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Sufrió cinco pérdidas, esperó 17 años y fue mamá a los 47: “Transité un embarazo maravilloso y en absoluta armonía con mi cuerpo”

Tras perder cinco embarazos y someterse a más de diez tratamientos, Andrea decidió reconstruirse y ser madre soltera a los 47 años mediante ovodonación y, además, donó los embriones restantes para que dos mujeres formaran familia

Andrea y Simona, un sueño hecho realidad.

Tras perder cinco embarazos y someterse a más de diez tratamientos, Andrea decidió reconstruirse y ser madre soltera a los 47 años mediante ovodonación y, además, donó los embriones restantes para que dos mujeres formaran familia

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A los 25 años, Andrea Russo dio el paso hacia el matrimonio y, al cumplir los 30, el deseo profundo de ser madre floreció con mucha fuerza. Sin embargo, tras un año de búsqueda e ilusión compartida, la visita a un especialista en fertilidad marcó un punto de inflexión. Fue el comienzo de un camino que, muy pronto, le revelaría que el sueño de abrazar a un hijo requeriría de una entrega y una templanza inesperadas.

La primera luz de esperanza llegó a través de una estimulación de baja complejidad: un test positivo que le encendió el corazón de alegría. Pero la dicha duró poco. En la consulta médica, la felicidad se transformó en dolor al descubrir que se trataba de un embarazo ectópico y que debía someterse a una laparoscopía urgente. Aquella primera pérdida, a las siete semanas y media, vino acompañado de un diagnóstico difícil: sus trompas estaban afectadas.

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Una montaña rusa de emociones y desgaste físico

“A partir de ahí, se abrió ante mí una travesía de 17 años de búsqueda incansable. En ese tiempo perdí cinco embarazos y atravesé más de 10 tratamientos, entre procedimientos de baja y alta complejidad. Entre cada intento, hacía lo imposible por mantener mi vida en equilibrio, por sostener mi mundo mientras visitaba a distintos especialistas y atravesaba una montaña rusa de emociones y desgaste físico. Fue un camino largo, pero forjado con una resiliencia y un amor inquebrantables”, recuerda Andrea.

La felicidad en estado puro.
La felicidad en estado puro.

Con el tiempo, gracias a la recomendación de la Dra. Mazzolli, llegó al consultorio de la Dra. Ester Szlit Feldman, especialista en Obstetricia y Ginecología y una de las directoras de Procrearte. Con ella iniciaron una serie de estudios mucho más complejos y profundos, pero lo más valioso no fue solo el rigor médico, dice, sino el plano humano: por primera vez en mucho tiempo, encontró un espacio donde se sintió escuchada, cuidada y contenida en cada paso.

“Más adelante, distintas circunstancias de la vida me llevaron a poner una pausa, alejarme de las consultas y transitar mi propia separación. Fueron años necesarios para bajar el ritmo, reconstruirme por dentro, sanar la autoestima y reencontrarme conmigo misma. Desde esa nueva fortaleza y con total claridad, tomé la decisión de ser madre soltera, trazando con serenidad mi propio mapa: el Plan A era ir en busca de ese embarazo tan soñado; el Plan B, si el destino decía otra cosa, era armar las valijas y comenzar una nueva vida en el exterior”.

“A mis 47 años comenzó una de las etapas más luminosas de mi vida: transité un embarazo maravilloso, pleno y en absoluta armonía con mi cuerpo, al punto de realizar actividad física hasta apenas una semana antes del parto".
“A mis 47 años comenzó una de las etapas más luminosas de mi vida: transité un embarazo maravilloso, pleno y en absoluta armonía con mi cuerpo, al punto de realizar actividad física hasta apenas una semana antes del parto".
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Una nueva oportunidad

En ese nuevo punto de partida, la Dra. Szlit Feldman le presentó una alternativa que abría una puerta concreta y esperanzadora: la ovodonación. Se trata de un procedimiento mediante el cual una mujer recibe óvulos donados de forma anónima por otra mujer —previamente evaluada con rigurosos estudios físicos, genéticos y psicológicos—. A través de una fertilización in vitro (FIV), esos óvulos se fecundan con semen de donante (o de la pareja) para generar embriones; a los cinco o seis días, se realiza la transferencia embrionaria al útero de la receptora, con la posibilidad de criopreservar los embriones restantes de buena calidad para futuros intentos.

“Actualmente, en los centros de fertilidad, el 40% de los tratamientos corresponden a ovodonación. Esto se debe, en parte, a un hecho fáctico: las mujeres nacemos con la cantidad de óvulos que ´usaremos´ durante toda la vida, por lo que la calidad ovocitaria disminuye con el tiempo, especialmente después de los 35 años, y de forma más marcada después de los 40. A esto se suma que la decisión de tener hijos se viene postergando generación tras generación: actualmente, la edad promedio de consulta de las mujeres es de 38 años. Los procedimientos de ovodonación presentan tasas de embarazo que oscilan entre el 50% y el 60% de éxito, por encima del promedio de los procedimientos estándar de alta complejidad con óvulos propios, que oscila entre el 25% y el 42%”, explica la especialista.

En la dulce espera.
En la dulce espera.

“Cuando me explicó con tanta claridad y empatía de qué se trataba, sentí que se iluminaba un camino distinto. Entendí que la maternidad trasciende la genética y que ese acto de generosidad anónima me daba la posibilidad real de gestar, de albergar la vida y de cumplir mi sueño. Con el corazón abierto, sin mandatos ni dudas, decidí abrazar la ovodonación y dar el paso hacia la búsqueda de mi hija”.

“André, estás recontra embarazada”

Finalmente, el 17 de febrero de 2013 le transfirieron dos embriones. A su lado estuvo su gran amiga, quien tiempo después se convertiría en la madrina de su hija, compartiendo cada instante de esa jornada decisiva.

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Andrea y Simona, madre e hija.
Andrea y Simona, madre e hija.

La espera de 10 días culminó una tarde frente al laboratorio. Andrea fue sola a retirar el análisis de sangre, se sentó en el auto y, con el pulso acelerado por la intriga, abrió el sobre para encontrar la palabra que había soñado durante casi dos décadas: POSITIVO. Al llamar de inmediato a la doctora para leerle los valores, la respuesta al otro lado del teléfono llegó con la calidez y espontaneidad que la caracterizaban: “Andre, estás recontra embarazada”. El llanto de felicidad brotó incontenible ante el milagro de haberlo logrado en ese primer intento.

“A mis 47 años comenzó una de las etapas más luminosas de mi vida: transité un embarazo maravilloso, pleno y en absoluta armonía con mi cuerpo, al punto de realizar actividad física hasta apenas una semana antes del parto. Cada ecografía y cada control confirmaban que ella crecía fuerte y saludable, sin ninguna complicación. Después de un camino tan largo y empinado, por fin experimentaba la serenidad y la dicha absoluta de estar gestando a mi hija”.

Recién nacida.
Recién nacida.

Sin embargo, Simona se adelantó unas semanas y por esas cosas especiales que tiene la vida nació el día de la madre, el domingo 20 de octubre de 2023, en lo que fue el regalo más hermoso de su vida.

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“Esa mañana amanecí con contracciones y mucho dolor. Más tarde, mi madre me llevó a la clínica. Recuerdo que la partera quiso enviarme a casa, pero en ese momento rompí bolsa. Cuando finalmente la vi, no podía creerlo. Lloraba de emoción. Era tan bella, saludable, y estaba, por fin, en mis brazos”, se emociona Andrea.

Así comenzó su vínculo. Sin romantizarlo, Simona fue y es una niña alegre, saludable, amorosa, compañera y de muy buen carácter. Para Andrea, criarla sola no fue ni es difícil.

Sin romantizarlo, Simona fue y es una niña alegre, saludable, amorosa, compañera y de muy buen carácter. Para Andrea, criarla sola no fue ni es difícil.
Sin romantizarlo, Simona fue y es una niña alegre, saludable, amorosa, compañera y de muy buen carácter. Para Andrea, criarla sola no fue ni es difícil.

Sorpresa y media

Pero la historia no terminó con la llegada de Simona. Gracias al tratamiento, Andrea había podido criopreservar embriones y, con el tiempo, tomó una decisión nacida de la más pura generosidad: donarlos para que otras mujeres pudieran alcanzar el mismo sueño de ser madres. Lejos de ser un trámite distante, convirtió ese acto en un puente de amor consciente y cercano. Donó un embrión a Silvina, a quien conocía del ámbito laboral, y el último a Mariela, quien llegó a su vida a través de un contacto en común. Aquellos años marcados por la incertidumbre y el dolor se transformaron, definitivamente, en una trama de esperanza compartida.

Al entregar esos embriones, Andrea formuló un único e íntimo deseo: que los tres niños crecieran conociendo su origen y la existencia de los demás, sabiéndose hermanos genéticos y con la libertad de construir un lazo fraternal. “Quisimos que nuestros hijos fueran hermanos, que tuvieran un vínculo real, porque en los tres casos fueron buscados con muchísimo amor”, resume Andrea, dando cuenta de una maternidad extendida, solidaria y profundamente humana.

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Unidas para siempre.
Unidas para siempre.

Hoy Simona es una niña feliz, amable, inteligente y con una comprensión luminosa de su propio origen, porque siempre conoció su verdad. Todo lo transitado, los dolores pasados y el deseo inmenso que la precedió son los cimientos sobre los que construyeron su historia compartida. Para Andrea, el aprendizaje tras este largo viaje es tan claro como esperanzador: aunque el camino hacia la maternidad a veces se vuelva empinado y difícil, la clave está en transitar la búsqueda con amor, sostener el entusiasmo, no perderse a uno mismo en el intento y, por encima de todo, abrazar cada etapa con la certeza de que la esperanza siempre encuentra su cauce.

¿Cuál es tu sueño?

Viajar con ella, descubrir nuevos lugares y vivir nuevas experiencias juntas. Poder verla crecer libre e independiente. Acompañarla en sus pasiones. Y vivir cada día con plenitud, disfrutando el tiempo que tenemos.