“Siempre elegí vivir”. Alejandra Forlán publicó un libro en el que reconstruye el accidente que la dejó cuadripléjica a los 17 años
En Buen día, vida, cuenta también las décadas posteriores al accidente, de internaciones y rehabilitación, el aprendizaje de convivir con el dolor y la dependencia, y también las formas inesperadas de la felicidad.
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Por momentos, la voz se le entrecorta. No por emoción, aunque la emoción atraviesa toda la charla, sino porque respirar también es un trabajo. Alejandra Forlán habla despacio, hace pausas, toma aire. Aun así, transmite serenidad. Hay algo en su manera de decir las cosas que desarma cualquier tentación de dramatismo. Como si hubiera aprendido, hace mucho tiempo, que la vida no necesita exageraciones para revelar su peso.
Acaba de publicar Buen día, vida (Grijalbo), un libro en el que reconstruye el accidente que la dejó cuadripléjica a los 17 años, las décadas posteriores de internaciones y rehabilitación, el aprendizaje de convivir con el dolor y la dependencia, y también las formas inesperadas de la felicidad.
No hay épica impostada ni frases motivacionales prefabricadas. Tampoco una búsqueda de compasión. Lo que aparece es otra cosa: una mirada lúcida sobre la fragilidad humana y una obstinada voluntad de vivir. “Yo siempre elegí qué actitud tomar desde que tuve el accidente”, dice en su casa de Carrasco. Y resalta una y otra vez: “Mi actitud siempre fue la vida”.

La historia de Alejandra Forlán es conocida en Uruguay, aunque el libro -una idea que la acompañó durante años- permite entrar en una intimidad que hasta ahora permanecía apenas insinuada.
Nació en Montevideo en 1974, en una familia atravesada por el fútbol. Su padre es Pablo “el Boniato” Forlán, campeón uruguayo con Peñarol y ganador de la Copa Libertadores, la Intercontinental y la Copa América. Su hermano menor es Diego Forlán, figura de la selección uruguaya y Balón de Oro del Mundial de Sudáfrica 2010. Su abuelo materno, Juan Carlos Corazo, “Nino”, también fue futbolista en Argentina.
Cuando todo cambió
Tenía 17 años, aquel 14 de setiembre de 1991, cuando salió de un boliche en Montevideo junto a su exnovio, Gonzalo. Habían decidido darse una nueva oportunidad. Era de madrugada, había llovido y el asfalto estaba mojado. El auto despistó en la bajada de Coímbra, en Punta Gorda, y terminó estrellado contra una palmera.
“Me acuerdo perfecto del accidente, yo estaba consciente en ese momento. Después pierdo la consciencia y me despierto en el sanatorio con la voz de mi madre”, rememora.

“La gente te dice: ‘¿Por qué a vos?’ Pero yo siempre pensé: ¿por qué no a mí? ¿Por qué no te puede pasar a vos?”, reflexiona.
En ese instante suspendido entre la vida y la muerte, hubo también un diálogo íntimo. “Le pedí a Dios quedarme. Quería volver a ver a mi familia”, recuerda. Y asegura: “Nunca le pedí cuentas a Dios”.
La frase que la empujó hacia adelante llegó de su madre, Pilar Corazo, apenas despertó en el sanatorio: “La vida de Gonzalo se apagó. Está en vos seguir andando”.
Pilares en su vida
Sin dudas, han sido los médicos y la familia: sus padres, hermanos, y ahora sus sobrinos. Pero en Buen día, vida, su madre aparece como una figura central. La define sin ambages: “Pilar es un pilar”, un “ser incondicional que nunca se coloca en un rol protagónico”, alguien cuya casa y cuyo corazón “son lugares abiertos y seguros para todos”.
Durante los siete meses de la primera internación, Pilar permaneció a su lado. El médico Jorge Buckstein, a quien Alejandra llama cariñosamente “Buki”, le dijo una vez que la verdadera heroína de esta historia era su madre.
La relación entre ambas se volvió indestructible. Pilar (que escribe el prólogo del libro) reorganizó su vida para dedicarse a tiempo completo al cuidado de su hija. Alejandra sabe lo que eso implicó. “Soy plenamente consciente de que les he robado, un poco y un mucho, a mamá”, admite en referencia a su padre y a sus hermanos Pablo, Adriana y Diego.
Con Adriana, especialmente, construyó una complicidad profunda. Compartieron amigas, actividades y más tarde incluso un emprendimiento de diseño de vestuario, AForlán, nacido de la necesidad de convertir la traqueotomía en un detalle más dentro de su imagen y no en aquello que definiera la mirada ajena. “Con Adriana buscábamos un accesorio especial y en los pañuelos que ideamos encontré aliados”, recuerda.

Levantarse, siempre
Después del accidente vino una nueva vida: la silla de ruedas, las rutinas médicas, las internaciones, la dependencia física. También una transformación interior. “La discapacidad te hace desarrollar mucho más la observación”, dice. Y agrega: “Leo mucho en las miradas”.
Habla de sentidos que se agudizan, de la percepción del otro, del sonido distinto del verano y del invierno. Pero sobre todo habla de su interior: “Creo que lo que más trabajé durante estos casi 35 años es el contacto conmigo misma. La introspección”.
Pero habría más golpes en su derrotero. La vida volvió a poner a prueba, muchas veces, a Alejandra Forlán.
En 2019 atravesó una internación gravísima. Los médicos le dijeron a su madre que se ocupara de despedirse. Su capacidad respiratoria, que ya funciona apenas al 40%, volvió a quedar al límite.
Entonces Pilar repitió el gesto de años atrás. “Me dijo: ‘Vos elegís lo que quieras. Si querés vivir, yo te acompaño; si no, también te acompaño’”, recuerda.
Alejandra volvió a elegir. Pero esa elección tuvo consecuencias concretas. Desde entonces se alimenta mediante un botón gástrico: un pequeño dispositivo conectado directamente al estómago por el que recibe comida procesada en polvo.

Ejemplo de resiliencia
Habla del botón gástrico y de la traqueotomía sin victimismo, casi con naturalidad. Como quien aprendió a integrar esos elementos a la propia identidad.
Y comenta que viajar es una de sus pasiones, además de una de sus mayores batallas. Después de la colocación del botón gástrico, los vuelos comenzaron a provocarle graves complicaciones. La inflamación abdominal le dificultaba respirar y más de una vez estuvo al borde de suspender un viaje estando en pleno avión. “Yo nunca trato de rendirme. Trato de buscar soluciones mientras las haya”, afirma.
Con médicos y especialistas encontró finalmente una medicación que redujo los efectos secundarios y le permitió volver a viajar. Hace dos años retomó los vuelos con éxito.
La felicidad, para Alejandra, rara vez está asociada a grandes acontecimientos. Aparece en lo mínimo. “La risa de mis sobrinos, el sol, el aire, el mar”, enumera.
Aunque no pueda bañarse, sigue yendo a la playa. Habla de sentir el viento en la cara, de escuchar la respiración, de valorar una lágrima.
“Estar mal también significa estar vivo”, dice. Y agrega: “Después de ese momento en que estás mal, hay otro en que vas a estar bien. Y lo vas a valorar mucho más”.
En el libro hay una frase que funciona casi como declaración de principios: “La vida es del color que elijas”.
Ella la explica así: “No es lo que te pasa, sino lo que hacés con eso. Lo que te decís sobre lo que te pasa”.
Lejos de encerrarse, Alejandra estudió Psicología en la Universidad Católica, hizo un máster en consultoría, dio conferencias, trabajó con adolescentes y convirtió su experiencia en una plataforma de activismo.
También incorporó la tecnología como una herramienta de autonomía. “Hoy le hablo a Alexa y abro las cortinas, pongo música, subo el respaldo de la cama, abro la puerta. Es una sensación sumamente gratificante”, cuenta.
En 2009, Alejandra creó la fundación que lleva su nombre, dedicada a promover los derechos de las personas con discapacidad, prevenir accidentes de tránsito y generar redes de apoyo. Además, entre 2010 y 2015 fue vicepresidenta de la Unidad Nacional de Seguridad Vial (Unasev).
Los Forlán y el fútbol
Aunque convive con una familia asociada al fútbol, su vínculo con ese mundo no es prestado. Le apasiona. “A mí me encanta el fútbol”, dice, y sonríe.
Acompañó a su padre y luego a Diego por el mundo. Estuvo en Sudáfrica durante el Mundial de 2010 y vivió desde adentro la intensidad emocional de tener a un familiar en la cancha. “Un penal, un partido de selección… son momentos hermosos y también difíciles para la familia”, comenta.
El éxito de Diego, asegura, la hizo feliz. Pero hay algo que, para ella, está por encima de cualquier logro, trofeo o reconocimiento. “No hay que perder el foco. El foco es disfrutar lo simple”, dice. Y entonces remata con una frase que parece condensar toda su historia: “No podés controlar el viento, pero sí ajustar la vela”.
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