
Su lado más oscuro
Respetado y admirado, su nombre es sinónimo de actuación. Pronto interpretará a un asesino serial en la miniserie Signos, que se verá por El Trece. La realidad y la ilusión, el éxito y el fracaso, bajo la mirada de un maestro de actores
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Un palo de amasar y una sartén debajo de la cama eran sus armas de defensa para hacer frente a los monstruos y fantasmas que lo atacaban por la noche. Con el tiempo entendió que esa paranoia podía convertirse en imaginación, en ficción, en actuación. Los monstruos no desaparecieron nunca, porque, como bien dice Stephen King, son reales al igual que los fantasmas: viven dentro de nosotros y, a veces, ellos ganan.
"Cómo no vamos a entender el deseo de querer cortarle el brazo a alguien –dice–. Los nenes ya lo tienen y lo liberaron cuando le sacaron los brazos a la muñeca. ¿Están jugando? Sí, y le arrancaron el brazo a la muñequita. Para ellos todavía es un juego. Después está la otra posibilidad de juego, cuando ya somos adultos y creamos ficción. Y es ahí cuando hacemos películas como Kill Bill, que cosa tan hermosa. Sentir que con esa espada podemos hacer justicia. Y uno festeja. El problema es cuando la humanidad quiere que eso sea así y lo construye de verdad."
Una barba candado toma posesión en el rostro de Chávez. Se apodera como símbolo de una transición, como parte de una travesura que lo convertirá en asesino serial en Signos, la miniserie que comenzó a grabar para El Trece. Un justiciero, un vengador que le permitirá al actor, al hombre, mancharse de sangre sin culpas.
"Un juego maravilloso –anticipa–. En la historia tenemos a este hombre que vivió de niño la muerte de su madre, un hecho que lo marcó. Él considera que parte del pueblo es responsable de aquella muerte. Luego de 46 años y por una cuestión astrológica, que tiene que ver con la vuelta de Saturno, comprende como si fuera un oráculo que debe ejecutar lo que no pudo llevar adelante cuando era niño. Una justicia que llega luego de ver que aquellas vidas no asumieron culpabilidad alguna. No es un asesino como cualquier otro, es un médico cuyas muertes no serán al azar. Los signos del zodíaco tendrán un rol protagónico, y es lo que lo hace tan entretenido. Voy a matar a gente de distintos signos, a dos geminianos, pero antes de hacerlo, voy a explicarles por qué. Voy a decirles lo que no aprendieron y las influencias que tuvieron en la historia de mi madre."
¿Cómo se mata a un geminiano?
Invitándolo a chusmear, por ejemplo, eso los atrae. Vamos a trabajar con los arquetipos convencionales.
La astrología a este canceriano no le es ajena. Estudió cuatro años en Casa XI, una institución reconocida en este terreno. "Fue un encuentro extraordinario, como persona y como actor", asegura.
¿Te sigue interesando?
Sí, consulto a un astrólogo y a un numerólogo que es un genio, pero no lo hago con la ansiedad de lo que me va a pasar. No comulgo con la creencia de la astrología predictiva. Más que anticiparme al futuro, me gusta observar el presente.
¿Cómo es un hombre de cáncer?
Hogareño, cerrado, con un caparazón, un cangrejo que por dentro es muy tiernito y por fuera puede llegar a picar. Cáncer sobre todo tiene que ver con la madre, con lo que nutre. Como imagen es un bosque oscuro, no conquistado, y una tribu alrededor del fuego comiendo, mirándose entre ellos y contándose cuentos.

* * *
"Sacalo del sol –dice del grabador que padece bajo el fulminante rayo que se filtra por el ventanal que da de cara a la plaza Serrano–, no sea cosa que se derrita."
¿Como se derretían los viejos discos de pasta de tu padre, aquellos que junto a tu hermana transformaban en ceniceros y macetas?
Pobre mi padre. Para él esos discos tenían una identidad y nosotros los usábamos para un hecho bárbaro, los deformábamos.
Ver el material desfigurarse resulta fascinante.
Para nosotros era otra cosa. Queríamos derretir la historia de mi papá. Él tenía esta colección de discos alemanes que eran su identidad. No sé si los había traído o los había comprado acá. No lo sé. Hoy pensaba en él. En una de las clases hicimos Casa de muñecas [de Henry Ibsen]. En la obra hay un personaje, Krogstad, que me recordó a él. Un hombre que buscaba llevar la cabeza en alto, sentir el honor de poder levantarla. Mi padre formó una familia, pero ni siquiera eso lo ayudó a sostenerla en alto.
El reloj marcó las 8.40 de la mañana del 14 de julio de 1956 cuando Eugenio Hirsch consideró cumplida su misión en la vida. Esa mañana de invierno fue el día más alegre de su vida, había nacido su hijo varón y con él la posibilidad de la eternidad. Julio Hirsch vio la luz, un año y medio después de su hermana, y su padre depositó en él el sueño de que debía ser el mejor.
Lo que vos elijas. En eso vas a ser el mejor, le decía. Julio escuchaba e intentaba convencerlo de la posibilidad del fracaso. La misma que cargaba su padre como carpintero, como el hacedor de muebles maltrechos, aquellos que homenajeó en una exposición con objetos de cartón que semejaban madera y que con cierta ternura bautizó Mueblecitos inútiles.
"Desde muy chico fui autónomo de mis padres, pero al mismo tiempo los llevo tan fuertemente impresos en mí, como si fueran un tatuaje. Aunque laves, refriegues, están. Me distancié de ellos en épocas diferentes. Pero lo más llamativo es que a la vez tenía un gran acercamiento. En la memoria claramente estaban marcadas sus impresiones. Ellos están presentes en mi obra todo el tiempo, pero no desde una mirada nostálgica ni biográfica. Lo están en mi subjetividad acerca de ellos."
Tres de Febrero y Pico, en pleno Núñez, allí pasó su infancia, en una casa con jardín y limonero que abandonaría a los 17 años, más cerca de los 18, con la plata en el bolsillo de su primer sueldo y el peso de una dulce carencia familiar. Carencia que remitía al desarraigo de una madre de aristocracia judía europea y un padre berlinés, judío también, que en una Buenos Aires difícil debieron hacer frente a una compleja situación económica. Vera Jabes y Eugenio Hirsch, judíos pobres y relegados, lo empeñaban todo y teñían de confusión y deseos aquellos días.
"Tanto mi madre como mi padre murieron estando yo en el escenario. Es particular eso. Cuando ocurrió lo de mi mamá estaba haciendo La cabra; con mi padre, Fausto, hace muchísimos años. Mi padre murió cuando yo tenía 28 años. Mi madre lo sobrevivió casi 33 años", recuerda.
Silencios. Los de Julio no son silencios vacíos, son los que se pierden en el tiempo.
"Ya no sé si he mentido varias veces en relación a la identidad de mis padres. Ya no sé si no miento en relación a la mía. A veces cuando voy al analista me pregunto si lo que estoy diciendo es real, o estoy mintiendo. No porque quiera mentir, sino porque voy construyendo. Cada vez me cuesta más la palabra realidad, se aleja, es una palabra que se aleja más y más. Cada vez estoy más convencido de la belleza del ser humano y su construcción constante, porque es un creador, un mentiroso."
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Esta será la última noche que subirá a escena como el pintor y grabador Mark Rothko, en Red, la pieza de John Logan dirigida por Daniel Barone, en su primera incursión teatral. Se despedirá de la obra en el escenario de la sala Verdi, en Cañada de Gómez, Santa Fe.
–Eso que ves allí –marca dos pinturas enmarcadas y colgadas en las inmaculadas paredes blancas de su casa en Palermo– son algunos de los bocetos que hice con Red. El año que viene, en abril, voy a hacer una exposición. Se va a llamar 57 segundos, que es el tiempo que tengo en escena para bocetar. Tengo cerca de 350 trabajos, de las funciones que hicimos. Algunos los presentaré ploteados, otros ocuparán toda una pared, tal como los hice en ese momento.
Por hablar de más. Por charlatán, llegó a la pintura. Me gustaría pintar. Eso dijo en una reunión. Y lamentando haberlo dicho, aceptó ir a una clase de Nora Dobarro y encontró en el lienzo otra forma de expresión.
"Me imagino tranquilamente terminando como pintor", dice.
¿Terminando?
Pensándolo románticamente, jugueteando con la muerte, para que se quede tranquila, para que sepa que sé que existe y no se me imponga. El tiempo es tan corto.
¿Es difícil pensar en el tiempo?
Me conmovió mucho la muerte de mi madre. Se murió sin darse cuenta. Murió en un cuerpo viejo, pero con alma joven. Tenía algo infantil, que era algo muy particular en ella. No era esa cosa infantil de querer retrasar el tiempo, no era la pretensión de la jovialidad, eso de querer mostrar un cuerpo joven, y en realidad olés que hay algo que ahí adentro se está pudriendo. Ella por el contrario era una mujer anciana, descuidada, pero tenía una gran candidez. Es tan difícil eso, no lo puedo imaginar. Cuando me digan: Señor, usted es un anciano, me voy a recagar de la risa. Cuando dicen que una persona tiene 42 años, siento que están hablando de una persona mucho más grande que yo. Y yo tengo 58. Imagínate el retraso mental que tengo en relación con el tiempo. Soy un retardado frente a eso que llaman tiempo y proceso.
"¡Basta Hugo! –manda a callar al perro que encerrado en la terraza pide por él–. Está muy mimoso desde que se le murió la madre. Vivió toda la vida con Tita. El veterinario me lo advirtió. Me dijo: Quédatelo, pero vas a tener un estúpido. Un tonto, un dependiente absoluto. Ahora yo ocupo el lugar de la madre. Duerme conmigo, hace todo conmigo."
Sólo quedó Hugo. Eran tres los perros que compartían con Julio la casa en Palermo. El primero en irse fue Emilio. Le diagnosticaron un cáncer en el paladar. El dolor fue profundo y ante el adiós inevitable, cumplió con la promesa que le había hecho cara a cara. La de dejar de fumar. Y así lo hizo.
* * *
–¿Dónde vivís? –me pregunta.
–En Liniers.
–Liniers. Es una zona que habla de mi infancia. La iglesia de San Cayetano está ahí, ¿no?. Mi madre seguía a San Cayetano.
¿Ella no era judía?
Mi madre era muy particular, muy ecléctica. Seguía a San Cayetano y también te ponía ruda en los zapatos o te curaba el empacho con talco y tirándote el cuerito. Era una bruja, una vidente, era una mezcolanza absoluta.
Una fuente de inspiración.
En ese momento era un problemón. Siempre he sentido que mi vida era un desierto. Después comprendí que más que un desierto era un trópico.
Busca una pausa. Bebe directamente de la botella plástica de agua mineral sin gas y sigue:
–Hace poco estuve por Liniers. Está distinto. Muchos hablan de una zona invadida [hace referencia a la colectividad boliviana y peruana que vive en el barrio]. No me gusta pensar en zonas tomadas, invadidas. Es algo que no comprendo. Es un pensamiento peligroso. No estoy de acuerdo. No comprendo la xenofobia. No la comprendo. Es algo que heredé de mi madre. Ella se interesaba positivamente en conocer al otro. Se acercaba sin prejuicios, hasta con cierta ingenuidad. Cuando era chico, me molestaba mucho, porque era capaz de ponerse hablar con cualquiera y de cualquier cosa indiscriminadamente. Y eso me afectaba, porque yo soy más cerrado. Ella, en cambio, miraba al mundo abiertamente y se interesaba. Finalmente heredé esa mirada.
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"Era amiguero –dice–. Cuando era chico, lo era. Pero no sé por qué me armé en la cabeza la idea de que la vida venía difícil y que no había tiempo que perder. Había que laburar mucho, tener ambición."
El encuentro con Daniel Barone, director de cine, teatro y televisión, lo empuja a mirar otra vez a ese Julio amiguero.
"Es un regalo inesperado. Un encuentro muy grato. Barone tiene algo de pibe de barrio, de atorrante. Es muy sensible, trabajador, talentoso. Tenemos una especie de hermandad. Viste que cuando sos chico no te juntás con tus iguales, en cambio, en la adultez empezás a relacionarte con los que uno cree que tiene ciertos parecidos. El encuentro con Daniel contiene el gusto de ser amigos desde la diferencia. Yo no busco encontrar mi identidad en él, ni él en mí."
Hace más de diez años que se cruzaron. Juntos hicieron Epitafios 2, Tratame bien, El puntero, Farsantes, Red y ahora, Signos. También preparan una película.
"Somos amigos de la diferencia. Es un gusto trabajar con él, pero también sabemos que en algún momento tomaremos caminos diferentes. Los dos somos muy ambiciosos –admite–. No tenemos un pacto ni mantenemos una sociedad. Cuando llegue el momento de separarnos no va a existir la traición, porque creo que la traición debería ser parte de una posibilidad de un vínculo, no puede ser una sorpresa.
¿Sostenés lo mismo en una separación de pareja?
La separación en una pareja no debería verse como un fracaso. La separación debería ser la posibilidad del éxito. En el éxito del vínculo está la posibilidad de la separación, es una posibilidad que uno decide si la va a utilizar o no. Si un vínculo sobrevive teniendo a la separación como posibilidad, es un doble triunfo.
Parece inevitable abrazarnos al fracaso.
Resulta inevitable porque construimos desde la ilusión y nos enojamos cuando no responden a esa ilusión. Caemos en la trampa. En ese sentido somos muy vulnerables. La humanidad está atravesada por esa necesidad inevitable de construir desde ese lugar. En este sentido me apoyo en esa idea de Chéjov que nos mira como hombrecitos infelices que construimos una ilusión, para luego desencantarnos y vivir creyendo que el mundo iba a ser de otra manera. Pobrecito el hombrecito.
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Tres son los libros que tiene editados. El cuarto ya está listo. Son nueve obras cortas. Pero el que más lo inquieta es el que está en proceso. El que lo sacude y lo interpela.
"Tiene que ver con la ofensa, con los ancianos ofendidos. Porque parecería ser que la ofensa es un derecho de la juventud, de la adultez, pero no de la vejez –dice–. En este caso es una mujer, una anciana que decidió vestirse con su traje de noche. Se perfumó, se sintió especial e intentó tener un acercamiento con su marido. Él la rechazó, la avergonzó, la culpó por insinuarse. Es una ofensa en una edad en la cual uno supone debe dejarse humillar. Como si las edades debilitasen la posibilidad de decir no, de decir sí. La ofensa, aquí, aparece como un hecho rejuvenecedor, ocupa un lugar vital.
¿Hay una mirada hipócrita hacia la vejez?
Suponen que es un estadio donde todo se iguala, donde todo es lo mismo. Donde se ha perdido particularidades e individualidades. Es nuestro cuerpo el que envejece, pero hay un alma despierta, que entiende, pero que a veces prefiere callar y aceptar que eso es la vejez. ¿Y si la vejez es otra cosa? Voy a tener una guerra en el futuro con relación a esa idea de vejez. Me va a costar ceder.
Aprender es un verbo que te atraviesa.
Es la palabra más hermosa del mundo. El conocimiento no es sólo algo que se adquiere, es también algo que se recupera. Cuando leo a un Pessoa, a un Shakespeare o a tantos otros pensadores, no sólo estoy descubriendo algo que desconocía, sino que estoy recuperando algo que no sabía que era mío. Para mí aprender sigue siendo un negoción.
1956
Nació en el Hospital Alemán, el 14 de julio. Según su madre, su nacimiento casi se produce en un taxi
Maestros
Se formó con Agustoni, Alezzo, Cruz, Gandolfo. Con Augusto Fernandes estudió 17 años
Hirsch por Chávez
Juan José Jusid, el director de No toquen a la nena le sugirió el cambio. Iba a ser Julio Jabes, pero finalmente quedó Chávez
A los 23
Empezó pintura con Nora Dobarro. Se dio a conocer como Julio Hirsch. Hoy es Julio Hirsch Chávez
Clases
Dicen que es un gran maestro de actores.Comenzó a dar clases a los 23 años en el taller de Alezzo.Después alquiló un lugar en la calle Potosí
Inolvidable
Su nombre pisó fuerte con La película del Rey. La popularidad llegó con Tratame bien, El puntero y Farsantes en la televisión. En cine, con Un oso rojo y El custodio
El futuro
Después de ocho años regresó al cine con El pampero, film de Matías Lucchesi. Junto a Barone y luego de Signos rodarán el film Oscura monótona sangre, sobre la novela de Sergio Olguín. "Tengo muchas ganas de reponer el año próximo un espectáculo muy importante para mí: Yo soy mi propia mujer. Quiero revisitarlo." La pieza de Douglas Wright cuenta la cruda vida de un travestí alemán






