de años.
Entramos.
La piedra inicial del Proyecto Tamar fue puesta, aunque sus integrantes en esa época lo desconociesen, a mediados de los años 70, cuando un grupo de estudiantes de la Facultad de Oceanología de la Universidad de Río Grande do Sul, con espíritu aventurero, dejó las comodidades de lado y se embarcó, como en los relatos de Conrad, a playas e islas desconocidas.
Anclaron con muchas ilusiones y escasas provisiones en la isla Atol das Rocas, y a pesar de las hambrunas, persistieron más de dos meses en esos parajes. Guy Marcovaldi, uno de aquellos jóvenes y hoy coordinador general del Proyecto Tamar, relata: "Cuando estábamos allí, nos llamaba la atención que en las madrugadas la arena estuviese totalmente revuelta. Los pescadores nos comentaron que las tortugas salían a la playa a desovar. Nosotros no sabíamos nada sobre ellas. Una noche, los pescadores bajaron de los barcos, se acercaron a la playa y mataron de un saque 11 tortugas de casi 750 kilos cada una. Quedamos absolutamente shockeados con la escena y la fotografiamos".
Al regresar, los expedicionarios escribieron un relato que acompañaba las fotos de la matanza, presentando la denuncia al Instituto Brasileño del Desarrollo Florestal (IBDF), del Ministerio de Agricultura. En ese momento todo estaba en pañales en Brasil: no existían programas ni reservas biológicas marinas.
La denuncia coincidió con una fuerte presión internacional porque la política ausente de Brasil estaba comprometiendo el trabajo desarrollado en otros países. Estados Unidos, por ejemplo, llevaba 50 años investigando estas tortugas y habían visto que se trataba de un animal migratorio que recorre las playas de Africa, América del Norte, América Central y Brasil (desde Río de Janeiro hacia el norte). México, Surinam y Costa Rica habían desarrollado sus investigaciones, y disponían de leyes y proyectos para su protección.
Después de asistir a un Congreso de la OEA, el gobierno brasileño comprendió que todos los países que integraban las rutas migratorias debían comprometerse a preservar la especie. El IBDF recordó entonces al grupo que había fotografiado la matanza de las tortugas y lo convocó para recorrer el litoral, descubrir las áreas de reproducción y evaluar estrategias de protección.
Llenos de sueños partieron José Catuete, Guy Marcovaldi, María Angela Azevedo (Neca, mujer de Guy). Recuerda Guy: "Nos habían dado pocos medios. Los equipos eran nuestros y viajábamos en lo que podíamos: en jeep, en barco, a nado o a pie. Por eso nos bautizamos Caravana Rolidei, inspirada en las dificultades y el espíritu de aquel grupo de artistas que recorría el interior del país en la película Bye Bye Brasil".
La odisea comenzó entre el hambre, el calor y el desconocimiento científico y coincidió con una ley por la que se prohibía la captura de las tortugas durante su reproducción (de septiembre a marzo). Los pescadores aprovechaban esa época para matarlas porque es el momento en que las hembras salen a la playa a desovar.
A medida que la Caravana Rolidei avanzaba, descubría el comercio que giraba en torno de ellas: una boutique especializada en souvenirs realizados con los caparazones en un hotel de lujo en la playa de Boa Viagem, en Recife; la venta de carne en restaurantes de Ponta das Pedras; diferentes especies capturadas en las redes de pesca con las marcas de Estados Unidos; huevos de tortuga como aperitivo principal en los bares de Sergipe. En 1983, el Proyecto Tamar -bautizado así por una conjunción de las palabras Tartarugas (tortugas) Marinhas-, monitoreaba la primera temporada de reproducción en las primeras tres bases: Praia de Santa Izabel, en Pirambu (Sergipe); Praia de Comboios, en Espíritu Santo, y Praia do Forte, en el litoral norte de Bahía. "Las tortugas -dice Marcovaldi- eligen para desovar playas largas, planas, con agua de temperatura elevada y arenas sin piedras para excavar y hacer su nido. Las eligen por una preferencia biológica natural y porque en ellas la caza fue menos agresiva y no las exterminaron, como pasó en Alagoas, Pernambuco y Rio Grande do Norte. La isla de la Trinidad, a la altura de Espíritu Santo, cuenta con más tortugas que Praia do Forte, pero no nos radicamos allí porque jamás las mataron." Gustave Lopez, un biólogo paulista que lleva tres años en la fundación, explica el proceso reproductivo de los quelonios: "Después de copular, la hembra sube de noche a la playa, busca un lugar para hacer su cama y cava un nido en forma de botella de un metro de profundidad. Allí desova entre 120 y 130 huevos. Luego tapa el agujero y lo disfraza removiendo con sus aletas la arena de la superficie". La tortuga regresa al mar, reposa unos días y repite esta operación entre tres y ocho veces durante la temporada.
Estas especies, más antiguas que los dinosaurios, esconden varios misterios. A pesar de los infinitos kilómetros que recorren por el oceáno Atlántico, cruzándose de un continente a otro, las hembras, por algún enigmático designio, vuelven a desovar a la misma playa en que nacieron durante toda su existencia. Poseen una capacidad de orientación inusitada y pueden llegar a puntos perdidos para los navegantes, como la isla de Ascensión, por ejemplo, un rincón importante porque allí desova una de sus especies, la verde.
Lopez explica este tema, que desvela a los científicos: "Se cree que las tortugas perciben el magnetismo de la tierra. Este se compone de dos elementos: la fuerza magnética y la inclinación de esa fuerza. Ambos dan una coordenada única para cada punto del globo terrestre y se asemejaría al sistema de latitud y longitud. A través de ese sistema la tortuga va percibiendo esa variación, se ubica y consigue desplazarse hacia donde desea".
Despertar la conciencia de la comunidad hacia la protección de estos animales representó un trabajo de años. El primer paso consistió en comunicarse con los pescadores que mataban a las tortugas. Ellos eran los verdaderos especialistas. A través de sus relatos, los profesionales conocieron sus hábitos y sus tiempos. Recuerda Guy: "Convencer a los pescadores no fue difícil. Buscamos a los líderes dentro de cada comunidad y les explicamos la situación. Nosotros sabíamos que capturar tortugas era un negocio para ellos, aunque no lo era en gran escala. Les ofrecimos entonces un sueldo. Ellos sabían que atrapar tortugas era ilegal y las leyes ya comenzaban a aplicarse. Optaron por dejar de lado un trabajo que tenía sus riesgos por otro pago y garantizado. Desesperados por nuestra situación financiera, acudimos a Petrobrás. Desde entonces es nuestro patrocinante oficial".
En la actualidad, cada pescador es responsable de todo lo que suceda en los cinco kilómetros de playa que se le destinan. La hembra cuando sube deja un rastro fácil de identificar y se descubre entonces el nido. Para impedir el acceso del único predador que puede llegar hasta los nidos por su olfato, el zorro, se coloca una malla de alambre con estacas.
Si las playas elegidas por las hembras no tienen luz artificial, los nidos quedan ahí. Por el contrario, si existe, los pescadores trasladan los huevos a las playas del Proyecto Tamar. ¿A qué se debe esto? Las crías nacen 45 o 60 días después. Cuando los huevos se rompen, las tortuguitas se van ayudando unas a otras hasta alcanzar la superficie. Este proceso dura cuatro días. Salen cuando la arena está fría, de noche, y se orientan por la luminosidad del horizonte para llegar al mar. En caso de existir luz artificial, se despistan.
Comenta Gustave Lopez: "De los huevos nace el 75%. Hicimos un promedio: de cada mil crías nacidas sólo una o dos llegan a adultas. Las crías son frágiles, miden apenas cinco centímetros. Muchas son devoradas por cangrejos, pulpos, aves marinas, peces. Otras mueren de hambre o se enferman".
Cuando las pequeñas se sumergen en el mar, los científicos desconocen su actividad durante dos años. Suponen que quedan flotando entre las algas, donde encontrarían alimento y abrigo. Después de un año se las encuentra entre los arrecifes y playas. Son omnívoras. Algunas se alimentan de algas después del primer año y otras prefieren alimentos gelatinosos, como medusas y aguas vivas. Cuando alcanzan los 30 centímetros se ubican en las áreas de alimentación de los jóvenes. Al llegar a su adultez, cerca de los 30 años, se acercan a las costas para copular.
Comenta Lopez otro de los enigmas de las tortugas: "Existe una característica que deja a los científicos alucinados. El sexo no se determina genéticamente, por cromosomas como en los mamíferos. Lo que lo determina es la temperatura de la incubación: una más alta va a generar mujeres, y una más baja, machos. La temperatura denominada pivotal, la que gira alrededor de los 29 grados, da el 50% de machos y el 50% de hembras. Aquí, en Bahía prácticamente nacen hembras".
Esa Caravana Rolidei continuó expandiéndose y hoy el Proyecto Tamar cuenta con 21 bases que dependen de las cinco sedes regionales. Ellos protegen aproximadamente ocho mil nidos durante cada temporada de reproducción, posibilitando la liberación de 350.000 crías. Durante 19 años, el Proyecto Tamar largó tres millones de crías al mar. Hablando de números, Guy desentraña el presupuesto de la fundación: "Una parte la aporta el Estado; otra, Petrobrás, y la tercera surge de nuestras ventas. Somos el segundo empleador de Praia do Forte. Además de los 450 pescadores, sus familias confeccionan la ropa y los objetos que vendemos. Destinamos la facturación de uno de los bares para un kindergarden que hemos abierto".
Después de luchar a brazo partido durante años, los integrantes del Proyecto Tamar lograron un cambio de conciencia en la comunidad. Todos los habitantes están convencidos de que la tortuga tiene más valor estando viva que muerta: "Hoy, la tortuga -concluye Guy- dejó de ser un plato de comida, un peine o un par de anteojos para convertirse en el orgullo de la región. Todos los restaurantes, todas las posadas, tienen como símbolo a este bichito en sus carteles."
Adoptar una tortuga
Desde su creación, el desafío primordial del Proyecto Tamar fue encontrar vías económicas que le permitiesen subsistir para salvar las tortugas marinas y crear fuentes alternativas de trabajo para las comunidades donde actúan. Después de un largo peregrinaje y muchos desvelos, lograron en 1995 aportar la tercera parte el presupuesto. Como los recursos financieros resultan escasos, sus integrantes siempre están a la búsqueda de programas que les permitan mejorar su economía.
Uno de ellos es la campaña de adopción.
¿En qué consiste? Toda persona que lo desee puede adoptar -simbólicamente, se entiende- una tortuga por 50 reales (28 dólares). A cambio se les da una remera y un certificado de adopción. Los 31 de marzo de cada año se realiza un sorteo y a los ganadores se les regala un viaje, con todo pago, a Praia do Forte o a Fernando de Noronha.
E-mail: protamar@e-net.com.br
Especies de Brasil
Existen siete especies de tortugas. De ellas, en Brasil se encuentran cinco.
Cabezuda: tiene la cabeza más grande que otras especies. Es la que desova mayor cantidad de huevos en el litoral. La llaman también mestiza. Su dorso es marrón y el vientre, amarillento. Su caparazón mide un metro. Pesa 200 kilos.
De carey: es la más linda de todas. En su caparazón, de un metro de largo, se forman escamas marrones y amarillas. Pesa 200 kilos. Se le da este nombre porque era cazada para convertir su caparazón en peines, joyas y armazones de anteojos. Es una de las especies más amenazadas.
Verde: su caparazón mide 1,20 metros y su color es castaño gris verdoso. Pesa entre 250 y 350 kilos. Es frecuente ver a las más jóvenes por todo el litoral. Prefiere las islas oceánicas para desovar.
Oliva: es la más pequeña. Su caparazón es gris verdoso y mide 60 centímetros. Se encuentra principalmente en el litoral de Sergipe.
Cuero: es la más grande. Su caparazón, similar al cuero, alcanza dos metros de largo. Pesa 750 kilos. Sus largas aletas frontales le permiten nadar grandes distancias. Vive siempre en alta mar.




