
Ser europeo hoy
Según la gran escritora inglesa, a pesar de la creación de la Unión Europea, los europeos no siempre se sienten como tales, salvo para oponerse a la política exterior y el modo de vida de los Estados Unidos
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En 1948, en el Congreso de Europa, Winston Churchill dijo: “Esperamos ver una Europa en la que los hombres de todos nuestros países piensen que ser europeos es pertenecer a una tierra natal y que, vayan donde vayan en ese vasto territorio, puedan sentir: Aquí estoy en casa”. El diplomático exiliado Salvador de Madariaga dijo: “Esa clase de Europa es la que debe nacer. Y lo hará cuando los españoles digan nuestra Chartres, los ingleses nuestra Cracovia, los italianos nuestra Copenhague, cuando los alemanes digan nuestra Brujas... Entonces Europa estará verdaderamente viva. Pues entonces el espíritu que guía a la historia habrá pronunciado las palabras: fiat Europa”.
Ahora, en 2002, nos preguntamos si es posible e incluso deseable que la Unión Europea se convierta en una suerte de Estados Unidos de Europa. ¿Los europeos –los que integran la Unión Europea y los que no la integran– sienten que tienen una identidad europea tan fuerte como –o más fuerte que– su actual identidad nacional? Los estadounidenses han cobrado interés por ese tema recientemente ya que, para ellos, lo que parece caracterizar de manera uniforme a los europeos es su oposición a la política exterior estadounidense, especialmente en Oriente Medio y sobre todo en Irak. Pero, en realidad, la identidad europea es algo mucho más complejo.
Durante los últimos meses le he preguntado a cada europeo –hombre o mujer– con el que me he cruzado si se siente europeo, y qué es ser europeo. Los conversos –taxistas de Nueva York que han emigrado recientemente a los Estados Unidos desde algunos países europeos hablan con fervor y entusiasmo de los Estados Unidos. Y los taxistas londinenses se quejan de que “en Bruselas” quieren homogeneizar a todo el mundo, convirtiéndolos en ciudadanos de una Europa federal gobernada desde otra parte. Pero, en la práctica, son europeos. Uno de ellos pasa sus fines de semana pescando en Holanda con un amigo holandés. Otro ahorra para pasar sus vacaciones con amigos en diferentes capitales de Europa.
Los franceses, por lo general, son más asertivos y positivos con respecto a la identidad europea. Durante el verano vivo en el sur de Francia. Allí suelo ver regularmente a una mujer que atiende sus cabras y sus pollos en su granja de la montaña, y cuando le formulé mis preguntas me respondió: “Por supuesto que me siento europea. Con todos esos acuerdos que tenemos ahora...”
Otros europeos tienden a sentir que los franceses afirman tan fácilmente una identidad europea porque imaginan la cultura y las prioridades de Europa como una extensión de la cultura y las prioridades francesas. En su libro Democracy in Europe, el autor Larry Siedentop afirma que la burocracia europea está modelada sobre la base de la burocracia francesa a causa del entusiasmo y persistencia de los franceses, porque “la clase política francesa ha sido mucho más habilidosa que la de Alemania o de cualquier otra nación europea importante”. El peligro de esto, para Siedentop, es que la unificación política se realice siguiendo el modelo francés... con un gobierno centralizado y una estructura pública de elite.
Los italianos, por su parte, no se sienten parte de una identidad europea. Una italiana me respondió que culturalmente se sentía europea, “aunque más italiana. Políticamente –si la Ilustración, si el lema de libertad, igualdad, fraternidad, si los ideales de los hombres y las mujeres antifascistas y anti-nazis fueran sentimientos políticos europeos (y no sólo posturas culturales)–, podría sentirme europea, pero no lo son. En realidad, aborrezco esta fortaleza europea, esta fría eurofortaleza”.
Desde otro punto de vista, los italianos se sienten muy distantes de los centroeuropeos de poder. En una embarcación que cruzaba desde Nápoles a Capri me puse a hablar de la creciente división entre el norte y el sur de Italia, diciéndolos a un grupo de periodistas y académicos italianos que tal vez Europa pudiera proporcionar un espacio en el que las identidades locales coexistieran con menos roces que en los Estados-nación. Mencioné las esperanzas británicas de que Irlanda del Norte y Escocia tuvieran parlamentos separados, pero coexistiendo en una economía comunitaria europea. Los italianos esbozaron una sonrisa ante mi ingenuidad: “La gente de aquí odia a los de la aldea vecina. Para ellos, Europa no existe”.
Otra amiga, una académica de Sicilia, me dijo que es primero siciliana y después italiana. Cuando llega al norte de Italia, explicó, siente que ha pasado “de un lugar cálido, amable y colorido a un lugar frío, desconfiado y gris. La Unión Europea es algo maravilloso para la economía y el comercio, pero no se puede hablar de un sentimiento de pertenencia”.
En cuanto a los escandinavos, todos (incluyendo a los daneses) dijeron que en realidad no se sienten europeos, sino escandinavos. Creen que la Unión Europea es necesaria, pero su identidad es esencialmente escandinava.
Cuando le formulé mi pregunta a un embajador español, supuse que sin duda me diría que era europeo. Pero no. Igual que los escandinavos, sus lealtades eran otras. Me dijo que trabajaba dentro de la Comunidad Europea, pero también en una organización de países hispanohablan-tes que incluía a la Argentina y México, y que su lealtad hacia esos países era igualmente poderosa. La lengua es muy importante, agregó, repitiendo lo que me habían dicho la joven siciliana y los británicos.
Los alemanes no afirman con tanto orgullo como los franceses su identidad europea. Algunos me miraron de soslayo y dijeron, con una sonrisa irónica: “¿Usted espera que un alemán le diga que le gusta ser alemán?” El alemán irónico por excelencia es el poeta y ensayista Hans Magnus Enzensberger, nacido en 1929 en Baviera, que creció en la Nuremberg nazi, fue marxista y luego humanista. En muchos aspectos, es el europeo ideal –políglota, escéptico y humanitario, con un fuerte sentido de la historia–, autor de Ach Europa!, un agudo relato de las peculiares conductas y mentalidades de los diversos países europeos, una suerte de diagnóstico de las características nacionales. Me encontré con él en Munich, y le pregunté si se sentía europeo o alemán. Me contestó que no existía un “ser europeo”, que los europeos eran demasiado idiosincráticos, estaban demasiado atrincherados en sus propias costumbres y lenguas e historias, y era imposible generalizar. Pero se quedó pensando un momento y agregó: “Por otro lado... si usted me vendara los ojos y me hiciera aterrizar en cualquier ciudad europea, yo sabría que me encuentro en Europa y me las arreglaría para encontrar un bar, la estación de trenes, y un lugar para comprar comida”.
En cuanto a los países más pequeños, como Bélgica o Dinamarca, le pregunté a Toger Seidenfaden, editor del periódico Politiken, si le parecía que a ellos les resultaba más sencillo sentirse europeos, y respondió que sí: “Las naciones más pequeñas tienen menos problemas con los aspectos de la alta política de Europa, y su identidad está menos ligada a la política exterior, la defensa e incluso la moneda. Ser europeo, de todos modos –agregó–, es una identidad suplementaria, que no aspira a ser dominante. Y ése es su mayor atractivo en un mundo en el que la etnopolítica está causando estragos”.
Una cosa que todos los europeos tienen en común –les guste o no– es la conciencia de un pasado complejo. Hasta los estudiantes responden, cuando se les pregunta qué significa para ellos ser europeos: “Bueno, nuestros países son viejos, tenemos toda esa historia”. Y no se refieren solamente a su herencia de frescos, castillos y claustros, sino también al antagonismo entre los países balcánicos, algo que se remonta al Imperio Otomano, o a la hostilidad entre ingleses y franceses. Aunque, en este momento, lo que más los une es el pasado reciente, que los dividió de manera tan brutal: las dos guerras mundiales del siglo XX. Los fundadores de la Unión Europea estaban embargados por el horror y por el deseo idealista de asegurar que esos acontecimientos no volvieran a repetirse. Su idealismo aún subsiste, y es verdadero.
En los jóvenes está teñido de cierto romanticismo: visitan los campos de batalla, miran fotos terribles, no comprenden cómo sus abuelos pudieron hacer algo tan maligno, estúpido y peligroso. Pero todos ellos, en la práctica, dan por sentada su condición de europeos.
Viajan de un país a otro con pasajes baratos, estudian en diferentes universidades europeas, se casan con personas de otros países y tienen hijos bilingües.
Y el otro punto en el que coincidieron todos los europeos que respondieron a mi pregunta es que, curiosamente, todos ellos dijeron: “Cuando viajo a los Estados Unidos estoy seguro de ser europeo”. En Europa advierten las diferencias locales, pero cuando las ven desde lejos, desde un país cuya identidad nacional se conformó a partir de distintos orígenes familiares –italianos, irlandeses, judíos, hispanos– y que ejerce sobre ellos la fascinación de lo otro, los europeos experimentan un fuerte sentimiento de pertenencia a Europa.






