Trudeau y el pasado oscuro de un despertar que encandila

Mercedes Funes
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21 de septiembre de 2019  • 00:39

Escribo esta nota desde un bar inmaculado, donde hay mensajes que me dicen como tengo que vivir hasta en la taza de café con leche. Suenan mantras en chill out y el sol se cuela con fuerza entre las cortinas blancas que flamean apenas con el viento de la mañana. La invitación a la pureza y a la felicidad casi encandila; es tan agresiva, que empiezo a sospechar que algo falla. Detrás de un despertar tan luminoso, adivino la noche más oscura. Pienso en la suerte del Primer Ministro de Canadá, Justin Trudeau, que en plena campaña por la reelección, enfrenta un escándalo tras la difusión de fotos y videos de su juventud en las que se lo ve con la cara pintada de negro.

La situación no sería tan problemática -no conozco a nadie de mi generación que no se haya pintado alguna vez con corcho quemado para un acto escolar- si Trudeau no fuera una de las figuras más destacadas del despertar de una mirada política y social en alerta permanente ante cualquier indicio -real o imaginario- de desigualdad, racismo, discriminación y machismo. La cultura "woke" se parece bastante a este bar de Palermo en el que la sonrisa es un mandato. Trudeau es un tipo de sonrisa fácil, al que siempre le gustaron los disfraces. Lo vimos sonriente con túnica y bindi en la frente, rodeado de su familia -también con trajes típicos-, durante una visita a la India en la que curiosamente nadie lo señaló por su "apropiación cultural": por el contrario, sus seguidores lo entendieron como un homenaje. En Internet hay una galería interminable con sus fotos vestido de Han Solo, de soldado, de piloto y mosquetero. Llegó a ir al Congreso vestido con la camiseta de Superman bajo el traje y anteojos de Clark Kent.

El mandatario canadiense pidió disculpas por su pasado: "No debí haberlo hecho. En ese momento no pensé que lo que hacía era racista, pero lo fue y yo debí haberlo sabido. Fue una estupidez de la que estoy muy arrepentido". No es la primera vez que se disculpa. Lo hizo el año pasado, en su nombre, cuando trascendió que, en la misma época en la que se pintaba de negro, había manoseado a una periodista: "No siento que haya actuado de manera inapropiada, pero respeto que otra persona lo haya experimentado de otra manera, y lo lamento". También se disculpó en nombre de todos los canadienses por los abusos y daños cometidos durante décadas contra los pueblos indígenas y la comunidad LGTBI+.

De lo que no se disculpó fue de despedir a la primera ministra de Justicia de orígen indígena -cuya designación fue un celebrado símbolo del compromiso de Trudeau con el progresismo feminista-, ni de dejar trascender que eso tenía que ver con su mal carácter (una excusa con olor a patriarcado), mientras otras versiones aseguraban que, en realidad, perdió su puesto por negarse a ceder a las presiones para favorecer a una constructora cercana al gobierno.

Todos tenemos derecho a equivocarnos, reflexionar y cambiar. El problema es que, a veces, los conversos a la doxa de esta época tienden a sobrecompensar. Entonces todo se vuelve caricaturesco, como el progresismo feminista de Trudeau. Tan caricaturesco como creerse un superhéroe de la moral, alguien que puede decirle a los demás cómo vivir, y pedir perdón en su nombre, solamente porque se despertó antes.

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